jueves, 25 de octubre de 2012

The Casual Vacancy, de J.K. Rowling

The Casual Vacancy de J.K. Rowling es de esos libros que generan ríos de tinta antes ya de su publicación. La expectación en este caso era inevitable. Ya se sabía de sobra que nada tendría que ver con Harry Potter y la expectación yo creo que venía dada en gran medida por eso, por saber qué tal se desenvolvía J. K. Rowling en el mundo de los muggles.

Yo tenía muchas ganas de leerla, aparte de por las mismas razones que el 95% de los lectores que la compraron en la fecha de lanzamiento, porque el tema era acorde con mis gustos: el típico pueblecito inglés que, de repente, se ve sacudido por una noticia y ve tambalearse sus cimientos mientras el lector atisba la verdadera situación no tan apacible del pueblo por entre las piedras que se van derrumbando.

Así que nada más llegar lo empecé con muchas ganas. Quizá no ayudó que tuviera poco tiempo y mucho sueño a la hora de establecer la lectura, pero lo cierto es que al principio me costó mucho. J.K. Rowling reconoce como fuentes de inspiración a Elizabeth Gaskell y a George Eliot, así que quizá con esta novela puramente contemporánea pasa lo que yo encuentro que ocurre con muchas novelas decimonónicas: el reto de las 100 primeras páginas. La novela tarda en arrancar, sucede poco y/o muy lentamente, la verborrea aparentemente inútil del autor (que luego no lo es, que conste, que yo ya se sabe que adoro la novela inglesa del siglo XIX) no parece llevar a ningún lado, etc. Pero alrededor de la página 100 todo empieza a cobrar sentido: uno comienza a valorar la ya no verborrea, sino magnífico dominio de la prosa del autor, empiezan a ocurrir cosas, los personajes se van "encasillando", etc. Vaya, que, sin darse cuenta, uno se ha sumergido en la historia de repente y entonces, entonces te engancha y no te suelta.

Y sin embargo en The Casual Vacancy pasé la página 100, la página 150 y aquello seguía aburriéndome bastante. Es una novela coral como no podía ser de otra forma con esa premisa, es un pueblecito inglés en el que resulta divertido ver cómo la autora ha  ido creando las complicadísimas relaciones sociales de los personajes, el verdadero tejido de la historia, pero quizá se le va un poco de las manos el meterse en el pueblo y resulta todo muy lento. Podía haber contado lo mismo en muchas menos páginas y, diría yo, algo mejor porque el lector no habría perdido el hilo tantas veces (o quizá eso sólo fue cosa mía, que no sería extraño). Los personajes, pese a estar tan perfilados como en Harry Potter (o intentarlo al menos) los encuentro un tanto planos o quizá será que no he encontrado uno solo que me haya caído ya no bien sino al menos no fatal en toda la novela. Todos y cada uno de ellos me han resultado odiosos, cosa que, habiendo tantos, me hace preguntarme un poco cómo es posible que suceda.

J.K. Rowling dijo que es una novela que necesitaba escribir y aunque he visto algunas críticas que cuestionan  esas necesidad, yo sí que le veo sentido. Como ya conté cuando visitamos The Elephant House en Edimburgo, J.K. Rowling fue durante algún tiempo ese personaje a los que los ingleses tienen tirria y defienden a partes iguales: una madre soltera que vive (o malvive, no lo sé) de la ayuda que le da el Estado. Es decir, que no es una novela social escrita por una señora que nunca ha tenido contacto alguno con esa realidad ni mucho menos. Puede que ahora viva en un palacete y se gaste una pasta en los juegos de jardín de sus hijos (al fin y al cabo es su dinero y se lo ha ganado a pulso) (y por si alguien tiene curiosidad por ver la casa donde se escribieron algunas novelas de Harry Potter, aquí está y a la venta por el módico precio de 2,25 millones de libras) pero hay cosas que, creo yo, no se olvidan fácilmente. Así que entiendo que en esta novela y en estos tiempos reivindique las ayudas públicas, la educación, la sanidad, etc. Y que conste que pese a que yo lo destaco aquí no es una novela panfleto ni mucho menos, sino que es un tema muy bien integrado en la historia.

