sábado, 29 de diciembre de 2012

How Reading Changed My Life, de Anna Quindlen

Pensaba que sería cosa del año pasado, pero no, este año tampoco he hecho estadística de libros leídos. Con lo ordenada que he sido yo siempre con esto y este año qué caos librero. Descubro para asombro de quien fui que no pasa nada, que no comentar un libro o no anotar que se ha leído o despistarse a la hora de apuntarlo en el cuadernito de libros no deshace el hecho de que se tenga o se haya leído.

En 2012 pasó algo inesperado: alguien se ofreció a pagarme por leer libros. Libros además en mi línea, no libros que no me dicen nada. Eso es un "trabajo" de ensueño y lo demás son tonterías. Lo "malo", si es que hay algo malo en todo esto, es que no puedo hablar de esos libros aquí y que mi estantería echa de menos a aquella plasta que cada dos por tres se plantaba delante buscando qué leer ahora. Pero si el lado malo de todo en la vida fuera así creo que firmaría todo el mundo.

Con el descontrol librero soy incapaz de cuantificar cuántos libros he leído este año. Y prefiero no hacerlo y quedarme con la ilusión de que, para el tiempo reducido y limitado (párpados, ¿por qué pesáis tanto cada noche?) que dedico a la lectura, la impresión que tengo es que este año he leído más de lo que imaginaba que podría leer. Si contara los libros leídos es posible que se explotara la burbujita feliz. El caos, como Héctor descubre todas las tardes esparciendo sus juguetes por la casa, contribuye a la felicidad.


Pero no puedo acabar el año sin mencionar este librito, que se lee en una sentada (yo he tardado varias por los dichosos párpados) y hará las delicias de cualquiera que haya entendido de qué hablo en los párrafos anteriores. Si le habéis encontrado sentido a eso de plantarse delante de la estantería, a lo maravilloso que es pensar en lo mucho que se ha leído, entonces este es vuestro libro.

A Anna Quindlen la conocí a través de su Imagined London. Allí se mencionaba este y llamándose How Reading Changed My Life (sin traducir, que yo sepa, pero significa "cómo la lectura me cambió la vida") se fue directo a la wishlist y enseguida directo a la cesta.

Que nadie se llame a engaño: no voy a decir que este libro sea parecido a Ex-Libris de Anne Fadiman, porque no lo es, pero sí que voy a decir que es ese tipo de libro en que parece que conoces a quien lo escribe de toda la vida, en que con cuatro palabras una anécdota toma vida propia y se vuelve casi más real que otra contada por un conocido. Es un libro espontáneo, como una conversación fluida sobre la lectura.

Anna Quindlen comienza hablando de su familia, de los libros que la rodeaban, de cómo ella sólo quería leer más y más, de cómo leer a veces se percibe como un acto de superioridad cuando en realidad quienes de verdad adoran leer no lo ven así, sino como una necesidad más. De qué libros la formaron, de las actitudes snob con ciertos autores, ciertos libros y ciertos lectores. De por qué leemos y por qué leemos lo que leemos. Y, quizá la parte más tediosa, de las nuevas tecnologías y la lectura. Teniendo en cuenta que el ensayo es de 1999, mucho ha llovido desde entonces en este tema, pese a que debo decir en su defensa que  no está demasiado fechado y es bastante abierto de mente. Pero poco importa, son meras páginas que siguen a unas páginas estupendas.

¿Quién no se identifica con esto?

There was certainly no talk of comfort and joy, of the lively subculture of those of us who forever fell asleep with a book open on our bedside tables, whether bought or borrowed. Of those of us who comprise the real clan of the book, who read not to judge the reading of others but to take the measure of ourselves. Of those of us who read because we love it more than anything, who feel about bookstores the way some people feel about jewelers. The silence about this was odd, both because there are so many of us and because we are what the world of books is really about. We are the people who once waited for the newest installment of Dickens's latest novel and who kept battered copies of Catcher in the Rye in our back pockets and our backpacks. We are the ones who saw to it that Pride and Prejudice never went out of print.

¿Y qué me decís de esto?

