viernes 20 de noviembre de 2009

Desayunos

Dependiendo de la repostería del sábado, a principios de semana tengo acompañamiento para el té del desayuno, pero salvo en casos excepcionales como muy tarde el miércoles tengo que recurrir a fuentes de alimentación - literalmente - externas. Y me hizo gracia la transición de hace unas semanas.

Una semana estaba desayunando Phoskitos de Hello Kitty (creo que cuando diseñaban la caja tenían en mente enganchar a otro público) que, por si a alguien le interesa, saben exactamente igual que los bollitos de Pantera Rosa. Manuel odia a Hello Kitty, le tiene manía porque dice que es muy cursi (hay cosas mucho más cursis, creo yo) y el día que fuimos a hacer la compra y cogí esto casi me hace cogerme un carro aparte para llevarlo.

Y a la semana siguiente (y me he quedado enganchada a esto, porque ya lo he comprado varias semanas seguidas más) opté por un desayuno totalmente opuesto y mucho más tradicional. Además, asocio las tortas de Inés Rosales a las vacaciones del colegio. El día que retomé la tradición y abrí la primera... hmmmm, qué delicia. Siempre me han encantado los anisitos.


El único problema es que las tortas no traen pegatinas y los bollitos de Hello Kitty sí.

Y, tradicional o ultramoderno, el caso es que sea el desayuno que sea siempre va acompañado del delicioso Yorkshire Tea, sin el que ya no concibo empezar el día y que estoy bebiendo justo ahora.

jueves 19 de noviembre de 2009

Noche de viernes: Housewife, 49

Creo que tenía Housewife, 49 desde antes incluso de tener los diarios de Nella Last en mi poder, con lo cual las ganas de ver esta adaptación de su diario de guerra venían ya de lejos. El mismo viernes que pasaba la última página de Nella Last's War le propuse a Manuel ver la adaptación y además así hacer una especie de Noche de viernes conmemorativa del Poppy day con un poco de retraso. La propuesta fue aceptada y nos plantamos delante de la pantalla a ver una adaptación con muy buenas críticas y ganadora de 2 BAFTAs (Premios de la Academia Británica de Televisión) a nada menos que mejor drama y mejor actriz.

Y me llevé un chasco. Al principio me consolaba pensando que todos los cambios y las cosas que no cuadraban en absoluto eran para situar la historia, para darle el trasfondo que Nella Last va contando de pasada en los diarios y que en la adaptación, por fuerza, tienen que ser un poco más visibles.

Pero se pasó la hora y media que duraba y yo no había visto por ningún sitio a la Nella Last que tenía la impresión de conocer tan bien después de tantos días leyendo su diario. La Nella Last de la pantalla era como una copia descafeinada de la Nella Last auténtica. La verdadera Nella Last saca fuerzas de donde no las hay constantemente y comenta siempre con asombro en lo mucho que le ha cambiado en la guerra, en cómo antes se hubiera dejado llevar y ahora impone su voluntad sin dejarse arrastrar por los demás cuando no le interesa. Y siempre, tanto antes como durante la guerra, con un gran sentido del humor. Digamos que en la pantalla se han quedado con una Nella Last anterior a la guerra, pusilánime, tristona, sin sentido del humor siquiera, a la que, por raro que suene dicho así, la guerra no le aporta nada, cuando Nella Last en su diario reconocía con extrañeza que la guerra le había cambiado la vida para bien en más de un aspecto.

Ni siquiera puedo decir aquello de que si quizás no se han leído los diarios puede estar bien, porque Manuel de los diarios sólo conocía algunas anécdotas que yo le había ido contando, pero después de ver la serie dijo que le faltaba algo. Y tenía razón: le faltaba Nella Last, la de verdad. Si con las adaptaciones de novelas cuesta hacerse a la idea a veces de lo mucho que pueden llegar a retocar mal e innecesariamente a un personaje, cuánto peor parece cuando el "personaje" fue real y no le han hecho justicia.

