martes, 14 de agosto de 2012

Llegamos a Edimburgo









Los días anteriores al viaje no paré de consultar las predicciones meteorológicas y todas anunciaban lo mismo: lluvia. La BBC el día anterior incluso decía "heavy rain". Yo intentaba hacerme a la idea de que es raro que en el Reino Unido diluvie sin parar, pero no logré autoconvencerme. Así que el día que nos íbamos nos plantamos en el aeropuerto a las 5:30 de la mañana (que allí eran igual que las siete de la tarde en cuanto a gentío) con las botas y la gabardina de rebajas puestas (calorazo, claro), Manuel con la cazadora a cuestas y el chubasquero de Héctor (también de las rebajas) en la mochila. Había tomado un par de decisiones difíciles en cuanto a vestuario: yo llevaba única y exclusivamente las botas (por aquello de liberar espacio - sobre todo con vistas a la vuelta) en la maleta y Héctor, como aún no anda, iría de niño británico total con sandalias y calcetines. Y además quedaríamos así de lo más británicos, con esa incongruencia en el vestir característica de sus veranos. Gente con el plumas puesto hablando con gente que lleva un modelito que ni en Benidorm en sus días de más calor.

Aterrizamos en Edimburgo diez minutos antes de lo previsto, pero en lugar de asombrarnos por tan inusitada hazaña, lo sentimos porque significaba que se adelantaba la hora de llegada al hotel y decrecían las posibilidades de que la habitación estuviera lista. Sí que nos asombramos, sobre todo yo, de que hubiera algún rayito de sol. Aun así hacía fresquito - que no frío - así que Héctor estrenó su chubasquero, al que por alguna razón terminó cogiendo tirria a medida que pasaban los días en Edimburgo.

En el autobús camino del centro de Edimburgo comprobamos que en Escocia también se utilizaba esa piedra tan típica de los edificios de Yorkshire. Lo único que nos distraía era una especie de olor constante a palomitas. Al principio, aunque extrañados, nos lo tomábamos a broma, pero luego desubrimos que, aunque no se trata de palomitas, sí que es un olor característico procedente de una destilería cercana. Pocas ciudades tienen un "perfume" propio y tan característico como Edimburgo, eso seguro.

Como ya digo que era dudoso que la habitación estuviera lista, decidimos - en realidad no, que estas cosas surgen así - perdernos un rato buscando el hotel. Nos perdimos como auténticos tontos, porque pese a las indicaciones de una espontánea que nos vio con la maleta y demás, pasamos de largo por delante del hotel (comentando uno de los muchísimos pósters de cómicos/monologuistas) y nos pusimos a dar vueltas por una zona equivocada y un tanto inaccesible, sobre todo con carrito. Eso sí, descubrimos así un poco de nuestro vecindario y nos dieron ganas de sentarnos a ver la programación olímpica en una pantalla gigante que había allí cerca. Por entonces brillaba un sol espléndido y estábamos, aparte de cansados, un poco cocidos. Otro espontáneo quiso ayudarnos y, pese a que no lo consiguió, nos hizo darnos cuenta de aquello que decía Charlotte Brontë acerca de que Edimburgo no tiene nada que envidiarle a Londres, y que de hecho si a Londres le falta algo es el carácter escocés. Era algo que yo no había terminado de entender hasta que lo comprobamos en primera persona. Y yo que me los imaginaba cerrados y bruscos y qué va.

Después de muchas vueltas (muchas, de verdad) y de decidir volver a la casilla de salida localizamos el hotel y, pese a todo, encontramos que la habitación no estaba lista. Así que hicimos una parada técnica para tomar algo y, liberados de algo de equipaje, nos pusimos rumbo a Princes Street, la calle comercial de Edimburgo por excelencia.






Con tiendas a un lado y un magnífico parque en la otra acera, siempre con vistas en lo alto del castillo, el paseo fue la forma ideal de adentrarnos no sólo en Edimburgo sino en el Reino Unido. Al ver ese estilo de vida que tanto me gusta, con tanto verde, con los bancos dedicados, la gente que come mientras camina por la calle, las tiendas, muchas de las cuales también se ven aquí, pero otras únicas de allí, etc., la anglofilia se dispara.

Ese primer día lo destinamos a cosas básicas: localizar sitios, comprar comida para Héctor (que se hizo muy fan de los potitos de la marca Cow & Gate, que no tienen nada que ver con los de aquí, aquellos incluso saben a lo que dice la etiqueta).