Perhaps it is true that at base we readers are dissatisfied people, yearning to be elsewhere, to live vicariously through words in a way we cannot live directly through life. Perhaps we are the world's great nomads, if only in our minds. [...] This is what I like about traveling: the time on airplanes spent reading, solitary, happy. It turns out that when my younger self thought of taking wing, she wanted only to let her spirit soar. Books are the plane, and the train, and the road. They are the destination, and the journey. They are home.

(Perdonad que lo deje sin traducir, pero es que no me da tiempo.) Si eso os ha hecho asentir, entonces este es vuestro libro. Los Reyes aún están de camino, no digo más.

lunes, 24 de diciembre de 2012

¡Feliz Navidad!

Dejo esta entrada programada para que el tradicional capón de la cena y un niño que adora revolotear a mi alrededor y generar el caos en cuanto puede no me impidan desearos a todos los que seguís pasando por aquí una muy feliz Navidad. Que la disfrutéis de la forma que más os guste.


martes, 11 de diciembre de 2012

Pequeña gran manualidad navideña


Con esto de estar desconectada del blog (muy a mi pesar, insisto, porque llega un punto que ya parece dejadez), no puedo citar fuentes originales, pero estoy segura de que alguna vez habré hablado de lo negada que soy para las manualidades. Una anécdota que seguro he contado es que he intentado aprender a tejer mil veces y nunca, en ninguna de ellas, he obtenido ni tan siquiera un punto como resultado.

Pero claro, una se abre cuenta en Pinterest, y se cree que las mil y una manualidades que por allí circulan (por no hablar de los tropecientos mil trucos de limpieza, orden y apaños que hay; cada vez que hago partícipe a Manuel de uno de ellos ya siempre dice: "no me lo digas: Pinterest, ¿verdad?") quedan a su alcance. Por suerte o por desgracia, la ambición desbocada dura un tiempo limitado, pero - entonces sí que por suerte seguro - hay pequeños proyectos que quedan al alcance de cualquiera, incluso para mí.

Así que un buen día, buscando manualidades/pasatiempos navideños para niños de la edad de Héctor, me topé con un árbol de Navidad de fieltro donde se afirmaba que no hacían falta más que fieltro, tijeras y el niño en cuestión, porque el fieltro se pegaba al fieltro y los adornitos se sujetaban en lo verde sin más. Incrédula que es una, pensé que como a mí eso no me funcionaría (tengo lo de ser gafe muy interiorizado), siempre se podía poner velcro adhesivo.

Así que comencé por la parte fácil y en la que el viento ambicioso siempre sigue soplando a favor todavía: hacerse con lo necesario. Feliz de la vida fui a la mercería, compré el fieltro verde por metros y lo demás por laminitas y allí lo dejé un tiempo, mientras pensaba en lo bien que iba a quedar pero nunca llegaba a ponerme manos a la obra.

Hasta que me puse a ello y descubrí que lo de las siluetas era divertido. Al principio quise buscar patrones para las campanas, etc, pero no fui capaz de encontrar ninguno a mi gusto así que tuve que - glups - confiar en mi capacidad de diseño (ya sé que es una tontería para alguien que sabe dibujar mínimamente bien, pero para mí es toda una proeza, de ahí la grandilocuencia). Y, mira, para el resultado que esperaba, creo que no me quedaron mal del todo y como mínimo se reconoce lo que pretenden representar.

En la víspera del 1 de diciembre y en su habitación le monté a Héctor un pequeño rinconcito navideño con el calendario de Adviento (en que cada día sale un imán con una figura del nacimiento que va poniendo en el frigorífico) y el nacimiento de figuritas de tela. El árbol de fieltro lo reservé para el cuarto de estar.

A la mañana siguiente enseguida notó la novedad (como para que se le escape algo a este niño) y, como yo había dejado puestos los adornitos, lo que más le gustó ese día fue que yo los ponía y él daba golpetazos para tirarlos a lo bestia. pero después se reformó y ahora se entretiene largo y tendido con el árbol. Parece una tontería, pero es así. La bolsita de tela con los adornos está colgada del pomo de la puerta, la coge y me la trae entusiasmado para que se las vaya dando una a una, diciéndole qué es y de qué color es cada cosa. Y así hemos llegado a pasar hora y pico, que con un niño que no llega a año y medio es todo un récord.