Victoria Wood, una cómica inglesa de cierto renombre, fue quien se encargó de adaptar el diario y de interpretar a Nella Last. Y la única explicación que le encuentro a que precisamente alguien que se dedica a hacer reír haya eliminado todo el humor del diario y de la protagonista es que quería evitar a toda costa perder credibilidad y que los críticos pensaran que no era más que un papel en su línea. Ella quería demostrar que podía ponerse seria y dramática, incluso aunque el papel no lo requiriese del todo.

En cualquier caso creo que es hora de que me vaya enterando de que adaptar el sentido del humor de la narración, no de la acción, es difícil y algo que pocas veces se consigue. A Angela's Ashes (Las cenizas de Ángela) le pasó lo mismo hace unos años. El libro, con todo lo trágico que es, consigue hacerte reír mucho. La película es un dramón de tristeza gratuita. Aquí lo mismo: la guerra de fondo es indudablemente un drama, pero la gracia del asunto reside precisamente en la fortaleza que sale del sentido del humor de los que la están viviendo.

Además intentaba también consolarme con los decorados, pero ya se sabe que a la sombra de la BBC las adaptaciones de la ITV se suelen ver un poco escasas. Y aunque no estaba mal del todo, se notaba por los planos y demás que el presupuesto era justito. Aun así, no quiere decir que sea como un tema de conversación que teníamos Manuel y yo hace unos días. Hace unas semanas vi unos minutos de Amar en tiempos revueltos por primera vez y le comenté a Manuel que no sabía cómo estaría la serie en general (si juzgara por los minutos que vi no saldría nada bien parada, pero tampoco sería una opinión del todo justa porque aparte de todo Cayetana Guillén Cuervo me cae muy mal) pero lo que me había parecido peor es que estando ambientada en una época tan pobretona como la Guerra Civil y la posguerra todo está reluciente y novísimo y recién salido de tienda, desde los muebles hasta la ropa (y mira que era época de remiendos y remaches). ¿Tanto cuesta dar a las cosas un toque más natural y creíble? (Esta conversación, por cierto, la retomamos el otro día viendo el anuncio de la serie de TV3 Les veus del Pamano, más de lo mismo). El caso es que en ese aspecto Housewife, 49 estaba cuidada. Hay cosas nuevas, sí, pero no todo está sacado del departamente de diseño.

Así que sin dudarlo me quedo con los diarios de Nella Last por escrito.

miércoles 18 de noviembre de 2009

Grandes inventos

Hoy, para que nadie me acuse de aparentar 70 años en el blog (por si hay algún recién llegado al blog aclaro que tengo 28. No, no, sin 1 delante, 28 a secas), voy a hablar de tecnología. Viva la diversidad de la serie galletas de canela hechas en casa - punto de cruz nocturno - reproductores y altavoces de mp3 mal diseñados.

El caso es que ahora resulta que Manuel se ha aficionado a hacer las cartillas del periódico hasta tal punto que casi se llevó un chasco cuando le dije que aunque habíamos hecho hace unos meses la de las sartenes, la de ahora de las ollas no me interesaba.

Él se lanzó a la de los altavoces para "cualquier reproductor" de Airis, con reproductor de mp3 Airis incluido aunque yo le decía que no las tenía todas conmigo con eso de "cualquier reproductor".

El viernes pasado no, el anterior por la tarde hubo un rato en que no pudimos dejar de reírnos a carcajadas y de felicitar a distancia a los diseñadores de Airis que por lo menos deben de tener... hmmmm... cinco o seis años (de edad, no de experiencia)*.

El reproductor de Manuel sólo se puede conectar a los altavoces mediante cable y no sólo no sirve para que se vaya recargando a la vez (como pasa con mi iPod y sus fantásticos altavoces bien diseñados) sino que además mientras lo tienes conectado con el cable va gastando batería. Pero eso no fue lo peor del asunto.

