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lunes, 14 de enero de 2013

Disfrutando de lo que trajeron los Reyes (o mientras Héctor duerme) (I)

Años ha, la única lectora y yo nos llamábamos por teléfono (aclaro que teléfono fijo por si hay algún nativo digital en la sala) para contarnos los regalos de Reyes. Años después dimos el salto tecnológico al sms y los dos últimos años hemos llegado al whatsapp. Moderneces (sí, sí, ya sé que ahora Line es el nuevo whatsapp, pero aún no hemos llegado, que ya tenemos una edad). El caso es que este año la única lectora decía que ya vería mis cosas en el blog y le dije que quizá no pondría los regalos aquí. Me preguntó por qué y le dije que en parte se debía a que algunas cosas se quedaban en Madrid para seguirnos unos días después por correo: imposible que cupiera todo en la maleta y eso que creo que aun así obramos algún milagro porque pudimos cargar con la gran mayoría de regalitos. El caso es que aduje que no podía tener todos los regalos sin colocar esperando a que llegaran los demás para la foto familiar. Hasta ahí todo muy sensato.

Lo que yo no sabía es que hace unos días, tratando de poner orden en los regalos pero en realidad recreándome una vez más en ellos, se me haría irresistible hacer unas cuantas fotos aprovechando que Héctor dormía la siesta y sus manitas-manazas no pululaban a mi alrededor en plan terremoto, huracán o cualquier otra catástrofe generadora de caos.

La única lectora pasó una semanita en Nueva York durante los días de Navidad y, aparte de ponernos los dientes largos, nos trajo algunos regalos que recogimos en los días que pasamos en Madrid por Reyes. No sabía ella que mis padres y mi hermana iban a contribuir al botín neoyorquino desde casa.



Un cuento sobre NY para Héctor que, de momento mantenemos guardado, ya que adora los cuentos pero es muy manazas con ellos. Chocolatinitas de Hersheys. (No salen en la foto unas fantásticas tiritas con onomatopeyas de cómic. Héctor, cuando las use, va a ser el niño con las tiritas más cool del parque. Un marcapáginas que se me olvidó sacar del cuento también se quedó sin ser inmortalizado). Un cuaderno de NY correspondido por otro cuaderno neoyorquino de mis padres. Y mi hermana que nos sorprendió con una preciosa e inesperada (por desconocer su existencia) colección de postales de portadas de The New Yorker. Me gustan tantas (creo que sólo hay una que no me dice gran cosa) que me dan ganas de empapelar una pared con ellas. Son tan bonitas.

Últimamente algunos días me ha dado por hacer lo que yo nunca hacía: tomarme un té después de comer. Hay días que acabo bebiendo tres tazas de té (al día, no después de comer), lo cual pese a mi adicción confesa, no deja de sorprenderme. Y una taza de té es lo que mejor le va a la novela gráfica sobre Virginia Woolf editada por Impedimenta que me regalaron mis padres. Aún sólo he leído trozos de aquí y allá. Es demasiado chula como para leerla con calma de entrada (¿tiene eso sentido?) pero la leeré y hablaré de ella aquí. Y mientras la leo utilizaré un precioso marcapáginas de Virginia Woolf, que junto a otros preciosos y artesanos, también me trajeron los Reyes en las casas de mi tía y de mis primas.






Continuará. Y ya aviso: habrá más té y más anglofilia y más libros. Pero eso nadie lo dudaba, ¿no?

domingo, 14 de noviembre de 2010

A lo grande


Alguien de mi familia se va mañana a Nueva York por trabajo (y tiempo muy limitado). Al enterarme, mi mente ha obviado lo de "trabajo" y se ha quedado únicamente con lo de Nueva York. Ahora decir que la envidia me corroe es quedarse corto. Ya se sabe, todo lo relacionado con Nueva York es a lo grande.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Nueva York: cabos sueltos, con especial atención a la comida

Un pequeño popurrí de imágenes sin orden ni concierto que no supe dónde encajar en su momento y que sin embargo no quería dejar sin poner en el blog.

El día del diluvo universal: Times Square visto desde nuestra ventana del hotel:



Me pareció tan perfecta esta imagen/silueta que por un momento pensé que la farola era así, con las palomas de mentira para dar el efecto. Cuando una de las palomas salió volando ya deduje que no era por control remoto.



Más siluetas. ¿Se nota que me gustan? Esta pertenece a nuestra mañana lluviosa en Central Park. Es la famosa Bethesda Fountain. Lo que más me gustó son las palomas instaladas en las alas, dispuestas a ayudar si estas fallan.


Y ahí concluye la sección de vistas llamativas. Vamos a lo que de verdad hipnotizaba el objetivo de mi cámara en Nueva York: la comida, sección dulces (ya que no lo podíamos comer todo, al menos que nos quedase un recuerdo de algún tipo).

Sigo teniendo mi minúsculo montoncito de jelly bellies de vainilla francesa sin tocar. Hice la foto para regodearme en ella cuando se me acaben. Pero obviamente no será lo mismo.



Tartas y cupcakes varios, mostradores de los que nos costaba mucho apartar los ojos y, sobre todo, no manchar el cristal con nuestras babas. Las dos primeras son de una pastelería de Grand Central, las dos siguientes son del Dean & Deluca de Broadway.









En el Farmer's Market de Union Square estaba este puesto dedicado única y exclusivamente al sirope de arce de todo tipo. Durante unos segundos consideré la posibilidad de comprar una botellita pero entre que aún tengo en casa una sin abrir (que no tendrá nada que ver con estas, lo sé) y que el número de botellas de cristal que nos traíamos de recuerdo empezaba a ser considerable, decidí conformarme con la foto.



Y finalmente he aquí una foto aleatoria de la zona a la que primero acudíamos cuando entrábamos en cualquier cafetería/tienda con bebidas frías. Manuel buscaba Cane Cola hasta hasta que consiguió el pack de cuatro en Wholefoods y después buscábamos rarezas. Yo, después de descubrir aquella crema de vainilla de Boylan's la buscaba desesperadamente, aunque, como dije, ya nunca la volví a ver.



Otro gran descubrimiento en materia de bebidas fue la cream soda. En Horton Williams encontramos una de la marca Stewarts que destacaba el sabor a vainilla (aunque luego, informándome sobre la bebida, veo que, sin ser imprescindible, la cream soda casi siempre sabe a vainilla, ¡y yo sin saberlo!), así que la compramos (y luego conservamos la botella, claro) y, hmmmmm, qué delicia. Ahora quiero cream soda desesperadamente, que además suena de lo más retro. "Una cream soda, por favor".

(Y otro descubrimiento - aunque en lata - fue una bebida que yo nunca había probado cuando se comercializó aquí y que ahora pertenece a Coca Cola: Tab. Me gustó mucho.)

Así que Nueva York, aparte de ser Nueva York y todo lo que eso implica, tiene jelly bellies de vainilla a montones, tiene Coca Cola de vainilla, tiene cream soda de vainilla y crema de vainilla, cupcakes de vainilla...

En fin, que hay que volver.

Y con esto se acaban las extensas y duraderas crónicas neoyorquinas. Espero no haberme excedido (aunque ha sido una crónica larguísima tanto en días como en la extensión de cada entrada) y os doy las gracias por haber leído y, sobre todo, comentado.

La próxima entrada ya será de vuelta a la programación habitual.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Broadway

Manuel ha sido tan amable de escribir la entrada sobre los dos musicales que vimos en Broadway. No hay duda de que así queda mucho más completa, informativa y crítica que si la hubiera escrito yo, pero lo que de verdad, de verdad, motivó su colaboración es que durante el primer musical yo lo pasé fatal intentando mantenerme despierta (sin mucho éxito y no por culpa del musical, sino del agotamiento puro y duro). La segunda noche conseguí mantenerme mucho más espabilada pero aun así cuando ahora intento recordar algo lo recuerdo más como si lo hubiera soñado que como si lo hubiera presenciado. Que disfrutéis.