Ahora bien, tengo la sensación de que lo que no dice es que también sentía la necesidad de demostrar al mundo que ella también sabe escribir para adultos y para ello no vio otra opción que incluir todo tipo de problemas sociales en la novela, como si tuviera al lado una lista de "temas chungos" que fuera tachando a medida que los iba incluyendo a veces un tanto aleatoriamente: drogas, abusos, problemas familiares, infidelidades, obesidad, abandono infantil, adolescencia problemática, ayudas estatales, inmigración, clases, problemas económicos, acentos chungos y muchos tacos y situaciones extremas. Como el chiste aquel del niño que presume de montar en bici sin manos y sin pies y termina por caerse, pues igual: ¡mirad, sé decir tacos y escribir novelas en las que no hay unicornios! Pero lo que parece habérsele olvidado es que en Harry Potter trató muchos de esos temas (obviamente no todos) de forma mucho más sutil pero no por ello menos reivindicativa (por llamarlo de alguna forma). Harry, quién no lo recuerda, era un huérfano infeliz al que sus tíos obligaban a dormir en un armario debajo de la escalera. Ya nos dimos cuenta de que pese a ser novelas infantiles y de magia, ella era consciente de que no todo eran unicornios y butterbeer junto a la chimenea.

Al final la influencia decimonónica cuajó del todo y acabé enganchada hasta altas horas de la madrugada (como en los mejores tiempos de Harry Potter) hasta que lo terminé. Pero aun así reconozco que no me ha entusiasmado. No es malísimo pero me queda la duda de cómo funcionaría y qué diría la gente si lo firmase K.L. Smith. Y ojo que eso es aplicable tanto para lo bueno como para lo malo, no algo necesariamente malo.

lunes, 15 de octubre de 2012

Adquisiciones recientes y álbumes completos

Con la excusa del lanzamiento del nuevo disco de Richie Sambora (que en honor a la verdad no es gran cosa), me lancé a Play.com a comprar algún que otro libro de segunda mano, cosa que siempre tiene el aliciente de que, pese a no ser un catálogo tan enorme como el de Abebooks, es sin gastos de envío. Y además descubrí que el nuevo libro de J.K. Rowling estaba unos centimillos más baratos que en el Book Depository, así que a la cesta que fue también.

Lo habré comentado una y mil veces pero hay pocas cosas que me gusten tanto que eso de que los libros que has pedido de golpe vayan llegando como con cuentagotas (que no equivale a que tarden una eternidad en llegar: eso es desesperante). La ilusión de mirar el buzón, de pensar si llegará algo, de hacer cuentas imposibles sobre si esto llegó ayer, cuánto tardará esto otro, no puede tardar mucho ya, etc. Lo malo es que a nuestra magnífica cartera la han cambiado de ruta. A veces me la cruzo por la calle y la saludo y envidio a todos los que viven en su nueva ruta. Mi nuevo cartero no es de los malos tampoco, es sólo que no nos conocemos, y de hecho un día me reconoció y me paró por la calle para darme un libro para el que, de no habernos visto, me habría dejado aviso de recogida. Así que no debería quejarme pero me quejo.

Con lo fácil, lo cómodo y lo asequible que es comprar por internet, por no mencionar también que últimamente voy a tiro hecho sin tiempo de explorar demasiado, hacía siglos que no compraba un libro físicamente. Hace unos días quedé con LittleEmily para dar una vuelta por la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión y qué chasco nos llevamos. Ella al menos hizo una buena compra, pero en general nos pareció que era de tamaño reducido y con poca oferta. Para resarcirnos y para que LittleEmily se hiciera con Call the Midwife en español, traducido como ¡Llama a la comadrona! (atención a la impagable anécdota de la compra), nos acercamos a la Casa del Libro donde un rinconcito dedicado a Esther Tusquets me resultó irresistible.



