lunes, 31 de mayo de 2010

Tarta inglesa de almendras

De Madrid nos trajimos dos libros de repostería porque en una de las muchas visitas a una tienda Vips (haberlas tenido yo al alcance de la mano casi toda la vida y no tener ninguna en Barcelona crea un mono extraño) no fuimos capaces de decantarnos ni por las 500 recetas de bizcochos ni por las 500 recetas de tartas, así que como eran baratos, nos dejamos de quebraderos de cabeza y nos llevamos ambos.

Este fin de semana yo quería empezar a estrenarlos y, de haber sido únicamente por mí, sentada en el sofá, me habría decantado por un bizcocho de vainilla de pinta increíble. Pero como Manuel no es tan fan de la vainilla como yo (incomprensible como resulta eso) y como todavía hay un molde pendiente de estrenar y como es el "niño de las tartas de frutas", le dejé el libro de tartas y le pedí que escogiera una. La conclusión fue que eligió una tarta que ni ayudaba a estrenar el molde ni llevaba fruta, a no ser que se cuente la mermelada: tarta inglesa de almendras.

El viernes, ya que Manuel se iba de concierto, me tocó a mí hacer la compra en solitario y, mientras esperaba infructuosamente a que pasaran los 11 números de la pescadería que iban antes que el mío (infructuosamente porque una señora que se coló descaradamente se llevó todas las existencias de uno de los dos pescados que tolero, el gallo. Eso y los salmonetes son mi cupo de pescado al que no hago demasiados ascos), hice un máster intensivo en mermeladas, comparando marcas, precios, sabores, colores, consistencias, etc. La receta original era con mermelada de fresa pero una de las variantes propuestas era con mermelada de albaricoque. La mermelada me gusta tanto como el pescado, pero como el año pasado cuando hicimos la tarta Battenberg, la mermelada de albaricoque no me estorbó, dudaba cuál coger. Al final me decanté por la original de fresa y así, por aquello de gastar el bote de mermelada, cualquier día tendremos la excusa perfecta para hace una "Victoria sponge cake".

El sábado por la tarde hacía muchísimo calor, con lo cual no era un ambiente nada propicio para andar metidos en la cocina con el horno puesto, pero es lo que hubo. Manuel no sólo había elegido tarta sin molde ni fruta, sino también tarta de mil pasos. Para empezar nos tocó hacer la masa base. Teniendo en cuenta que la explicación no está muy bien (y no es una excusa) y que la receta por algún motivo decía que sólo se hiciera la mitad de la cantidad recomendada (cuando yo creo que la receta con todos los ingredientes habría sido mejor), la cosa empezó con muy mal pie. (Hasta tal punto que estamos decididos a que las bases de nuestras tartas de ahora en adelante serán compradas, no caseras). A pesar de mil traspiés e improvisaciones sobre la marcha, la masa, una vez hecha, quedó - una vez sacada del horno - sorprendentemente bien, todo un logro para tratarse de algo que en más de una ocasión pensamos en tirar a la basura.

La tarta llevaba almendras y como las que tenemos son con piel de la casita de verano y la noche anterior no me acordé de ponerlas en remojo para quitar la piel con facilidad tal y como me descubrísteis en otra ocasión ni, con el calor que hacía, apetecía abrir el agua caliente, pasamos de todo y las molimos con piel. Total, nuestros paladares no notan la diferencia; lo único es que la masa queda más oscura.

Para cuando por fin metimos la tarta al horno por última vez (primero había sido la masa base) estábamos cocidos y un poco hartos. Pero enseguida empezó a oler bien y compensó.

No puedo hablar de cómo fue telehorno porque, además del calor, las complicaciones de la receta, etc, teníamos el día patoso y no hacían más que caérsenos cosas pringosas al suelo (recién fregado, como suele pasar), así que entre que hubo que fregar de nuevo y que la cocina parecía una sauna, salimos en estampida.

La tarta está rica: la masa base quedó buena y crujiente, la mermelada da un sabor muy ligerito y agradable y aunque la mezcla de almendras interior no resulta muy fotogénica la pobre, de verdad que está rica, aunque tirando a contundente. Eso sí, se supone que es una tarta que da para ocho raciones... El que hizo el reparto es más glotón que nosotros.

Y luego ayer por la noche, para seguir disfrutando de otro momento sauna proporcionado por la plancha, nos pusimos la película Remember the Night (Recuerdo de una noche), que empezó como una comedia dominical al uso, pero terminó siendo un dramón navideño de 1940 con Barbara Stanwyck y Fred MacMurray y unas adorables y acogedoras viejecitas de esas que sólo salen en las películas antiguas. Lo de dramón lo decía en el mejor de los sentidos porque gustarnos nos gustó mucho, que conste.

domingo, 30 de mayo de 2010

Hope Sandoval en el Primavera Sound

El viernes pasado Manuel se aventuró al Primavera Sound a ver a Hope Sandoval. Se fue solo porque la entrada era carita (para ir a un solo concierto) y se preveía que el concierto sería breve. Así que yo me quedé tan ricamente leyendo en el sofá y él ha sido tan amable de hacer una crónica del concierto para que el blog conserve nuestros eventos. He aquí la primera contribución externa al blog. Que la disfrutéis.

Debo decir de entrada que no me gustan los festivales musicales. Ni Rock in Rios, ni FIBs, ni Knebworths ni aunque sean tan, supuestamente, alternativos y/o independientes como el Primavera Sound barcelonés. No hace falta que me vendan las bondades del Primavera Sound, soy capaz de imaginarlas. Ver muchas bandas diferentes a un precio relativamente accesible y de alguna manera diagnosticar el estado de la escena indie mientras se disfruta de un par de días entre colegas puede ser apetecible. Pero será mi carácter poco gregario o que en realidad el pop-rock indie me suele aburrir, yo al Primavera Sound fui con un único objetivo. Ver y escuchar a Hope Sandoval en directo. Y la verdad es que verla la vi poco y escucharla mucho menos de lo que hubiera querido. Pero vayamos por partes.

A Hope Sandoval la descubrí, como casi todas las buenas epifanías, por casualidad. Yo buscaba una balada folk preciosa que cantaba Stella Stevens en un magnífico film de Peckinpah (The Ballad of Cable Hogue) llamada Butterfly Mornings (un clip del film que contiene la canción puede verse aquí, la canción comienza sobre el minuto 2:30). Era una época en la que YouTube todavía estaba en pañales y la red sólo me ofreció una versión de una tal Hope Sandoval & the Warm Inventions. Una versión hipnótica, de belleza dolorosa, en la que la voz de Hope Sandoval se deslizaba sobre una guitarra crujiente que desgranaba acordes con la parsimonia de un largo atardecer de verano. Sí, me enamoré de esa voz. Una voz que gemía sin romperse y cuya indolente cadencia era la de las mañanas de domingo, la de los despertares largos, la de (en feliz definición de Maruja Torres, aunque ella la aplicaba a Marilyn) cama sin hacer.

Luego fui hacia atrás y adelante en su discografía. Su etapa con Mazzy Star al lado de David Roback y canciones que se han ido convirtiendo en banda sonora personal. Flowers in December o I've Been Let Down por poner dos de muchos posibles ejemplos. Las dos canciones pertenecen al último álbum editado de Mazzy Star, Among my Swan, en un ya lejano 1996. Luego en 2001 Hope Sandoval & The Warm Inventions sacaron un primer disco (en el que estaba Butterfly Mornings) y el año pasado presentaron su segundo álbum, Through the Devil Softly. Es la gira de presentación de este disco la que ha llevado de rebote a Hope a Barcelona via Primavera Sound.