En cuestiones de Broadway decidimos aplicar el método West End. O sea ir a tiro fijo con una determinada obra y probar suerte con la otra en las taquillas del TKTS. Si además las taquillas del TKTS neoyorquino están ubicadas en Times Square (sin faltarle el respeto a las bondades de Leicester Square, pero es que no hay color) pues casi que resulta hasta divertido hacer cola (y doy fe de que es una cola larga) hasta llegar a las taquillas. La cola además suele estar animada por actores contratados por los musicales más populares de Broadway intentando convencerte de que vayas a su show. Así que rodeado de alguna loca fugada de La Cage aux folles, Roxie Hart wannabes y algún Jet o Shark, que nunca me acuerdo de cuál es cuál, hice la parsimoniosa cola con la (frustrada) intención de encontrar entrada para las últimas funciones del revival de South Pacific en el Lincoln Center. No pudo ser, así que al final terminé comprando entradas para otro revival con no tanta solera como el de Rodgers y Hammerstein pero con no pocos atractivos: Promises, Promises del nunca suficientemente reivindicado Burt Bacharach.

Pero vayamos por partes, porque el tiro fijo era un valor seguro. Por estos lares, los lectores habituales ya saben que Sondheim es una especie de religión de obligado cumplimiento. Y habiendo un Sondheim en cartel en Broadway y con un reparto en el que ni más ni menos (ni menos ni más que el orden entre divas de este calado siempre es motivo de problemas) se encontraban Bernadette Peters y Elaine Stritch, la elección estaba más que asegurada. El Sondheim en cuestión es A Little Night Music que pasa por ser una adaptación musical de Sommarnattens leende (Sonrisas de una Noche de Verano) (una comedia de Bergman, que suena a oxímoron pero hasta resulta divertida, palabra). La producción estaba en el pequeño, para los estándares de Broadway, Walter Kerr Theatre (con lo cual volvimos a cumplir la norma de nuestro viaje anterior: teatro pequeño para Xanadu: Helen Hayes Theatre, teatro enorme para Wicked), no porque la obra original de Sondheim fuese necesariamente de pequeño formato sino porque esta producción ya venía heredada de sus orígenes 'modestos' en el londinense Menier Chocolate Factory. Allí se había estrenado en noviembre de 2008 y allí intenté encontrar entradas cuando estuvimos en febrero de 2009 sin éxito. El Menier Chocolate Factory es un teatro del Off-West End que desde su apertura (en 2004) se ha labrado una enorme reputación como dinamizador de la escena londinense. De allí salió el montaje del Sunday in the Park with George que vimos en el Wyndham's Theatre, un revival de Sweet Charity del que todo el mundo habla maravillas y esta versión casi 'de cámara' de A Little Night Music de Sondheim. Cuando la obra saltó el charco conservó sus orquestaciones reducidas y su escenografía sencilla pero con el añadido de - Broadway es Broadway - dos nombres de relumbrón para adornar la marquesina con profusión de neones: Catherine Zeta Jones como Desirée y Angela Lansbury como Madame Armfeldt. Aun siendo un cast extraordinario el nuevo con la Peters y la Stritch para el buen aficionado es aun más atractivo.

La obra sigue bastante fielmente la trama del film de Bergman, una deliciosa comedia sutil, en el fondo muy francesa pese a estar ambientada en Suecia, sobre el paso del tiempo, el amor, el sexo y las oportunidades perdidas (y recuperadas). Es una obra extraordinariamente compleja en lo musical y muy exigente con los intérpretes. Prácticamente toda la partitura está escrita a ritmo de tres por cuarto (ese vals finisecular que es un anticipo perfecto del fin de una época), asimismo Sondheim usa el contrapunto de forma virtuosa llegando a superponer hasta tres canciones diferentes (el caso de Now/Soon/Later es paradigmático) en un tour de force no al alcance de todos los intérpretes. Y, curiosamente, y contra todo pronóstico mi principal problema con esta producción estuvo precisamente en sus (míticos) intérpretes. Ni Bernadette Peters ni Elaine Stritch interpretaban a unas Desirée o Madame Armfeldt acordes con el libreto original. No porque lo hicieran mal... sino porque básicamente se interpretaban a sí mismas. Bernadette Peters hacía de la diva Peters, la que moviendo una mano o entonando una canción tiene al patio de butacas rendido a sus pies y Elaine Stritch... bueno, la Stritch hacía lo que le daba la gana, que para algo es quien es. Consiguió convertir Liaisons, una canción amarga y nostálgica como pocas, en un juguete cómico alargado hasta la extenuación que sin embargo contó con la empatía de un publico entregado desde el minuto cero (este humilde servidor incluido). Disfrutable, sin duda... un Sondhein canónico... definitivamente, no.

Respecto al Promises, Promises de Bacharach, debo decir que nos llevamos una decepción al descubrir que el papel de Miss Kubelik no lo interpretaba esa noche Kristin Chenoweth, a la que nos hubiera encantado ver en directo. Su cover, Megan Sikora, no lo hizo mal, pero no fue lo mismo. Probablemente la Chenoweth, temperamento expansivo y animal de la escena con tendencia al torbellino, no hubiera tampoco brillado en un papel como este, que debe ser sutil e interpretado con eso que los anglosajones llaman understatement y que es tan difícil de traducir. Y es que Promises, Promises es un remake de The Apartment (El Apartamento) de Billy Wilder y eso son palabras mayores. Como la partitura del maestro Bacharach es algo justita ni cortos ni perezosos los productores de este revival le han colocado dos hits de Mr Bacharach como A House is Not A Home (que cuela bastante bien) y I Say A Little Prayer que cuela menos pero suena bien (el I'll Never Fall in Love Again sí que es original de la obra). La sorpresa fue Sean Hayes en el papel del infeliz Chuck Baxter, patético pero entrañable arribista de felpudo, que consigue fusionar con bastante entereza la cercanía del Jack Lemmon de Wilder con un tono no muy lejano al Matthew Broderick de How To Succeed in Business Without Really Trying. Mención especial para el terremoto cómico llamado Katie Finneran que arrasa con todo el elenco en sus dos breves escenas que le valieron un merecidísimo Tony.

En resumen, nada que vaya a cambiar la historia de Broadway pero dos horitas la mar de entretenidas en un teatro apenas situado a tres o cuatro calles de la Madison Avenue donde residen aquellos que han hecho que un revival tan sesentero haya visto la luz. No nos engañemos, sin el fenómeno Mad Men, seguro que Promises, Promises seguiría durmiendo el sueño de los justos.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

La ONU en un día gris y despedida



La foto de arriba muestra cómo amaneció nuestro último día. Nos engañaron un poco porque supuestamente el domingo iba a hacer malísimo, efectivamente, pero se suponía que el lunes el tiempo sería considerablemente mejor. Y no, como puede verse aquí al lado, la antena del Empire State seguía desapareciendo, cosa que ya nos resultaba de lo más agorera. Si el refranero español hubiera conocido el fenómeno seguro que ya habría una rima del tipo: "cuando la antena del Empire State Building desaparezca, es hora de que el señor se guarezca" o algo así.

Como el refrán no existe (¿pero a que me ha quedado apañado?), nosotros salimos a la calle después de obrar el milagro de meter todos los trastos que habíamos acumulado en la maleta.

A estas alturas del viaje, yo ya era una escéptica de las distancias a pie según el mapa. Manuel decía que podíamos ir a la ONU andando (se vengó de mí usando MI frase de "a partir de X las manzanas son más pequeñas") así que allá que fuimos, despidiéndonos de un Nueva York esta mañana ya menos bochornoso y casi, casi, con un toque de otoño en el ambiente.