Lo peor de todo fue comprobar lo bien que fluye la comunicación dentro de la empresa Airis. Resulta que el señor encargado de poner la clavija en los altavoces no se habla con el señor encargado de poner el agujero en los reproductores. Y claro, ya se sabe que la falta de comunicación es muy mala. Tanta en este caso que lleva a lo siguiente:


A que el reproductor quede con la pantalla mirando hacia dentro, es decir, que no se pueda manejar ni elegir lo que se quiere escuchar. Y si se elige antes de conectarlo, al conectarlo no suena nada, se va a la pantalla inicial (o eso creemos, no se ve gran cosa por razones obvias). Con lo cual hay que conectarlo con cable, como el de otra marca. La única diferencia con el reproductor de Manuel es que este lo puedes poner a cargar en la plataforma al revés y conectar por cable al altavoz para que de esa forma un tanto enrevesada cargue y suene simultáneamente.

Para colmo, el reproductor que viene con los altavoces (que ellos llaman mp4 pero reto a quien sea a ver alguna película/serie/vídeo en esa minipantallita) no es el reproductor que es el complemento ideal de los altavoces (¡pero eso no es excusa para que el reproductor quede girado! ¿Qué cuesta poner los agujeros y las clavijas siempre igual?), el reproductor ideal por lo visto es el Airis Pop, pero da un poco igual porque las instrucciones ya te aclaran que hay funciones del mando a distancia (que con los reproductores que no son el complemento ideal, ya sean de marca propia o ajena, sólo sirve para regular el volumen) que no sirven ni con ese reproductor... ¡con lo cual no sirven para ningún reproductor del mundo! Así que me gustaría que alguien me explicase para qué se han molestado en poner unos botones que no sirven de nada.

Total, que de puro diseño surrealista nos lo pasamos en grande. Menos mal que no había sido excesivamente caro ni Manuel se esperaba grandes cosas del cacharro (hombre, un poco mejor sí que se lo esperaba) y nos pudimos reír a gusto. Lo siento por quien lo compre en serio, con grandes esperanzas, porque se va a llevar un chasco enorme.

En fin, felicidades, señores de Airis. Un gran producto, ¿eh?

* En casa de mis padres el reproductor de DVD es también Airis, ya con unos cuantos años, pero también, creo, fruto de una cartilla, y funciona bien, el diseño es correcto y funcional.

Ya que estoy con el tema de periódicos, promociones y palmaditas en la espalda, querría feliciar a El País por no poner fecha de entrega en su colección de libros de cocina. Sólo me interesan un par de entregas y es tan complicado seguirles la pista que casi estoy por pasar del asunto tanto como pasan los quioscos donde he preguntado. ¡¿Tan difícil es poner en la web o en el periódico la fecha de entrega de cada librito?! ¡Viva el márketing!

martes 17 de noviembre de 2009

Otoño adentro

Otra tradición otoño-invernal que ya ha llegado. De hecho podía haber llegado ya hace algunas semanas, en cuanto dejó de hacer el calor sofocante que hace que la aguja se resbale y que incluso este tejido finito parezca dar el mismo calor que una manta zamorana, pero este año estaba muy vaga.

Pero ayer decidí - por desgracia bastante literalmente - desempolvar la caja del punto de cruz y sacar la ya mítica (por eterna) serie de alfabetos monocromos. Así suena más aburrido de lo que es, no es exactamente monocromo como se ve en la foto puesto que el hilo va cambiando de tono, cosa siempre extrañamente fascinante y que complica las cosas más sencillas a veces, como el orden en que haces los puntos o el hecho de que un nudo en el hilo provoque un gran quebradero de cabeza. Manuel no entiende el concepto de un alfabeto en punto de cruz, mucho menos de que este borde que se ve en la foto sea el borde del tercer alfabeto seguido en punto de cruz. Pero yo creo que está quedando muy mono.

