jueves, 16 de agosto de 2012

Familiarizándonos con Edimburgo (y perdiéndonos de nuevo)

Al día siguiente era domingo y, siguiendo con nuestro perpetuo gafe turístico-dominical, Héctor decidió no sólo despertarse a las seis y pico de la mañana (las siete y pico de aquí, pero incluso así una hora antes de su hora habitual) sino impacientarse en la habitación del hotel y hacernos salir a la calle a primerísima hora. ¿Resultado? Sí, calles de lo más apacibles, una luz preciosa... pero todo lo interesante por lo que íbamos pasando cerrado a cal y canto hasta las 12 de la mañana. Perdimos todo concepto horario, soy incapaz de decir a qué hora salimos del hotel, pero sí que sé que hasta las 12 nos dio tiempo a pasear muchísimo y a mirar el reloj infinidad de veces, normalmente delante de algún escaparate con la esperanza de que faltase poco para que abrieran. Vana esperanza, siempre parecían faltar horas.

De camino a Grassmarket, eso sí, pasamos por delante de las librerías de segunda mano que al día siguiente tanta suerte nos traerían, sin darnos siquiera cuenta de ello. En Grassmarket, desierta, salvo por un homeless durmiendo al pie de un banco (¿se habría caído y le había dado pereza volverse a subir o ni se habría enterado? Quizá era un resto del pasado en el que esta plaza acogía muchos albergues para homeless y el hombre todavía no ha dado con la nueva ubicación) paseamos a nuestras anchas, deleintándonos de lo bonita que es esta placita. Diría que tiene mucho encanto - lo tiene - si no fuera por el hecho de que durante casi cinco siglos (hasta principios del siglo XXI fue no sólo uno de los mercados de ganado de la ciudad, sino el lugar donde se realizaban las ejecuciones).



La plaza es famosa por sus pubs, uno de ellos llamado Black Bull, como el mítico pub de Haworth, el pueblecito de las Brontë.


Y otro, quizá el más famoso (en la primera foto se puede ver), se llama Maggie Dickson en "honor" a una de las "ejecutadas" más célebres. Maggie Dickson fue condenada a la horca en el siglo XVIII por matar a su bebé. En el traslado después de la ejecución, la tal Maggie resultó seguir vivita y coleando y, en parte por considerarlo un milagro y en parte por haber un vacío legal (a partir de entonces la ley dijo que el ejecutado en cuestión tenía que morir), la dejaron viva. Eso sí, tuvo que cargar con el apodo de Half-Hangit Maggie (Maggie la medio colgada, estos escoceses cómo son) el resto de su vida regalada, que quizá fue peor castigo que el original.

Junto a una "sombra" de la horca que me olvidé de fotografiar, está también este pequeño monumento a los covenanters que murieron defendiendo sus creencias y que sí que fotografié.



Seguimos nuestro camino hacia la Old Town, el centro histórico, con parada obligatoria en la estatuita de Greyfriars Bobby.




La historia básica todo el mundo la conoce todo el mundo: el dueño de un perro que se muere y el perro que se queda velando su tumba durante años. En concreto el dueño se llamaba John Gray, conocido como Old Jock, y el perrito custodió su tumba durante catorce años, hasta su propia muerte en 1872. Por desgracia, la ley impedía que lo enterraran junto a su querido dueño, así que lo enterraron lo más cerca posible. Ahora tiene una lápida a la entrada del cementerio de Greyfriars Kirkyard. Y como paradoja histórica, nada más entrar al cementerio hay un cartel que prohíbe la entrada a perros. Se podrían decir tantas cosas de eso.



Y su propia estatua (muy pequeñita, más de lo que se imagina uno viéndola en foto). (Tan pequeñita que de hecho Héctor, obsesionado en la actualidad con los "perritos", no le hizo ni caso).



Desde allí dimos un bonito paseo sin finalidad alguna, viendo tiendas cerradas, hasta que decidimos volver sobre nuestros pasos hacia la Royal Mile donde, por ser una calle muy turística, nunca falta la animación (incluso en las estatuas).