De rebote, porque se notaba que Hope no estaba cómoda en el escenario. El concierto se celebraba en el Auditorio del Fórum. Demasiado grande quizá para la intimidad necesaria en un concierto como éste. Pero sobre todo el problema fundamental estaba en que la música de Hope Sandoval no es música para ser disfrutada por un público de festival. La gente entraba y salía de la sala. Cada final de canción conocía el ritual de hordas de gente escapando del auditorio. No había clima ni comunicación del público con la artista. Y ya sé que la artista es rara como ella sola. No le gusta que le hagan fotos (y así lo dejó claro la megafonía y los seguratas-robocop) ni que la iluminen demasiado. Le gusta desaparecer en la penumbra del escenario y ser más una presencia intuida que una diva a la que rendir tributo. Quizá por eso solo aguantó tres canciones bajo una luz verde que la iluminaba (escasamente) desde la izquierda y abajo. Avisó a sus técnicos y Hope se disipó entre sus músicos que, sin embargo, sonaron estupendamente. Las canciones se fueron desgranando, casi todas de su último disco, pero no faltó algún tema de su primer álbum en solitario (como Suzanne o At the Doorway Again), pero no hubo conexión con la sala. Más de la sala con la artista que de la artista con el público. Más que nada porque Hope no interactúa con el público nunca. Apenas un Hola y un Gracias se escaparon de sus labios entre toque de xilófono o soplido de armónica que con las dos cosas Hope complementa sus acordes vocales. Detrás de la banda imágenes en bucles marcaban el tono hipnótico de la música. Bailarinas danzando entre imágenes sacadas de noticiarios mudos o films mudos sin identificar (incluso me pareció ver algún plano de Le Chien Andalou y juraría que Pola Negri se coló entre las formas geométricas y los motivos acuáticos).

Y justo cuando el tiempo marcaba el momento en que el siguiente concierto debía llenar el escenario, Hope abandonó el escenario (después de apenas una hora y cuarto de concierto, sin haber tocado Trouble pero sí la magnífica There's A Willow), con sus músicos aún acabando el espectáculo, para no volver. No sé si lo hubiera hecho... pero la organización tampoco le dio oportunidad. Luces encendidas y evacúen la sala para que entren los siguientes. Cosas de los festivales.

Me cuesta entender por qué Hope Sandoval pudo aceptar (vale, soy naïf... money rules) un bolo como éste. Pero teniendo en cuenta lo difícil que resulta que la chica haga giras y lo raro que es una aparición suya por estos paisajes, siempre podré recordar que yo estuve allí el día que Hope tocó en Barcelona.

Foto: Luz Gallardo.
Fuente: Koult.

viernes, 28 de mayo de 2010

En el buzón

Creo que debo de pertenecer a una de las últimas generaciones que escribió cartas y recibió más cartas que las del banco, las de promociones y las de facturas. De ahí que nunca sepa cómo posicionarme en lo de los nativos digitales (aquellos que han tenido siempre las nuevas tecnologías al alcance de su mano) vs. los inmigrantes digitales (aquellos que han llegado a las nuevas tecnologías en algún momento). Yo no nací en un mundo tecnológico, pero la tecnología (léase: ordenadores) llegó tan pronto que no fui consciente de migrar a ella. Con lo cual quizá mi generación debería conocerse como "adoptados digitales" o algo así.

El caso es que como se dice en inglés "old habits die hard", o lo que es lo mismo: que es difícil deshacerse de las viejas costumbres. Así que me cuesta no abrir el buzón con un poco de esperanza. ¿Que luego salen sólo cosas aburridas? Qué le vamos a hacer, pero durante unos segundos hubo un mundo de posibilidades en mi cabeza. Y lo mejor de todo es que hay días en los que abro el buzón y realmente aparece una sorpresa. El otro día un sobre que venía de Valencia me sorprendió con un recorte de la revista Elle y una postal monísima.


El recorte de Elle era un reportaje de Espido Freire, a la que las revistas no paran de enviar a Yorkshire desde que escribió su libro Querida Jane, Querida Charlotte, menudo chollo. Me encantó leerlo y no pude estar más de acuerdo con algunas de las cosas que decía:


No es [Yorkshire] un lugar para amantes de lo fácil, de los viajes organizados o del sol a ultranza. Pero el cielo sobre los páramos aparece dramático y salvaje, y compensa todo. [...]
[Mis] destinos tienen que ver con lo intelectual, y no con los gustos hedonistas: no me atrae el sol, ni la playa, pero sí la historia, las leyendas, las experiencias nuevas. Hago compras, pero no me vuelvo loca [...]

¿Me vuelvo yo loca con las compras? No lo sé, todo lo que me traigo de los viajes siempre me parecen "necesidades básicas".

Mi única pega es un pie de foto que se supone que indica la casa de las Brontë cuando en realidad es una tienda con cartel y todo: "Peters of Haworth for Jewellery·Country·Wear·Antiques".

De la postal que acompañaba el recorte lo primero que me hizo gracia fue la muñequita, que tenía la cara igual que la de unos monigotes que me había traído de Madrid "firmados" por un artista de 4 años. Por si a alguien le interesa yo soy el monigote de abajo a la izquierda, el que tiene dedos larguísimos (y que conste que al natural mis dedos son normales, no especialmente largos).



Lo segundo que me hizo gracia fue el título que le daba la remitente: "Cristina pensando en la tarta que va a hacer a Manuel". Me partí de risa porque recrea el momento a la perfección, sólo falta una pila de libros de repostería al lado y es la viva imagen de la mayoría de los viernes antes de ir a la compra.

Y hoy es viernes, así que ya sabéis como imaginarme...

jueves, 27 de mayo de 2010

De flor en flor

Aunque no tenga ni idea de flores, me cuesta mucho no sacar la cámara cuando veo una mona.

Hice muchas del rosal cuajadito de flores de mi antiguo balcón madrileño. Es como un rito de paso obligatorio para todas mis cámaras.







Después en casa de mi tía estaba esta preciosa flor en la ventana de la que nadie recuerda su nombre (Elvira, ¿tú la conoces?), lo que casi, casi demuestra lo mismo que lo de los dulces, que mi despiste con los nombres de flores es más hereditario que (des)aprendido. Con nombre o sin nombre, la foto fue irresistible.


Luego en otra ventana había otra preciosa flor, pero ya era de noche y no intenté hacer fotos. Pero antes de irnos otra flor nos salió al paso. Antes, cuando hablaba de la herencia genética en cuanto a los nombres de flores y plantas decía "casi, casi" porque aquí era yo la única que no sabía que era una orquídea.




Sí, con la cámara puede decirse que voy de flor en flor.

miércoles, 26 de mayo de 2010

100 años

De los 100 años que cumple la Gran Vía de Madrid este año, yo pasé 26 viviendo muy cerquita, así que un poco del desgaste de las aceras y demás es contribución mía. Durante algunos de esos años, para ir a clase de sueco, tenía que recorrerla casi de punta a punta, un recorrido que lleva 10-15 minutos a buen ritmo. Pues bien, en épocas como la Navidad o las rebajas tenía que salir de casa entre 5 ó 10 minutos antes porque con la masa humana que se agolpaba en la Gran Vía esos días no había forma de caminar a buen ritmo, sino que había que simultanear el paso propio con el de las hordas, una especie de metro humano.

Y si las hordas se hacían muy agobiantes, no había nada como una breve parada en la antigua sección de libros extranjeros de la Casa del Libro (la de ahora es bastante más incómoda), de modo que no era raro llegar a clase de sueco con el tiempo justo, acalorada aunque fuera invierno y con una bolsa amarilla en la mano.

Así que el otro día, caminando entre las hordas no de compradores compulsivos, sino de hinchas del Inter y del Bayern y un poco confusa porque no encontraba el cruce de Callao (porque ya no existe, claro), me dediqué a hacer unas cuantas fotos de lo que en otro tiempo era mi "pan de cada día".







Pero bueno, que no todo fue caminar por la Gran Vía. En algún momento salimos de ella y nos fuimos a los cines Ideal, donde había un montón de "losties" haciendo cola para ver la maratón de capítulos y los dos finales. Fue muy divertido porque dije en alto, aunque creo que nadie me oyó, y aleatoriamente que Jack se moría (repito: aleatoriamente). Me hizo gracia la broma - aunque creo que nadie la oyó, una pena - y la repetí las otras veces que atravesamos la cola. Habría sido divertido que alguien me hubiera oído...

Compramos entradas para Alice in Wonderland (Alicia en el país de las maravillas) y con ellas en el bolsillo - porque aún era pronto - nos fuimos a dar una vuelta por los aledaños. Llegamos a la Plaza Mayor a ver la feria de productos franceses, que nos decepcionó, la verdad.


