Ya que 2011 empezó, y transcurrió, de maravilla con un libro de Penelope Lively, y ya que la pila de libros tentadores de adquisición reciente (ni nombremos ya los de adquisición no tan reciente que siguen esperando) es inmensamente tentadora, qué mejor que una decisión un tanto aleatoria para coger uno de ellos casi al azar: empezar el 2012 como el 2011: leyendo a Penelope Lively y su libro más reciente y de portada preciosa (y sí, en la mesita de la portada hay un ejemplar de El código Da Vinci, detalle nada aleatorio que demuestra que la foto es ad hoc para la portada; por no habalr de que muchos de los otros libros que se ven son obras de la propia Penelope Lively también): How It All Began (buen título, además, para comenzar el año).
Lo aleatorio, por cierto, es prácticamente la premisa de How It All Began, un libro escrito aplicando la teoría del caos (esa de la mariposa que bate las alas aquí y causa un tsunami allá) a la vida, algo que experimentamos constantemente y que ni examinamos (sería agotador) ni desarollamos de forma tan brillante como Penelope Lively.
A Charlotte, con setentaypico años, un buen día (un mal día, en realidad) le dan un tirón del bolso por la calle y al caerse se fractura la cadera. Un acontecimiento cotidiano (por desgracia) que cambiará las vidas del resto de personajes de forma insospechada. Una novela coral en la que todo descarrila a raíz de este accidente y se sale de su trayectoria predecible, si es que alguna vez la hubo. No sólo cambia la vida de Rose y Gerry, la hija y el yerno de Charlotte, sino la de Anton, un alumno de Charlotte, la de Henry, el jefe de Rose, la de Marion, la sobrina del jefe de Rose, y así una cadena que se complica y crece y no tiene fin.
Es un tema que encuentro fascinante y con el que conecto bien con Penelope Lively: adoré su Consequences por esta misma razón y su Making It Up me pareció curiosísimo por lo mismo (es una biografía en "¿y si?" en la que en vez de contar su vida, imagina cómo hubiera sido si los momentos clave se hubieran desarrollado de distinta forma).
Penelope Lively, como Margaret Forster, cuenta una historia cotidiana, de esas que no tienen principio ni final, más que aquellos delimitados por las páginas del libro. Por suerte para el lector cotilla como yo, Penelope Lively es tan amable de hacer eso que probablemente para los puristas (no lo sé, no tengo ni idea) sea un recurso pobre, pero que a mí siempre me deja satisfecha: al final del libro cuenta qué fue de los personajes principales. Recurso pobre o no, hay veces que el autor debería concluir el libro así por ley. Vale que uno le puede echar imaginación, pero lo que dice el autor va a misa. Y será triste, pero prefiero infinitamente que el autor me diga qué fue de un personaje por poco que me guste lo que le ha deparado ese destino, que no montarme yo la película tal y como me gustaría pero sin la firma de la autoridad competente.
En resumen, un libro para sacar de la estantería y sentarse a leer y pasar así horas y horas, preferiblemente en un rinconcito lector tan acogedor y agradable como el de la portada.
PD. Resulta que Blogger no me deja comentar ni en mi propio blog ni en blogs ajenos. Lo seguiré intentado, pero ando con el tiempo justo porque el domingo nos vamos unos días a Madrid. Pero que sepáis que he pasado por vuestros blogs (como tantas veces, aunque no siempre pueda comentar). Dina: ¡miles de gracias!
viernes, 30 de marzo de 2012
How It All Began, de Penelope Lively
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lunes, 26 de marzo de 2012
Tortitas
Está bien porque tengo unas cuantas entradas a medias en borrador, incluido el primer libro del año (y ya llevo tres leídos después, aunque no puedo hablar de ellos), pero de lo único que consigo escribir y publicar es la repostería de los fines de semana alternos. Más vale que le ponga remedio o esto va a parecer un blog de repostería. A ver si en los próximos días consigo acabar alguna entrada pendiente y cambiar de tema.