Así que estoy muy orgullosa de mi creación (grandilocuencia desmedida de nuevo, lo sé) porque me gusta cómo ha quedado, pero sobre todo estoy encantada de que haya servido para el fin verdadero, que es que Héctor juegue con ello y se lo pase bien.

A falta de poner el árbol y el nacimiento "de verdad" y hacer las grandes listas de la compra de las comilonas, vamos entrando en el modo navideño desde aquel día poco a poco, con música navideña, luces de Navidad en las calles, comprando turrones, comprando el tió (que no teníamos, salvo uno minúsculo) en la Fira de Santa Llúcia para que Héctor aporree en Nochebuena, etc. Ayer completamos con el té de Navidad (que hacía dos años que no probaba y me supo a gloria), hoy con el kilo de polvorones y el CD de música navideña que han enviado mis padres. Y, dentro de un rato, cuando Héctor se despierte de la siesta, escapada a la biblioteca a ver si hay algún libro/CD con más música navideña para niños.

lunes, 19 de noviembre de 2012

En el parque


Nunca he sido de esa gente - la mayoría - que comenta la pena que le da que acorten los días y anochezca tan pronto. No porque no lo note y a las seis de la tarde tenga que recordarme constantemente que SÓLO son las seis de la tarde, sino porque la contrapartida era que llegaba el tiempo de mantita, té, libro y sofá. Tardes-noches más largas, sí, pero que con ese buen plan se hacían bien cortas.

Llegó Héctor y me encontré a mí misma saliendo a la calle muchísimo. Comenzó a andar y a desarrollar una personalidad que no cabe en casa y me encontré no sólo sin sofá ni mantita ni mucho menos libro, sino saliendo a la calle todas las tardes.

Como siempre, vamos al revés. Recuerdo muchas tardes del principio de verano en las que Héctor gateaba y desarrollaba su movilidad en las que, mientras medio mundo se echaba a la calle, nosotros nos quedábamos en casa para que Héctor pudiera moverse a sus anchas. Hacia el final del verano, coincidiendo con lo de andar solo, comenzamos a salir por la tarde. No íbamos excesivamente contracorriente hasta que cambiaron la hora. De la noche (con hora extra) a la mañana, la gente dejó de ir al parque por la tarde, o por lo menos a la hora de antes. La gente que estaba en el parque el día anterior a las seis y pico dejó de ir a esa hora porque era de noche. Hablábamos con gente con niños que te comentaba lo largas que se les hacían las tardes en casa, gente con niños que aludía como excusa válida que "estaba oscuro" ya para no salir. Y yo siempre mordiéndome la lengua con ganas de preguntar la hora. Es de noche, sí, pero no son las 23, son las 17:45 y qué culpa tiene el niño de que anochezca a estas horas. Es todo sugestión.



Así que pasamos unos días en que estábamos solos en el parque con, como mucho, un par de niños y sus madres. La gente nos miraba con cierto recelo, como se mira a los locos como cuando no se sabe cómo reaccionar ante una de las suyas. Y yo miraba el reloj constantemente: ¡son las 18:30! hubiera gritado con gusto.

Y era el mundo al revés, sí, pero no como la gente creía. Los pocos días que hizo un poco más de frío, con Héctor bien abrigado, la gente nos seguía mirando. Miraban con extrañeza a un niño que correteaba entrando en calor por el parque mientras ellos hacían recados (al parecer sacar al niño inmóvil en el carrito sí está permitido) con niños mal abrigados y quietos como estatuas y seguro que cogiendo esos resfriados que tanto miedo les dan. Y yo les devolvía la mirada con extrañeza y no entendía ese mundo al revés. Me daba igual: Héctor lo pasaba en grande corriendo a sus anchas por el parque y listos.

La venganza es mía, eso sí. Muchos de los que huyeron de la temible oscuridad ahora vuelven al parque con el rabo entre las piernas (o eso me imagino yo), habiendo ya gastado todos los recursos que tenían para retener a los niños en casa.



El sofá, la mantita y el libro han perdido a una usuaria (que no a una entusiasta), pero el té sí que me acompaña en el ahora usadísimo termo de Starbucks. Un toque hogareño en un clima hostil, no necesario en absoluto para entrar en calor (gracias, Héctor) pero reconfortante aun así.