La película la vimos en 3D y cada uno seguimos con nuestras pegas particulares al sistema, como ya nos pasó con Avatar. A pesar de estar bien y ser chulo, Manuel se queja de que con las gafas se pierde mucha luz (y, como Alicia está tratada para 3D, hubo un trozo que pudo ver sin gafas, ya que lo único que aparecía en 3D en la pantalla durante ese rato eran los subtítulos) y yo me quejo de que las gafas pesan mucho y duele la nariz y de que te obligan a tener la mirada muy fija y duelen los ojos. Al terminar los dos nos quejamos de un ligero - y breve - dolor de cabeza. Será que somos viejos - sin llegar a los 100 años de la Gran Vía - y ya no estamos en la onda de las nuevas tecnologías (otro ejemplo sería el hecho de que Manuel le tiene manía a la televisión digital).

La película en sí nos decepcionó un poco. Está bien en cuanto a la estética, los efectos, los actores y todo eso, pero yo me esperaba más (léase: un argumento un poco más trabajado y no estiradísimo para que dure toda la película) y desde luego Tim Burton se ha vendido un poco, que, según Manuel, es una pena, porque de no haberlo hecho Alicia es muy de su mundo. Con los minutos finales nos quedamos espantados y Manuel todavía se llevaría el shock de no tener la música de Danny Elfman en los créditos sino la de Avril Lavigne (que en realidad no está mal, pero se hace raro oírla).

Mia Wasikowska en el papel de Alicia nos gustó, así que le dimos el visto bueno para su nuevo papel, que está rodando en estos momentos: Jane Eyre.

martes, 25 de mayo de 2010

Exceso de equipaje

No, el exceso de equipaje no fue en la maleta, que aunque debería haber adelgazado en Madrid volvió ayer pesando los mismos 14,5 kgs que a la ida, sino el nuestro interno. Porque no será que hemos comido poco estos días.

Empezamos el sábado en el brunch con la única lectora y ya no paramos: seguimos con una abundante comida y continuamos por la tarde con una merienda de galletas, bollería y demás y el té más caliente del mundo y lo del domingo, que era el cumpleaños de mi padre, ya fue descomunal.

Empezamos desayunando chocolate con churros y porras. Y aunque pueda no parecerlo por el mantel igual que el nuestro, estábamos en Madrid de verdad:



Llegó la hora de comer - abundante de nuevo - y seguimos con este delicioso-delicioso postre. Lleno de frutas por Manuel y porque siempre digo en el blog las ganas que tiene de hacer repostería "frutal":



Fuera por lo que fuera nos chupamos los dedos y estoy más que dispuesta a probar a hacer una versión casera. Y por si eso era poco y para demostrar que lo de mi gusto por los dulces es más hereditario que aprendido, de complemento unas cuantas rosquillas de San Isidro de sabores innovadores.



Entre el desayuno y la copiosa comida con sus dos postres, habíamos ido paseando hasta La Mallorquina para comprar unas cuantas rosquillas de San Isidro de sabores tradicionales: listas, tontas y de Santa Clara (aunque como el ambiente de La Mallorquina es estresante, me olvidé de pedir también alguna rosquilla francesa). Para no tener síndrome de abstinencia, ayer cuando llegamos a casa y comimos a las cinco de la tarde (bastante hambrientos; habíamos desayunado a las seis y pico de la mañana viendo los capítulos finales de Lost), tomamos algunas de postre.



Y ahora me acabo de tomar alguna más para desayunar.

De lo que mejor no hablo es de las nubes americanas y la cajita de Toffifee y los (tres) caramelos gigantes que me traje de La Cure Gourmande madrileña y que se suman a los restos dulces de - todavía - Londres (eclairs, minihuevecitos de Pascua (!)). El bote de clotted cream que trajimos de Living in London, por suerte, caduca en diciembre.

Y casi no mencionar tampoco el enorme potencial de un par de libros de repostería que se vinieron en la maleta.

viernes, 21 de mayo de 2010

Ceniza volcánica mediante

Salimos hacia Madrid dentro de unas horas y aún no tengo la maleta hecha más que nada porque dentro de mí y dentro del armario hay un intenso debate acerca de la ropa que meter en ella: verano total vs. entretiempo. Viajar en esta época (igual que viajar en otoño) es muy estresante en ese sentido, porque hay muchas posibilidades de meter la pata muy fácilmente.

De la ceniza volcánica no dicen nada, por lo que hoy parece que nos permitirá el paso (ya veremos a la vuelta).

Así que me voy a ver si el debate pasa del plano teórico al práctico y empiezo a meter cosas en la maleta de una vez.

¡Hasta la vuelta!

jueves, 20 de mayo de 2010

Glee

Hoy estoy muy poco inspirada para escribir nada, porque están de obras en la calle. Digo en obras porque es lo más común, pero bien podría ser una guerra o el holocausto nuclear, que el resultado sería el mismo. El ruido es terrible y no deja pensar salvo en los pequeños intermedios.

El caso es que desde hace días quería hablar de la nueva serie a la que estamos enganchados. Lo malo de tener la noche de los sábados ocupada con otras series (Desperate Housewives (Mujeres desesperadas) y The Wire en estos momentos. Aunque yo sólo veo Mujeres desesperadas porque The Wire es para mí la nana perfecta, normalmente ya voy por el tercer sueño cuando acaba la presentación y sin embargo Manuel está encantado con esa serie) es que nuestra parrilla de programación no es menos caótica que la parrilla de la programación televisiva (por poner un ejemplo, hemos renunciado a intentar seguir el horario de Lost (Perdidos) los domingos en Cuatro, porque creo que no ha mantenido la misma hora ni dos semanas seguidas). Así que Glee (Glee) nos gusta mucho pero como nos fue imposible seguirla en el canal adecuado, aunque en este caso reconozco que fue cosa nuestra, que nos olvidábamos siempre de grabarla, la ponemos entre semana de vez en cuando. Así que vamos muy lentos pero somos muy, muy entusiastas.

Hace un par de semanas (aunque de hecho sólo hemos visto un capítulo después de este) fue el mejor momento de la serie (y de muchas series en general) para mí. Por bien que estén el resto de capítulos, por muy divertidos que sean, dudo que ninguno supere este momento.

El vídeo que he encontrado es largo, lo verdaderamente divertido empieza en el minuto 2:40. Situación: el equipo de fútbol americano del instituto lleva una muy mala racha. Acaba de entrar en el equipo un nuevo jugador muy, cómo decirlo, peculiar (que pertenece al grupo musical del colegio, Glee) y ha propuesto nuevos métodos. El resto de jugadores machotes del equipo se niega a ponerlos en práctica hasta que se presenta el momento de probar el nuevo método o perder un partido más.

Y así se llega al minuto 2:40 de este vídeo:


Ver a los jugadores de fútbol americano bailando delicadamente esa canción y coreografía de Beyoncé me hizo reír hasta saltárseme las lágrimas. Buenísimo.

Y sí, la calidad del vídeo es pésima. Me sorprende que las cadenas americanas tampoco se den cuenta de que un buen fragmento de una buena serie colgado - legal o ilegalmente - en YouTube es mucha mejor propaganda que cualquier vídeo promocional, aunque vaya en la misma línea. Así que esto, grabado con cámara de una pantalla, es por lo visto lo único que dejan poner en YouTube. Allá ellos.

Conclusión: Glee es totalmente recomendable.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Nada

Siempre que paso por la calle Aribau, sobre todo si la cojo desde la Plaza de la Universidad, me acuerdo de Carmen Laforet y Nada y su protagonista Andrea. Miro la calle y trato de imaginarla como sería a comienzos de la década de los años cuarenta, como la conoció Carmen Laforet. Es una tarea muy difícil para mí, que cuando cambian cualquier local de cualquier calle siempre soy incapaz de recordar qué había ahí hace tan solo un mes.

Ayer iba por la calle Aribau con la biografía de Carmen Laforet oportunamente a cuestas, pasando por delante de las muchas librerías de viejo que hay en esa calle. Y, de repente, me dio por entrar en una y, supongo que por influjo de la calle y la biografía, me fui directa a la sección de narrativa en castellano, a la L, un poco antes de Fray Luis de León. Allí había una edición azul de Nada*. La cogí por curiosidad y me quedé un tanto asombrada al ver que era una tercera edición de 1945, con lo cual, supongo que con los errores tipográficos de la primera ya corregidos, ese era el aspecto de la edición original de Nada. Yendo unas páginas hacia atrás me encontré con que costaba sólo tres euros, así que no me pude resistir a la combinación de: casualidad, buena edición, la calle en que me encontraba, etc. Y se vino a casa conmigo este pedacito real e imaginario de la calle Aribau.