Este sábado el tiempo era reducido así que optamos por dejar el dulce para el domingo por la mañana y hacer tortitas en mitad de la confusión horaria. Manuel se metió en la cocina y cuando salió, como por arte de magia (yo con las tortitas ya ni lo intento, siempre se me pegan), traía un plato con una pila deliciosa de tortitas en una mano y la nata y el sirope de chocolate en la otra. Creo que yo las esperaba con el tenedor y el cuchillo ya listos.
(Nota sobre la foto de aquí al lado: la foto en realidad es apaisada, pero Blogger ha decidido que le gusta más así. Después de subirla como 15 veces y comprobar que en la carpeta y en Picasa estuviera apaisada (lo estaba) la foto se sigue viendo vertical. Pues nada, gnomo de Blogger, usted gana).
Aparte de las ganas de comer tortitas, también estaba deseando que Héctor las probase (ya sé, mal vamos si ya le llevamos por ese camino, pero qué le vamos a hacer, cada uno tiene los padres que tiene, ¿verdad, señor Philip Larkin?). Aún tiene muy limitado lo que puede comer y lo que no (aunque poco a poco va variando y ampliando horizontes) pero en muchas páginas inglesas y americanas había visto fotos de niños de su misma edad zampando tortitas, así que él no iba a ser menos. Y como queda claro en la foto el experimento fue un éxito. Claro que a Héctor todo lo que sea de comer le gusta.
Fue el punto y final a una semana que había comenzado con su revisión de los ocho meses y en la que la enfermera - con la que no me entiendo nada bien - me había dicho que ella no haría lo que yo hago: es decir darle el currusquito del pan (siempre estando yo delante) y colines pequeños. "Yo no lo haría", me dijo en respuesta a eso cuando le dije que, aparte de esas cosas, estaba buscando qué más poder darle para que coma él solo, ya que tiene interés por alimentarse solo, pero con la cuchara es un pringue total. "No, no, no: tienes que darle tú las cosas". Estupendo, y cuando se vaya de casa, ¿puedo dejarle ya comer solo o quedo con él para seguir dándoselo yo? Como con tantas cosas que dice esa mujer y de las que, por mucho que me irriten, hago caso omiso, yo seguí en mi cruzada por darle las llamadas (en inglés) "finger foods". Un experimento con espaguetis cortados pequeñitos fracasó porque se le pegaban y no sabía despegárselos de la mano, pero los macarrones (solos, sin salsa), más fáciles de coger, le encantaron y, aunque sigue sin tener un solo diente, se los comía que daba gusto verlo (a su salud, señora enfermera, pensaba yo al verle la cara de felicidad mientras hacía que masticaba con las encías).
Supongo que si se entera de que su paciente ha comido tortitas (que no aparecen en su papel-biblia de la alimentación: creo que el otro día deseó pegarme cuando hice amago de despegarme un poco de los mandamientos que contiene) y además con sus propias manos es capaz de llamar a servicios sociales.
El caso es que a unos acompañadas con nata y chocolate y a otro a palo seco, las tortitas dominicales nos supieron a gloria.
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lunes, 12 de marzo de 2012
Madalenas de fresa
Bueno, este sábado nos mantuvimos fieles a nuestros propósitos y hubo repostería quincenal. Parece que está bien montado: el sábado anterior, con propósito o no, nos hubiera sido imposible hacer nada, y el que viene, al coincidir con cumplemés de Héctor (¡ocho meses el sábado 17!), habrá escapada a nuestra pastelería preferida. Cualquier excusa es buena, sí, pero ocho meses son ocho meses.
El caso es que la repostería del sábado fue un clásico de esta época, y un poco "repetitiva" respecto a la repostería anterior, las madalenas de mermelada de fresa. Fueron madalenas de fresa, de esas que no recuerdas lo verdaderamente deliciosas que están hasta que les das un buen bocado. Con la invasión de fresas que reina en cualquier frutería con la que te cruces era difícil idear otra receta en caso de haber querido variar.