Por suerte las tiendas comenzaban a abrir. Las orientadas a los turistas, aunque muy cutres en algunos casos, tenían un toque curioso con toda la ropa de cuadros fuera. No compramos nada de recuerdo con cuadros. Yo estuve tentada en una tienda de llevarme algo de recuerdo sólo por eso, para que fuera de recuerdo, pero no supe con qué clan autoemparentarme para elegir mi "tartan" y Wallace - de William Wallace, el de Braveheart - me parecía muy tópico. Hay que asumirlo: si no se tienen antepasados escoceses, no se tienen, qué le vamos a hacer.



Resultó que un museo que queríamos ver muy cercano a los enormes aros olímpicos que nos hicieron pensar que Edimburgo sería subsede de algún deporte olímpico (pero que no, los colocaron allí cuando pasó la antorcha olímpica) estaba justamente cerrado en domingo. No nos supuso ningún problema, seguimos vagando por la ciudad, esta vez con rumbo a una zona de librerías de segunda mano recomendadas por Mia.





Y así fue como nos perdimos por segunda vez. En nuestra defensa, la zona estaba justo en la parte del mapa popout en que se pasaba del mapa del centro con más detalle al mapa general con menos detalle, así que nos encontramos en un vacío geográfico total y siendo domingo y zona de estudiantes universitarios, aquello era casi un desierto en el que no nos atrevimos a preguntar a la poca gente que nos cruzamos. Eso sí, hicimos un recorrido exhaustivo por la zona universitaria, que debe de tener un ambientillo muy chulo en pleno apogeo. La otra defensa es que, aparte de lo del mapa, debería estar prohibido por ley eso de que la misma calle de repente se llame de distinta forma. ¿Quién nos iba a decir que Nicolson street, que no hacíamos más que cruzar de un lado a otro era la que terminaba por llamarse Clerk Street, eh? ¿Quién?

Eso sí, el paseo le sirvió a Héctor para dormir la siesta pre-comida del siglo (más de dos horas) y a nosotros para, aparte de conocer la zona universitaria, ver unas espléndidas vistas de Arthur's Seat, una montaña llamada así, a la que pese a que Charlotte Brontë subió en su día con zapatitos decimonónicos nosotros ni nos planteamos ascender. Pero nos gustó ver a la gente como hormiguitas desde lo lejos.




Finalmente dimos con un par de librerías donde compramos algunos libros de Muriel Spark, nos hicimos con provisiones por la zona y, sin sentarnos en el suelo con manta y barbacoa como unos a los que vimos en ese plan, sí que nos sentamos en un banquito con vistas a verde sin fin y unos niños jugando al fútbol (uno con camiseta de España) a hacer nuestro picnic particular, con Héctor recién despierto, pasándoselo en grande viendo a los niños jugar y, de paso, viendo de vez en cuando algún que otro perrito pasar por delante. Después le dejamos disfrutar del columpio en la zona infantil del parque (llamado The Meadows, por cierto, una maravilla), que creo que deja en ridículo a algunos parques de atracciones. Héctor, adicto al columpio, se lo pasó en grande y no le hizo ni pizca de gracia salir. Menos mal que le pudimos compensar viendo palomas y dándole un poco del helado que me acababa de comprar en un puesto cercano. No está mal.

martes, 14 de agosto de 2012

Llegamos a Edimburgo









Los días anteriores al viaje no paré de consultar las predicciones meteorológicas y todas anunciaban lo mismo: lluvia. La BBC el día anterior incluso decía "heavy rain". Yo intentaba hacerme a la idea de que es raro que en el Reino Unido diluvie sin parar, pero no logré autoconvencerme. Así que el día que nos íbamos nos plantamos en el aeropuerto a las 5:30 de la mañana (que allí eran igual que las siete de la tarde en cuanto a gentío) con las botas y la gabardina de rebajas puestas (calorazo, claro), Manuel con la cazadora a cuestas y el chubasquero de Héctor (también de las rebajas) en la mochila. Había tomado un par de decisiones difíciles en cuanto a vestuario: yo llevaba única y exclusivamente las botas (por aquello de liberar espacio - sobre todo con vistas a la vuelta) en la maleta y Héctor, como aún no anda, iría de niño británico total con sandalias y calcetines. Y además quedaríamos así de lo más británicos, con esa incongruencia en el vestir característica de sus veranos. Gente con el plumas puesto hablando con gente que lleva un modelito que ni en Benidorm en sus días de más calor.

