Sigo disfrutando de los regalos cuando la agenda y la gripe por la que hemos pasado uno por uno lo permiten. Ya llegó la caja con lo que habíamos dejado en tierra en Madrid y abrirla fue revivir el día de Reyes. Eso sí, nadie tan feliz como Héctor cuando vio su cubo de fregar de juguete. Ojalá la felicidad se multiplicase en proporción al tamaño del cubo cuando yo veo el de verdad. Pero no.
Estas dos latas de té que nos regaló mi hermana (sí, como si las postales de The New Yorker no hubieran sido suficiente), pese a que ocupaban cierto espacio, fui incapaz de dejarlas en tierra porque quería probarlas ya-ya-ya. Al final la caja llegó el día en que por fin pude hacer un hueco para probar el de la caja roja (de menta y chocolate, tipo After Eight. Rico), pero daba igual, ya los había saboreado cada vez que abría el armario de los tés y veía las siempre preciosas cajas de Harney & Sons.
Este juego de tetera y vasitos nos lo regalaron mis padres. La tetera ya se ha unido al resto de las de la colección (ya va quedando poco hueco) y los vasitos están a buen recaudo. Es un juego delicado, fotogénico y con girasoles. Poco más se puede pedir.
Otro regalo de mi tía y de mis primas, procedente (aunque no comprada allí) del Victoria & Albert Museum. Ese museo londinense que (junto a su tienda de regalos, claro) tanto me tienta y al que nunca he conseguido ir de momento. Algún día iré y es un museo tan grande y la tienda es tan tentadora que es probable que me vuelva loca y ya nunca logre salir de allí. Esta preciosa taza tuvo que quedarse en tierra para evitar que la caja a juego en la que venía (ambas inspiradas por un papel pintado de 1915) sufriera desperfectos. Todos los tés (aunque no fueran de Harney & Sons) que me tomé la echaron de menos. Fue el estreno perfecto para el té de Harney & Sons. El té riquísimo que también entraba por los ojos gracias a esta fotogénica taza a la que en los cinco minutos que tenía que dejar la bolsita dentro hice millones de fotos. Me he contenido y, de momento, sólo pongo una, pero no creo que sea la última.
Y aquí una combinación ya explosiva: té rico, taza preciosa y portada de libro espectacular la de These Wonderful Rumours, una recopilación de entradas de diario de una profesora llamada May Smith durante la Segunda Guerra Mundial. Y me atrevería a decir, por lo que he leído sobre él y lo que he hojeado yo, que el libro en sí va también en esa línea. Un autorregalo navideño adelantado que estoy deseando leer.
Por último: traca final de anglofilia. Este juego de mesa al que eché el ojo hace unos meses y que ya nunca me pude quitar de la cabeza, regalo de Manuel. La anglofilia triunfa y la noche que lo inauguramos le gané las dos partidas.
El juego consiste en que cada jugador (hasta cuatro) elige su ciudad de salida (que puede ser la misma para todos o cada uno la suya) y se reparten ocho cartas, cada una con una ciudad (la tarjetita, además, indica qué es lo más conocido/relevante de esa ciudad). Cada jugador tiene que pasar por todas ellas sin repetir la ruta en ningún momento y volver a su ciudad de origen. Por el camino además hay colisiones, ferries, pérdidas de turno y señales de tráfico. Muy curioso, muy inglés.
Y lo mejor de todo es que tooooodos estos no fueron los únicos regalos, sino que hubo más, como por ejemplo el de galletas de Xavier Barriga del que espero poder hablar cuando pruebe alguna receta. Está claro que en 2012 debimos de ser unos santos.