El sábado por la mañana no resistí más y a por una cajita que me fui directa. Y después, con ellas en la cesta del cochecito de Héctor, y la boca haciéndose agua al recordar el sabor de las madalenas que nos zamparíamos esa tarde, con Héctor dormido, me senté en un banco al solecillo a tratar de ahuyentar los pensamientos golosos con la lectura. Más fácil decirlo que hacerlo, porque las señoras mayores, en lugar de ver un bebé dormido y su madre disfrutando de un ratito de lectura ven un cartel que dice "hola, señora. Cuénteme su vida". Así que mientras yo intentaba seguir el hilo de la línea en la que estaba, las viejecitas parecían pedir turno para contarme todo tipo de anécdotas, cuanto más largas e historiadas mejor.
Por la tarde, preparando las fresas, Héctor abría la boca a ver si caía alguna, pero las fresas hasta el año están vetadas, así que se quedó casi literalmente con la miel en los labios. Pobre, debe de estar cansado de que las cosas buenas de la vida vengan - cuando vienen, no como las fresas - en trocitos minúsculos que apenas se pueden saborear y sin embargo el puré, que lo come, sí, pero no con el mismo entusiasmo, venga a cucharadas que parecen no tener fin. La dura vida del bebé.
Bebé al que cuando le preguntas "¿dónde está la Coca Cola?" la localiza con los ojos sin dudarlo. He hecho todas las pruebas del mundo con otros objetos y he probado a cambiarle la Coca Cola de sitio y, más importante aun, lo he probado con testigos para que no se me acuse de madre que idealiza las andanzas de su bebé, pero siempre la localiza con los ojos. La primera palabra que identifica, aparte de su nombre, es Coca Cola, sí.
En fin, que entre las madalenas y la Coca Cola somos una mala influencia en cuanto a alimentación, Pero ya habrá tiempo, cuando Héctor se dé aun más cuenta, para sentarnos y comer pescadito hervido y demás cosas sanas. Hmmmm.
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miércoles, 29 de febrero de 2012
Calendario
Aprovechando la rareza de día, hablemos de calendarios.
Siempre nos traemos un calendario de las vacaciones de verano para el año siguiente. Antes de la escapada a Londres del puente de diciembre, teníamos un vacío que no sabíamos cómo rellenar: las vacaciones más extensas habían sido en marzo en Haworth, ¿pedíamos por internet un calendario de allí? No era mala idea más que por el hecho de que esta casa ya rebosa temática Brontë como para encima añadir más (tampoco es que eso sea un problema en realidad, pero bueno, un poco de variedad nunca viene mal). En Londres una de las primeras compras que hicimos fue un calendario de 2012 (muy apropiado, además, ya que la ciudad la tenemos (auto)vetada este año por los Juegos olímpicos), no de fotos típicas de la ciudad sino de pequeños rincones fotografiados entre principios y mediados del siglo XX.
Con ese ya comprado me topé con este otro de la foto, con un cartel publicitario de mediados del siglo XX de esos que tanto me gustan, invitando a los ingleses de la época a viajar y conocer mejor su país, en general montando en tren. Teníamos otro rinconcito que podía rellenarse con un calendario y no lo dudamos. Por si quedaba alguna duda acerca de la "serendipity" de la elección, sólo hay que ver con qué destino comienza el año ( y continúa, porque febrero está dedicado a mi querida York, veremos qué nos depara marzo mañana).
Lo mejor de estos calendarios es que luego, si una es apañada, se pueden recortar las fotos que gusten y enmarcarlas. Como con tantas cosas, yo soy apañada mentalmente pero no manualmente: tengo un montón de calendarios de Nueva York (y estoy por apostar a que se me juntarán aún con estos de 2012) esperando a pasar por ese proceso. En fin, menos mal que los calendarios no llevan una verdadera fecha de caducidad.