* Hasta ahora mi edición de Nada era una que dieron con una revista al poco de morir Carmen Laforet. No es tan cutre como pudiera parecer, puesto que el papel no es malo y la letra es clara y grande. Y, lo más importante, cumplió su misión: dejarse leer, acercarme a la impresionante novela que es Nada y engancharme al resto de la obra de Carmen Laforet (como se aprecia en esta foto). Sin esa edición quizá ahora no estaría leyendo la biografía de Carmen Laforet ni habría ayer comprado esta pequeña joya.

lunes, 17 de mayo de 2010

Bocaditos de chocolate y naranja


Antes de nada: ¡felicidades a la única lectora! Que cumple... ah, mejor que lo diga su tocaya Barbara Pym:

'Oh, I don't think she's very young,' said Belinda, 'at least, she's about thirty, I think, which is young really, isn't it?'
-Oh, creo que no es muy joven-djo Belinda-. Por lo menos tiene treinta años, creo, por lo que en realidad sí que es joven, ¿no? (Traducción (cutre) mía de un fragmento de Some Tame Gazelle.)

He ahí la ambigüedad de cumplir treinta años. Y lo mejor de que la única lectora sea un año mayor que yo es, por supuesto, que para cuando yo llego ya me ha dado tiempo a mentalizarme, porque cuando de verdad me cuesta hacerme a la idea - como hoy - es cuando ella los cumple. Además este año me dio por hacer cálculos y concluir que eso quiere decir que podemos decir exactamente que nos conocemos desde hace media vida literalmente. ¡Media vida!

El caso es que yo lo asumo y ella se lleva los regalos y los dibujos monos, como el de arriba, de Quentin Blake.

Y el fin de semana que viene, que estaremos en Madrid, lo celebraremos en condiciones (si las nubes de ceniza y demás lo permiten, claro está, que vivimos en tiempos inciertos).

Y vamos con lo habitual de los lunes: la repostería del sábado. Como puede observarse en la foto, seguimos sin estrenar el famoso molde y las famosas baking beans. En fin, algún día les llegará el turno. El sábado, después de hacer el helado, nos dedicamos a estas galletas, llamadas por el libro de las 100 galletas "bocaditos de chocolate y naranja", pero que yo creo que es un nombre bastante poco acertado porque, en nuestro caso al menos, el sabor a naranja es secundario, aunque no pasa del todo desapercibido. Yo las llamaría galletas de chocolate y nata o algo así.

Para empezar son las primeras galletas "dobles" que hacemos, tarea que le cedí a Manuel y por la cual se ganó brevemente el apodo de Príncipe de Beukelaer.

Empezaron como unas galletas normales de cacao, en dos tandas, sin incidentes. Mientras se enfriaban nos dedicamos a hacer el relleno. Como los glaseados y demás no se nos dan bien yo no las tenía todas conmigo. En este caso, el relleno se hacía hirviendo la "nata doble" (double cream comprada en A Taste of Home) y juntándola con chocolate blanco cortado en trocitos para que se fundiese y un poco de ralladura de naranja como la que llevaban las galletas (en realidad la receta para el relleno decía extracto de naranja, pero como no teníamos echamos ralladura; en ambos se nota la naranja, pero ya digo que no es un sabor tan predominante como para darle nombre). El problema - porque tenía que haber un problema conociendo nuestro historial con los glaseados - vino cuando aquello quedó tan líquido que era imposible pensar que al enfriarse se solidificara tanto como para ser untable. Le sugerí a Manuel añadir un poco de harina para espesarlo (sí, sé que lo suyo habría sido Maizena, pero tengo el paquete sin abrir y abrirlo para una pizquita me parecía absurdo). Al principio Manuel me miró como si estuviera loca pero al rato reconoció que entre mi opción y ese líquido mi opción era lo más viable. Una pizquita de harina y de nuevo al fuego, con mucho miedo de que el chocolate blando - que se quema y se estropea con tanta facilidad - se echase a perder. Al rato espesó lo suficiente y yo - a pesar de haber tenido la idea - no podía creérmelo. De sabor no estaba mal.

Lo dejamos enfríar y tomar aun más consistencia y luego fue cuando Manuel se metió en el papel de Príncipe de Beukelaer, untando galletitas.

Y lo más sorprendente de todo es lo ricas que quedaron (contundentes también) y la buena consistencia del relleno. Cada vez que como una me llevo una sorpresa con lo buenas que están. Definitivamente esto de la cocina y la repostería no deja de sorprenderme.

Así que aparte de acompañar la plancha nocturna con una galletita, también tuvimos película como es habitual: I Love You Again (ni idea del título en español), de 1940. Muy divertida y con lo que debía de ser una de las parejas cinematográficas del momento porque no tenían suficiente con aparecer juntos en la saga Thin Man: Myrna Loy y William Powell, dirigidos además por el mismo director también, W.S. Van Dyke. Divertidísimos juntos, como siempre.

domingo, 16 de mayo de 2010

Días de helado y flores

Con este tiempo no hay quien se aclare: tan pronto estás sentado plácidamente en manga corta con una Coca Cola fresquita al lado como de repente tienes que ponerte la chaqueta, echarte un poco la manta aún no desterrada por encima y soñar con un té humeante. En algunas estaciones de metro hace calor de agosto y en la calle en cuanto aparecen las nubes grises parece que hemos vuelto a marzo.

Pero da gusto ver lo verde y reluciente que está todo y da pena pensar que en cuanto el sol apriete un poco más y esté unos cuantos días sin llover se secará todo. Manuel, al traer hoy las florecillas, decía que podía haber traído muchas más flores en general y muchas más rosas en particular. Y como hoy de nuevo me ha tocado colocar a mí las que ha traído, he mezclado flores de todo tipo para que no me acuse de crear guetos florales como el otro día. Me ha gustado especialmente cómo ha quedado este grupito:





Parece que se ha muerto un níspero, pero otro ya va dando algunos que, según Manuel (a mí los nísperos no me dicen gran cosa), están ricos. Y el otro día la higuera tenía algunas brevas (casi a punto) que, por desgracia, con la lluvia de estos días se han echado a perder. El año pasado hubo muchísimas brevas y ojalá este año se dé igual de bien.

Y en las fruterías ya se empiezan a ver cerezas. Antes de dar por empezada la temporada de cerezas, sigo disfrutando de la de fresas. Casi se me pasa, pero el otro día me di cuenta de que en verano dije que haría helado de fresa casero a ver qué tal salía. Así que localicé una receta y ayer me puse manos a la obra, dando por inaugurada también la temporada de la heladera.

Quedó rico y tan rosa como si le hubiera echado colorante (pero es todo natural):



Y da fe de lo que decía al principio: un rato después de hacer helado como en pleno verano, hicimos la repostería habitual como en pleno invierno. Pero eso lo dejo para mañana...

viernes, 14 de mayo de 2010

Adquisiciones recientes



Por Sant Jordi, aparte del libro de Tolkien, le regalé a Manuel un vale por The Blue Hour, de Lilian Pizzichini. Es una biografía de Jean Rhys cuyo nombre The Blue Hour (la hora azul) surge del hecho de que el perfume preferido de Jean Rhys fuera L'Heure Bleue (y sí, tengo curiosidad sobre cómo olerá ese perfume). Jean Rhys es la autora de, entre otros, Wide Sargasso Sea (Ancho mar de los Sargazos), libro que, para quien no lo sepa, cuenta la historia de Edward Rochester (en este libro sin nombre) y su primera mujer, la que luego pasa a ser la loca del ático en Jane Eyre. Eso es lo que puedo contar del libro porque, pese a que Manuel deja caer la recomendación de vez en cuando, yo me niego en rotundo a leerlo. No digo que no lo vaya a leer nunca (aunque sí que lo pienso más o menos), pero no me llama la atención en absoluto. Y todo por una "tontería": que no quiero que nadie me desfigure la imagen mental de Rochester que Charlotte Brontë me metió en la cabeza.

El caso es que Manuel quería desde hace tiempo la biografía, pero no la quería en tapa dura, así que su lanzamiento en edición de bolsillo y el vale pendiente de Sant Jordi fueron la excusa perfecta para un pedido a The Book Depository.