De Esther Tusquets me traje a casa la continuación de Habíamos ganado la guerra, Confesiones de una vieja dama indigna, y otro libro suyo que me llamaba la atención desde hace tiempo: Confesiones de una editora poco mentirosa. Tengo curiosidad por saber qué dice de Carmen Martín Gaite, pero aún no he indagado.

Iba a escribir que Angelica Garnett (hija de Vanessa Bell, sobrina de Virginia Woolf, niña del grupo de Bloomsbury) había muerto hace poco pero menos mal que no me he fiado de mi percepción del tiempo, porque resulta que murió en mayo, o sea, no hace muchísimo pero tampoco tan poco. El caso es que desde antes de su muerte ya me interesaba su autobiografía, Deceived with Kindness, pero su muerte - por triste que suene decirlo así - le hizo escalar posiciones en la wishlist. En Play.com lo encontré de segunda mano por 6 euros y no me lo pensé más.

Una de las búsquedas habituales en librerías de segunda mano siempre es Helene Hanff. Su 84 Charing Cross Road está por supuesto por todas partes, pero el resto son más difíciles de encontrar (que no imposibles, podría comprarlos por internet de una sentada, pero perdería cierta gracia y, sobre todo, sentaría un precedente muy peligroso). Vi Underfoot in Show Business por - de nuevo - 6 euros y no me lo pensé más tampoco.

No sé si llegué a contar aquí lo que me pasó hace tiempo en Play.com con A House of Air, la recopilación de ensayos y demás de Penelope Fitzgerald. Es un libro dificilillo de encontrar, sobre todo a un precio aceptable siendo de segunda mano, pero una vez lo encontré allí por, creo recordar, unos 10 euros. Me lancé a comprarlo y me dio error varias veces hasta que comprobé que había desaparecido. Imagino que alguien al acecho se me adelantó. Me dio mucha rabia y me dejó la espinita clavada. Esta vez me di mucha prisa después de verlo por 15 euros.

Y por último uno de los grandes lanzamientos de la temporada, quizá el más esperado: la novela para adultos de J.K. Rowling. Estuve esperándola como agua de mayo, tardaba, así que me puse a leer The Marriage Plot de Jeffrey Eugenides. Un día y veinte páginas después The Casual Vacancy llamaba al buzón (con ayuda del cartero) y me ponía en un dilema lector de los grandes. Finalmente me pudieron las ansias y dejé aparcado a Jeffrey Eugenides. Como castigo resulta que, de momento al menos, The Casual Vacancy me está aburriendo bastante, pero no quiero adelantar acontecimientos.

El caso es que, volviendo a Penelope Fitzgerald, A House of Air completó el álbum de cromos de esta autora. Eso sí, en estos tiempos modernos no lo parece puesto que uno de sus libros, Offshore, no sale en la foto porque lo tengo en formato digital. Yo soy defensora total de los Rufinitos del mundo pero debo confesar que tarde o temprano, cuando un ejemplar barato pase por mis manos, Offshore ocupará su hueco en la estantería también. En mi orden cronológico de lectura la próxima suya que lea será At Freddie's.


Y ya que estoy hablando de álbumes de cromos completados, comento por fin los otros dos que mencioné - creo - hace tiempo. Los relatos cortos de Elizabeth Taylor - la novelista - completaron su bibliografía. Teniendo en cuenta que con algunas excepciones intermedias (Mrs Palfrey at the Claremont, Angel) mi orden cronológico aún va por Palladian (que Ático de los Libros publica como La señorita Dashwood) me queda mucha escalada para completar el álbum lector. Pero esto, por paradójico que resulte esto me agobia menos que conseguir los libros en sí. Quiero tenerlos todos pero luego me da muchísima pena que se me acabe el material nuevo de un autor que me gusta. Sé que existen las relecturas, pero mientras me quedan libros nuevos por leer es como si el autor siguiera con vida.

El caso es que es un buen homenaje para celebrar su centenario esto de tener todos sus libros.