Por otra parte, para cuando me entren ganas de variar de colores y demás tengo la sugerencia de Samedimanche... siempre y cuando haya con anterioridad comprobado los colores necesarios que ya tengo y los colores necesarios que tengo que comprar, cosa que en estos momentos me da mucha pereza a pesar de lo bonito del diseño.

Y en realidad la excusa del punto de cruz es bien sencilla: no irme repanchingando en el sofá por las noches ya sea viendo la TV o leyendo hasta quedarme dormida. Así de simple: el punto de cruz es una especie de cafeína en vena nocturna.

lunes 16 de noviembre de 2009

Galletas de canela y pepitas de chocolate

También conocidas desde el sábado como "las mejores galletas del mundo". Y esas pocas palabras entre comillas son un buen resumen de esta entrada. No es que se me hayan subido los humos a la cabeza, puesto que nuestro mérito es únicamente el de seguir los pasos del libro de las galletas. El mérito es de quien haya inventado la receta. Sea quien sea se merece un pequeño altar en la cocina. (Y si alguien quiere la receta para comprobar que no exagero que me la pida).

Cuando las marqué como posibilidad para el sábado y se las propuse a Manuel puso la cara que pone cuando le sugiero algo de canela, porque la canela es algo que no le gusta en la teoría pero sí en la práctica. Cuando se entera de que algo lleva canela tuerce el gesto, pero luego se come con gusto las torrijas o el rollito de canela o lo que sea. Menos mal que ya me lo he aprendido y me remito a la práctica para convencerlo.

Dicho esto, y con las ganas que tengo de probar el 95% de las 100 recetas del libro, las galletas me estresan mucho. Hacer la masa y eso lo llevo normal, pero cuando llega el momento de darles forma con el tamaño correcto (ni tan grandes que se queden medio crudas y sean un rollo de comer ni tan pequeñas que se quemen al cabo de un minuto en el horno) y después ponerme a ver telehorno como quien ve una película de esas de tensión en las que apenas puedes respirar es un estrés (¿habré dejado poco espacio entre ellas y terminarán formando una megagalleta única? ¿se quemarán?). Con estas, que por algo son "las mejores galletas del mundo" tuvimos una suerte enorme: el tamaño pareció ser el ideal y controlé bien - con alto grado de nerviosismo y mucho mirar y remirar el reloj - el tiempo de horneado, que para compensar estaba amenizado por un olor celestial. Terminé por tomarme la justicia por la mano y sacar las dos tandas que nos salieron (en total 39 galletas) al cabo de 10 minutos en lugar de los 12-15 que decía la receta. Qué gran decisión.

Otra pequeña libertad que nos tomamos con la receta se debió a la necesidad pura y dura. Resulta que uno de los ingredientes era "extracto de naranja". Y no tenemos, tenemos de vainilla y de almendra amarga parisina, pero de naranja, no. Me suena ligeramente haberlo visto en algún sitio pero como no tenía intención ni de remover cielo y tierra para comprarlo ni de iniciar una colección de extractos, utilizamos "extracto a la vieja usanza". Me saqué de la manga, para arqueamiento de ceja de Manuel, que un poco de ralladura de naranja y un par de cucharaditas de zumo serían igual de efectivas. Manuel no estaba muy convencido pero ante la falta de extracto no tuvo más remedio que fiarse de mí y mis apaños.

Bastó ver su cara y oírle decir lo buenas que estaban al primer mordisco esa misma noche un poco antes de Mad Men para comprobar 1) que la canela sigue sin gustarle sólo en la teoría, no en la práctica y 2) que mi apaño no sé cómo estará en comparación con la receta original y el extracto, pero había sido perfecto. Cara y palabras aparte, enseguida me abalancé sobre el plato para comprobarlo todo por mí misma. Y fue ahí cuando me pronuncié con mano firme: "las mejores galletas del mundo", sobre todo por el sabor pero también por lo bien que se nos habían dado.

Y además perfectas para el tiempo otoñal (aunque últimamente hayamos tenido una miniregresión al calorcillo) con el toque de naranja y de canela.