Y si el termo por la razón que sea se queda en casa, al llegar se puede tener una deliciosa tacita de té recién hecho y humeante en apenas seis minutos. Vamos, en el tiempo aproximado que tarda un niño en olvidarse de que se ha cansado en el parque y en sacar energías para que parezca que por la casa ha pasado un huracán.



Obviamente las fotos del parque de esta entrada no estan tomadas a esas horas intempestivas. Son de un día que amenazaba lluvia y en el que cada diez minutos o así caía una gota. De nuevo, el parque para nosotros solos. A ver cómo le explico yo a Héctor más adelante que el columpio y el tobogán no son suyos.

jueves, 25 de octubre de 2012

The Casual Vacancy, de J.K. Rowling

The Casual Vacancy de J.K. Rowling es de esos libros que generan ríos de tinta antes ya de su publicación. La expectación en este caso era inevitable. Ya se sabía de sobra que nada tendría que ver con Harry Potter y la expectación yo creo que venía dada en gran medida por eso, por saber qué tal se desenvolvía J. K. Rowling en el mundo de los muggles.

Yo tenía muchas ganas de leerla, aparte de por las mismas razones que el 95% de los lectores que la compraron en la fecha de lanzamiento, porque el tema era acorde con mis gustos: el típico pueblecito inglés que, de repente, se ve sacudido por una noticia y ve tambalearse sus cimientos mientras el lector atisba la verdadera situación no tan apacible del pueblo por entre las piedras que se van derrumbando.

Así que nada más llegar lo empecé con muchas ganas. Quizá no ayudó que tuviera poco tiempo y mucho sueño a la hora de establecer la lectura, pero lo cierto es que al principio me costó mucho. J.K. Rowling reconoce como fuentes de inspiración a Elizabeth Gaskell y a George Eliot, así que quizá con esta novela puramente contemporánea pasa lo que yo encuentro que ocurre con muchas novelas decimonónicas: el reto de las 100 primeras páginas. La novela tarda en arrancar, sucede poco y/o muy lentamente, la verborrea aparentemente inútil del autor (que luego no lo es, que conste, que yo ya se sabe que adoro la novela inglesa del siglo XIX) no parece llevar a ningún lado, etc. Pero alrededor de la página 100 todo empieza a cobrar sentido: uno comienza a valorar la ya no verborrea, sino magnífico dominio de la prosa del autor, empiezan a ocurrir cosas, los personajes se van "encasillando", etc. Vaya, que, sin darse cuenta, uno se ha sumergido en la historia de repente y entonces, entonces te engancha y no te suelta.

Y sin embargo en The Casual Vacancy pasé la página 100, la página 150 y aquello seguía aburriéndome bastante. Es una novela coral como no podía ser de otra forma con esa premisa, es un pueblecito inglés en el que resulta divertido ver cómo la autora ha  ido creando las complicadísimas relaciones sociales de los personajes, el verdadero tejido de la historia, pero quizá se le va un poco de las manos el meterse en el pueblo y resulta todo muy lento. Podía haber contado lo mismo en muchas menos páginas y, diría yo, algo mejor porque el lector no habría perdido el hilo tantas veces (o quizá eso sólo fue cosa mía, que no sería extraño). Los personajes, pese a estar tan perfilados como en Harry Potter (o intentarlo al menos) los encuentro un tanto planos o quizá será que no he encontrado uno solo que me haya caído ya no bien sino al menos no fatal en toda la novela. Todos y cada uno de ellos me han resultado odiosos, cosa que, habiendo tantos, me hace preguntarme un poco cómo es posible que suceda.

J.K. Rowling dijo que es una novela que necesitaba escribir y aunque he visto algunas críticas que cuestionan  esas necesidad, yo sí que le veo sentido. Como ya conté cuando visitamos The Elephant House en Edimburgo, J.K. Rowling fue durante algún tiempo ese personaje a los que los ingleses tienen tirria y defienden a partes iguales: una madre soltera que vive (o malvive, no lo sé) de la ayuda que le da el Estado. Es decir, que no es una novela social escrita por una señora que nunca ha tenido contacto alguno con esa realidad ni mucho menos. Puede que ahora viva en un palacete y se gaste una pasta en los juegos de jardín de sus hijos (al fin y al cabo es su dinero y se lo ha ganado a pulso) (y por si alguien tiene curiosidad por ver la casa donde se escribieron algunas novelas de Harry Potter, aquí está y a la venta por el módico precio de 2,25 millones de libras) pero hay cosas que, creo yo, no se olvidan fácilmente. Así que entiendo que en esta novela y en estos tiempos reivindique las ayudas públicas, la educación, la sanidad, etc. Y que conste que pese a que yo lo destaco aquí no es una novela panfleto ni mucho menos, sino que es un tema muy bien integrado en la historia.