Y por último, el álbum completo de Barbara Pym. En los tres casos, pero quizá en este es en el que más me gusta, me doy cuenta de que nunca podría tener una estantería de esas llenas de libros comprados por metros e iguales. Me gusta el contraste de colores, de tamaños, de años de publicación y reedición, que unos estén nuevecitos recién salidos de la imprenta y otros tengan una historia añadida a la original.



En resumen: que pocas cosas más emocionantes e incluso emotivas que completar la bibliografía de un autor predilecto. Dan ganas de quedarse delante de la estantería, orgulloso de una obra cuyo mérito, en realidad, es todo del autor y apenas tuyo.

lunes, 1 de octubre de 2012

Resumen repostero

La buena noticia es que - a ver cuánto dura - hemos retomado la repostería, sin la regularidad de todos los sábados (o necesariamente los sábados), sustituyendo casi siempre a Manuel, que mientras se dedica a otros menesteres, con Héctor, que - no lo puedo negar - colabora mucho menos, no es el instrumento de precisión que es Manuel a la hora de medir y pesar, distrae, a veces se enfurruña un poco y tiene cierta tendencia a afferarse a mis pantalones/piernas y dejarme clavada en el sitio.

La mala noticia es que, por sorprendente que pueda parecer, la repostería va mucho más rápido que mi capacidad de escribir sobre ella en el blog. Con la regularidad de los sábados reposteros parecer que se fue toda la regularidad que la seguía al traste. Pero qué le vamos a hacer.

Una regularidad que no falla es la Last Night of the Proms (allá por principios de septiembre), con el tradicional acompañamientos británico, tanto en música como en comida. Este año prescindimos de los sándwiches de pepino y mantequilla (ooooh) y de nuevo, pese a que para mí septiembre es el mes de las mroas por excelencia, no encontré moras en la frutería y me tuve que "conformar" con unos deliciosos arándanos azules. Ojalá todos los sacrificios fueran así.

Lo pasamos en grande y Héctor, a la mañana siguiente, probó su primer scone (sin clotted cream). Ni bien ni mal, ni frío ni caliente. Hay que seguir trabajando esa anglofilia.




No hay duda de que la necesidad de hacer repostería viene dada principalmente por nuestros estómagos que rugen, pero también por mantener esta "sección" del blog, porque es un entretenimiento que me gusta mucho y, un añadido de ahora, porque la madre de uno de los coleguitas de Héctor y yo hacemos un contrabando de productos reposteros que haría las delicias de cualquiera. Un buen día ella me trae pan de chocolate o palitos de brioche y otro día soy yo la que le acerca estas deliciosas madalenas de canela y limón de Xavier Barriga.

Y aparte de deliciosas geniales de hacer. Me pareció, esta vez sí, no como la primera vez que hicimos una receta de este hombre, fascinante eso de poder dejar la masa reposando en el frigorífico toda la noche. Fascinante porque - oh, cómo no lo habíamos descubierto antes - eso significa que puedes tener madalenas recién hechas para desayunar sin necesidad de andar midiendo y pesando y mezclando aún con una parte de las neuronas dormidas. Las neuronas madrugadoras - pocas en mi caso - dan de sobra para repartir la masa en los moldes y meter al horno.

Eso sí, me hizo gracia que un hombre que da la cantidad de huevo según el peso y no las unidades, no precise más a la hora de decir cuánta canela y cuánta ralladura de limón poner. Pero bueno, a ojo, y con miedo a pasarme con la canela, el resultado fue bueno y seis personas se chuparon, literal o figuradamente, según de quién se hable, los dedos. A Héctor le gustaron, pero a él lo que de verdad le gusta de las madalenas son los moldes.




Y por último, cuando el otro día le comenté a Manuel que iba a hacer algo de repostería fácil pero no sabía qué, me recordó que teníamos un estupendo preparado para hacer cupcakes de red velvet. ¿Fácil y red velvet en la misma frase? Hecho. Y así de fácil que fue realmente.