Eso sí, pensábamos que durarían más pero entre que no son demasiado pesadas y, sobre todo, lo deliciosas que están, salen volando de la caja de galletas a un ritmo frenético. ¡Pero y lo mucho que se disfruta cada mordisco! Parece que exagero y me he vuelto loca, pero aseguro que no. El caso es que no me atrevo a contar cuántas quedan de las 39 iniciales. No tanto por vergüenza a confesar lo glotones que somos - que eso ya se sabe de sobra - sino por pena de que se tengan que acabar.

Y de galleta en galleta llegamos a la noche del domingo, amenizada por Red Salute (estrenada aquí como El soldadito del amor, increíble pero cierto), con una Barbara Stanwyck de tendencias comunistas, un soldado (el del amor, supongo, según el título español) de discurso patriótico y anticomunista y un señor que no para de desear - en el año 1935 - que ojalá llegue otra guerra. Viendo a su mujer el deseo es comprensible, pero echando la vista atrás parece una parte del guión muy desafortunada.

Editado para añadir la receta:

Ingredientes:

- 225 grs de mantequilla blanda
- 140 grs de azúcar glas
- 1 yema de huevo batida ligeramente
- 2 cucharaditas de extracto de naranja (yo puse 2 cucharaditas de zumo y ralladura de un poco menos de media naranja)
- 280 grs de harina
- 100 grs de pepitas de chocolate
- sal


Para la cobertura de canela:

- 1 1/2 cucharadas de azúcar glas
- 1 1/2 cucharadas de canela molida

Preparación:

Precalentar el horno a 190º y forrar una bandeja de horno con papel para hornear.

Poner la mantequilla blanda y el azúcar en un bol y mezclarlos bien. Después, incorporar la yema y el extracto de naranja (o alternativo) mientras se va batiendo. Tamizar la harina y una pizca de sal sobre la mezcla. Añadir las pepitas de chocolate y remover todo hasta que no queden grumos.

Para preparar la cobertura de canela: mezclar el azúcar glas con la canela en un plato llano. Con una cuchara, tomar porciones de la masa y formar bolas. Después, pasar las bolas por la mezcla de canela hasta que queden recubiertas, pero no excesivamente. A continuación, colocarlas en la bandeja preparada para hornear dejando un poco de distancia entre ellas.

Hornear entre 12 y 15 minutos (a mí me bastó con 10). Una vez fuera del horno, dejarlas de 5 a 10 minutos en la bandeja para que se enfríen y, con la ayuda de una espátula, colocarlas sobre una rejilla hasta que estén totalmente frías.

(Hornear segunda tanda si la hubiera).

sábado 14 de noviembre de 2009

Nella Last's War

Llevaba mucho tiempo deseando "conocer" a Nella Last. Quería los dos tomos de sus diarios desde bastante antes de comprarlos. Y luego, cuando los tuve, los iba dejando por una u otra razón. El caso es que noviembre y el Poppy Day eran la época ideal para, por fin, conocernos con sus diarios de guerra: Nella Last's War.

Antes de todo hay que decir que Nella Last no era un escritora profesional y que los más de dos millones de palabras (de ahí que los diarios sean sólo extractos, una pena) que envió a Mass Observation desde 1939 hasta poco antes de su muerte en 1968 (aunque se ha perdido 1944 entero y parte de 1945, años clave en los que sería una maravilla leer a Nella Last comentando el día D, por ejemplo) languidecieron en los archivos hasta los años ochenta cuando alguien, por fin, se dio cuenta de que esta señora que se presentaba a Mass Observation como "ama de casa, 49 (años)" y que siempre se presentó así con el paso de los años, sólo cambiando la cifra de la edad, tenía mucho que decir desde su pueblecito (con industria de guerra, eso sí) de Barrow-in-Furness en el noroeste de Inglaterra.

