miércoles 11 de noviembre de 2009

El día 11 del mes 11 a la hora 11...

Este año cambio de foto, aunque ya no sea mía, para conmemorar el Poppy Day, que la otra ya la he usado dos años seguidos.

Me ha gustado este año, pese a lo duro que fue leer Little Boy Lost, lo de conmemorar el día del armisticio de la Primera Guerra Mundial - y en realidad el de todas las demás guerras - con lecturas relacionadas, aunque ambas en mi caso fueran de la Segunda Guerra Mundial.

Ya he comentado muchas veces que a mí lo que me interesa de la Segunda Guerra Mundial no es lo que aparece en los libros de historia. De hecho, como le contaba a Ángeles hace unos días, antes de la Selectividad confiaba en que no peguntaran por ella en el examen de Historia porque era lo que peor llevaba. Incluso a día de hoy, a pesar de que la mayoría de cosas que leo suelen incluir notas, aclaraciones o cronologías sobre la guerra, yo sigo teniendo serios problemas y si me preguntasen estaría sólo ligeramente más capacitada para responder a la pregunta. Mi cabeza sigue siendo antiadherente cuando se trata de retener por suficiente tiempo los movimientos de los Aliados y los alemanes.

En cambio si me preguntaran poco el racionamiento en Inglaterra, el Blitz, las diferencias entre los refugios Morrison y Anderson, los V1 y los V2, los barrage balloons (globos cautivos, por lo visto), las campañas de propaganda y el frente doméstico en general saldría mucho mejor parada.

Me parece mucho más interesante a la larga. Sí, de la guerra se puede extraer tal conclusión, pero del hecho de que una persona (llámese Vere Hodgson, llámese Nella Last (lectura actual), llámese como se llame) se tope con un montón de dificultades, tenga un montón de obstáculos cotidianos en su camino y sea capaz de seguir adelante y, además, tomárselo con humor, me parece muy valioso, aunque sólo sea porque es mucho más fácil identificarse con ella, ponerse en su lugar. Inspira más y la forma de vida, sin ser obviamente idéntica es muy parecida a la nuestra, mucho más que la forma de vida de la Primera Guerra Mundial.

Estos días andaba rebuscando una cita de alguno de los diarios que llevo leídos que pudiera ser apropiada para hoy. Y las que encontraba nunca me convencían del todo, sobre todo porque se perdía el contexto. Ayer, de la forma más inesperada me encontré con la frase más adecuada y que mejor refleja el sentimiento de los diarios que he leído a pesar de que es una frase que no nada tiene que ver con la guerra ni nada parecido. En los diarios suele haber cierta euforia, sí, pero en general la tendencia general suele ir más en esta dirección.

[Love] is not a victory march, it's a cold and it's a broken hallelujah.
... no es un desfile de la victoria, es un "aleluya" roto y helador.

La frase proviene de la canción Hallelujah (original de Leonard Cohen, versionada por Jeff Buckley y, entre otros muchos, por Bon Jovi, que era la versión que escuchaba yo ayer).

La foto es de cuando en febrero pasamos por el Imperial War Museum.

martes 10 de noviembre de 2009

Noche de viernes: A Tree Grows in Brooklyn (Lazos humanos)

Ya comenté cuando leí el libro que la adaptación cinematográfica de A Tree Grows in Brooklyn (Un árbol crece en Brooklyn) se había llamado Lazos humanos. El libro fue un éxito de ventas y Elia Kazan, amigo de la autora Betty Smith, decidió estrenarse en el mundo del cine con esta película.