Venía hasta con ayuda para la cubierta de Philadelphia, que desde luego quedó riquísima.

Como bien dijo Manuel cuando esa misma noche hincamos el diente a la primera, las cupcakes de red velvet nos trasladan automáticamente a Nueva York (que últimamente echamos mucho de menos, sobre todo desde que la única lectora nos dijo que se va a pasar allí unos días en plena Navidad, ¿quien podría no envidiar eso?). Mejores, mucho mejores, que las madalenas de Proust.




Y esas son nuestras andanzas recientes en el maravilloso mundo de la repostería.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Miss Buncle Married, de DE Stevenson

Entrada escrita hace unas semanas.

No lo pude resitir. Tanta gente deleitándose con Miss Buncle's Book, El libro de la señorita Buncle, de DE Stevenson, editado ahora por Alba, y yo con la segunda parte, Miss Buncle Married, esperando en la estantería era como una especie de tortura cultural insostenible. Así que a la mínima oportunidad me lancé a sacarlo de la estantería. Cuando lo tuve en la mano recuerdo haber pensado que lo recordaba más finito... cosa que dio igual porque, en un ritmo de lectura poco visto en muchos meses, me lo terminé en creo que tres o cuatro días. Lo cual quizá le hubiera hecho mucha gracia a mi antiguo yo, pero este yo actual se dio palmaditas en la espalda por tan frenético y aprovechado ritmo de lectura. Está claro que la percepción lo es todo.

Está el dicho aquel que afirma que "segundas partes nunca fueron buenas". No sé a quién se le ocurrió la frasecita, pero hace ella sola más daño que todas las segundas partes del mundo. Es un obstáculo más que sobrepasar para cualquier segunda parte, como si no tuvieran suficiente con competir - injustamente - con la primera. Así que en la gran mayoría de los casos en que la segunda parte en cuestión no es mala, la frase de quien habla de ella comienza, casi obligatoriamente, con un "hombre, no es como el primero pero".

Entonces, ¿me ha gustado Miss Buncle Married? Hombre, no es como el primero pero...

... es que el factor sorpresa de Miss Buncle's Book ya no está ahí. La estupenda Barbara Buncle, ahora con otro apellido, ya es una vieja conocida a la que saludamos de nuevo con ilusión. Ahora es una mujer casada que vive en Hamsptead Heath y con una agenda social apretadísima. O así es como la encontramos al principio de la novela.

No quiero desvelar nada más porque creo que la segunda parte también se editará en español y quiero que quien se decida a leerla llegue a ella con tantas ganas y tanta curiosidad como llegué yo a ella. Yo y tantos otros lectores, más los que se unen ahora al haber descubierto esta joya, puesto que - generosa que era DE Stevenson - el libro está dedicado a todos aquellos que leyeron Miss Buncle's Book y quisieron más.

Es una segunda parte pero es buena, en serio. Si acaso algo menos frenética que la primera parte, pero quizá eso sea también cosa de ya conocer a los protagonistas, si bien algunas nuevas "caras" son de lo más refrescantes y bienvenidas. Y lo mismo de los ambientes creados y las conversaciones mantenidas, entre los personajes y con el lector, porque este es de esos libros en que cuando toman el té perfecto de Barbara sientes que estás casi dentro, estírate un poco más y podrás coger una inmaculada tacita de ese delicioso té y acompañarla con uno de esos crumpets que gotean mantequilla, si es que la señora de la casa deja alguno en el plato (que seguro que sí, pues es una excelente anfitriona). Poco más se le puede pedir a un libro.

No sé qué dice la sabiduría popular acerca de las terceras partes pero yo sé que tengo muchas ganas de leer la tercera y última parte de la señorita Buncle: The Two Mrs Abbots. ¿Se animarán en Persephone o tendré que recurrir a una copia de segunda mano cuando dentro de unos meses - no lo dudo -  me entre el mono?

jueves, 20 de septiembre de 2012

The Greatcoat, de Helen Dunmore

Entrada escrita en algún momento del mes de agosto.