De modo que ella, que en varias ocasiones confiesa que le hubiera gustado escribir libros, no pudo disfrutar de su bien merecida fama. De hecho, para cuando se publicó Nella Last's War a finales de los ochenta, sólo uno de sus dos hijos, sus nietos y algunos de los vecinos y amigos de los que se habla en el diario estaban vivos para verlo.

Nella Last era una mujer excepcional y su diario no hace más que reafirmarlo una y otra vez. Es difícil imaginarla antes de la guerra, en una infancia en la que fue inválida no se sabe muy bien por qué, que luego se casó y vivió sólo para su marido y sus hijos, sufriendo por causa de esa abnegación extrema varias crisis nerviosas que la dejaban muy delicada. Pero eso lo vamos sabiendo poco a poco y creyéndolo a duras penas. El diario comienza prácticamente con el médico local dejándole a su cargo un bebé prematuro que ha nacido en una casa donde hay una abuela muriéndose y donde los padres de la criatura están bastante enfermos con gripe. El médico, que considera que las posibilidades de sobrevivir de la niña ya son escasas, cree que en ese ambiente lo son aun menos. Así que no le cabe ninguna duda de que el sitio donde mejor estará es con la señora Last. Y la señora Last obra casi un milagro que sorprende incluso al mismo médico puesto que la niña no hace más que ir a mejor gracias a los cuidados expertos de Nella Last, que se basa en su propia experiencia y en los consejos que le da el médico y que a veces tiene que adaptar a las situaciones. Cuando el médico le recomienda que, a modo de crema, embadurne a la niña con aceite de oliva, Nella Last lo hace mientras tiene aceite de oliva, pero cuando se le acaba no le queda otra que darle aceite de hígado de bacalao y confesar en el diario que la pobrecita huele un poco a pescado. No sabemos qué fue de la niña más allá de cuando al cabo de unos días el médico la recoge bien sana para entregársela a sus ya recuperados padres. Pero conociendo a Nella Last lo más seguro es que viviera muchos años y muy sana.

Y eso es sólo un episodio de los muchos en los que Nella Last da consejos sobre niños que siempre cuenta con gusto lo bien que han funcionado a los receptores. La mentalidad de Nella Last es de esas mentalidades prácticas de las que creo recordar que ya he hablado por aquí alguna vez a colación de algún otro libro (no recuerdo cuál) y cuando al llegar la guerra, el racionamiento, las dificultades y demás sus pequeños trucos cotidianos de ahorro de dinero y tiempo y esfuerzo dejan de ser algo de lo que ella siempre se había avergonzado para convertirse en pasta de buenos y solicitados consejos ella no se lo puede creer. Yo, desde luego, me quedé de piedra y casi sigo sin entender cómo dos bizcochos hechos en junio pueden durar hasta la Navidad y el mes de abril siguientes, pero Nella Last lo consigue.

Con cierta reticencia se une al WVS (servicio voluntario de mujeres) que se ocupan de tejer, organizar actos benéficos, coser y demás para soldados, hospitales, recaudaciones de dinero, etc. Nella Last pronto se vuelve imprescindible con sus muñecos caseros, su labia para las rifas, sus grandes recaudaciones, sus sabios consejos y su simpatía y buenas palabras para todos. Es sorprendente cómo cuenta en el diario alguna pequeña trifulca, algunas veces contra ella, y, salvo en contadas ocasiones, siempre admite tomárselo con humor y y comenta que mejor que tomarse las cosas a mal es hacer un buen chiste y dar por terminada la discusión. Nunca le falta el sentido del humor y quizá eso y sus reflexiones serias, profundas, sean lo que más ameno hace el diario y lo que lo hace tan real como verla a ella en plena acción.

Tal es su éxito y tal su fama de buena y apañada cocinera que pronto le piden que colabore con las cafeterías móviles que se trasladan a aquellas zonas de Barrow donde han caído bombas (porque sin ser el Blitz londinense tuvieron bastantes) o a la cafetería fija donde se atiende a los soldados que están por la zona. Y de ahí a que la Cruz Roja le pida que busque un local para abrir una tienda de segunda mano en la que se recaude dinero para enviar paquetes a los prisioneros de guerra.