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domingo, 26 de febrero de 2012
Madalenas rellenas de mermelada de fresa
Poco a poco, vamos retomando las buenas costumbres (me gustaría decir también sanas, pero obviamente no es así). Hace un par de sábados volvimos a la repostería con la ayuda de un preparado para tarta de chocolate de Cadbury traído de Londres que, aparte de estar deliciosísimo (mérito de Cadbury y mérito del mucho tiempo que llevábamos sin hornear nada dulce en casa), nos dejó con ganas de más y nos dio ciertos ánimos a la hora de encontrar huecos a la repostería del sábado.
Héctor se entretiene más por su cuenta, sea en la hamaquita, sea en su "trincherita" del sofá (lo malo es que ahí no se le puede dejar solo), lo cual quiere decir que si bien en esos ratos soy incapaz de prestar atención a cosas como la lectura en serio o el escribir una entrada de blog, sí que me puedo dedicar a cosas más prácticas como cocinar.
La semana pasada la única lectora vino de visita y, como aquí no concebimos la vida sin dulces, celebramos el séptimo cumplemés de Héctor con una deliciosa tarta de tres chocolates comprada en nuestra pastelería preferida. Y este sábado decidimos volver a la repostería al completo: sin preparados, desde cero.
Y se nos dio bien. Héctor aguantó mientras hacía la masa y rellenaba los moldes e incluso asistió un rato a telehorno, que no le dijo gran cosa, y eso que, será por haberlo echado en falta, fue muy chula (no tanto cuando un poco de masa empezó a desparramarse sobre el suelo del horno).
La receta elegida fue del libro de Magdalenas de Xavier Barriga que nos trajeron los Reyes en casa de mis padres: madalenas rellenas de mermelada de fresa. No sólo estrenamos por fin el libro sino también los moldes multicolores que lo acompañaban. Eso sí, no es que nos las demos de expertos reposteros ni mucho menos, pero sí que amoldamos la receta un poco a las circunstancias. Según Xavier Barriga, toda masa que lleve levadura química debería dejarse un mínimo de una hora en el frigorífico y, según él, si es toda la noche mejor que mejor, porque por lo visto la humedad también ayuda a que luego haga su trabajo. Como esto era un dato desconocido hasta ayer y como hasta ahora no hemos tenido problemas reales sin hacerlo así (puede que nuestras masas no hayan quedado al 100%, pero si han quedado al 95% o incluso al 90% ya nos conformamos), así que nos saltamos el paso y la masa fue directamente del bol al molde. El otro arreglo fue que las madalenas de la receta eran de mermelada de frambuesa, pero como en general soy poco amiga de las mermeladas y sólo tolero dos o tres de ellas, pues optamos por la fresa.
Y quedaron con una pinta estupenda y ricas-ricas-ricas. Después de tanto tiempo sin hacer nada dulce desde cero, hacer la masa en un momento, rellenar los moldes y disfrutar de telehorno mientras el olor delicioso que sale de dentro del horno va conquistando territorio fue una maravilla. Tanto es así, que apenas las había sacado del molde de moldes cuando le estaba dejando caer a Manuel que probáramos una para comprobar que no habíamos perdido práctica repostera. Aquella madalena recién hecha a medias nos supo a gloria.
Por no hablar de lo agradable que ha sido volver a desayunar algo especial y casero el domingo por la mañana. Ya no son esas mañanas de periódico dominical, calma, fotos, té y lectura plácida. Ahora son mañanas de niño torbellino, obsesionado con coger la taza de té y en las que leer nada es impensable. Pero bueno, las madalenas rellenas de mermelada de fresa han encajado bien en la nueva rutina y el niño torbellino nos hace partirnos de risa con sus ocurrencias.
De momento - las ambiciones con calma, por favor - hemos medio acordado que la repostería será sábado sí, sábado no, pero ya se verá.