Incluí el último libro de Barbara Pym reeditado por Virago: Less than Angels, ya que aunque en teoría se publicó el 1 de abril yo fui incapaz de dar con él en Londres y aquí llegan aleatoriamente y parece que este, al menos de momento, no toca. Y con él ya sólo me queda un hueco en mi bibliografía Pym particular.

También añadí el libro nuevo de Maggie O'Farrell (autora de uno de mis libros preferidos, After You'd Gone o, entre otros, de otro que no está nada mal y sí que está traducido: The Vanishing Act of Esme Lennox (La extraña desaparición de Esme Lennox)), The Hand That First Held Mine, que estoy deseando leer porque tiene una pinta buenísima.

Y por último (por cierto que no voy en el orden de la foto), Family Britain, de David Kynaston, al que estaba deseando echar mano desde antes incluso de que se publicara en tapa dura. En Nueva York me compré su libro anterior, Austerity Britain, y comprobé que a pesar de lo bien que estaba y demás, el precio y el tamaño eran descomunales, así que con Family Britain y a fuerza de repetírmelo mucho, conseguí esperar a que saliera en edición de bolsillo (aunque no creo que quepa en muchos bolsillos). Cuando llegó me lancé a ver las fotos, que son geniales. A ver cuándo me decido a leer de una vez Austerity Britain, pero es que aunque al hojearlo se ve muy ameno, la verdad es que visto desde fuera impone bastante. Eso sí, pese a las diferencias notables de tamaño, me encanta cómo quedan juntos y cómo se complementan:

Y por último mi lectura actual y el libro que me compré el sábado pasado: Carmen Laforet. Una mujer en fuga, de Anna Caballé e Israel Rolón, que pese a estar supuestamente según la web a la venta desde el 22 de abril, los datos de dentro del propio libro y su fecha de puesta a la venta real, demuestran que no estaba programado hasta mayo. Cuestión de días, sí, pero una eternidad para un libro tan esperado por mí.

Todos perfectos para perderse un rato en ellos en un día gris y lluvioso como hoy (y ayer y antes de ayer y...).

jueves, 13 de mayo de 2010

Café de vainilla

Durante mucho tiempo - en la era pre-Starbucks - siempre quería que me gustase el café (pero no me gustaba nada) por el simple hecho de que ir a una cafetería cualquiera y pedir un café en condiciones era más fácil que ir a una cafetería cualquiera y pedir un té en condiciones. En la mayoría de los sitios solía ser bastante malo (muchas veces Hornimans), así que casi siempre optaba por una Coca Cola o un batido, que no es lo más apetecible, quizá, en pleno invierno.

Ahora muchas cafeterías van mejorando en el asunto del té, pero desde luego si tengo opción voy a Starbucks que siempre es una apuesta segura, puesto que los tés de la marca Tazo siempre están ricos. De hecho últimamente me había encasillado en el Earl Grey y hace unas semanas estuvimos en un Starbucks que no tenía y redescubrí el English Breakfast de Tazo, que también está bien rico y que de hecho fue el que empecé tomando en Starbucks.

La foto es testimonial puesto que desde hace unos años hay un café (aunque supongo que los puristas arquearán tanto la ceja como yo con el té Hornimans) que me gusta: el de vainilla de Nescafé. Siendo el que me gusta, por supuesto, es el más difícil de encontrar. El vienés y otros de la misma gama están en todas partes, pero el de vainilla sólo se encuentra en determinadas tiendas. Así que, como con tantas otras cosas, me veo obligada a peregrinar, a acumular y a dosificar. Para mí está riquísimo de tarde en tarde (una vez intenté por la mañana y descubrí que es demasiado amargo a esas horas) aunque por supuesto es imposible que te lo sirvan en ninguna cafetería (retomando lo que decía al principio).

Y puede que decir esto sea muy, muy gafe, pero sigo sin taza sustituta para la de la foto.

miércoles, 12 de mayo de 2010

La ciudad

Esta(s) semana(s) que tanto se habla de lo que será o no sérá la Diagonal, me he acordado de unos vídeos que hace algún tiempo me enseñó Manuel en el blog del programa de radio El violí vermell. Ninguno tiene que ver específicamente con la Diagonal, sino con Barcelona en general y cómo ha cambiado (en el blog los recopilaban a raíz del Año Cerdà). Todos los que ponen son muy chulos, pero yo me quedo especialmente con este, que no veo que haya forma de poner aquí directamente pero que se puede ver aquí y que es una verdadera joya. Una grabación por algunas calles de Barcelona desde lo alto de un tranvía en 1908, con muchísima gente por la calle, todos deseosos de salir en la grabación y la mayoría de ellos impecables (por el gentío y la ropa quizá sea domingo). Una joya de más de 100 años que he visto unas mil veces y que no me canso de ver. Repito: aquí está.

Pero aunque ese sea mi preferido, otros vídeos que ponían en el blog y que sí que se pueden integrar en la página tampoco estaban nada mal:

Otro paseo por Barcelona, este en 1926:



Y otro paseo, en 1950:




Y aunque ya tiene menos que ver con el debate de estos días, no me resisto a recomendar el vídeo (resumido) de un vuelo Barcelona - Madrid en 1928.




Genial el "¡mira, mira, ya llegamos! ¡Mira la Puerta del Sol!"

martes, 11 de mayo de 2010

Some Tame Gazelle, de Barbara Pym

Después de algún tiempo queriendo leer más Barbara Pym y no logrando encontrarle hueco, por fin me he podido dar el "capricho" estos últimos días.

He vuelto a Barbara Pym como a mí me gusta. Ahora que voy teniendo casi todos sus libros me puedo dar el lujo de empezar por el principio. Y Some Tame Gazelle es su primera novela publicada. Barbara Pym terminó de escribirla en 1935 pero no sería hasta 1936 cuando Jonathan Cape - después de que varias editoriales la hubieran rechazado - la admitió siempre y cuando Barbara Pym hiciera algunas modificaciones. Barbara Pym hizo los cambios y se encontró con que a pesar de todo Jonathan Cape le decía que en esos momentos no sentía que pudiesen prestarle toda la atención y cuidado necesarios para que tuviera éxito. Y, claro, después de haberse hecho ilusiones, este comentario fue peor que cualquier negativa inicial de cualquier editorial. Así que Barbara Pym la dejó aparcada hasta después de la guerra, cuando la revisó de nuevo, la volvió a enviar a Jonathan Cape y esta vez sí, se la admitieron. El resto, como se suele decir, es historia.

Lo que más llama la atención de Some Tame Gazelle, que Barbara Pym llamaba su "novela de gente de verdad", es en primer lugar eso, que utilizara a sus amigos y a ella misma y a su hermana como protagonistas sin mucho afán de disimulo. Su hermana y ella se convierten en las protagonistas de esta novela ya tan puramente Pym bajo los nombres Belinda (Barbara) y Harriet (Hilary) Bede (Pym). Pero no contenta con eso, se atrevió a convertirlos a todos en gente de mediana edad (cuando en realidad ella la primera vez que escribió la novela apenas tenía 23 años) de forma tan creíble y tan acorde con el resto de su obra posterior que resulta asombroso.

Y con el resto de la gente no lo tengo tan claro, pero por lo que sé, con ella y su hermana dio en el clavo ya que Belinda y Harriet Bede son dos hermanas solteronas que comparten casa en un pueblecito tranquilo y típicamente inglés, muy pendientes del clero y muy cultas pero un tanto dispersas (adoro los personajes dispersos de Barbara Pym, con sus cabezas llenas de citas y siempre en las nubes), que es precisamente en lo que se convirtieron Barbara y Hilary Pym con los años.

Lo que sí se nota, pese a las revisiones, es que el libro sucede antes de la guerra. Antes de conocer la historia de la publicación, cuando sólo sabía que se había publicado en 1950, intuía que el libro estaba escrito desde los años treinta. Es una sensación indescriptible en el ambiente y muestra de lo bien que se le da a Barbara Pym crearlo.