Así, de vivir sólo para su familia, salir sólo para recados domésticos y nunca sin su marido, pasa a entrar y salir de casa constantemente, a ir de acá para allá, a no tener tiempo para limpiar tan a fondo como antes (luego termina por reconocer que el grado de obsesión por la limpieza al que había llegado en años anteriores era malsano), en definitiva a sentirse útil como nunca y a debatir internamente cómo una guerra puede haberle cambiado la vida para bien.

Eso no quita, sin embargo, que ella no sufra muchísimo con las noticias de la guerra. Su hijo mayor, Arthur, es funcionario y no está obligado a ir al frente, pero su hijo pequeño (Cliff Last, luego un escultor moderadamente famoso) sí y vemos a través de Nella los pasos que sigue hasta que, cansado de tener un puesto seguro en Inglaterra, pide que le envíen al frente. Ahí es cuando Nella Last impresiona al lector y a su marido. Su marido repite a Cliff una y otra vez que lo que ha hecho es una locura, que él quiere que esté a salvo, que se lo piense mejor. Y Nella Last no se muerde la lengua a la hora de decir que aunque supiera que su hijo va a morir seguro no le pararía los pies, que es preferible que haga su vida tal y como considere preciso, en lugar de luego, como les pasó a muchos en la Primera Guerra Mundial, tener remordimiento de conciencia por lo que no se hizo. "¿Tan bien crees que te ha ido tu vida que te das el lujo de organizar también la de los demás?", le pregunta a su marido. Y son cosas como esta las que, como ella misma dice, hacen darse cuenta del cambio que está sufriendo. Y para el lector son cosas como esa las que, en general, le hacen darse cuenta de la mentalidad sorprendentemente moderna de esta mujer.

Al final, Cliff sufrió heridas menores al cabo del tiempo, volvió a Inglaterra muy cambiado, como volvían los soldados del frente y Nella Last, en lugar de compadecerle, que también, le echa una impresionante charla.

Y por fin, con la excepción de los años perdidos en los archivos que comentaba al principio, llega el final de la guerra y la reacción de Nella Last es similar a las anteriores que había leído y que comenté el Poppy Day.

Me ha gustado y sorprendido tanto Nella Last que no puedo evitar hacer una excepción en mi regla no escrita (porque no suele terminar bien) de no leer dos libros del mismo autor seguidos. Ya he empezado el siguiente tomo de sus diarios, el de la paz y la sofocante austeridad de esos años (de 1945 a 1948). Conociendo a esta mujer es impensable que defraude. Y ya me froto las manos esperando a que el año que viene salga el siguiente volumen, el de los años cincuenta.

Espero, eso sí, que la edición de la paz y la de los años cincuenta, sean mejores que este primer volumen. Por lo pronto el de la paz ya me parece mucho mejor, menos mal que son otros editores. Es que este, si no fuera porque Nella Last puede con todo, es un poco desastroso. Puede ser que la política editorial haya cambiado mucho desde los años ochenta, pero le falta un hervor. Me parece bien que te aclaren que no han podido dejar el texto tal y como ella lo escribía puesto que para ella los párrafos no existían y su puntuación dejaba un poco que desear. Aun así, hay errores tipográficos, los comentarios sobre qué estaba pasando en ese momento en la guerra son repetitivos hasta la saciedad, y el ejemplo que ponen de texto original y texto editado preferiría no haberlo leído porque me parece que han modificado más de lo que deberían. En fin, que el libro daba para mucho más y no lo supieron hacer. Tiene fotos, eso sí (alguna con error en las fechas, al hijo mayor lo casan en un pie de foto años antes de la realidad), y un pequeño epílogo escrito por Cliff.