Parece que el año que viene volverán mis escritores habituales, casi en masa, como ocurrió en 2010. Pese a que la lista de libros pendientes de leer ya supera cualquier adjetivo posible, yo sigo con la vista en los nuevos lanzamientos y en las novedades que me interesan. La wishlist sigue creciendo, los libros siguen llegando a esta casa, sin fecha de lectura, pero por suerte creo que no les importa. Y mientras están en buena compañía.

Helen Dunmore se ha adelantado. Y no sólo ha sacado un libro de poesías que voy leyendo a ratos, The Malarkey, sino que ha publicado un pequeño relato a cargo de la nueva editorial de Hammer, en la misma línea que la productora cinematográfica.

Helen Dunmore, como tantos de esos nombres que se dejarán caer por aquí el año que viene, al menos para anunciar su llegada, es de esas escritoras que, automáticamente, vienen a casa, antes o, como muy tarde, en la fecha de lanzamiento del libro en cuestión.

Tenía muchas ganas de leer The Greatcoat: era Helen Dunmore, tenía toques de la Segunda Guerra Mundial, era corto y era nuevo. Y, lo reconozco, me llevé un pequeño chasco. Ya de entrada me di cuenta de que su prosa no era su prosa habitual. En vez de ser esa prosa poética a la que me tiene acostumbrada y que tanto me embelesa, que tanto dice, era una prosa al uso, práctica y contenida. Nada malo, pero no el estilo que asocio a Helen Dunmore. Y la historia, supuestamente atmosférica, de intriga, tensión y un poco de ese miedo que no es de gritar pero sí de estar con los pelos de punta, pues tampoco estuvo a la altura. No es que sea mi género preferido, pero de ser buena creo que me habría dado cuenta igual. La historia es irregular, tan pronto quiere volverse normal como mantener el suspense y la tensión y al final te da igual todo, sobre todo la protagonista, que es muy pesadita.

En fin, entenderé que esto es una pequeña excursión/incursión de Helen Dunmore en los mundos de Hammer, pero cruzo los dedos para que el río vuelva a su cauce en futuros libros. De momento The Malarkey me consuela y me hace mantener la fe.

Más Helen Dunmore en este blog:

- The Betrayal
- Glad of These Times
- Talking to the Dead

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Adaptaciones Brontë 2011

Seguimos con las entradas a medio hervor. Ni idea de cuándo escribí esta, que sí que recuerdo que escribí a trozos. Entrada-puzzle.

Nunca es tarde si la dicha es buena, aunque a eso le añado yo, que, aunque la dicha sea buenísima, si la memoria falla un poco, sí que resulta que es tarde, sí. Todo para decir que desde hace MESES tengo pendiente hablar de las dos adaptaciones Brontë del año pasado y hasta ahora he sido incapaz de hacerlo. Y mi memoria, que nunca se ha caracterizado por ser buena para estas cosas, ahora es peor. Pero se hará lo que se pueda.

Jane Eyre, de Cary Fukunaga, Manuel la vio en Sitges en pantalla gigante y yo me tuve que conformar con verla en el salón de casa. Hago la distinción porque creo que, por la fotografía, el sonido, etc., imagino que es una de esas películas que en cine ganan mucho. Yo tenía muchísimas ganas de verla: el fondo de mi escritorio del ordenador da fe de ello con una foto de la película que aún no he cambiado. Y la vi y me gustó, pero fue de esas películas/adaptaciones que no sabes bien por qué piensas que carecen de algo. Esta claro que lo que fallaba no era la actriz, una estupenda Mia Wasikowska, que, quizá, para mi gusto, era de lágrima demasiado fácil, tampoco era la fotografía, magnífica, imponente, ni la música, de la que ya hablé, de Dario Marianelli. Ni, por supuesto, Judi Dench, que es perfecta y punto. Quizá era un poco Michael Fassbender que, sin hacerlo mal en absoluto, no me terminaba de convencer del todo como Rochester, hay escenas en las que le encontré un poco rígido/robótico (quizá por influencia de los X-men, quién sabe). Quizá era el guión, que sin ser una mala idea, sí que termina por fallar hacia el final: al principio los flashbacks quedan bien porque son cortos, pero el flashback central, por lo que sea (no voy a entrar en ello), no creo que funcione como flashback. Y lo que tengo claro es que el final no me gustó en absoluto.