El libro es divertido al estilo típico de Barbara Pym, con pequeñas frases de esas que describen cualquier situación bien conocida por todos en apenas unas pocas palabras y siempre contado todo con mucho humor. Y es de suponer, dadas las circunstancias en que se escribió la novela, no sin algunas bromas privadas. Lo que abunda también son las citas de poetas, himnos religiosos y demás, a veces claramente indicadas, a veces simplemente entremezcladas con el texto. Me encanta el hecho de observar lo culta que era Barbara Pym y lo modesta que era con esa cultura. En la mayoría de libros actuales cualquier referencia suele estar casi marcada en fosforito, no sea que no te des cuenta de lo mucho que sabe el autor. Esto no es necesariamente malo, depende de cómo esté hecho y del contexto en que se encuentre. Pero de vez en cuando leer una novela que deja que el lector sea el que decida darse por enterado o no es como un buen regalo, como un libro que te dejan leer a tus anchas. Eso sí, si Barbara Pym fuera otra escritora más reconocida, ya habrían publicado varias ediciones críticas y anotadas localizando todas y cada una de las referencias. Por una parte y por todo lo que he dicho antes, le quitaría parte de la gracia pero por otra parte no me importaría curiosear más a fondo. Siempre está Google, claro, que me ha ayudado un poco en los momentos de máxima curiosidad, pero no es lo mismo.

En cualquier caso los libros de Barbara Pym son una delicia de leer precisamente por la atención que le presta a los pequeños detalles. No suele haber grandes aspavientos ni grandes tragedias (y si las hay se suelen contar de forma tan sutil que el lector las interioriza casi sin darse cuenta), pero en general la vida cotidiana es así, llena de calcetines demasiado pequeños o vestidos que nos dan un tono amarillento. Y nadie, nadie, lo cuenta tan bien como Barbara Pym.

Otros libros de Barbara Pym de los que he hablado:

- Excellent Women.
- Jane & Prudence.

Y por cierto que hace poco Lumen publicó una novela más de Barbara Pym en español: Los hombres de Wilmet (A Glass of Blessings en su título original).

lunes, 10 de mayo de 2010

Scones de arándanos azules y limón

Hoy me he decantado por muchas fotos grandes y menos texto por varios motivos: el primero es que ya he hablado tanto de los scones en este blog que poco me queda que decir acerca de ellos; lo mucho que repetimos (y variamos) la receta da fe de lo deliciosos que están. Y el segundo motivo es que el sábado íbamos con un poco de prisa y fue una repostería de emergencia, tanto por lo rápido que los hicimos (es otro punto a favor de los scones, que son facilísimos y rapidísimos de hacer) como por el hecho de que la clotted cream que teníamos en el frigorífico y que mis padres nos trajeron cuando estuvieron en diciembre, caducaba en breve. (Ahora tenemos un vacío de clotted cream en el frigorífico. Es casi como un vacío existencial).

Como habíamos hecho scones al volver de Londres para tomar la clotted cream fresca que nos trajimos, decidimos variar un poco la receta y aparte de la ralladura de limón que les he puesto alguna vez, pusimos también arándanos azules. La combinación de scones + limón + arándanos azules + clotted cream fue - y sigue siendo, porque aún queda de todo - deliciosa.

De hecho prometía tanto que antes de salir de casa no pudimos resistirnos a una verdadera merienda inglesa (aunque sin té, por desgracia, culpa de las prisas):







Así que después de una vuelta por el centro encaminamos nuestros pasos hacia el Guasch Teatre. De camino hacia allí la gente celebraba los goles del Barça en los bares y Manuel comentaba lo alternativos que nos hemos vuelto, porque nuestros eventos apretujados de estas últimas semanas casi siempre han coincidido con partidos del Barça.

El evento de ayer era ya el último de nuestras semanas intensas de idas y venidas por teatros y salas de todos los tamaños de media Barcelona. En el concierto de Julie Atherton, David Ordinas, después de cantar con ella, dejó caer que estrenaba un espectáculo (de sólo cuatro días en cartel) llamado El Broadway desconegut (El Broadway desconocido) y, claro, Manuel no se pudo resistir.

Y la verdad es que estuvo muy bien. David Ordinas, acompañado por un piano, una batería y un contrabajo, cantó las canciones en catalán intercalando anécdotas de los cástings y de los entresijos del mundo del espectáculo, contadas de forma muy amena. Lo único que echamos en falta fue el nombre de los musicales de los que salían las canciones, sobre todo porque algunas nos gustaron mucho.

Y me encantó el detalle de que cada butaca del teatro (de tamaño modesto, pero enorme comparado con el Versus o el Gaudí) llevara una chapita con un actor de la época dorada de Hollywood. A mí me tocó en la de Gary Cooper y yo tan feliz, aunque no pude evitar que me diera envidia la persona que ocupó la butaca de Carole Lombard, a la que en tantas películas hemos visto últimamente.

Y quizá los protagonistas de la película que vimos ayer también tenían butaca: Loretta Young y Ray Milland en The Doctor Takes a Wife (El doctor se casa), de 1940. Hemos dejado atrás la década de los años treinta y de repente se notó muchísimo en la ropa que llevaban. Es curioso cómo muchos clichés de las películas de ahora vienen sin duda de las películas de entonces.

domingo, 9 de mayo de 2010

Rosas

Hoy estaba a la hora equivocada (cuando ha llegado Manuel) en el lugar equivocado (la cocina) y me ha tocado a mí colocar las flores que ha traído. Yo creo que las pequeñitas han quedado menos monas: con alguna excepción de margarita aquí y allá y caléndula aquí y allá, me ha salido una colocación un poco cuadriculada de mismas flores con mismas flores. Pero sí que me gusta mucho cómo han quedado las rosas unificadas en su - sí, para qué negarlo - vaso de Coca Cola cuyo color, por otra parte, creo que les va muy bien.






Y ayer me compré un libro del que ya hablaré un día de estos, así que ha sido como otro Sant Jordi por entregas y a destiempo.

viernes, 7 de mayo de 2010

Incompatibilidades

Ayer prácticamente al mismo tiempo me llegó el Persephone Biannually con su marcapáginas de uno de los nuevos lanzamientos de la temporada en el correo físico y una pequeña gran avalancha de teletrabajo de esas que traen de extra mi contestación favorita ("¿para cuándo es?", "bueno, es que ya vamos con retraso") en el correo electrónico.

Claro, abrir el sobre y ver esta portada cuando a mí me esperaban unas cuantas horas de ordenador (y las que me quedan hoy) fue ya demoledor. Ahí estaba yo, pegada a mi silla y a mi ordenador y teniendo que poner un rato la calefacción (!) y allí estaban ellas, pegadas a sus tumbonas tan ricamente al sol.

Y aún apenas he conseguido siquiera hojearlo en condiciones. Lo único que he visto es que en breve dejan la tienda de Kensington y se quedan sólo con la de Lamb's Conduit, que es en la que estuvimos nosotros en nuestro último viaje.

Úlltimo viaje en el que ya dimos por hecho que tocaba despedirse de la Inglaterra laborista - la única que yo he conocido - y los resultados nos van dando la razón (a falta del recuento de algo menos de 100 circunscripciones a estas horas).

jueves, 6 de mayo de 2010

La estrené por fin

Ya que en el blog se ha seguido tan de cerca la trayectoria de la bolsa de Quentin Blake, no me puedo resistir a comentar que por fin conseguí estrenarla hace algunos días (leyendo aún The Betrayal, como se puede ver). A juzgar por toda la gente que le echaba el ojo por la calle - supongo que por los dibujitos, aunque no tuvieran ni idea de que eran de Quentin Blake - fue un estreno de éxito.

Lo suyo sería llevarla en el bolso - venga, otra cosa más - sustituyendo a la de tela que llevo ahora y que es demasiado grande para un sólo libro, pero es tan clarita y tan mona que me da pena meterla y que con el roce se vaya ensuciando. Así que de momento la tengo casi en una especie de altar improvisado y sólo la uso en contadas ocasiones.

Y ya que la única lectora es una fan declarada de la bolsa y de Quentin Blake aprovecho para felicitarla por su cambio laboral.

Única lectora que, por cierto, el otro día, me mandó un sms para decirme que estaba leyendo Amor en clima frío de Nancy Mitford y la narradora, Fanny, le recordaba a mí: "es como leer tu blog en otra época". Con mi mala memoria para estas cosas, aún no he terminado de decidir si eso es bueno o no tan bueno (malo sé que no es, menos mal).

miércoles, 5 de mayo de 2010

Randy Newman en Badalona

Seguimos en nuestro peregrinaje de evento en evento. Ayer nuestros pasos - y el tren - nos llevaron hasta Badalona a ver a Randy Newman.