Ahora bien, tengo la sensación de que lo que no dice es que también sentía la necesidad de demostrar al mundo que ella también sabe escribir para adultos y para ello no vio otra opción que incluir todo tipo de problemas sociales en la novela, como si tuviera al lado una lista de "temas chungos" que fuera tachando a medida que los iba incluyendo a veces un tanto aleatoriamente: drogas, abusos, problemas familiares, infidelidades, obesidad, abandono infantil, adolescencia problemática, ayudas estatales, inmigración, clases, problemas económicos, acentos chungos y muchos tacos y situaciones extremas. Como el chiste aquel del niño que presume de montar en bici sin manos y sin pies y termina por caerse, pues igual: ¡mirad, sé decir tacos y escribir novelas en las que no hay unicornios! Pero lo que parece habérsele olvidado es que en Harry Potter trató muchos de esos temas (obviamente no todos) de forma mucho más sutil pero no por ello menos reivindicativa (por llamarlo de alguna forma). Harry, quién no lo recuerda, era un huérfano infeliz al que sus tíos obligaban a dormir en un armario debajo de la escalera. Ya nos dimos cuenta de que pese a ser novelas infantiles y de magia, ella era consciente de que no todo eran unicornios y butterbeer junto a la chimenea.

Al final la influencia decimonónica cuajó del todo y acabé enganchada hasta altas horas de la madrugada (como en los mejores tiempos de Harry Potter) hasta que lo terminé. Pero aun así reconozco que no me ha entusiasmado. No es malísimo pero me queda la duda de cómo funcionaría y qué diría la gente si lo firmase K.L. Smith. Y ojo que eso es aplicable tanto para lo bueno como para lo malo, no algo necesariamente malo.

lunes, 15 de octubre de 2012

Adquisiciones recientes y álbumes completos

Con la excusa del lanzamiento del nuevo disco de Richie Sambora (que en honor a la verdad no es gran cosa), me lancé a Play.com a comprar algún que otro libro de segunda mano, cosa que siempre tiene el aliciente de que, pese a no ser un catálogo tan enorme como el de Abebooks, es sin gastos de envío. Y además descubrí que el nuevo libro de J.K. Rowling estaba unos centimillos más baratos que en el Book Depository, así que a la cesta que fue también.

Lo habré comentado una y mil veces pero hay pocas cosas que me gusten tanto que eso de que los libros que has pedido de golpe vayan llegando como con cuentagotas (que no equivale a que tarden una eternidad en llegar: eso es desesperante). La ilusión de mirar el buzón, de pensar si llegará algo, de hacer cuentas imposibles sobre si esto llegó ayer, cuánto tardará esto otro, no puede tardar mucho ya, etc. Lo malo es que a nuestra magnífica cartera la han cambiado de ruta. A veces me la cruzo por la calle y la saludo y envidio a todos los que viven en su nueva ruta. Mi nuevo cartero no es de los malos tampoco, es sólo que no nos conocemos, y de hecho un día me reconoció y me paró por la calle para darme un libro para el que, de no habernos visto, me habría dejado aviso de recogida. Así que no debería quejarme pero me quejo.

Con lo fácil, lo cómodo y lo asequible que es comprar por internet, por no mencionar también que últimamente voy a tiro hecho sin tiempo de explorar demasiado, hacía siglos que no compraba un libro físicamente. Hace unos días quedé con LittleEmily para dar una vuelta por la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión y qué chasco nos llevamos. Ella al menos hizo una buena compra, pero en general nos pareció que era de tamaño reducido y con poca oferta. Para resarcirnos y para que LittleEmily se hiciera con Call the Midwife en español, traducido como ¡Llama a la comadrona! (atención a la impagable anécdota de la compra), nos acercamos a la Casa del Libro donde un rinconcito dedicado a Esther Tusquets me resultó irresistible.