Nuestro Dean & Deluca mítico del Rockefeller Center se había trasladado ya a su nuevo emplazamiento y por el camino nos detuvimos a conocerlo (sin comprar nada) y a ficharlo para la próxima vez. Porque sí, como la otra vez, incluso con los pies todavía en suelo neoyorquino, ya queríamos volver.

Al final la ONU, efectivamente, no estaba demasiado lejos del hotel y el paseo había sido agradable, salvo por las gotas intermitentes. Habíamos caminado entre neoyorquinos que iban a trabajar y eso siempre es un espectáculo digno de ver.

Llegamos a la ONU y otra vez las banderas no estaban puestas. La otra vez no las vimos porque estaba cerrada y esta vez, según nos explicaron luego, porque cuando llueve no las ponen. Así que nunca vemos la ONU como sale en las noticias. Para cuando nos pusimos a la cola (no demasiado grande aunque, como siempre, cuando empezamos a avanzar el grupo que entraba se cortó justo delante de nosotros y nos quedamos a las puertas) iba lloviendo con más intensidad. Cuando por fin entramos, pasamos el control y llegamos a la cola para comprar las entradas, los grandes ventanales de la sala de espera más setentera del mundo (¡pero si hasta los folletos explicativos parecían de la época!) mostraban un nuevo diluvio universal fuera. Nos habíamos librado por los pelos.

Compramos las entradas y esperamos a que le tocase el turno a nuestro tour. Aunque el tour era en inglés, nuestra guía era colombiana (hablaba en inglés) y era como una enciclopedia con patas. Cierto que siempre me maravilla la memoria prodigiosa de los guías y la naturalidad con la que la mayoría son capaces de explicar lo mismo una y otra vez, pero es que a esta chica la gente le hacía preguntas muy rebuscadas y ella las respondía como quien responde a cuánto suman dos y dos. Y además todo de forma muy amena.

Está muy bien porque, para ni ella tener que forzar la voz ni nosotros tener que forzar los oídos, te dan unos cascos que reciben el sonido de un micrófono que ella lleva, así que gradúas el volumen como quieras y tan cómodamente.

El tour nos gustó mucho. Te enseñan algunas salas (nosotros, como era la tónica del viaje, no pudimos ver el Consejo de Seguridad porque está de reformas, creo), te enseñan algunos regalos de países miembros (una impresionante talla de marfil, entre otras cosas), los enormes murales de la paz y la guerra del pintor brasileño Cándido Portinari (que tuvo la mala suerte de ser un pintor alérgico a la pintura; no quiso negarse a decorar la ONU y el pobre murió a los pocos meses de acabar sus murales allí), uno a cada lado de la entrada por la que entran las personalidades, que por lo visto de forma simbólica siempre acceden al edificio por el lado de la guerra y salen por el de la paz.

Me gustó también la frase que destacó la guía (y que luego tienen escrita en una pared) de Dag Hammarskjöld, un antiguo Secretario de la ONU, que dijo acerca de la finalidad de la organización: "The UN was not created to take mankind to heaven, but to save humanity from hell" (La ONU no se creó para llevar a la humanidad al cielo, sino para salvarla del infierno).

Y así de sala en sala, viendo lo que se usa en misiones de la ONU, desde los cascos y boinas azules hasta los "kits" que se les reparte a los refugiados, pasando por las tazas rojas con que se incentiva el que los niños (y las niñas, para cuyas familias una taza de comida no siempre es suficiente aliciente y en ciertas zonas tienen que ofrecer dos tazas para ellas) vayan a la escuela, las minas antipersona, etc. Y en una de las salas una gotera enorme que, como dijo nuestra guía, servía para dejar claro, como mínimo, que la ONU no reinvierte el dinero que recibe en sí misma.

El grupo de gente entre los que íbamos era bastante variopinto: una familia italoinglesa, algunos americanos y australianos y poco más. El caso es que una espera que cuando alguien visita la ONU tenga unos conocimientos mínimos sobre lo que visita y ahí, en la primera sala que visitamos, nadie sabía que el actual Secretario general es Ban Ki-Moon. De modo que la guía nos hizo memorizarlo (bueno, Manuel y yo ya lo sabíamos) y de vez en cuando nos hacía repetirlo para que, como ella decía, al menos saliéramos de allí con eso aprendido.

Y así llegamos a la parte estrella de la visita: la Asamblea General. El grupo se sienta en la parte de atrás del todo (siempre que no esté reunida la Asamblea, claro, que entonces no se puede pasar) y la guía explica el funcionamiento, el orden de asientos, etc. Fue gracioso que cuando explicaba que los países se sientan por orden alfabético y preguntó quién sería entonces el primer país un genio de nuestro grupo dijera nada menos que África. En fin.





Y poco más, después de eso ya acaba la visita enseguida, se pasa volando de lo interesante que resulta. Y de ahí a la tienda. Yo tenía curiosidad por la tienda de regalos del mundo, que Helene Hanff mencionaba en su libro como una de sus tiendas preferidas (en los años setenta). Y lo cierto es que es muy curiosa pero carísima (mucho más cara que una tienda de regalos normal, que ya es decir). Allí cada país tiene una especie de representación y en general lo de la mayoría de los países es muy mono y tentador. Salvo por lo de España que, sin haber llegado a mandar a la sevillana para encima de la televisión o los souvenirs taurinos (aunque sí hay un par de toreros), tiene estas cosas horripilantes bañadas en plata. Así nos va. ¿Quién fue la mente que seleccionó eso? Por no mencionar el hecho de que la mayoría de los países tienen cosas monas, pero tirando a lo práctico. Japón tiene cerámicas y juegos de té, por ejemplo. ¡Pero si en todas las tiendas de utensilios de cocina los utensilios de madera que vimos estaban "made in Spain"! ¿No hubiera sido infinitamente mejor mandar algo así de sencillo que no estas monstruosidades? Vergüenza en la tienda de la ONU. Mucha.

De ahí pasamos a la librería de la ONU, que también tiene souvenirs y que fue la única tienda de regalos en la que encontré un lápiz de recuerdo para mi colección (y a juzgar por mi colección de lápices nadie diría que he estado en Nueva York) y después por un puestecito que hay allí en medio y donde me compré una camiseta para estar en casa. Al pagarla una de las viejecitas que trabajan allí voluntariamente me dijo con mucha cara de pena: "gracias. Es para los niños" y me hizo sentir fatal por sólo haber gastado 12 míseros dólares. Manuel y yo nos sentamos en unos bancos cerca del puesto y animamos mentalmente a la gente a que comprara. El éxito fue moderado tirando a escaso.

Al salir de la ONU - ya no llovía, pero el día seguía malo y gris - la idea original era acercarnos al Flatiron de despedida, pero entre que podía ponerse a diluviar en cualquier momento y que era más tarde de lo que pensábamos, decidimos no ir y quedarnos por una zona un poco más cercana al hotel: se nos ocurrió ir a Bloomingdale's andando. Por el camino y la hora de comer de los oficinistas neoyorquinos pasamos por un montón de sitios con buena pinta pero decidimos que mejor llegar primero a Bloomingdale's y luego ya comer. Obviamente cuando quisimos darnos cuenta la zona de miles de sitios para comer había quedado atrás y cerca de Bloomingdale's eran más bien escasos (cosa rara en Nueva York; prueba de lo gafes que somos). Al final dimos con un sitio y comimos un pizza que vimos hornear allí mismo en horno de leña y que estaba rica.