Llegamos con bastante antelación a Badalona y lo que en cualquier otro día hubiera sido un buen rato para explorar la ciudad (que tenía muy buena pinta), fue un rato de diluvio incesante. Y yo iba bien, porque llevaba mis súper-botas, pero Manuel dice que tiene una gotera en el zapato y además se había olvidado el paraguas y el mío es minúsculo, así que andar era bastante incómodo. Así que cenamos/merendamos en el siempre agradable Buenas Migas, dispuestos a pasar un buen rato allí refugiados hasta que Manuel tuvo la brillante idea de que, venga, aunque faltara hora y media hasta el concierto y a pesar de la lluvia que sólo iba a más, teníamos que salir a dar una vuelta y a localizar el teatro. El teatro Zorrilla resultó estar a tres pasos del Buenas Migas y las calles estaban muy bien para pasear pero después de encontrar por casualidad un Imaginarium, comprar un regalo que me habían soplado justo ayer mismo por la mañana para llevar a Madrid a finales de mes, Manuel decidió que el paseo (que debía de haber durado unos 15 minutos) había estado bien pero que sus pies eran balsas. Así que como yo recordaba haber visto a gente con bolsas de una pastelería, buscamos por la zona y dimos con una que tenía sitio para sentarse y tomamos algo (otra vez). Riquísimo, eso sí, y luego vimos que había más pastelerías por allí cerca con también muy buena pinta.

Al final llegamos al teatro (fuimos los primeros en entrar en la sala) y vimos a la gente que iba entrando (las entradas estaban todas vendidas). Si en el concierto de Julie Atherton dedujimos que la gran mayoría del público era del mundillo del teatro, aquí pasó lo mismo, pero con músicos y demás. Vimos a gente de Els Pets y al guitarrista de Sau (estos me los iba identificando Manuel, yo ni idea), y algunos más a los que no supimos poner nombres pero que nos sonaban mucho. Y David Trueba, que pasó tantas veces por nuestro lado que ya era como de la familia (sólo que nunca le dijimos nada).

El concierto es parte del festival Blues & Ritmes de Badalona y por lo visto se han pasado los últimos cinco años intentando traer a Randy Newman sin éxito, hasta ayer. Nosotros, debo decirlo, no conocíamos gran cosa (Manuel algo más que yo, pero mi asociación mental instantánea de Randy Newman era con You've Got a Friend in Me de Toy Story), pero como leyenda que es, Manuel no quiso dejar pasar el concierto y la verdad es que hizo bien porque no sólo la música estuvo muy, muy bien (y eran sólo él y el piano) sino que el hombre es divertidísimo. (Y por si se nos escapaba algún chiste, alguna letra de canción o alguna coma, siempre teníamos detrás a alguien que hacía traducción simultánea de todo a su acompañante...).

Además el hombre no tiene una voz brillante, pero la tiene tan adaptada a lo que toca que se vuelve perfecta. Cantó You Can Leave Your Hat On (que compuso él) y, sorprendentemente también You've Got a Friend in Me. Cantó una canción llamada I'm Dead (But I Don't Know It) que vino precedida por unas palabras sobre cómo las viejas glorias (entre ellas él mismo) no se retiran. Instruyó al público para hacerle los coros: cuando él canta "I'm dead but I don't know it" (estoy muerto y no lo sé) el público tenía que responder "he's dead, he's dead" (está muerto, está muerto). Ah, en YouTube hay un vídeo de otra actuación con la misma canción y las mismas instrucciones. Fue divertidísimo. Y luego hacia el final preguntó si alguien quería oír alguna canción en concreto y no había terminado de hacer la pregunta cuando vino una avalancha de peticiones y nunca me quedó claro si había complacido alguna, supongo que sí. Canciones variadísimas todas, eso sí. Hubo muchas - todas, creo - que me gustaron mucho, pero en el caso de esta me esforcé tanto (y ya hablé de mi memoria) para recordar la letra y buscarla que creo que borró casi todas las demás (aunque Feels Like Home creo que también es conocida y está muy bien): Love Story.


Y si alguien se pregunta por qué no hay ni una mísera foto de Randy Newman es porque a pesar de que la megafonía del teatro antes de que empezara el espectáculo dijo que no se permitían fotos con flash y de que la gente las hacía y no pasaba nada, yo, que intenté hacer una (que salió mal, a Randy Newman le sale la cara en blanco) sin flash ni nada, fue a la que se le acercó el acomodador (cosas de estar en un extremo, supongo) a decirle que no se permitían fotos ni grabaciones. Y, claro, en mitad del concierto no era plan de entrar en debates sobre por qué entonces la megafonía hace referencia al flash y no dice fotos en general. Así que guardé la cámara y disfruté del concierto a secas. Tampoco fue mal plan.

martes, 4 de mayo de 2010

The Betrayal, de Helen Dunmore

Creo que ya he mencionado alguna vez de pasada otro libro de Helen Dunmore, The Siege, que leí en 2007 y se convirtió en uno de mis libros favoritos de forma instantánea. Ya había leído otros libros de Helen Dunmore, pero ninguno se acercaba a ese ni remotamente. Helen Dunmore, que quizá porque también escribe poesía, es capaz de captar momentos diminutos y darles una trascendencia inesperada, escribe de maravilla y sus descripciones son lo más cercano a los cinco sentidos que he leído. Así que dio igual que leyera The Siege cuando ya hacía calor, era empezar con cualquier párrafo y sentir que me helaba de frío (y más barato que el aire acondicionado). The Siege contaba la historia de Anna, una chica de Leningrado a la que el sitio de la ciudad la pilla huérfana de madre, con su padre (un escritor que no ha sabido/querido bailarle las aguas al partido), un hermano de cinco años, y su creciente amistad con Andrei, un estudiante de medicina.

Anna se las veía y se las deseaba para mantenerse a sí misma y a su familia con vida y Helen Dunmore contaba de la forma más elegante y poderosa posible lo que fue el primer invierno del sitio de Leningrado, donde apenas había víveres y el pan de cada ración estaba hecho prácticamente de celulosa, donde el frío era literalmente letal, donde cada uno tenía que mirar por sí mismo y por nadie más, donde la gente se caía en mitad de la calle y nadie tenía fuerzas ni ganas de ayudarlos y donde de vez en cuando, sin embargo, la unión entre los habitantes era total. Un invierno larguísimo en el que el frío, el hambre, el agotamiento llegan al lector en estado puro. Y, de nuevo, creo yo, demostrando que la mejor forma de contar la realidad es la ficción. Pueden decir que en los 900 días que duró el sitio de Leningrado murió un millón de personas, pero impresiona más cuando lo cuentas desde los ojos de un grupo de ellas, aunque sean ficticias (nada que ver con el libro, pero también está la historia real de Tatiana Sávicheva). Hace unos días me enteré de que Stalin precisamente había dicho que la muerte de un hombre es una tragedia, la muerte de millones es una estadística. Y no le faltaba razón pero, claro, él sabía de lo que hablaba.

Así que cuando me enteré de que Helen Dunmore nos daba la oportunidad de volver a Leningrado (ya que al San Petersburgo actual la cosa no está nada clara) para saber qué fue de sus personajes, sabía que me haría con el libro en cuanto estuviera a la venta. Al final resultó que además tuve la suerte de encontrar en Londres una copia que supongo que le enviaron a alguien para reseñar (y que vendió) antes de tiempo.

The Betrayal comienza unos diez años después del final de The Siege, en los últimos años del mandato de Stalin. No quiero revelar nada de las vidas de los protagonistas por si alguien se anima a leer The Siege aunque no esté traducido, baste con decir que Andrei, que ahora trabaja en un hospital, tiene la mala suerte de toparse con el hijo enfermo de uno de los mandamases de Stalin. El tratamiento que proponen no funciona y el mandamás de turno convierte lo aleatorio de la enfermedad en una causa personal que Helen Dunmore ubica dentro del Complot de los médicos que de verdad se produjo al final del régimen stalinista (y que fue la excusa para aniquilar a decenas de médicos judíos).