De Esther Tusquets me traje a casa la continuación de Habíamos ganado la guerra, Confesiones de una vieja dama indigna, y otro libro suyo que me llamaba la atención desde hace tiempo: Confesiones de una editora poco mentirosa. Tengo curiosidad por saber qué dice de Carmen Martín Gaite, pero aún no he indagado.

Iba a escribir que Angelica Garnett (hija de Vanessa Bell, sobrina de Virginia Woolf, niña del grupo de Bloomsbury) había muerto hace poco pero menos mal que no me he fiado de mi percepción del tiempo, porque resulta que murió en mayo, o sea, no hace muchísimo pero tampoco tan poco. El caso es que desde antes de su muerte ya me interesaba su autobiografía, Deceived with Kindness, pero su muerte - por triste que suene decirlo así - le hizo escalar posiciones en la wishlist. En Play.com lo encontré de segunda mano por 6 euros y no me lo pensé más.

Una de las búsquedas habituales en librerías de segunda mano siempre es Helene Hanff. Su 84 Charing Cross Road está por supuesto por todas partes, pero el resto son más difíciles de encontrar (que no imposibles, podría comprarlos por internet de una sentada, pero perdería cierta gracia y, sobre todo, sentaría un precedente muy peligroso). Vi Underfoot in Show Business por - de nuevo - 6 euros y no me lo pensé más tampoco.

No sé si llegué a contar aquí lo que me pasó hace tiempo en Play.com con A House of Air, la recopilación de ensayos y demás de Penelope Fitzgerald. Es un libro dificilillo de encontrar, sobre todo a un precio aceptable siendo de segunda mano, pero una vez lo encontré allí por, creo recordar, unos 10 euros. Me lancé a comprarlo y me dio error varias veces hasta que comprobé que había desaparecido. Imagino que alguien al acecho se me adelantó. Me dio mucha rabia y me dejó la espinita clavada. Esta vez me di mucha prisa después de verlo por 15 euros.

Y por último uno de los grandes lanzamientos de la temporada, quizá el más esperado: la novela para adultos de J.K. Rowling. Estuve esperándola como agua de mayo, tardaba, así que me puse a leer The Marriage Plot de Jeffrey Eugenides. Un día y veinte páginas después The Casual Vacancy llamaba al buzón (con ayuda del cartero) y me ponía en un dilema lector de los grandes. Finalmente me pudieron las ansias y dejé aparcado a Jeffrey Eugenides. Como castigo resulta que, de momento al menos, The Casual Vacancy me está aburriendo bastante, pero no quiero adelantar acontecimientos.

El caso es que, volviendo a Penelope Fitzgerald, A House of Air completó el álbum de cromos de esta autora. Eso sí, en estos tiempos modernos no lo parece puesto que uno de sus libros, Offshore, no sale en la foto porque lo tengo en formato digital. Yo soy defensora total de los Rufinitos del mundo pero debo confesar que tarde o temprano, cuando un ejemplar barato pase por mis manos, Offshore ocupará su hueco en la estantería también. En mi orden cronológico de lectura la próxima suya que lea será At Freddie's.


Y ya que estoy hablando de álbumes de cromos completados, comento por fin los otros dos que mencioné - creo - hace tiempo. Los relatos cortos de Elizabeth Taylor - la novelista - completaron su bibliografía. Teniendo en cuenta que con algunas excepciones intermedias (Mrs Palfrey at the Claremont, Angel) mi orden cronológico aún va por Palladian (que Ático de los Libros publica como La señorita Dashwood) me queda mucha escalada para completar el álbum lector. Pero esto, por paradójico que resulte esto me agobia menos que conseguir los libros en sí. Quiero tenerlos todos pero luego me da muchísima pena que se me acabe el material nuevo de un autor que me gusta. Sé que existen las relecturas, pero mientras me quedan libros nuevos por leer es como si el autor siguiera con vida.

El caso es que es un buen homenaje para celebrar su centenario esto de tener todos sus libros.



Y por último, el álbum completo de Barbara Pym. En los tres casos, pero quizá en este es en el que más me gusta, me doy cuenta de que nunca podría tener una estantería de esas llenas de libros comprados por metros e iguales. Me gusta el contraste de colores, de tamaños, de años de publicación y reedición, que unos estén nuevecitos recién salidos de la imprenta y otros tengan una historia añadida a la original.