En Bloomingdale's, ya que tengo la taza, tenía la idea de averiguar si existían unos bolsos que la otra vez vi a una chica en el aeropuerto cuando nos volvíamos. Y sí, dimos con ellos pero el tamaño que yo había visto ya no estaba y además los encontré excesivamente plasticosos, así que me decanté por unos que tenían también de lienzo y que eran con la forma del que le había visto a aquella chica. Cuando lo iba a pagar, la dependienta me preguntó si era de Nueva York ("no"), ¿de otro estado? ("no, más bien de otro país"), así que me informó de que si iba al mostrador de atención al cliente me harían un descuento nada despreciable del 10%. Así que allá que fui y me maravillé de nuevo del gran trato de los dependientes en Bloomingdale's. Te tratan como si fueras de la realeza. La chica que me atendió, desde que descubrió que me llamaba Cristina, no paraba de llamarme por mi nombre para todo y de informarme de miles de cosas, Cristina, y de desearme cosas buenas, Cristina, y de comentarme que si compraba más de 200 dólares me regalarían un paraguas, Cristina, y de darme las gracias por todo, Cristina. Y ahí estaba yo, con unos pelos de loca por la humedad, con deportivas y pies mojados (y las neoyorquinas que seguían llevando mis botas por todas partes). Impresionante. No me había recuperado yo del buen trato aún cuando, al salir de allí, una dependienta me cazó al vuelo para mostrarme la colonia Womanity de Thierry Mugler y me habló de lo femenino del perfume y lo bien, bien, bien que me iría y demás. Y todo dicho como si de verdad se lo creyera y yo llevara un traje de noche, pelo de peluquería y zapatos de Manolo Blahnik. Esa chica se merece un Oscar por decirlo todo con la credibilidad que lo dijo.

Volví de nuevo al mostrador donde había dejado mi bolsa y la dependienta, como cuando compré la taza, me la envolvió con toda la consideración del mundo, como si fuera un bolso de 3.000 dólares, con su papel de seda y demás.

En fin, que yo sigo recomendando que se compre cualquier cosa en Bloomingdale's, sólo por disfrutar del excelente trato.

Y de ahí, poco a poco, a pasar un último rato en Central Park (en una zona desconocida que habíamos descubierto en la exposición de la Morgan). Y de Central Park a una tetería cercana al hotel (una cadena: Argo Tea) donde tenían como miles de tés. Durante un tiempo consideré la posibilidad de comprarme alguno (tenían sabores muy originales) pero ya llevaba cinco tés en la maleta y más hubiera sido excesivo. Así que me conformé con tomar allí uno blanco con arándanos azules, mismo sabor que el del fiasco del té frío en el Chelsea Market, para resarcirme.

Y de ahí al hotel, y del hotel al autobús destartalado y del autobús destartalado al aeropuerto (conociendo la hora punta en las carreteras) y del aeropuerto (sin jelly bellies esta vez, yo que contaba con ellos ahora que sabía cómo funcionaba lo de la "jsfsgfhs jfuetryur geutytre jdhfsgfdjhsgf boardinnnnnn' gaaaaaate") al avión, donde nos dimos cuenta de que la chica del check-in nos había dado asientos en filas diferentes. Terrible primero por el recuerdo de lo larga que se nos había hecho la ida y segundo porque si ya entonces no había podido conciliar el sueño, ahora con desconocidos a los dos lados ya sería imposible (por no hablar de la incómoda situación de que el de al lado, con acceso al pasillo, se quedara frito y yo me quedara sin poder ir al baño en todo el viaje por reparo a despertarle). Al final tuvo gracia porque el chico que me tocó al lado y al que explicamos la situación fue el chico más amable del mundo y, pese a estar en fila con sus amigos que iban al otro lado del pasillo, y pese a cambiar su asiento de pasillo por asiento central, accedió al cambio. Al final los dioses le pagaron la buena acción del día porque, a pesar de que estuvimos durante un buen rato oyendo que el avión aún no estaba lleno y que faltaba una persona (y sólo sobraba el asiento del pasillo de al lado del chico amable), al final cerraron el avión, el chico pudo volver a colocarse en asiento de pasillo y además, le quedó el asiento de al lado libre.

El viaje de vuelta se hizo más corto a fuerza de dormir nada cómodamente (una vez me desperté con tanto dolor en todas las articulaciones del cuerpo que me dieron ganas de llorar de incomodidad y envidia a los de primera clase). Escala zombie en Zurich de nuevo y cuando quisimos darnos cuenta ya estábamos de nuevo en Barcelona.



¿Cuándo volvemos?

Nota: parece imposible pero aún me quedan un par de entradas neoyorquinas.

The Portable Dorothy Parker

Aparte de la Frick Collection, Molinos también me recomendó (justo cuando yo andaba buscando qué libro llevarme a Nueva York), algo de Dorothy Parker para el viaje. Y, no lo recuerdo con exactitud, pero diría que nada más leer su comentario me di una palmadita en la frente que vino a decir algo como "con The Portable Dorothy Parker en la estantería desde que se lo regalé hace siglos a Manuel y Dorothy Parker de neoyorquina universal y yo pensando desde hace días qué llevarme sin éxito". Queda claro que la palmadita fue mucho más al grano que las palabras.

La única pega que tenía nuestra (nótese el posesivo) edición de Dorothy Parker era que era "un poco grandísima" (que diría uno de mis sobrinos), pero lo bonita que era y lo verdaderamente apropiada para el viaje pudieron con el resto de argumentos acerca del peso y el volumen del libro. Otra pega es que las hojas están cortadas en ese corte como rústico que ahora se ha puesto de moda a imitación del corte antiguo, que en inglés se llama "rough-cut" pero que desconozco cómo se llama en español. Reconozco que da un aspecto bonito al libro, un toque de personalidad, pero a la hora de buscar páginas, pasar páginas y demás cosas relacionadas con las páginas que se hacen cuando se lee un libro, el "rough-cut" es un rollo. Incomodísimo.

Empecé The Portable Dorothy Parker un par de días antes de ir a Nueva York (para confirmar que la sugerencia de Molinos iba en mi línea y no viajar con un tocho de libro que no me terminaba de convencer) y a las pocas páginas era una conversa que se preguntaba cómo, aunque sólo fuera por las mil alusiones a Dorothy Parker de Las chicas Gilmore, nunca había leído más que alguna frase célebre suya.

The Portable Dorothy Parker - sus mejores historias y poemas recopilados por ella misma en los años cuarenta - es además ideal para un viaje. Siempre digo que lo que más me gusta para viajar son las historias cortas. Pequeñas dosis que se leen de maravilla en las esperas salteadas y que, además, si durante la estancia en cualquier sitio no se lee demasiado, luego no se encuentra uno perdido y totalmente fuera de la historia al retomarla: o bien se es muy apañado y se procuara acabar siempre las historias o bien, si no se ha podido, no hay problema en volver a comenzar con la historia que se quedó a medias.

Tuve la suerte regular de que en el viaje de ida me tocó el primer grupo de poemas. Un viaje que ya comenté que se me hizo larguísimo y en el que, sin quitarle ningún mérito a la poesía de Dorothy Parker, que en realidad me gustaba, los poemas no conseguían acaparar mi atención lo suficiente como para entretenerme (y además era consciente de no estar leyéndolos como se merecían, lo cual no ayudaba tampoco). Y, si bien no tengo problemas a la hora de abandonar un libro, soy de esas que no pasan de página hasta que la actual no está leída. Con lo cual, pese a que intenté autoconvencerme de saltarme momentáneamente los poemas y pasar al siguiente grupo de historias cortas, no lo conseguí.

En cambio, como en el avión nunca conseguí salir de ese tramo de poemas, una vez ya instalados en el hotel, era genial estar en Nueva York y aprovechar pequeños ratos en el hotel para leer un poemita de Dorothy Parker in situ, bien cerca de donde se escribieron la mayoría.