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lunes, 13 de febrero de 2012
Héctor y la lectura (II)
Creo que fue incluso antes de que naciera cuando le compré a Héctor esta camiseta (en Carrefour, nada exótico). Me hizo mucha gracia el texto tipo anuncio de un grupo de lectura. La compré de talla seis meses porque hasta entonces tenía cubierto el cupo de ropa (aunque desde entonces he descubierto dos cosas correlativas 1) que pese a que se les queda pequeña en un santiamén es difícil que un niño tenga demasiada ropa y 2) que por suerte comprar ropa de bebé es adictivo) y hace unos días la saqué del armario para que Héctor la estrenara. Y así la lucía*:
Me gusta comprobar que, al menos de momento, si entendiera lo que lleva puesto, no le disgustaría el mensaje. Peepo y otros cuentos aparte, es que Héctor es, literalmente, un devorador de libros. Y si no véase el estado de su "buggy book" comprado en Londres, que por lo visto es un tentempié excepcional para cuerpo y mente:
Y eso que aún no tiene dientes...
*Sí, con error ("seasional", sobra la i) incluido. Compruebo que en Carrefour se empeñan en poner mensajes en inglés en la gran mayoría de ropa de bebé/niño y que no harían mal en contratar a un revisor que les filtrase este tipo de errores contaminados por el francés y que luego me dan quebraderos de cabeza y ganas de hacer correcciones con rotuladores de esos para ropa.
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lunes, 6 de febrero de 2012
Imagined London, de Anna Quindlen
Imposible ya medir el tiempo que tardo en leer un libro y sacar conclusiones acerca de lo que me ha gustado o dejado de gustar. He tardado siglos en leer Imagined London, de Anna Quindlen (y mucho más en completar esta reseña, escrita por entregas) y sin embargo me ha gustado muchísimo. Fue a Londres y volvió y todo el tiempo que lo leí (antes, durante y después del viaje) creo que no había página en la que no asintiera.
Anna Quindlen habla de algo que muchos de los que leen este blog comparten: de cóm se llega a Londres a través de los libros. De cómo la ciudad de Londres es un hervidero literario en que se juntan miles y miles de libros. Existe un Londres normal y corriente que aparece en los mapas de las guías de viajes, pero también un Londres muchísimo más interesante y vivo que cada lector se va forjando, sobre todo si el lector en concreto es un anglófilo empedernido, como lo es Anna Quindlen, como lo soy yo (anglófilas in absentia ambas, como ella dice).
Anna Quindlen derrocha pasión por la ciudad y por los libros y es tan amena de leer como Anne Fadiman (no sé por qué sus estilos me parecen semejantes) y hace que el lector (anglófilo o devorador de libros o ambos) lo pase de maravilla, asienta y devore todas las curiosidades que va contando. Cualquiera que haya estado en Londres compartirá la admiración por muchas cosas de la ciudad, por ejemplo el hecho de que una ciudad tan grande y llena de gente tenga de repente y con mucha más frecuencia de lo que cabría esperar remansos de paz.
Pese a que no siempre coincidimos exactamente en los gustos lectores (en muchos sí, pero ella adora a Dickens, que este año celebra su 200 cumpleaños, y yo no), encuentro sus recomendaciones, sus divagaciones y sus observaciones perfectas. Por ejemplo, que no me guste Dickens no significa que no sepa apreciar todo lo que significa literariamente hablando y ahí que cuando estuvimos en Londres en el puente de diciembre y pasamos por su misma calle (bueno, la que tiene su casa-museo, Dickens en realidad vivió en un montón de sitios), Doughty Street, dudáramos momentáneamente si pasarnos o no. Al final la cosa quedó entre eso y la British Library, con el manuscrito de Jane Eyre y su irresistible tienda, y nos decantamos por la British Library. De modo que cuando Anna Quindlen habla del Londres de Dickens (que por cierto también es en gran medida el Londres de nuestro hotel favorito, en la orilla sur) o de P.D. James, yo lo complemento con el Londres de Barbara Pym o similares.
Lo importante es que Londres, aparte de a ese olor inglés que me resulta inconfundible pero que me siento siempre incapaz de poner en palabras, no sólo rezuma historia, sino literatura. Londres es el libro de segunda mano (segunda mano elevada a infinito) por antonomasia.
(Este fue el último libro de 2011. Mejor no hago balance lector de 2011 que sería pésimo aunque compensado con creces por Héctor, que es la causa).
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