Cambio ligeramente de tema para comentar lo cómodo que es que lo elegido para ver en noche de viernes conste de varios episodios, como Emma estas últimas cuatro semanas. A veces estamos más inspirados y decidir qué ver no nos supone ningún problema, pero hay otras semanas que la búsqueda de programación es como una pequeña losa al cuello. La semana pasada empezó así, con distintas posibilidades pero ningún claro favorito, las desterradas de siempre que Manuel insiste en que hay que ver algún día y las por ver de siempre sobre libros que yo he leído pero que no tienen ningún aliciente para Manuel (y si lo tuvieran para mí ya las habría visto). Y de repente un día hubo telepatía, y no miento ni exagero: la misma tarde habíamos hecho la misma búsqueda y habíamos dado con la misma película que queríamos ver: A Tree Grows in Brooklyn (Lazos humanos) . Así, sin aviso ni comentarios previos. Casualidad que ahora utilizo para intentar convencer a Manuel de que el momento telepático de Jane Eyre es creíble (Charlotte le dijo a Elizabeth Gaskell que no era inventado, que algo así había pasado de verdad).

Y encantados de la vida con nuestra decisión telepática nos sentamos el viernes a verla en las mismas condiciones variables de esta época del año: primero un rico helado de la nueva frutería/heladería (no paro de hablar de ella aquí por unas cosas o por otras desde que la abrieron) y después unas castañitas asadas de, oh sorpresa, la nueva frutería/heladería.

Fue un éxito de comunicación telepática porque nos gustó mucho. Como adaptación no tiene desperdicio, es de esas tan buenas en las que la transición libro-película es indolora, el sueño de un purista, pero que también funciona para los que no quieren fotocopias del libro (el guión estuvo nominado al Oscar y de hecho el actor que hace de Johnny Nolan se llevó el Oscar). Eso sí, incluso siendo bastante larga (más de dos horas), acaba un poco antes que el libro, no diré en qué punto para no destripar ni el libro ni la película.

De hecho es de esas en las que poco puedo comentar mientras la vemos ni después por aquí: no hay actores a los que criticar ni guionista al que poner verde ni cambios inexplicables de los que reírse. Y que conste que lo prefiero así.

Antes mencionaba Jane Eyre y curiosamente la niña que hace de Francie es Peggy Ann Garner, que había interpretado a Jane Eyre de niña en la adaptación de 1944, es decir, sólo un año antes de rodar esta.

Una de las mejores cosas de la película para mi gusto es lo bien recreado que - me imagino, obviamente no lo sé a ciencia cierta - está recreado el Brooklyn de la época: ruidoso, lleno de gente por la calle, con niños corriendo, jugando, la escalera del edificio donde viven los Nolan siempre a rebosar de gente deseando cotillear. Y en mitad de eso el día a día de los Nolan y Johnny cantando las canciones para los pobres que en el libro no sabíamos que música poner a la mayoría y Francie con su ambición de leer todos los libros del mundo.

En fin, que la incluyo en mi selección particular de películas que deberían ver todos los adaptadores en potencia. ¡Y que tomen apuntes!

lunes 9 de noviembre de 2009

Brownies de doble chocolate con nueces

Me comí el último panellet de los hechos el sábado el viernes, y esta enorme bandeja de contundentes brownies va camino de ir a durar el mismo tiempo.

La receta está sacada del libro del chocolate con alguna variación (si alguien quiere la original que me lo diga y la copio). Probablemente no debería, pero suelo ignorar el asunto de "molde de X cm", más que nada porque si tuviera el molde de X cm que pide cada receta tendría un muestrario de moldes de todos los tamaños y formas. Así que lo ignoro y lo hago en lo más parecido que tengo. En este caso las instrucciones sugerían un molde de 23 cm y el nuestro era de 30. Y, sinceramente, creo que los brownies han quedado de la altura que tienen que quedar. Más altos hubiera sido demasiado, creo yo.