Y además entran en juego las casualidades. El día en que llegamos a Nueva York, para ir desde Grand Central - donde nos dejó el autobús destartalado - hasta nuestro hotel, teníamos que ir hacia el noroeste, así que fuimos serpenteando por un par de avenidas y varias calles al azar. Al azar, insisto, dirigidos por si los semáforos estaban verdes (blancos, debería decirse) o rojos, etc. Pues bien, al tomar una calle lo que nos encontramos fue el hotel Algonquin, el famoso hotel donde se reunía la "mesa redonda" de la que Dorothy Parker era una parte importante. Con la maleta a rastrás me quedé pegada al suelo y sólo acerté a señalarle el hotel con cara de alucinada a Manuel. De haberlo buscado intencionadamente no habríamos dado con él con mayor facilidad.

Y puede que fuera forzar el azar, pero el último día, haciendo un recorrido parecido a la inversa, puse como condición que pasáramos de nuevo por esa calle (calle 44) para hacer una foto (esta de aquí) del hotel e inmortalizar la casualidad reciente.

Y, claro, las referencias a Nueva York del libro me han encantado desde el principio hasta el final. Me gustó una frase del relato "Big Blonde" (traducida, creo, como "La gran rubia") en la que se decía:

There was always something immensely comic to her in the thought of living elsewhere than New York.

Le parecía que había algo tremendamente cómico en la idea de vivir en un lugar que no fuera Nueva York. (Traducción rápida mía)

Esta frase la leí al poco de volver del viaje y sólo pude asentir al leerla. Luego se pasa, pero al volver de Nueva York cualquier ciudad - incluso Barcelona - es... no sé, no está a la altura de nada.

Pero hablando ahora sí del libro debo decir que la impresión inicial se mantuvo hasta el final. Como me suele pasar con las recopilaciones de historias cortas cuando me gustan, intento hacer un ranking mental de mis preferidas que al final es un caos de indecisión. Soy incapaz de quedarme con una sola historia de todas las que he leído, me quedo con el estilo inconfundible de Dorothy Parker en general. Me encanta lo bien que maneja las conversaciones, sobre todo cuando, para el lector, se vuelven soliloquios ya que no se incluye la respuesta del interlocutor. Impresionante la sutileza con que el que habla se va descubriendo a sí mismo, sin necesidad de que un narrador aclare lo que está sucediendo.

Me ha sorprendido también lo poco fechadas que están la mayoría. Al tratar temas universales han envejecido sorprendentemente bien y, salvo por pequeños detalles, podrían estar escritas en la actualidad sin problemas.

Esta edición de The Portable Dorothy Parker incluye, además, historias y artículos (del New Yorker, por ejemplo) que ella dejó fuera de la selección original, así como una pequeña selección de su correspondencia. De momento me he leído sólo la selección original, deja para más adelante la selección añadida para no agotar los recursos Dorothy Parker de una sentada.

Y además me quedo con muchas ganas de leer más acerca de su vida que, aunque triste, parece muy interesante. Eso sí, de momento, una de las solapas de nuestra edición tiene la mejor biografía que he visto/leído en mucho, mucho tiempo (clic en ella para agrandarla):



Y por último una casualidad más. Con la introducción de Marion Meade aún fresca (siempre leo la introducción al final por paradójico que pueda sonar), vimos The Major and the Minor y allí estaba Robert Benchley (miembro de la mesa redonda del Algonquin) pronunciando una de las frases más famosas que han salido de allí (y que tiene difícil traducción):


Why don't you get out of that wet coat and into a dry martini?

¿Por qué no te deshaces de ese abrigo mojado y te haces con un martini seco? (Traducción rápida mía)

martes, 7 de septiembre de 2010

Greenwich Village

Como era de esperar, decidimos pasar de los pies mojados y la amenaza de diluvio (otra vez) y nos fuimos a dar una vuelta por Greenwich Village. Creo que es ahí donde desearía vivir todo el mundo que desearía vivir en Nueva York. Los apartamentos del Upper East Side deben de ser un lujazo, pero tirando a aburridos (ahora bien, si alguien quiere regalarme uno, prometo no hacerle ascos). Los apartamentos de Greenwich Village también son un lujazo (en lo que a precios se refiere; Enric González comenta que su piso, no enorme, costaba la friolera de 4.000 dólares al mes(!)) y están en una zona con mucha animación, mucho comercio, muy buen ambiente (al menos visto desde fuera) .

Fuimos andando desde la Morgan Library, atravesando la zona universitaria, maravillándonos por la de sitios y comidas al alcance de los universitarios de la zona y llegando a Washington Square (las casitas de arribas son las típicas que parecen salidas de la novela de Henry James y que ahora están comunicadas unas con otras por dentro y pertenecen a la New York University), donde comimos un día la otra vez. Sigue en obras, pero ahora en la otra mitad, de modo que esta vez pudimos ver el famoso arco en todo su esplendor.

Para cuando llegamos a él la lluvia era intermitente y nada intensa, aunque ahora ya sabíamos que en cualquier momento podía caer un chaparrón. Contábamos con el hecho de que en Nueva York hay cafeterías por todas partes y, en caso de diluvio, siempre podríamos meternos en alguna. La foto de la fuente de más abajo, si se hace grande, es una de eas cosas "sólo en Nueva York": allí había dos chicos y una chica, uno de ellos vestido de no sé qué, con medias de colores, que se lo pasaban en grande dando vueltas dentro de la fuente. La gente que pasaba por allí, acostumbrados a este tipo de vida tan sorprendente de Nueva York, apenas miraban de dónde venían los gritos y las risas. Yo, pueblerina (todos somos pueblerinos en Nueva York), no pude evitar tomar una foto en principio porque me gustaba la imagen de la fuente y demás.

Continuamos andando y llegamos a la salida de metro por la que la otra vez habíamos salido a la superficie de Greenwich Village, junto a un estupendo Barnes & Noble que nos vino de perlas ahora que, sin nada que ver con lo anterior, la lluvia empezaba a apretar. Barnes & Noble era mucho mejor refugio que una cafetería. Así que allí estuvimos un buen rato, yo mirando los libros de repostería y helados y al final sin llegar a decidirme por ninguno (soy incapaz de comprar libros de repostería, por lo visto), las cosas de papelería, los muchos complementos lectores (lucecitas, lamparitas, protectores, atriles, marcapáginas carísimos, preciosas bolsas para libros, etc.).

Cuando salimos apenas llovía pero sólo tuvimos que cruzar la calle para ir a nuestro siguiente objetivo, algo que me había arrepentido de no probar la otra vez: un perrito de la famosa tienda de perritos calientes Gray's Papaya. Sale y la mencionan en muchísimas películas y series. Yo la primera vez que oí hablar de ella fue cuando hace siglos vi la película Fools Rush In (Sólo los tontos se enamoran) y la otra vez cuando pasamos por delante me llamó la atención pero acababámos de salir de un Starbucks cercano y habíamos cubierto el cupo. Los perritos estaban buenos. Eso sí, ahí el ketchup incluye ya la cebolla. Yo tengo tolerancia baja a la cebolla pero bueno, ahí no estaba mal. Eso sí, el tomate tiraba un poco a picante (para mí, que soy muy exagerada para el picante; Manuel no notó nada).

Y, no, pese a estar en la zona, no visitamos la famosa (por Sexo en Nueva York) Magnolia Bakery. Yo, antes del viaje, tenía cierta curiosidad por sus famosas cupcakes pero el día anterior habíamos curioseado en su tienda de la Sexta Avenida y sí, reconozco que olía de maravilla y que todo tenía una pinta espectacular, pero aquella tienda estaba llena hasta la bandera de claros fanáticos de la serie que van sólo por la serie y los precios, quizá justos, no lo sé, me parecieron un tanto pasados de rosca.