En resumen: que pocas cosas más emocionantes e incluso emotivas que completar la bibliografía de un autor predilecto. Dan ganas de quedarse delante de la estantería, orgulloso de una obra cuyo mérito, en realidad, es todo del autor y apenas tuyo.

lunes, 1 de octubre de 2012

Resumen repostero

La buena noticia es que - a ver cuánto dura - hemos retomado la repostería, sin la regularidad de todos los sábados (o necesariamente los sábados), sustituyendo casi siempre a Manuel, que mientras se dedica a otros menesteres, con Héctor, que - no lo puedo negar - colabora mucho menos, no es el instrumento de precisión que es Manuel a la hora de medir y pesar, distrae, a veces se enfurruña un poco y tiene cierta tendencia a afferarse a mis pantalones/piernas y dejarme clavada en el sitio.

La mala noticia es que, por sorprendente que pueda parecer, la repostería va mucho más rápido que mi capacidad de escribir sobre ella en el blog. Con la regularidad de los sábados reposteros parecer que se fue toda la regularidad que la seguía al traste. Pero qué le vamos a hacer.

Una regularidad que no falla es la Last Night of the Proms (allá por principios de septiembre), con el tradicional acompañamientos británico, tanto en música como en comida. Este año prescindimos de los sándwiches de pepino y mantequilla (ooooh) y de nuevo, pese a que para mí septiembre es el mes de las mroas por excelencia, no encontré moras en la frutería y me tuve que "conformar" con unos deliciosos arándanos azules. Ojalá todos los sacrificios fueran así.

Lo pasamos en grande y Héctor, a la mañana siguiente, probó su primer scone (sin clotted cream). Ni bien ni mal, ni frío ni caliente. Hay que seguir trabajando esa anglofilia.




No hay duda de que la necesidad de hacer repostería viene dada principalmente por nuestros estómagos que rugen, pero también por mantener esta "sección" del blog, porque es un entretenimiento que me gusta mucho y, un añadido de ahora, porque la madre de uno de los coleguitas de Héctor y yo hacemos un contrabando de productos reposteros que haría las delicias de cualquiera. Un buen día ella me trae pan de chocolate o palitos de brioche y otro día soy yo la que le acerca estas deliciosas madalenas de canela y limón de Xavier Barriga.

Y aparte de deliciosas geniales de hacer. Me pareció, esta vez sí, no como la primera vez que hicimos una receta de este hombre, fascinante eso de poder dejar la masa reposando en el frigorífico toda la noche. Fascinante porque - oh, cómo no lo habíamos descubierto antes - eso significa que puedes tener madalenas recién hechas para desayunar sin necesidad de andar midiendo y pesando y mezclando aún con una parte de las neuronas dormidas. Las neuronas madrugadoras - pocas en mi caso - dan de sobra para repartir la masa en los moldes y meter al horno.

Eso sí, me hizo gracia que un hombre que da la cantidad de huevo según el peso y no las unidades, no precise más a la hora de decir cuánta canela y cuánta ralladura de limón poner. Pero bueno, a ojo, y con miedo a pasarme con la canela, el resultado fue bueno y seis personas se chuparon, literal o figuradamente, según de quién se hable, los dedos. A Héctor le gustaron, pero a él lo que de verdad le gusta de las madalenas son los moldes.




Y por último, cuando el otro día le comenté a Manuel que iba a hacer algo de repostería fácil pero no sabía qué, me recordó que teníamos un estupendo preparado para hacer cupcakes de red velvet. ¿Fácil y red velvet en la misma frase? Hecho. Y así de fácil que fue realmente.

Venía hasta con ayuda para la cubierta de Philadelphia, que desde luego quedó riquísima.

Como bien dijo Manuel cuando esa misma noche hincamos el diente a la primera, las cupcakes de red velvet nos trasladan automáticamente a Nueva York (que últimamente echamos mucho de menos, sobre todo desde que la única lectora nos dijo que se va a pasar allí unos días en plena Navidad, ¿quien podría no envidiar eso?). Mejores, mucho mejores, que las madalenas de Proust.




Y esas son nuestras andanzas recientes en el maravilloso mundo de la repostería.