Aterrizamos en Edimburgo diez minutos antes de lo previsto, pero en lugar de asombrarnos por tan inusitada hazaña, lo sentimos porque significaba que se adelantaba la hora de llegada al hotel y decrecían las posibilidades de que la habitación estuviera lista. Sí que nos asombramos, sobre todo yo, de que hubiera algún rayito de sol. Aun así hacía fresquito - que no frío - así que Héctor estrenó su chubasquero, al que por alguna razón terminó cogiendo tirria a medida que pasaban los días en Edimburgo.

En el autobús camino del centro de Edimburgo comprobamos que en Escocia también se utilizaba esa piedra tan típica de los edificios de Yorkshire. Lo único que nos distraía era una especie de olor constante a palomitas. Al principio, aunque extrañados, nos lo tomábamos a broma, pero luego desubrimos que, aunque no se trata de palomitas, sí que es un olor característico procedente de una destilería cercana. Pocas ciudades tienen un "perfume" propio y tan característico como Edimburgo, eso seguro.

Como ya digo que era dudoso que la habitación estuviera lista, decidimos - en realidad no, que estas cosas surgen así - perdernos un rato buscando el hotel. Nos perdimos como auténticos tontos, porque pese a las indicaciones de una espontánea que nos vio con la maleta y demás, pasamos de largo por delante del hotel (comentando uno de los muchísimos pósters de cómicos/monologuistas) y nos pusimos a dar vueltas por una zona equivocada y un tanto inaccesible, sobre todo con carrito. Eso sí, descubrimos así un poco de nuestro vecindario y nos dieron ganas de sentarnos a ver la programación olímpica en una pantalla gigante que había allí cerca. Por entonces brillaba un sol espléndido y estábamos, aparte de cansados, un poco cocidos. Otro espontáneo quiso ayudarnos y, pese a que no lo consiguió, nos hizo darnos cuenta de aquello que decía Charlotte Brontë acerca de que Edimburgo no tiene nada que envidiarle a Londres, y que de hecho si a Londres le falta algo es el carácter escocés. Era algo que yo no había terminado de entender hasta que lo comprobamos en primera persona. Y yo que me los imaginaba cerrados y bruscos y qué va.

Después de muchas vueltas (muchas, de verdad) y de decidir volver a la casilla de salida localizamos el hotel y, pese a todo, encontramos que la habitación no estaba lista. Así que hicimos una parada técnica para tomar algo y, liberados de algo de equipaje, nos pusimos rumbo a Princes Street, la calle comercial de Edimburgo por excelencia.






Con tiendas a un lado y un magnífico parque en la otra acera, siempre con vistas en lo alto del castillo, el paseo fue la forma ideal de adentrarnos no sólo en Edimburgo sino en el Reino Unido. Al ver ese estilo de vida que tanto me gusta, con tanto verde, con los bancos dedicados, la gente que come mientras camina por la calle, las tiendas, muchas de las cuales también se ven aquí, pero otras únicas de allí, etc., la anglofilia se dispara.

Ese primer día lo destinamos a cosas básicas: localizar sitios, comprar comida para Héctor (que se hizo muy fan de los potitos de la marca Cow & Gate, que no tienen nada que ver con los de aquí, aquellos incluso saben a lo que dice la etiqueta).

Volvimos al hotel a media tarde cuando la habitación ya estuvo lista y Héctor, aparte de los potitos británicos, descubrió otra cosa típica que le fascinó: la moqueta. Preveo que dentro de unos años sentirá la misma curiosidad malsana que nosotros por la fontanería del lugar. Vagueamos un poco (menos Héctor, que hizo todo lo contrario) y, cuando íbamos a salir a dar otra vuelta, más que nada para ir a un Waterstones al que habíamos echado el ojo, comenzó a diluviar, muestra de las "heavy rains" previstas por la BBC. Nos esperamos un rato pero aquello no paraba. Así que optamos por el plan B, que era que Manuel se lanzara solo al diluvio y se fuera a dar la vuelta y Héctor y yo nos quedásemos enclaustrados en la habitación. Creo que no habían pasado ni diez minutos desde que Manuel se había ido cuando en la habitación comenzó a entrar un sol radiante que provenía de un precioso cielo azul. Pero para entonces ya me daba mucha pereza salir de nuevo. Héctor se familiarizaba con la moqueta mientras yo hacía zapping, aunque acabé por ponerle CBeebies, justo a tiempo para ver su serie preferida, In the Night Garden... (que allí es para dormir y aquí ponen recortada por las mañanas) y ver a Anna Maxwell Martin leer de maravilla el cuento de buenas noches. Al parecer los bebés británicos se acuestan a las siete de la tarde y se acaba la programación.