Como siempre la receta tenía un ingrediente no fácilmente encontrable. Recuerdo haber visto pepitas de chocolate blanco en algún sitio, pero no en qué sitio. Y de haberlo recordado tampoco sé si hubiera ido a por ellas. El caso es que en nuestro supermercado habitual no hay, pero hicimos un buen apaño con dos tabletas de chocolate blanco troceadas a mano (con cuchillo) y, como aun así todavía eran menos gramos de los que pedía la receta, suplimos el resto con pepitas de chocolate negro (los brownies ya llevaban chocolate negro fundido, es decir, que lo del "doble chocolate" del nombre de la receta sólo lo potenciamos) para alegría de Manuel, que odia el chocolate blanco pero no puso ninguna pega a estos brownies.

Manuel aceptó esas dos chapucillas sin problemas, pero a lo que se negó fue a complementar los 100 gramos de azúcar moreno que nos faltaban con azúcar blanco (por más que yo le decía que en realidad sólo afectaría un poco al color). Nada, se vistió y se fue a comprar otro paquete de 1kg de azúcar moreno. Menos mal que tenemos el supermercado enfrente.

Cuando me senté delante de telehorno, al no llevar levadura, pensaba que iba a ser un episodio tirando a aburrido, pero qué va. Por alguna misteriosa razón la masa subió. Y el olor fue espectacular como sí que era de esperar.

Fue con el desayuno con lo que realmente descubrimos que un cuadradito era contundente como una piedra. Y con el desayuno también leí un artículo de Javier Marías de esos que se merecen aplausos y vítores.

Contundente o no, eso no impidió que al llegar a casa por la tarde y dejar el vendaval que había fuera (odio el viento) me hiciera un buen té blanco de vainilla y me cortara un pedacito para merendar, justo antes de dar por fin - y a ver si definitivamente ya - por inaugurada la temporada de lectura y manta.

¿Y qué mejor forma de entrar en calor que planchando? Bueno, es una forma de verlo y la compañía era buena. Ayer volvió el Thin Man (es curioso que el nombre de esta serie de películas saliera, en principio, del nombre del asesinado en la primera, pero que luego se asociase al detective Nick Charles interpretado por William Powell): After the Thin Man (Ella, él y Asta), donde el adorable perrito Asta tiene más protagonismo. Muy divertida, no me extraña que en la época fueran películas muy populares. A la saga aún le quedan cuatro películas más, así que con el tiempo iremos viéndolas.

sábado 7 de noviembre de 2009

Orígenes

Easy to remember where it all began but harder to explain why a youthful interest which accorded with my aspirations at the time should not only never have faded but have greatly increased over so many years. Where are such passions formed, not only for an author and their work but for everything surrounding them, their lives, family, friends, the places in which they lived, their psyches?

Es fácil recordar dónde empezó todo, pero cuesta más explicar la razón por la que un interés juvenil que encajaba con mis aspiraciones de entonces no sólo nunca ha desaparecido sino que ha ido en aumento a lo largo de tantos años. ¿De dónde nacen esas pasiones, no sólo por un autor y su obra, sino por todo aquello que le rodea: su vida, su familia, sus amigos, los lugares en que vivió, su psique? (Traducción rápida mía)

Eso se preguntaba Susan Hill (hace ya días, voy un poco retrasada con la reflexión) acerca de su afición por Virginia Woolf y todo lo que la rodea, y eso lo aplico yo, palabra por palabra, a las Brontë. Preguntas probablemente sin respuesta* que no se plantean cuando una se encuentra en la enorme cuesta que es la Main Street de Haworth, el pueblo de las Brontë, cuyo hogar y ahora museo, se encuentra en la parte más alta. Más que nada porque el cuerpo se concentra en llegar arriba y tratar de conseguir oxígeno para lograrlo.

Susan Hill habla también, como tantos ingleses, de los europeos y de Europa con mucha distancia, como si en lugar de un pequeño canal que ahora se puede cruzar incluso en tren, hubiera por lo menos tres océanos. Ambas cosas juntas - la cita de antes y este distanciamiento - me hicieron recordar, mientras leía el libro, la primera vez que pisé Haworth en el año 2001.