Volvimos al hotel a media tarde cuando la habitación ya estuvo lista y Héctor, aparte de los potitos británicos, descubrió otra cosa típica que le fascinó: la moqueta. Preveo que dentro de unos años sentirá la misma curiosidad malsana que nosotros por la fontanería del lugar. Vagueamos un poco (menos Héctor, que hizo todo lo contrario) y, cuando íbamos a salir a dar otra vuelta, más que nada para ir a un Waterstones al que habíamos echado el ojo, comenzó a diluviar, muestra de las "heavy rains" previstas por la BBC. Nos esperamos un rato pero aquello no paraba. Así que optamos por el plan B, que era que Manuel se lanzara solo al diluvio y se fuera a dar la vuelta y Héctor y yo nos quedásemos enclaustrados en la habitación. Creo que no habían pasado ni diez minutos desde que Manuel se había ido cuando en la habitación comenzó a entrar un sol radiante que provenía de un precioso cielo azul. Pero para entonces ya me daba mucha pereza salir de nuevo. Héctor se familiarizaba con la moqueta mientras yo hacía zapping, aunque acabé por ponerle CBeebies, justo a tiempo para ver su serie preferida, In the Night Garden... (que allí es para dormir y aquí ponen recortada por las mañanas) y ver a Anna Maxwell Martin leer de maravilla el cuento de buenas noches. Al parecer los bebés británicos se acuestan a las siete de la tarde y se acaba la programación.

Pronto llegó Manuel con un nuevo buggy book para Héctor y noticias del mundo real (las habitaciones de hotel siempre tienen un toque de irrealidad, de burbuja). Creo que fue la primera vez en mi vida que me metí en la cama a las nueve de la tarde/noche, con un sol espectacular colándose todavía por las ventanas de la habitación. Los días siguientes vi que ese limbo soleado duraba hasta pasadas las diez de la noche.

12 comentarios:

  1. Uy! qué manera es esa de cortar la historia? si aun acaba de empezar?? Esto de las entregas, no es lo mío....

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    1. Jajaja... pero es que si lo pusiera todo en una sola entrada sería pesadísimo ;)

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  2. Ya con lo poco que he visto han renacido mis ganas de conocer Escocia. No he tenido la oportunidad (o más bien la tuve cuando fueron mis padres pero yo no pude acompañarles) y es uno de los sitios que me gustaría visitar. Seguiremos con atención tus próximas entradas.
    Besos

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    1. Pues yo ahora lo recomiendo a diestro y siniestro, así que ya sabéis. Y haríais unas fotos impresionantes.

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  3. ¡Buena crónica! Yo tampoco conozco Edimburgo, a ver si planeo una escapada, que tus fotos me han puesto los dientes largos. Y sí, puedo confirmar que los niños británicos se acuestan prontísimo. Aún recuerdo un día en que me puse a hablar con una inglesa en un parque de Londres y me dijo, casi ruborizada, que su hija se acostaba «tardísimo». Al final me confesó que ese «tardísimo» eran las 20.30 h. No le dije que mi hija por aquella época se dormía a las 22.30 h. Lo que habría pensado de los bárbaros del sur... ;)

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    1. Héctor suele dormirse ahora, en condiciones normales, poco antes de las 22:00, o sea que imagínate cómo nos miraría esa inglesa. Sinceramente, prefiero que se duerma tirando a tarde y se despierte a una hora "normal" que no, como veo que les pasa a muchas inglesas, que se acueste a las siete y se despierte a las cinco de la mañana.

      Muy recomendable esa escapada a Edimburgo, pero no sé si en tren con eso de que, algo ya carísimo, os va a salir más caro todavía.

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    2. Sí que madrugan los niños, sí, aunque sospecho que también tiene que ver lo pronto que amanece una parte del año y lo escasas que llevan aquí las persianas. :-/

      ¡Igual nos saldría más barato ir en avión, sí!

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    3. Eso sí, aunque lo de las persianas no lo comparto porque yo soy de dormir con ellas abiertas/subidas. No me despierto antes por ello y me encanta abrir los ojos a la luz del día.

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  4. Por favorrrrrrrr...castillo, parque y bancos dedicados.¡¡Me encanta!!

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    1. ¿No has estado? Porque al natural te gustaría infinitamente más.

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  5. Qué bonito Cristina!! Mirar el suelo y encontrar frases como las que has fotografiado...
    A mí el caracter escocés me encanta...cuando fuimos lo pasamos muy bien el los Pubs, me recuerdan un poco a los irlándeses...y además, siguen con ese sentido del humor irónico.
    Veo que aunque te quedes en la habitación...sabes sacar provecho de la situación.
    Un beso grande!!! Y Gracias, viajando con vosotros, me he refrescado un poco...estos días están siendo agotadores.

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    1. Nosotros no hemos estado en Irlanda, así que no puedo comparar. Pero me los imaginaba cerrados y bruscos y para nada, al menos no de entrada. Fue una grata sorpresa.

      Estos días son horribles, sí.

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