Existe también una adaptación de los diarios de la ITV llamada Housewife, 49, que vimos ayer viernes y de la que ya hablaré la semana que viene.

El caso es que Nella Last ha tenido el honor de inaugurar la temporada de manta y lectura como se ve en la foto, pero en realidad cuando estás leyendo el libro casi te sientes sentada delante de su chimenea de color miel y oyendo cómo ella te cuenta las cosas en persona.

Y así seguiremos durante unos cuantos días más, con mucho gusto.

viernes 13 de noviembre de 2009

Novedades y arcaicismos

Hay que ver cómo se lía una con las compras por internet incluso cuando la vieja excusa (¡ay, Amazon, que te estás durmiendo en los laureles!) de "amortizar los gastos de envío" ya es sólo una expresión arcaica.

Aunque hace ya unas dos semanas que disfruto - y sigo disfrutándolo enormemente - el nuevo disco de Bon Jovi, aún no lo tenía físicamente (casi un toque retro en estos tiempos). Así que encantada de la vida por los nueve euros de ahorro, el hecho de que no hubiera gastos de envío y el hecho de, con suerte, no darle un céntimo a la SGAE* me decidí a comprarlo en Play.com.

Lo malo de comprar un disco que ya vas conociendo bien y que ya tienes en el iPod es justo eso, que te llega, miras las fotos, miras el libreto, miras los agradecimientos y ya está. Aunque este tiene el añadido de un DVD con un "documental" que le da un poco de aliciente. Ayer, en broma, le pregunté a Manuel si lo poníamos después de cenar... ¡y dijo que si quería lo pusiera! ¡Eso no me lo esperaba yo! Del shock dije que no hacía falta.

Por otra parte, hay cosas inevitables en esta vida y una de ellas es no comprobar casi todos los productos de la wishlist compulsivamente en unos sitios y en otros en busca de los mejores precios. Obviamente Play.com en muchos libros tiene precio standard (se especializan en DVDs y CDs) y The Book Depository sigue siendo más barato, pero con uno de ellos me llevé una muy grata sorpresa.

Cuando en febrero estuvimos en el Imperial War Museum ya comenté que me había quedado chafada porque ya no vendían el catálogo oficial de la exposición The Children's War que tanto me gustó. Y en internet costaba veintipico euros, no especialmente caro, pero sí un precio de esos que dan un poco de pereza. Así estaban las cosas hasta el día de Play.com en que lo encontré de segunda mano descrito como una copia de exposición en una tienda y que estaba "sobado" (y de hecho en la primera página tiene un sello que dice que tiene que venderse a precio reducido puesto que ha sufrido daños en tránsito)... y que lo vendían a 3,93 euros (gastos de envío incluidos pese a no venir de Play.com sino de una tienda de Durham). Yo, pensando que con tal de que fuera legible y que las fotos se vieran bien tenía suficiente, ni me lo pensé dos veces, a la cesta que fue. Y ayer llegó en todo su enorme esplendor porque salvo por el sello de la primera página nadie diría que no está nuevecito. Y qué maravilla de libro es.

Y esa es la bonita historia de cómo un libro sobre la Segunda Guerra Mundial y el nuevo disco de Bon Jovi llegaron juntos a mi buzón y posaron juntos para una foto. Fin.

* Tengo un debate interno con esto. Por una parte cada céntimo no dado a la SGAE (ojo que digo dado, cánones y similares los considero robos) me alegra, pero por otro me queda la cosa de que la cultura en general no tiene la culpa de que la medio gestione una entidad tan corta de miras y tan estrecha de mente y que para algo servirían mis centimillos. Pero en la balanza siempre pesa más lo irritante de la entidad y la posibilidad de que inviertan mis centimillos en avasallar a un peluquero (visto en el blog de Iris) o en arremeter contra la tradición cultural de un pueblo (y por una obra sin derechos, además) en lugar de acercar a la gente un concierto, un libro o una película que el bien que pueda hacer.