Estuve horas metida en el museo y al salir arrasé con la tienda, todo para que, cuando me disponía a pagar con mi - entonces novedosa - Visa Electron (que anunciaba un viejecito y que según el anuncio servía en cualquier sitio) me informaran de que no tenían lector de esas tarjetas y una dependienta le comentara a otra que era una de esas tarjetas que usaban "en Europa".

A la confusión por encontrarme fuera de un continente del que hasta entonces pensaba que no había salido, se añadió que yo sólo estaba allí de paso durante ese día y que la tienda cerraba en veinte minutos. Al preguntar qué hacer, me sugirieron ir - sin garantías de que ese cajero admitiera tarjetas europeas - a un banco que había justo en lo que para mí entonces era la calle con la que se cruzaba Main Street abajo del todo, que ahora sé que se llama Mill Hey.

Al salir por la puerta de la tienda, dejando mi botín apartado, oí que una dependienta le decía a la otra esa expresión puramente de Yorkshire que es "poor lass!" (pobre muchacha) y que entonces me sonó salida de una novela Brontë, claro. El caso es que allá que fui, medio despeñándome, medio manteniendo el equilibrio, calle abajo y si ese descenso me pareció infernal, el de vuelta calle arriba con las libras en efectivo (había habido suerte con el cajero) fue aun peor y al llegar arriba no es que casi necesitara oxígeno como se suele necesitar incluso en condiciones normales, es que ya estaba tan ahogada que ni me enteraba. Llegué justo cuando estaban a punto de cerrar, pagué mis cosas y, a pesar de todo, tan feliz.

Por si a alguien le interesa, en la tienda del museo ya aceptan tarjetas "europeas" y la tradicional carrera abajo por Main Street es un deporte extinguido.

viernes 6 de noviembre de 2009

Un regalo-hallazgo

Se me da mal buscar cosas que recuerdo haber leído, como ya se vio aquí, ya sea en libros, en periódicos, en revistas o en internet. Cuando busco algo que supongo que tiene que estar en internet pero que yo no encuentro o directamente antes de empezar a buscar nada termino recurriendo a Manuel, también adecuadamente llamado Googleman en esos casos. Y el nombre viene del éxito que tiene en sus búsquedas, claro. A veces juraría que introducimos los mismos términos de búsqueda y sin embargo a él le salen cosas interesantes que a mí no.

Pero algún día debe de brillar sobre mi cabeza un rayo de luz divino y encuentro algo. Ayer, todavía con Little Boy Lost en la cabeza (con el permiso de la señora Last, cuyos diarios tampoco tienen desperdicio), recordé que aparte de en la Biblioteca Nacional no había curioseado si había algo más de información sobre El niño perdido.

Casi me caigo de la silla cuando en los ingentes archivos de un famoso diario que no quiero nombrar por miedo a que den con esto y me echen la bronca por lo que hice después encontré que entre los meses de junio y julio de 1960 habían publicado la novela (íntegra por lo que he podido ver, pero no he tenido tiempo de comprobar si hay manos censoras o no) a razón de página diaria.

Así que como me debo a mis lectores (que dicen los escritores cursis) y a mis lecturas, me puse con estas manitas a juntar las páginas en un único archivo que dejo a vuestra disposición aquí (intenté hacer más virguerías como darle otro formato o hacer la letra un poco más legible pero sin mucho éxito). Son 37 páginas de letra pequeñita (se puede aumentar si se lee en el ordenador), no suponen un gran gasto de tinta (ninguno para los modernillos que tengan en sus manos a algún familiar de Rufinito) y, garantizado (espero, lo que he visto de la traducción es muy hija de su época y va un poco a su aire, pero se deja leer), una buenísima, triste e intensa lectura de una joya de libro que os dejará tanta huella como a mí, estoy segura.