Con el estómago lleno y la lluvia intermitente, salimos a dar esa vuelta por Greenwich Village. El ambientillo era dominical aparte de lluvioso así que no había tanta gente por la calle como la vez anterior, pero a cambio de eso muchas ventanas de casas tenían las luces encendidas y pudimos ver techos, lámparas y algunas estanterías. El exterior de la casa de Friends (los interiores, claro, eran de estudio) no lo vimos porque yo no tenía ni idea de dónde estaba (luego resulta que estuvimos bastante cerca), pero da igual, todas las casas de la zona son iguales y son diferentes. Y hay pocas de ellas en las que puedas evitar no exclamar (al menos en cuanto al exterior): "¡aquí! Si (fuera rica y) viviera en Nueva York viviría aquí".


Y, paseando, paseando, llegó un punto en que los edificios empezaron a desaparecer de nuevo y pensamos que lo mejor era ir volviendo al hotel, en metro.

Esa noche no teníamos plan, así que decidimos ir por el hotel un rato, que al final redujimos a mínimos porque cuanto más estuviéramos (y por supuesto mientras estuvimos en el hotel apenas llovió) más pereza nos iba a dar salir a cenar.

Salimos del hotel y volvió a caer el diluvio, con viento además, que hacía que el agua del suelo tuviera unas olas a las que más de un surfista no habría hecho ascos. Hice un par de vídeos con la cámara, pero no subo ninguno porque no se aprecia realmente la magnitud del diluvio y parecería que exagero. Tomamos medidas drásticas: subí de nuevo a la habitación del hotel a dejar la cámara y demás y nos pusimos rumbo a Wholefoods (¿alguien dudaba que repetiríamos?). Amainó un poco por el camino y con el olor, la variedad y la deliciosa cena de Wholefoods nos olvidamos hasta de los pies mojados. Para salir de dudas, acompañamos la cena de la famosa agua Fiji que ya comenté que, pese a ser el agua estrella entra las masas, no nos dijo gran cosa.

Al día siguiente se acababa nuestra estancia neoyorquina.

lunes, 6 de septiembre de 2010

El diluvio y la Morgan Library

Fue al salir de Central Park cuando nos acercamos a las tiendas de Columbus Circle (placita de Colón con una especie de esculturas de meninas a sus pies que yo no recuerdo que estuvieran ahí la vez anterior) cuando descubrí el mítico cuarto de baño y comimos por primera vez en el también mítico buffet de Wholefoods.

Después, tan contentos, nos fuimos caminando hasta el Lincoln Center, que la otra vez que estuvimos era un caos de obras y ahora, ya renovado, es totalmente diferente y muy agradable, muy amplio. Ese día era la última función del musical South Pacific, un musical que Manuel quería haber visto pero para el que no encontramos entradas. Así que, un poco masoquistas, nos fuimos a ver entrar a la gente a la matinée final (a las tres de la tarde) bajo un cielo que amenazaba lluvia.

El Lincoln Center está formado por varios edificios destinados a la educación o difusión de la cultura musical (allí está la famosa escuela musical Juilliard, por ejemplo). Nos sentamos un ratito a ver pasar el mundo en, de nuevo, unas sillas a disposición de cualquiera, estas especialmente cómodas puesto que eran acolchadas y todo y algunas estaban ya secas. Después Manuel se fue a dar una vuelta por el teatro donde era South Pacific y yo decidí dármelas de neoyorquina total y saqué un par de suplementos del New York Times. Con el primero no tuve problemas y aparenté bastante bien, creo yo. Con el segundo, el Book Review, nada menos, empecé cuando Manuel ya había vuelto. Empezaron a caer unas gotas enormes (simplemente abrimos el paraguas sin movernos del sitio) y empezó a levantarse un viento huracanado y... ocurrió lo inevitable. Mi suplemento del New York Times de libros salió volando y se llevó con él mi reputación de neoyorquina de verdad. Manuel corrió detrás de algunas hojas (yo no pude moverme, primero por lo repentino que fue todo, después por el paraguas, el periódico, la mochila, etc.) y yo veía en mi cabeza aquella escena de Ana de las Tejas Verdes en que ella está escribiendo en una playa y se le vuelan todas las hojas. En fin. A todo esto iba lloviendo con una fuerza que ya no podíamos ignorar y tuvimos que levantar el campamento y también alejarnos de la gente que había presenciado el numerito del periódico volador. En lo que tardamos en cruzar los dos metros desde las sillas hasta una especie de soportal, el diluvio fue instantáneo. Como le digo a todo el mundo cuando se lo cuento: ¿sabes cuando en las películas americanas llueve tanto que parece que se les ha ido la mano con la máquina de la lluvia? Pues bien, no es que se les haya ido la mano, es que allí llueve así. Y no es como aquí, que enseguida baja de intensidad. No, allí dura.

El caso es que nuestra siguiente parada programada - por suerte a cubierto - estaba al otro lado de Manhattan y aunque habíamos especulado con ir andando, en metro o en una combinación de ambos, no nos quedó otra que tomar un taxi. De camino al borde de la acera dimos con la portada de mi suplemento de libros y la tiramos a la basura. Claro, todos los taxis que pasaban bajo el diluvio iban llenos y nos tocó esperar un poco. Cuando por fin dimos con uno, nos terminamos de calar en los breves segundos que tardamos en cerrar el paraguas y meternos en él.

Aquí el chasco nos lo llevamos cuando le dijimos al taxista que queríamos ir a la Morgan Library y el tío no tenía ni idea de dónde estaba eso. Así que tuvimos que sacar el mapa y decirle las calles. El diluvio continuaba fuera y desde la ventanilla teníamos unas vistas de un Manhattan engullido por la niebla, las nubes o los chorros de agua en donde apenas veías la parte superior de los edificios. Un Manhattan diferente.


Con la propina de este taxista no tuvimos problemas, creo, pero lo malo fue que la Morgan Library ocupa una manzana entera y al darle las coordenadas según el mapa, le dimos la calle por la que no se puede acceder al edificio. Así que ahí nos quedamos plantados, resguardados debajo del toldo de un edificio de viviendas de Park Avenue, típico de las películas, con conserje de uniforme y demás. Era imposible no acordarse de aquella escena de Desayuno con diamantes. El diluvio sólo iba a peor y decidimos contrastar información con el conserje acerca de si estábamos de verdad cerca de la Morgan Library, cruzando los dedos para que, a diferencia del taxista, supiera de qué le hablábamos. Lo sabía y nos aseguró muy amable que estaba a la vuelta de la esquina. Con la que estaba cayendo, a la vuelta de la esquina parecía tan lejos como decir "sí, está por ahí, en Ohio". Aquello no paraba, nos daba miedo que nos cerraran la biblioteca y decidimos correr. Al volver la esquina aún no llegamos a la biblioteca, pero sí a unos andamios que resguardaban de la lluvia. En los cinco metros o menos que habíamos recorrido con paraguas estábamos hechos una sopa. Y aún nos quedaban algunos más hasta llegar a la biblioteca. Esperamos un poco más bajo los andamios pero nada, el diluvio continuaba. Tocaba correr y ducharse de nuevo.


Objetivo alcanzado y primer quicio de la Morgan Library atravesado. Allí se resguardaba mucha gente también y allí tratamos de adecentarnos un poco (difícil cuando te puedes escurrir los pantalones). Yo llevaba las deportivas, tenía los pies calados, esa sensación que ya he comentado mil veces que odio; en Nueva York, menos mal, a diferencia de la última experiencia londinense de pies mojados, hacía calorcillo y al menos no perdía también los pies por congelación. Eso sí, muchos neoyorquinos llevaban botas de lluvia, muchos MIS botas de lluvia, que languidecían sequitas a miles de kilómetros en Barcelona. No sé si fue en ese momento o después cuando puse a Manuel por testigo de que mis pies no volverían a mojarse y de ahora en adelante llevaré siempre las botas de lluvia en la maleta.