No sé, sin disgustarme como otras, o quizá porque me esperaba mucho más, no terminó de dejarme el buen sabor de boca que debería. Me quedó un pequeño regusto amargo que no me esperaba.

Cumbres borrascosas, de Andrea Arnold, Manuel la vio en Londres en el puente de diciembre y yo la vi en el salón de casa (¿os suena de algo?). A diferencia de Jane Eyre, por lo que me había contado Manuel y lo mucho que yo había leído sobre ella, no tenía ni ganas de verla, estaba convencida de que no me iba a gustar. Y no, no porque Heathcliff sea negro por primera vez, que es algo meramente anecdótico y que me da un poco igual (pero lo cierto es que Emily Brontë nunca dice nada a favor ni en contra de esa afirmación, de modo que es aceptable), sino por el enfoque.

Así que cuál fue mi sorpresa cuando la pusimos y descubrí que me estaba gustando. La vimos en dos partes, que no siempre es lo idóneo, y sí que es cierto que la primera, la parte con los actores niños, me gustó infinitamente más que la segunda parte con los actores mayores. A los niños te los crees a pies juntillas y ayudado por el ambiente que acompaña la película, te metes de lleno en la historia. A los mayores, James Howson (un desconocido que fue a la audición y que ahora está en busca y captura por insultos racistas a su novia) y Kaya Scodelario (conocida por su papel en la serie Skins) no. Él no es creíble y punto y ella, para ser Cathy, es demasiado lánguida.

Con la excepción de algunas escenas sobrantes e innecesarias, y teniendo en cuenta que se narra la historia desde la perspectiva de Heathcliff (es decir, a medias. Como por ejemplo en la escena de Cathy y la almohada de plumas, que se ve de refilón por una ventana de Thrushcross Grange), es una gran adaptación que creo que hubiera gustado a Emily Brontë, al menos seguro que más que las muchas otras que hacen de esta historia tan potente una historia de amor relamida y "bonita". En esto me recordó un poco a Abismos de pasión de Luis buñuel, otra de las adaptaciones que me aprecen más fieles. Quizá por aquello de que a veces, si no siempre, lo de ser más fiel al espíritu que a la letra funciona.

En fin, que 2011 fue un buen año Brontë.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Can Any Mother Help Me?, de Jenna Bailey

Voy a dedicar este mes de septiembre, eterno mes de propósitos y novedades, a desempolvar entradas no publicadas que quedaron en borrador en ocasiones no sé muy bien por qué y en ocasiones porque les faltaba un hervor (hervor que a veces les he intentado dar al cabo de los meses o que ni me he molestado porque a veces es imposible: como el agua para un buen té, hay entradas que no se deben intentar hervir dos veces; lo suyo sería empezarlas de nuevo, pero creo que acabaríamos en las mismas). Son entradas de series/lecturas que pasaron ante nuestros ojos hace ya meses, publicadas ahora sin orden ni concierto.

Esta entrada la escribí en algún momento de la primavera. 

Cuando te dicen que un niño te cambia la vida no es difícil imaginar que te la cambie en muchos ámbitos como hábitos, tiempo libre, horarios, etc. Lo que no se puede imaginar hasta que no estás inmerso en ello es el alcance de dicho cambio, que a veces llega incluso a rozar la propia personalidad. Yo antes en cuanto podía me refugiaba en casa, preferiblemente en el sofá, salía lo justo y poco más. Andar por andar, salir por salir, la gente que usa expresiones como "se me cae la casa encima" cuando están un rato en casa, me parecían no sólo incomprensibles sino de locos. ¿Dónde mejor?