Pronto llegó Manuel con un nuevo buggy book para Héctor y noticias del mundo real (las habitaciones de hotel siempre tienen un toque de irrealidad, de burbuja). Creo que fue la primera vez en mi vida que me metí en la cama a las nueve de la tarde/noche, con un sol espectacular colándose todavía por las ventanas de la habitación. Los días siguientes vi que ese limbo soleado duraba hasta pasadas las diez de la noche.

lunes, 6 de agosto de 2012

Adquisiciones recientes (cumpleaños y Edimburgo)

Aunque esta semana ya empezaré con la crónica de Edimburgo, no podía ni quería empezar a hablar del viaje sin comentar antes las adquisiciones recientes en cuanto a libros.

Como todos los años, no quise dejar pasar mi cumpleaños sin el ya tradicional autorregalo de libros, que finalmente resultó no ser autorregalo sino regalo de mis padres ante mi bloqueo mental a la hora de sugerirles alguna otra cosa. ¿Quién soy yo y qué he hecho conmigo misma? Antes siempre me sobraban ideas...

El caso es que estos fueron los elegidos:



Arriba del todo, el nuevo libro de poesía de Helen Dunmore, The Malarkey. Aunque no lo parezca por lo poco que publico, tengo mi Blogger lleno de borradores de series, libros y demás que, por alguna razón, nunca llegan a ver la luz. Puede que nombre septiembre como el mes de desempolvar Blogger - ya veremos - pero entre esos muchos borradores hay un pequeño comentario de la última novela (o más bien relato corto) de Helen Dunmore, The Greatcoat. Veremos qué tal este librito de poesía. De momento el poema que da título al volumen me gusta mucho.

Debajo Anna Quindlen y su How Reading Changed My Life. Los libros sobre lectores y lectura siempre son bienvenidos, pero lo que finalmente me animó con este fue lo mucho que me gustó su Imagined London.

Empire, de Jeremy Paxman. Confío en que su sentido del humor haga la lectura tan amena como The English.

Jasper Fforde y su nueva entrega de Thursday Next: The Woman Who Died a Lot. Con un poco de trampa porque debería estar leyendo otro libro, lo he colado y ya estoy inmersa. Se lee rápido y soy incapaz de dejar a Thursday a la espera. Lo malo de este es que tardó siglos en llegar y de hecho no encontramos el aviso en el buzón hasta después de volver de Edimburgo, mientras que allí lo habíamos visto por todas partes firmado por Jasper.

Y por último una practiquísima antología de los relatos cortos de Elizabeth Taylor (la novelista, claro). Practiquísima porque he eliminado de mi wishlist todos las colecciones anteriores de un "ratonazo". Tengo que mirarlo bien, pero creo que he completado mi "álbum de cromos" de esta autora. De ser así publicaré foto en el futuro para celebrarlo, junto con Barbara Pym, mi otro álbum completo reciente. Y muy oportuno lo del álbum completo, ya que el pasado 3 de julio se celebró el centenario de su nacimiento. Con suerte lo celebro antes de que acabe el año.

Y pasamos por fin a las adquisiciones de Edimburgo, que van precedidas de unas pequeñas aclaraciones: 1) que en Edimburgo abundan las librerías de segunda mano, pese a que siguiendo los consejos de Mia nos perdimos y en una zona en la que se supone que había muchas apenas nos topamos con dos. 2) Cosa que compensamos con hallazgos casuales propios. 3) Que curiosear con carrito en librerías de segunda mano es complicado: o apenas se puede entrar y directamente hay que entrar por turnos o, de caber el carrito, uno no está tan centrado como sin carito. De todos modos creo que exprimimos al máximo las que visitamos, sobre todo teniendo en cuenta algunas de las joyas que encontramos. Por una vez creo que pesó la calidad (en cuanto a edición) frente a cantidad, lo que vino bien a la hora de hacer la maleta a la vuelta.