Y todo lo terrible del régimen lo vemos a través de los ojos de este grupo de personas que se ha esforzado en pasar desapercibido, porque las denuncias eran tan aleatorias, inesperadas y letales como la enfermedad del hijo del mandamás. La foto de la portada del libro, preciosa, es una muy buena representación de esos días en que los edificios oficiales (lo que se ve al fondo es, si no me equivoco, el Palacio de invierno, ahora el Hermitage, y creo que el edificio del arco es el Estado Mayor) con todo lo que contenían hacían a las personas sentirse tan minúsculas como a las dos siluetas de la foto. Y, sin embargo, qué bonito Leningrado/San Petersburgo, tanto en la portada como en esta crítica que vino en la revista de Waterstone's. Y eso que en la novela el Leningrado que aparece - y en The Betrayal aparece mucho menos que en The Siege - no es el monumental.

Anna, la protagonista, sigue siendo la heroína de infinitos recursos que era en The Siege y, para mí, igual que ese libro, una de mis preferidas, sin nada que envidiar a, por ejemplo, Jane Eyre.

En fin, que dirán aquello de que segundas partes nunca fueron buenas pero en este caso no se cumple. De entrada ya sabes que el libro no puede igualar a The Siege, eso es imposible, pero queda a una altura mucho más que digna y es igual de absorbente y envolvente. Y el final parece que queda abierto. Yo firmo desde ya para una tercera parte.

lunes, 3 de mayo de 2010

Streusel de manzana

Cumplí mi palabra y el día antes de ir a hacer la compra le puse a Manuel a su disposición todos los libros de cocina para que eligiera la tarta de frutas que se le antojase. A las tres páginas del primer libro ya estaba aburrido, pero siguió adelante y fue descartando uno detrás de otro por ser de frutas que ahora están fuera de temporada. Al final elegió uno, sí, pero resultó que podía hacerse en un molde como el que ya teníamos. Así que el molde que tanto me costó conseguir y que arrastré todo el día de Sant Jordi sigue sin estrenar en el armario. Típico.

Dentro del poco entusiasmo que me causa la fruta en general, la manzana es una de las que tolero, unas veces con más entusiasmo que otras, pero siempre puedo vivir sin ella. Y en cualquier caso la única que me gusta es la roja, siempre que no esté harinosa y siempre con piel y a mordiscos. (Si le quito al piel entonces ya sí que me entusiasma mucho menos). Y la manzana asada tiende a no gustarme en absoluto. De hecho la tarta de manzana que me gusta es la que lleva la manzana sobre una capa de crema y entonces puedo retirar la capa de manzana y comerme la masa y la crema, que es lo que de verdad me gusta. La otra, la que lleva la manzana dentro del relleno, la tengo vetada.

Pero yo me había comprometido a dejar que Manuel eligiera cualquier tarta de cualquier fruta, así que cuando eligió el streusel de manzana apechugué con ello. Las manzanas eran ácidas y quedarían asadas... yupi.

Pero bueno, yo compré un utensilio de esos para quitar el corazón de las manzanas con el mismo entusiasmo que el molde que aún sigue sin usar. Miré la receta (muy) por encima antes de ir a hacer la compra y vi (asumí sería un verbo mucho más correcto aquí) que teníamos de todo. Recordemos que el sábado en que la haríamos era 1 de mayo y estaba todo cerrado a cal y canto.

Nos ponemos manos a la obra. Resulta que la receta incluye una cobertura cuyos ingredientes yo había obviado mirar. Tanto el bizcocho como la cobertura llevan harina leudante (Bizcochona, vaya) y tengo un momento de pánico (en alto, por desgracia) porque no sé si va a haber suficiente (y, mientras me dispongo a pesarla, veo que a Manuel no le convence en absoluto mi sugerencia de que siempre podemos mirar la proporción de harina/levadura y hacerla nosotros). Por suerte había de sobra.

Continuamos. "Azúcar rubio", que al mirar la receta di por hecho que sería o blanco o moreno, ya que las recetas de cada libro tienen cierta tendencia a llamar de mil formas a lo mismo. Manuel va al ordenador y me informa de que es un azúcar intermedio. Mis argumentos de que 1) no lo habríamos encontrado en nuestro supermercado y 2) no vamos a tener un tipo de azúcar para cada receta no le convencen en absoluto (otra vez). Nos decantamos por usar azúcar moreno. Y resulta que, como con la Bizcochona, duante unos larguísimos instantes en los que la tensión se corta con un cuchillo, parece que no va a haber suficiente. Y a Manuel no le hace gracia mi sugerencia (no se puede quejar, yo siempre le doy alternativas) de que ya que el azúcar rubio es intermedio, siempre podemos mezclar moreno con blanco y listos (bueno, vale, ya sé que no funciona así). De nuevo esquivamos la catástrofe y hay suficiente.

Vamos haciendo las cosas, estrenamos el cacharro para quitar el corazón de las manzanas, etc., etc. Antes de empezar a hacer nada yo le había dicho abiertamente a Manuel que iba a ignorar lo que decía la receta de molde desmontable (el nuestro está un poco vejete ya y me da pereza usarlo; también me da pereza comprar uno nuevo puesto que este, en realidad, no es tan viejo). Manuel, que tampoco aprende a no hacerme caso visto lo visto, acepta. Y hasta que no hemos engrasado el molde no desmontable y echado parte de la masa, no nos damos cuenta (se da cuenta Manuel) de que, claro, la parte de arriba del bizcocho va como espolvoreada y que desmoldarlo dándole la vuelta es imposible. Hmmm... interesante reflexión, sí, pero ya no damos marcha atrás. Estamos curtidos ya en esquivar todas las catástrofes que casi nos da este bizcocho. Yo insisto en que mis bizcochos siempre eran más fáciles y no nos daban estos quebraderos de cabeza.

Al horno que va y que sea lo que Dios quiera. Tengo pocas esperanzas para telehorno porque aunque la Bizcochona es tan fortachona como su horrible nombre indica, la manzana (que nos ha dado la impresión de ser muchísima y eso que hemos puesto exactamente lo que pedía la receta) y las miguitas de encima pensan lo suyo. Pero poco a poco a lo largo de la hora que pasa en el horno va subiendo y es muy sorprendente de ver. Por no hablar del magnífico olor que invade la cocina casi nada más meter el bizcocho al horno. En ese momento me daba igual que no me gustara la manzana asada, sólo ese olor ya era como saborear un postre delicioso.

Pasa la hora y sacamos el bizcocho. Viene el dilema de qué hacer para sacarlo. No podemos dejarlo dentro más de los minutos de rigor para que se enfríe un poco o se seguirá haciendo. Manuel sugiere meterlo en el frigorífico, pero más que enfríar el molde habríamos calentado todo lo demás. Total, que Manuel dice que de perdidos al río... y me cede el dudoso honor de ser yo la que dé la vuelta al molde (se excusa en que el molde quema y yo llevo eso mejor. Y es cierto). Bueno, creo que a alguien que se haya tirado por primera vez en paracaídas no le ha latido el corazón más rápido que a mí en ese momento. Vuelta para un lado y vuelta para el otro y.... como se ve en las fotos se me dio bastante bien, ¿eh?

El caso es que no sé alemán (y lo poco que deduzco de él es gracias al inglés y al sueco) así que streusel para mí no es nada. Pero la wikipedia dice que streusel hace referencia a las miguitas que lleva esparcidas por encima (y, efectivamente, me ha fallado lo de deducir, porque ahora veo el parecido con el verbo "strew" en inglés). Cuando le dije a mi madre lo de streusel me preguntó si no sería strudel, pero no, strudel es otra cosa.

Ese párrafo informativo era por darle emoción al asunto y que el momento de probar el bizcocho se hiciera esperar. Tachán, tachán.... lo reconozco, el bizcocho está bien bueno, con manzana ácida asada o no, está para chuparse los dedos. Vamos, que el streusel es mi señor Darcy de los bizcochos (por aquello de los prejuicios que ciegan, claro).

Así que fue un éxito a pesar de haber podido ser un desastre de muchas formas diferentes. Eso sí, Manuel dice que a partir de ahora va a contrastar las recetas con mi lista de la compra y con los ingredientes que tenemos en casa. Yo le he dicho que adelante porque obviamente me da una pereza horrible hacerlo a mí.

Y por la noche vimos la tercera entrega de la serie de películas Thin Man: Another Thin Man (Otra reunión de acusados). Esta ya de 1939 (la primera era de 1936). Me encanta esta serie de películas y desde luego esta no me decepcionó. Y el perrito Asta (que en realidad se llamaba Skippy) sigue siendo tan adorable como siempre.