El caso es que cruzamos la segunda puerta de acceso, y al comprar las entradas (12 dólares), la chica nos informó de que la parte más interesante de la biblioteca, el despacho y la biblioteca privada del señor Morgan (Enric González los comenta en su libro), estaban cerrados al público por reforma. Qué mala suerte. Pero con la que caía fuera no era plan de buscar opciones alternativas, así que entramos de todos modos.

Observación 1: aquello es un remanso de paz y parece que nadie se ha enterado siquiera de la que está cayendo fuera. Un vigilante/trabajador de la biblioteca nos explica detalladamente el recorrido que tenemos que seguir. Yo lo único que oigo es subir, bajar, zona 1, zona 3 y pienso que ojalá Manuel se esté enterando de más que yo, que sigo distraída por el chof chof de mis pies y las gotas que caen de mis pantalones. Observación 2: el suelo es de parqué y mis deportivas suenan como las de los jugadores de baloncesto (recuérdese que la observación 1 decía que aquello era un remanso de paz, que ahora llego y rompo yo).

Manuel se ha enterado de las explicaciones enrevesadas (es un genio) y me dice que hay que pasar por la exposición temporal de Durero. Es una sala pequeñita, llena de gente, miramos las obras, aunque mi atención se centra más en intentar hacer poco ñic-ñic con las zapatillas que en la destreza de Durero. A todo esto, por si mi ruido no fuera suficiente, en la parte de arriba empieza a oírse un atronador y tembloroso "¡¡bum!!" que se repite cada poco tiempo. El resto de visitantes alternan entre mirarme los pies que emiten ruido con mirar hacia arriba por si cae algo y, como última opción, en algún extraño hueco silencioso, seguir contemplando la obra de Durero. Lo más curioso de todo es que, cuando salimos de la sala y le comento a Manuel lo del ruido atronador, resulta que él no ha oído ni se ha enterado de nada. ¿Es posible que yo haya tenido primero alucinaciones auditivas (el "¡¡bum!!") y después visuales (la gente que miraba hacia arriba)? Eso o que Manuel fuera la única persona de toda la sala entregada al 100% a la contemplación de la obra de Durero. Ya no sé ni qué pensar, es todo demasiado surrealista y sólo cabe reírse.

Otra cosa que me había pasado en la sala de Durero - era minúscula, pero lo que dio de sí - es que casi muero de congelación. El aire acondicionado, como es habitual, estaba puesto a temperatura polar y yo, sí, llevaba un jersey fininito, pero estaba tan mojada de pies a cabeza que las gotas de los pantalones empezaban a parecer estalactitas. Hay una cafetería con mesitas y le suplico a Manuel que nos sentemos a tomar algo caliente. Como sólo se ve a gente tomando cosas pero a nadie a cargo le digo a Manuel, "¡mira, debe de ser que te sirves tú lo que quieras!" y con eso me planto en la cocina/cubículo donde el "cocinero" me mira como quien ve una aparición. Huyo meditando sobre por qué no puedo dejar de llamar la atención en este sitio. Manuel, claro, está partido de risa. Viene un camarero que, entre otros tés, me recomienda encarecidamente el de París que tomé hace algún tiempo (sólo en Nueva York una oferta de tés que incluye hasta el de París), no me lo pienso más (cualquier cosa caliente me vale) y elijo ese. Cuando lo trae la tetera es de esas que gotean pero el té sabe a gloria, sobre todo por lo calentito que está y lo reconfortante que resulta.



Con el calorcillo en el cuerpo y la ropa un poco más seca, proseguimos con el recorrido incomprensible (Manuel ha tratado de explicármelo mientras estábamos en la cafetería pero sigo sin enterarme). Ahora toca otra exposición temporal, preciosa, de jardines románticos. Una delicia en la que, además, descubrimos fotos de cómo era Central Park antes de ser Central Park. En contra de las apariencias descubrimos que es un parque en el que todo lo que ahora parece que siempre estuvo ahí es artificial y fue colocado en algún momento. Muy curioso.

Seguimos con el recorrido, vemos el artículo más valioso de toda la colección y un vídeo acerca del señor Morgan donde se cuentan sus dos vidas paralelas: la de millonario que salva a la Bolsa en varias ocasiones y la de coleccionista. Como con Frick el día anterior, no me queda claro si su coleccionismo es puramente de inversión o por verdadero interés en lo que compran. A Morgan le veo más interesado que a Frick (más inversor) pero no sabría decir por qué.

La colección del señor Morgan, por cierto, incluye algunos manuscritos Brontë (también Austen, a principios de año tuvieron una exposición espectacular). Para bien o para mal resulta que algunos de ellos estarán en exposición el año que viene. ¿Perfecta excusa para escaparnos a Nueva York? No sé yo si caerá esa breva.

La tienda de regalos es enorme y muy chula (y muy cara, como es habitual). Encuentro un té que dice que es una mezcla de tés negros similar a la que le preparaban especialmente al señor Morgan y, pese a los cuatro del día anterior, no me puedo resistir a llevármelo.

Cuando salimos de la Morgan Library ha parado de llover (que es lo que siempre nos pasa: en cuantro entramos en un sitio deja de llover y cuando salimos, vuelve a empezar) y de nuevo, como hace un par de días, debatimos sobre si en este estado (el viernes había sido el dolor de pies y lo cargados que íbamos; este día era el mal día y lo mojados - menos ya, pero aun mojados - que estábamos) vamos a Greenwich Village o no. Es la pregunta eterna por lo visto.

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Nota actual para dejar constancia de que ayer vimos The Major and the Minor (El mayor y la menor). Pero eso no es lo que quiero destacar de anoche: lo que quiero destacar de anoche es que casi nos asamos/cocemos. Planchando mientras veíamos la película estábamos muertos de calor; yo no paraba de pensar que ni en julio había pasado tantísimo calor planchando... ¡hasta que pasé al lado de un radiador y la calefacción estaba puesta al máximo! Parece ser que se ha estropeado el termostato (que estaba apagado) y que la calefacción en algún momento se puso en marcha sola. Fue espantoso, me entran sudores sólo de recordarlo.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Casi otoño en Central Park



En el viaje anterior a Nueva York, Central Park había sido uno de mis sitios preferidos, así que estaba deseando volver a poner los pies allí. Como en tantos sitios de Nueva York, la atmósfera es especial; es difícil (¿imposible?) decir por qué, pero hay algo en el ambiente que lo hace agradable y adictivo. Así que al salir de la Frick Collection no pudimos resistirnos a atravesarlo (del lado este al lado oeste) y dar un primer vistazo no planeado al parque. Era sábado por la tarde, así que el ambientillo era espectacular, un montón de gente por todas partes: gente paseando, gente paseando a su perro, gente paseando a los perros de otros, gente montando en bici, corriendo, etc.

El vistazo rápido estuvo muy bien y sirvió para calmar un poco las ansias de visitar el parque. La nota cómica la puso el hecho de que tomáramos mal una bifurcación y tuviéramos que saltar una valla de, no sé, Manuel dice que 60 cm y yo digo un metro, os podéis fiar de quien queráis. Manuel saltó sin problema pero yo... yo llevaba falda y estaba muy cansada de andar todo el día y lo último que me apetecía hacer era saltar una valla (lo reconozco: la valla era lo suficientemente baja como para no poder pasar por debajo) así que, eeeeehhh, pues me costó un poco saltar la valla, sobre todo porque al segundo intento ya estaba partida de risa y obcecada (el cansancio, el cansancio) con poner los pies encima y saltar en lugar de - lo que funcionó al 76543653 intento - sentarme, girar el cuerpo, levantar las piernas y bajarme al otro lado. En fin, uno de nuestros happennings callejeros por los que algún día, estoy segura, alguien nos echará una moneda.