Edimburgo, ciudad natal de Muriel Spark, ese álbum de cromos larguísimo que me va a costar siglos completar (pero no desespero). Probablemente me dejé algún que otro libro más suyo en el tintero, pero volví muy contenta con los tres que me traje.

De Winifred Holtby encontré, por casualidad, como siempre, The Crowded Street. No lo dudé, claro.

Y el resto fueron hallazgos de Manuel en una zona de librerías de segunda mano a medio camino entre nuestro hotel y Grassmarket: pasamos un día y no vimos ni una, pasar por el mismo sitio al día siguiente, descubrirlas y arrasar en ellas fue todo uno.

Everyman's Companion to the Brontës: no tenemos referencias, pero cualquier cosa Brontë que no esté en nuestra estantería es de compra obligada.

The Brontës and their Circle, de Clement Shorter. Una de las primeras biografías y aunque disponible de forma gratuita en pdf, es imposible resistirse a una edición en papel y con solera, con exlibris de su propietario "Arthur Melville Clark of Herriotshall and Oxton" (¿y cómo se llamarán aquellos que tienen libros que antes fueron del mismo dueño? Porque se llame como se llame, ahora lo soy de Javier Marías, que menciona un libro con un exlibris del señor Melville en su Negra espalda del tiempo. Todo son casualidades al final). Libro, exlibris y coincidencia-colofón, todo por 4 libritas de nada.

Shirley, de Charlotte Brontë, que obviamente tenemos ya, no en una, sino en varias ediciones. Pero que levante la mano quien hubiera sido capaz de resistirse a esta de 1920 ilustrada por Edmund Dulac. Nadie, ¿no?

Y la mención de las ilustraciones nos lleva a las joyas de la corona. Dos tomos a los que les teníamos echado el ojo, sin buscarlos activamente por internet, pero sin hacerles ascos tampoco. Cuando Manuel bajó de la estantería el tomo de Jane Eyre, incluso antes de ver que ambos - con Cumbres borrascosas - costaban 35 libras (precio moderado para lo que son), la decisión ya estaba tomada. Publicados por Ramdom House en 1943 con magníficos "wood engravings" (¿xilografía?) de Fritz Eichenberg. Aún no nos creemos que sean nuestros.










Y la verdad es que en Edimburgo compramos pocos caprichos más. Algo de ropa para Héctor, alguna que otra bebida de la que ya hablaré, espero, algún que otro cuento para Héctor y poco más. No era por falta de tentaciones, pero el caso es que al final nos volvimos incluso sin el tradicional imán para el frigrorífico. Imperdonable.

sábado, 28 de julio de 2012

A Edimburgo...

Entrada programada.

Si ha habido suerte con el avión de horario intempestivo a estas horas ya estaremos merodeando por Edimburgo y supongo que esforzándonos por entender el marcado acento escocés.

Volvemos dentro de pocos días y trataré de transmitirle a Héctor la importancia de que me deje tiempo para escribir alguna crónica de nuestra visita a Edimburgo.

miércoles, 25 de julio de 2012

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Y así, como quien no quiere la cosa, Héctor cumplió su primer año a cientos de kilómetros de donde nació, cosa que sólo puede indicar lo viajero que es. El trayecto Barcelona - Madrid se lo conoce bien, ha estado en Londres y pronto pisará Edimburgo. Hay mucha gente que en mucho más tiempo no lleva tantos kilómetros recorridos a sus espaldas. Es bueno que haya salido cuadriculado-flexible, cuadriculado porque, quizá como todos los bebés, necesita una rutina que seguir, flexible porque lo sacas de contexto y lugar y el pobre se adapta bien. Quizá en Edimburgo me arrepienta de esas palabras, pero de momento, salvo por algún momento contado con los dedos de una mano, es un buen compañero de viaje.