Venga, venga, sed como Hilary Wainwright, protagonista de la novela:

Hilary was a fast reader and dreaded nothing more than to be stranded without print. He would read anything sooner than nothing, fragments of sporting news torn up in a lavatory, a motor journal on an hotel table, an out-of-date evening paper picked in a bus. He would covetously eye the books held by strangers in trains, forcing them into conversation until he could offer his own read book in exchange for something new. But if, by ill-luck, he was reduced to reading nothing but haphazard chance finds, he would become dreary, unhappy, uneasy, like a gourmet who suffers from indigestion after eating bad food.

Hilary leía con mucha rapidez y no había nada que le aterrase tanto como verse sin nada que hacer y sin libros. Era capaz de leer cualquier cosa antes que quedarse sin lectura: fragmentos de artículos deportivos encontrados en cualquier parte, una revista de automovilismo en una mesa de hotel o un periódico atrasado abandonado en un autobús. Miraba codiciosamente los libros que tenían sus desconocidos compañeros de viaje en los trenes, forzando la conversación hasta poder ofrecerles el libro que él ya habla terminado a cambio de otro nuevo. Pero si, por mala suerte, se veía obligado a leer cualquier cosa que no le ofreciera a su mente más que el mero hecho de ser un impreso, se ponía de mal humor y se sentía desgraciado, como un "gourmet" que sufre de indigestión después de comer alimentos mal condimentados. (Traducción de Rafael Vázquez-Zamora)

El libro completo en sus magníficas 37 páginas: AQUÍ. Si el archivo os diera algún problema no dudéis en decírmelo.

Los kleenex, eso sí, corren a cuenta vuestra.

jueves 5 de noviembre de 2009

Antes y después, o ronda frutal con tubérculo

Últimamente los domingos por la mañana suelen oler a batata (me gusta más decir batata que boniato) asándose en el horno y, a pesar de que hasta ahora el tiempo no ha acompañado demasiado y no ha habido esa sensación de olor hogareño calentito, me sigue pareciendo uno de los olores más reconfortantes que hay.

Hago unas cinco que luego me duran unos cuantos días, días que disfruto saboreando - aparte del sabor como la propia palabra indica - el color naranja intenso y la textura que prácticamente se deshace en la boca.


Es un placer solitario porque, aunque Manuel reconoce que el nuevo olor dominical es agradable, las batatas le gustan tan poco como a mí otro de los productos de la temporada que él toma - venido de la casita de verano - el palo santo/caqui/persimon.

Por otra parte, el otro día Manuel dio por inaugurada la nueva frutería (de cuyas castañas hablé el otro día) con una minibandejita de moras. Las hay en más sitios y siempre me tientan mucho, si no fuera por los tres euros que suelen costar y el recuerdo de que de pequeña las cogíamos directamente de entre los pinchos gratis y en cantidades industriales. El último día que fuimos a Sitges vimos, junto a la via del tren - o sea, inalcanzables - zarzamoras con sus correspondientes moras y nos preguntamos si los niños siguen dándose atracones de ellas en algún sitio o es una de esas cosas que ya no se hacen. También recordamos, entonces, que la última vez que nosotros habíamos comido moras había sido en York, cogidas, como debe ser, de la zarzamora, de la tapia que impedía el paso a la vía del tren (otra vez, trenes y zarzamoras) y que teníamos enfrente de nuestro acogedor bed & breakfast. En esa ocasión cogí todas las que pude - como debe ser - y luego las lavé bien antes del atracón, que no están los tiempos para comerlas directamente.

Las del otro día estaban ricas y eran mucho más grandes que las que se cogen al aire libre, pero no tenían el aliciente del dolor de dedos por los pinchazos.