Pues bien, Héctor llegó a nuestras vidas y yo paso mucho tiempo paseando, fuera de casa, con preferencia por ir con alguna "misión" pero aceptándolo si sólo es cuestión de pasear por pasear. Héctor es feliz en la calle, se queda en éxtasis mirándolo todo sin perder detalle y se gana su fama de "niño tranquilo", ya que no siempre lo es.

Algo similar ocurrió con las relaciones sociales. Un niño, lo quieras o no, es un rompedor de hielo en las relaciones sociales. En la panadería antes esperabas tu turno sin más, ahora es raro el día que no entablas conversación con un desconocido. Antes yo miraba con cara de "están locas" a las madres que se ponían al corriente de sus niños en las consultas del médico, que se apuntaban a talleres y grupos y ahora... ahora y después de - reacción inesperada inicial - haberme apuntado a un grupo posparto tras el verano pasado, llevo casi un año quedando un día a la semana con un grupo de (menos de 10) madres cuyos niños nacieron entre junio y noviembre del año pasado. Y es curioso. Es curioso verte con tus ojos de yo antiguo y sorprenderte de tener ganas de ir a la reunión, de verte pasándolo bien en la reunión, comentando anécdotas, compartiendo - y a veces despejando - dudas y viendo a niños de edades similares crecer, cada uno a su ritmo, verles que ya desde pequeñitos sus personalidades son muy diferentes. Con unas entablas más amistad que con otras (al fin y al cabo tener un niño nacido más o menos en la misma época no es garantía de nada), pero en general es un rato agradable y relajado y de risas. Es curioso salir por donde antes ibas de incógnito y ahora, en general, no volver a casa del paseo sin haberte encontrado con alguien ya conocido. Es curioso ir a salir pero asegurarte por whatsapp de si alguien más va a salir y así que el paseo se haga más ameno. Es curioso porque es como volverte un poco otra persona, una persona a la que antes, además, no entendías en lo más mínimo.

Y por todo eso y por el hecho de que además era la segunda vez que lo tenía en las manos a dos libras la última vez que estuvimos en Londres el pasado puente de diciembre no pude dejar pasar Can Any Mother Help Me? de Jenna Bailey, que cuenta la creación y desarrollo del CCC (Co-operative Correspondence Club), un grupo de mujeres que, a raíz del grito de ayuda del título, publicado en una revista de temas infantiles, en que una madre hablaba de su soledad criando a sus hijos, preguntaba qué podía hacer para que los días se le hicieran más llevaderos. Las mujeres que le respondieron decidieron formar el CCC, una especie de revista casera a la que los miembros del grupo (cerrado, no abierto a cualquiera) enviaban cartas en papel de determinado formato que iban uniendo y donde las otras madres hacían comentarios. Es decir, que los foros y los blogs son un formato más de algo que ya se había inventado. Por lo visto no es el único de su especie, pero sí que es el único al que se ha tenido acceso.

Un grupo así es una fuente de sabiduría, sobre todo en lo que se refiere a cómo era la vida en esos años: el grupo estuvo en marcha desde los años treinta hasta los noventa. Si siempre se dice que el siglo XX es un siglo apasionante históricamente hablando, un grupo de mujeres que cuenta sus vivencias en el Reino Unido durante seis décadas de ese siglo es impresionante. Y, de nuevo, leyéndolo, reflexioné sobre aquello que le gustan tanto decir a la gente de que todo tiempo pasado fue mejor y de nuevo concluí que no, que no lo es en absoluto, que ya me gustaría ver a quienes lo dicen en situaciones cotidianas y extraordinarias similares a las que narran estas mujeres.

Si le pongo alguna pega al libro es al hecho de que la selección no siempre me parece completa. No quiero decir que hubiera podido prescindir de trozos del libro ni mucho menos, pero sí que estoy segura de que hay infinidad de cosas que se han quedado fuera y que tienen que ser igual de interesantes o más que las incluidas.

Aun así conocer el día a día de otras personas de otros tiempos siempre me parece la mejor lectura.