Visto cómo amaneció al día siguiente, hicimos bien en dar el vistazo rápido, ver el parque con ambientillo y, lo más importante, seco. Al día siguiente, no en temperatura (bochornazo, ambiente lluvioso) pero sí en espírity, el otoño llegó a Central Park. Nuestros planes, casi forjados desde que nos despedimos del parque en el viaje anterior hace dos años, consistían en comprar el periódico dominical, el desayuno y sentarnos tranquilamente en el parque, como verdaderos neoyorquinos (al menos esa es mi idea de lo que un verdadero neoyorquino hace un domingo por la mañana; la realidad parece apuntar a que un verdadero neoyorquino lo que hace un domingo por la mañana es salir a correr al parque, ¡pero algún neoyorquino vago habrá!).

El caso es que había una humedad en el ambiente impresionante y caían algunas gotas, pero nosotros salimos del hotel dispuestos a seguir con nuestro plan. Compramos el periódico (para el New York Times dominical hace falta llevar casi un carrito), compramos sendos chocolates calientes y fuimos caminando entre las hordas que corrían y hacían todo tipo de deportes, hasta que dimos con un banco. En plena búsqueda del lugar ideal, empezó a llover un poco más fuerte, así que el lugar ideal consistía en banco cobijado por un gran árbol que nos evitase la lluvia aunque fuera sólo un rato. Dimos con él y entre el gran árbol y que la lluvia paró un poco, pudimos cumplir un poco con los planes. Yo hubiera disfrutado más de haber elegido un suplemento más interesante que la revista que elegí. Ya nunca más me quejaré de la publicidad de ningún suplemento dominical de periódico después de comprobar que las primeras 67 (¡sesenta y siete!) páginas de la revistita del New York Times son todas de anuncios. El índice está en la página 68, luego vienen más anuncios, continúa el índice... y luego el contenido en sí es un poco aburrido. Lo mejor es que entre tanto suplemento siempre hay alguno más interesante. Lo peor es que cuando me decidí a cambiar las ardillas asesinas empezaron a bombardearnos con frutos del árbol y empezó a llover bastante. Abrimos el paraguas (para resguardarnos de ambas cosas y pasar a parecer más ingleses - como la portada aquella de Watching the English - que neoyorquinos) e hicimos como si nada pero llegó un momento en que ya no lo pudimos ignorar. Había que ponerse en marcha.

Caminamos un poco sin rumbo fijo y terminamos por resguardarnos bajo un puente junto con un grupo de gente, todos turistas: los neoyorquinos o bien seguían corriendo a la intemperie como si nada o bien estaban refugiados (imagino) en cafeterías o, directamente, en sus casas. Nos cansamos de esperar, así que volvimos a la aventura. Manuel quería pasar de nuevo por el lago (el sitio de la primera foto, visto la tarde anterior) y no sé si fue la lluvia, el paraguas, el bochorno o nuestras mentes tan nebulosas como el ambiente reinante, que anduvimos perdidos un buen rato. En Nueva York, donde lo más fácil del mundo es saber dónde están los puntos cardinales, no éramos capaces de adivinar a cuál correspondían los edificios que veíamos a lo lejos. Bueno, Manuel estaba un poco mejor orientado que yo pero... yo era más insistente. Así que dimos una vuelta por el parque, que no estuvo mal, pero habría estado mejor de no haber estado lloviendo. Al final conseguimos sintonizar nuestros GPS internos y orientarnos y llegar al lago.

Y de ahí a dos sitios que yo quería haber visto la otra vez pero que se quedaron - por despiste - en el tintero y que Helene Hanff en su libro me recordó y me dio aun más ganas de conocer.

El primero es un grupo-escultura de Alicia en el País de las Maravillas, donado por los Delacorte al parque. Gran parte de Central Park está así, salpicado y adornado y cuidado gracias a donativos privados, lo que creo que es gran parte de su encanto y que hace que sea un parque muy de la gente.

Ahora ya no llovía, sólo caían algunas gotitas, y había bastante gente haciéndose fotos con Alicia. Yo hice fotos sin gente como pude, dimos una vuelta alrededor leyendo los fragmentos del libro elegidos para ciertas baldosas.

Muy cerca de allí, en otro lateral del laguito de esta zona (será por lagos en Central Park), está la escultura de Hans Christian Andersen, según la inscripción, "un regalo de los niños de Dinamarca, la ciudad de Nueva York y sus amigos" de 1956, financiado por la Asociación de mujeres danesas-americanas. Allí no había un alma (y sólo se acercaron un par de chicas en todo el rato en que estuvimos allí) así que pude hacer fotos a mis anchas, como puede comprobarse, pero no entendí la soledad de Andersen porque me pareció una escultura con más encanto aún que la de Alicia. No sabría decir por qué, simplemente me gustó más.





Andersen tiene abierto el cuento del Patito feo y, a juzgar por el desgaste de las letras, la rodilla de Andersen y de su nariz (donde los niños se agarran para subir), creo que sigue teniendo lugar el ritual que comentaba Helene Hanff: los niños que, sentados sobre la pierna de Andersen y que acaban de aprender a leer, leen esas páginas pasando el dedo por debajo de cada línea para no perderse.


Una escultura muy especial en la que me habría quedado mucho más tiempo, sobre todo si los bancos que la rodeaban no hubieran estado tan mojados.

Ya he comentado alguna vez - sobre Nueva York e Inglaterra - lo mucho que me gusta esa costumbre de suya (quizá de otros también) de dedicar bancos. Si en algún sitio hubiera un libro de textos de bancos dedicados yo sería una compradora segura. Como no conozco de la existencia del libro me conformo con leer una mínima parte de las plaquitas al natural. Las hay tristes, sencillas, de sólo un nombre, unas fechas, una dedicatoria pero todas me parecen muy especiales. Y las hay más extensas y originales, como esta de aquí al lado, por ejemplo, en uno de los laterales de Andersen que me pareció una maravilla (como siempre las fotos se hacen más grandes haciendo clic en ellas), cuya traducción sería: "Bedstefar (abuelo en danés): ojalá todas las historias danesas que me cuentas en este banco me ayuden a parecerme a ti de mayor. Con cariño, tu nieto Sebastian".

O esta otra de otro banco, no muy lejos de Andersen tampoco, con vistas al laguito que tiene delante: "Mi lugar especial de felicidad. Un pequeño pedazo de cielo". En fin, una vez que empiezas a leer una plaquita tras otra es difícil parar.

Una de las que vimos (cuando nos acercamos el último día a despedirnos del parque) era de unos tal Helmsleys que, pelín pomposos ellos, consideraban sus dos bancos "un regalo a la ciudad de Nueva York". La placa no me gustó, por presuntuosa, y luego vimos un hotel con el mismo apellido y después, a la vuelta, entre mis fotos del distrito financiero, encontré también allí una enorme dedicatoria al señor Helmsley. Se lo comenté a Manuel (lo del banco presuntuoso me había marcado), consultamos la wikipedia y encontramos que eran un matrimonio millonario de Nueva York, dados a evadir impuestos. La señora Helmsley, de hecho era conocida como "queen of mean" (vamos, que muy agradable no debía de ser). Con lo cual mi instinto de caerme mal sólo por su inscripción en el banco no era nada erróneo.

Y así, de placa en placa y de charco en charco, seguimos dando vueltas por Central Park, que sigue siendo una maravilla, haga el tiempo que haga.

Mientras paseábamos por el borde del Sheep Meadow, yendo con parsimonia hacia la salida del parque, nos cruzamos con un grupo de niñas y monitoras/profesoras japonesas que, de repente, empezaron a cantar de forma angelical. Lo cual demuestra que en Nueva York y en Central Park puede pasar - y de hecho pasa - de todo.