Por otra parte la frutería nueva nos trajo la eterna duda del arándano azul. Entre las moras y los arándanos rojos, había una bandejita de lo que yo identifiqué de inmediato como blueberries, o arándanos azules o mirtilos en castellano y nabius en catalán, cuyo cartelito decía que eran "aranyons". Confusa, llegué a casa y miramos en internet qué era qué. Resulta que los aranyons son prácticamente idénticos de aspecto a los arándanos azules/mirtilos, pero en realidad son endrinos, que son con lo que se hace el pacharán. Con lo cual no tengo ni idea de si eso es lo que son de verdad o si el cartel estaba mal puesto o qué, y me da reparo pagar tres euros (cuando en Inglaterra, por ejemplo, moras, arándanos y demás bayas suelen ser mucho más baratitos) por cinco bolitas y media que puede que no sean arándanos azules sino endrinos. Estoy confusa.

miércoles 4 de noviembre de 2009

Noche de viernes: Emma (2009)

El viernes pasados vimos el cuarto y último episodio de la nueva adaptación de Emma de la BBC, con Romola Garai en el papel de Emma. Yo no sé qué me pasa con Romola Garai, pero el caso es que parece haberse especializado en adaptar libros que leo: I Capture the Castle, Atonement, Angel y ahora Emma. Y lo curioso del asunto es que sin ser papeles idénticos ni intercambiables, sí que podría decirse que tienen, unos más y otros menos, bastantes cosas en común entre sí.

Dicho esto, antes de ver la serie y mientras la íbamos viendo viernes tras viernes, yo leía críticas bastante malas (también las ha habido buenas, que conste). El primer capítulo casi lo vi con la respiración contenida, reservando oxígeno para la sarta de quejas que seguro que tendría. Y la verdad es que terminó el capítulo y creo que lo poco que había dicho era todo bueno: que me gustaba muchísimo la presentación, que los vestidos (a pesar de ser la mayoría heredados), la iluminación y los decorados/paisajes me parecían preciosos y que los actores no estaban mal. Las quejas habían sido no en contra de la serie, sino de lo plasta que puede llegar a ser el señor Elton y cosas así.

Para cuando el viernes llegamos al cuarto capítulo yo seguía sin haber protestado demasiado, de hecho me estaba gustando bastante. Si había una queja que iba en aumento era la de lo agotador que era ver las expresiones faciales y eterno movimiento de ojos de Romola Garai. No sólo, como dicen las críticas, por el hecho de que sea improbable que nadie en la época de Jane Austen (¡ni en la época actual!) gesticulase tantísimo, eso era lo de menos, de haber sido una película moderna me hubiera empezado a irritar igual. Simplemente es agotador, lleve la protagonista vestido estilo imperio o pantalones vaqueros.

Si hay una queja que he leído - y que ya leí cuando estrenaron la última adaptación de Jane Eyre (mi preferida) - es que la gente se queja de la modernización de las actitudes y el vocabulario, por no hablar de la gente que se queja de que se haya cambiado el principio, de que haya recursos modernos, etc (lo mismo ocurre en la mítica North and South, pero ¿qué pasa? que ahí nadie se queja porque nadie había leído e idealizado antes el libro; y de hecho luego no les gusta el final convencional del libro y prefieren el bonito - pero anacrónico - final de la serie). A mí esto no me molesta especialmente: modernizar el lenguaje es simplemente tratar de llegar a más gente y modernizar las actitudes - ver a Emma bostezando o leyendo medio repanchingada - no me parece mal siempre y cuando tenga unos límites (es complicado esto de definir, porque por ejemplo la actitud actual en Orgullo y prejuicio 2005 me horripila). Y además es que es lo de siempre: si quieres una adaptación que conserve todas y cada una de las palabras, todos y cada uno de los gestos, que no se salte nada ni cambie nada, que mantenga todo intacto, lo mejor que puedes hacer es ir a una librería y comprarte otra copia del libro, porque no vas a encontrar ninguna adaptación que te convenza.

RAE dixit:

Adaptar.
3. tr. Modificar una obra científica, literaria, musical, etc., para que pueda difundirse entre público distinto de aquel al cual iba destinada o darle una forma diferente de la original.