Aún no camina, pero casi, y adora ponerse de pie a la primera de cambio. Gatea mucho y bien, eso sí. Y tener un niño que gatea por casa es como tener un perrillo: te pasas el día dando órdenes para que te siga o vaya a algún sitio y a veces incluso para que te devuelva un juguete que se ha ido lejos y lo puedas poner en marcha de nuevo.

Como todos los niños - y como su madre, yo, que ya dije que jugaba horas y horas con unas cuantas bolsas de plástico guardadas - juega de maravilla con sus muchos juguetes, se entretiene mucho él solo, pero hay mañanas en que ni los mira porque prefiere jugar con mis zapatillas de estar en casa o con el teléfono inalámbrico o con el móvil o con un paquete de galletas o con las sillas...

Pero si hay con algo con que se centra es con los cuentos. Puede sentarse él solo un buen rato y pasar las páginas (mejor aun si hay pestañitas que levantar) pero si le coges en brazos y se lo "lees", entonces ya se entretiene muchísimo más, claro. Su cuento preferido últimamente era uno regalado por una de mis primas, Peely Wally, hasta que - sí, lo confieso - se lo escondimos. Lo devolvimos a la estantería en parte porque podías verlo de principio a fin mil veces seguidas y no se cansaba, pero sobre todo porque berreaba en lo que tardabas en pasar desde la última a la primera página. Era agotador y muy estresante. Ahora se entretiene con otros más sosegadamente mientras yo debato internamente si me atreveré a comprarle la segunda parte en Edimburgo.

Es mimoso pero tiene muy mal genio. La gente que lo ve en su sillita por la calle piensa que es muy tranquilo sólo porque va quietecito mirándolo todo y diciéndoles adiós a los perros, pero en casa es un pequeño torbellino con especial debilidad por los cables y los enchufes. Como buena mejora de la especie, es más listo que nosotros: Manuel y yo tardamos un par de minutos en procesar cómo colocar el tope de seguridad en la puerta de la cocina, él tardó una milésima de segundo en entender cómo funcionaba y cómo seguir abriendo y cerrando la puerta a sus anchas. No hay nada que encuentre más irresistible que lo que encuentra por el suelo, ya sea una miguita de pan recién caída, un objeto no identificado o directamente una pelusa o un papelito: si lo que encuentra es media galleta desaparecida en combate (debajo del sofá) esa misma mañana la expedición debe de ser todo un éxito. Es fan total de la pantalla azul que sale en la televisión al cambiar de salida. Sigue adorando la Coca Cola (de vista) en todos sus formatos y no le hace ascos a nada de comer. Adora la crema pastelera y la sandía. Sabe muchas cosas, creo que más de las que imaginamos. Le encantan los globos. Es muy entusiasta. Muchas veces nos hace partirnos de risa.

Y ya tiene un año. Y sólo tiene un año.

jueves, 12 de julio de 2012

Semana de cumpleaños

Desde que dejé de contar sus visitas "oficiales", la única lectora nos visita con cierta frecuencia. Digo "nos" pero a ella lo que de verdad le interesa es ver a Héctor. Hace poco me dijo que se venía a pasar nada menos que cinco días de sus preciadas vacaciones con nosotros coincidiendo con la semana de mi cumpleaños.

Al poco de cruzar el umbral el pasado lunes ya estábamos casi todos (menos Manuel, pobre) abriendo regalos independientemente de las fechas: regalos de cumpleaños atrasados para la única lectora, regalo de cumpleaños ligeramente adelantado para mí (ver en la última foto de esta entrada: un ejemplar de El lamento de Caín, de Luis Montero, firmado por el autor) y regalo de cumpleaños un poco más adelantado para Héctor. Y todos un éxito.

La mente creativa de la única lectora siempre se ve obligada a trabajar por estos lares, así que con uno de sus regalos hizo unos cartelitos monísimos para la habitación de Héctor. Sin duda el gran esfuerzo del viaje fue un inolvidable transbordo en el metro de Urquinaona con el cochecito de Héctor escaleras arriba y abajo, pero hubo un trabajo mucho más placentero, que fue hacer scones. A la única lectora le encantó el proceso de elaboración y en menos de lo que dura una siesta de Héctor teníamos esto sobre la mesa:



Lo de hacer scones era para por fin probar el lemon curd que me había regalado - entre otras delicias de la hora del té - mi hermana por Reyes y que caducaba ya en agosto. Una excusa como otra cualquiera.