Palabras clave: modificar - público distinto - forma diferente.

Dicho esto, y ahora quizá me tenga que tragar una parte de mis propias palabras: el último capítulo me decepcionó un poco. De repente todo era un dramón, se les fue la mano con algo que no hay nunca en Jane Austen y que además no pega con el resto de los capítulos. No puedes hacer tres capítulos en tono más o menos Jane Austen, graciosillos, ligeros, espontáneos. Y de repente llegar al último y ponerte todo serio y dramático. No funciona.

El reparto me ha gustado mucho, Romola Garai - gestos cansinos aparte - está bien, aunque yo le hubiera dado menos cafeína durante el rodaje. (Y, oh, Dios mío, tiene los ojos azules y no marrones como la Emma del libro, oh qué mala adaptación... bla bla bla.) Es cierto que Jonny Lee Miller es un poco demasiado joven y que, lo que en el libro son 16 años de diferencia con Emma, en la serie parecen casi de la misma edad. Pero como tampoco se hace nunca - creo, ahora dudo y puede que sí - demasiada referencia al hecho de que se lleven muchos años no lo veo mal, no es obligatorio ni crucial en el desarrollo de la adaptación.

Michael Gambon como señor padre de Emma es de lo mejorcito de la serie, y eso que al principio yo sólo veía a Dumbledore (ejem). A Johdi May como señora Weston la veo un pelín joven, pero lo hace muy bien, así que por mí vale. Laura Pyper como Jane Fairfax y Louise Dylan como Harriet Smith me parecen perfectas tanto de aspecto (oh, Dios mío, Harriet Smith lleva un peinado anacrónico porque los rizos así vendrían después y, oh Dios mío, no lleva gorro en la cama*...). Fantástica Tamsin Greig en el papel de la cotorra señorita Bates, a pesar de que el guión sí que le haya quitado un poco de cafeína a este personaje. Los Elton son debidamente insoportables. Y de hecho el que menos me ha gustado es Rupert Evans como Frank Churchill, pero puede ser debido a que, como al señor Knightley, Frank Churchill no termine de caerme bien nunca.

Así que con la novela recién leída justo para ver la serie con las gafas críticas digo que no me ha parecido nada mal, claro que debo de ser de las pocas que lo ven así. Llego poco a poco a la conclusión de que si me dan una recreación lo suficientemente trabajada del ambiente, la época, los vestidos y demás (incluso con unos pocos errores) y en la que el guión no sea horriblemente malo, que se deje ver, por mí ya está bien, para calcos ya digo que saco el libro de la estantería y lo leo.

Lo que noto es a la gente muy saturada con las adaptaciones de novelas del siglo XIX en general y adaptaciones de siempre las mismas novelas del siglo XIX en particular. Quizá la BBC y la ITV deberían darse un respiro durante un tiempo, cambiar un poco de tercio (¡Barbara Pym! ¡novelas de Persephone (y Little Boy Lost, bien hecha, sería un peliculón)!) y volver dentro de un tiempo prudencial con fuerzas renovadas (léase: una adaptación de Villette de una vez).

Pero bueno, que yo no estoy saturada y para mí ver una buena adaptación sigue siendo un placer, como demuestran nuestras noches de viernes, así que si los señores que mandan deciden hacer oídos sordos de mis sabios consejos, yo estaré aquí para ver la 7456573564 adaptación de cualquier clásico.

* Para dejar constancia de que a veces sí que hago esas cosas en serio diré 1) que el pelo anacrónicamente suelto de Billie Piper en Mansfield Park sí que me sacaba de quicio de verdad y 2) que a pesar de reírme de lo del gorrito de noche sí que agradezco que aquí se hayan tomado en serio lo de ponerles el pañuelito fino en el escote o camisas finas por las mañanas a las mujeres y que no vayan anacrónicamente despechugadas a todas horas (sólo medianamente permisible por las noches) como en otras adaptaciones recientes.