El lemon curd, nunca probado hasta ahora, como bien decía mi hermana cuando me lo dio, está delicioso. Con un puntito ácido de lo más equilibrado que combinaba a la perfección con los scones de arándanos azules.




Doce scones que dieron mucho de sí y que nos supieron a gloria.

Y como no podía ser de otra manera, el día de mi cumpleaños hubo tarta. Pizza también, como entraba en los planes, pero no helado, porque hay quien ya tiene una edad (yo por lo visto me conservo muy joven de espíritu) y opinó que pizza tarta y helado era demasiado, así que nos conformamos con pizza y tarta, que tampoco estuvo mal, sobre todo tratándose de una tarta tan rica como esta:




Y Manuel, que no es tan liberal con los regalos como la única lectora, se esperó a la mañana de mi cumpleaños para dármelos. Algunos eran sorpresa y otros eran directamente sacados de uan lista que yo misma le había hecho de la tienda de regalos de la exposición de Writing Britain en la British Library. Ya que no podemos ir, qué menos que visitar la tienda de regalos virtualmente, ¿no?




Así que ahora tengo a la espera del eterno proceso de poner en un marco, agujerear la pared, colgar, etc, estos dos fantásticos pósters: este mapa de Gran Bretaña a base de sus escritores más conocidos y este de fusión feliz de Tolkien y Emily Brontë (el lugar es Top Withins, donde se cuenta que se inspiró para situar Cumbres borrascosas en los páramos).

También una taza de las Brontë (también de la exposición), un estupendo libro de pingüinos al que no puedo dejar que Héctor se acerque pese a ser chulísimo y... una guía/mapa popout de Edimburgo para complementar el viaje que habíamos reservado tan sólo unos días antes: un viaje de cuatro diítas a Edimburgo a finales de este mes.

Curioso lo de Edimburgo, porque yo siempre quería ir y Manuel estaba reticente. Yo iría feliz de vacaciones a cualquier pueblo perdido británico y él es más selectivo y tiende a optar sólo por Londres y Haworth. Como solemos ir de vacaciones en agosto, Edimburgo quedó descartado cuando vimos que era el Fringe Festival: con Héctor no queríamos complicaciones adicionales. Yo propuse Bath o, en realidad, cualquier sitio en suelo británico y Manuel estaba poco convencido hasta el punto de proponer volver a Estocolmo, cosa que a mí tampoco me parecía mal. Pasaron siglos sin que moviéramos un dedo y lo siguiente que supe, en plena visita de la única lectora, era que Manuel había estado mirando fechas y demás para Edimburgo a finales de este mes. Me lo dio todo hecho y bien masticadito y yo encantada de la vida, deseando poner el pie allí pese a que los horarios de los vuelos son bastante incompatibles con un niño de un año. A ver qué tal.

Y como Héctor es un viajero y este mes de julio parece que nos hemos empeñado en dinamitarle sus rutinas, el sábado nos vamos a pasar unos diítas a Madrid, a celebrar su primer cumpleaños con la family. Un año ya... pero eso es material de entrada para la vuelta.

viernes, 6 de julio de 2012

31

Entrada programada.

Aunque el año pasado no lo pareciese, cumplir treinta era como meter la puntita del pie en la piscina y este año cumplir treinta y uno da la impresión de ser ya inmersión total en la nueva década.

No es que los cumpleaños de nadie sean siempre iguales, pero los míos son sorpresa, no sólo por los regalos, sino por la compañía. El año pasado lo celebraba con Manuel y mis padre esperando a Héctor. Este año lo celebro con Manuel, la única lectora, que está de visita, y Héctor esperando que pasen once días más para cumplir su primer año.

La tarta está encargada y a petición de la única lectora la celebración del cumpleaños será como en los viejos tiempos, a base de pizza y helado. Y como siempre no faltarán ni los regalos ni las llamadas telefónicas.

En fin, que sí, que es inmersión total, pero el empujoncito no está nada mal.