lunes, 30 de abril de 2012

Sant Jordi 2012




Aunque sea con niño a cuestas, paseando en su cochecito en mitad de la masa de gente, yo no perdono una visita el centro el día de Sant Jordi. Otra cosa es que no hiciera ni una sola foto, a diferencia de otros años, de los puestos, las rosas y demás. Pero la visita por el primer Sant Jordi de Héctor no podía faltar. Tampoco tuve el "valor" de acercarme a ninguna firma (dicho así en general, cuando en realidad lo que suelo querer decir - y digo en este caso - es que no fui a que me firmara Javier Marías).

Pero para compensar la falta de fotos y la falta de firmas, me "desvirtualicé" y quedé en persona con LittleEmily, que muy amablemente aguantó no sólo la visita a La Cental y la Casa del Libro con carrito y los paseos por la calle con carrito, sino una comida en la que Héctor decidió que el pringue total y absoluto era el mejor plan.

Lo bueno de ya conocerse virtualmente es que creo que nos lanzamos de cabeza a la anglofilia, ya desde el momento en que LittleEmily me dijo que se había autorregalado la traducción de Westwood, de Stella Gibbons. Y creo que ya nunca salimos demasiado a flote: diseccionamos series, libros, traducciones, viajes y muchos más temas desde el enfoque anglófilo. Gracias a LittleEmily ahora tengo un imán de Bath en el frigorífico que me pone los dientes largos cada vez que paso por delante. Aún no tenemos las vacaciones de este año decididas, pero Bath lleva la etiquetita colgada de "visitadme". ¿Se resistió Alicia (la del País de las maravillas) a sus etiquetas? Pues eso.

Héctor se volvió a casa con tres cuentos (aunque casi perdemos uno entre la multitud: el niño está obsesionado con tirarlo todo al suelo), Manuel recibió dos libros y yo recibí mi preciosa rosa que aún luce espléndida, qué maravilla, y un libro desconocido, como ya es tradición por Sant Jordi: Mary Lavelle de Kate O'Brien.





Un gran Sant Jordi.

lunes, 16 de abril de 2012

Follies

Como escribo menos en el blog, siento que tengo que aclarar que seguimos siendo los mismos en cuanto a ver películas, series y demás. Las salidas culturales por fuerza son menores, pero en cuanto podemos organizamos una. El viaje a Madrid por Semana Santa estaba siempre en el horizonte de manera abstracta, pero no se materializó en formato billetes de avión hasta casi última hora (para lo que nosotros acostumbramos al menos) y junto a ellos sacamos un par de entradas para ver Follies en el Teatro Español de Madrid, a punto de acabar ya, aprovechando que en Madrid tenemos con quien dejar a Héctor.

Como se dice en inglés "beggars can't be choosers", así que comprando las entradas para un día en concreto y con tan poca antelación no podíamos esperar grandes localidades: un palco arriba, no de esos de "visibilidad reducida", pero casi, sobre todo cuando resulta que el director del montaje tiene una pasión desmesurada por situar gran parte de la acción pegadita justo al lado del escenario que veíamos peor.

Pero bueno, Sondheim es Sondheim y cualquier ocasión y perspectiva le sientan bien. De Follies yo, conscientemente, sólo conocía Could I Leave You? (en ese enlace interpretada por Julie Andrews) (puede que hubiera escuchado alguna otra), que es una canción puramente Sondheim, pero apenas conocía ninguna otra ni la historia que se contaba ni nada.

Follies, estrenada en 1971, cuenta el reencuentro de varias estrellas de una revista musical que, acompañadas por sus maridos (las que lo tienen), se reúnen la noche antes del derribo del teatro en que actuaron. Como suele pasar en estas ocasiones, todos se ponen al día de lo sucedido en sus vidas, generalmente maquillando un poco los acontecimientos, y salen a la luz viejas rencillas y amoríos. Muy curioso el montaje, que mezcla a veces a los protagonistas actuales con sus yos jóvenes y termina por organizar el númerito de revista de cada uno de ellos. En esto último felicito al montaje del Teatro Español: después vimos una grabación de un "revival" reciente del musical en Estados Unidos y el montaje de esta última parte era sosísimo, en cambio en del Teatro Español estaba de lo más trabajado. Mención especial de nuevo también a que no puede ser fácil traducir las letras de Sondheim, a Asunción Balaguer por su papel y en general al reparto completo, que si bien un poco menos natural de lo que suele sonar Sondheim en versión original, sí que estaban muy bien. Y sí, sale Massiel (y sí, hace de Massiel, para qué negarlo).

Vista desde un balcón del teatro

La única pega, en la que el montaje, los actores y el creador están totalmente exentos de culpa, es que tuvimos la "suerte" de tener al lado a tres exponentes de lo peorcito de la generación Twitter. Nada en contra de esta generación en sí, pero sí de estos tres elementos pseudogafapastas que no sabían callarse sus supuestos comentarios graciosos (los que oí no lo eran, eran simplemente ignorantes), no paraban de mirar el móvil, no paraban de moverse, no entendieron los numeritos tipo revista (pensaron que Sondheim pretendía ser original, cuando obviamente no, simplemente se amoldaba al género ya existente por aquello de la profesión de las protagonistas), ahí decidieron en grupo que ya no aplaudían más y no lo hicieron, llevando la mala educación (en todos los sentidos, también en lo de tener idea de las cosas) hasta el extremo de levantarse e irse en cuanto pudieron (y qué a gusto nos quedamos los vecinos, eso sí, que para eso se podían haber ido antes). Como decía Manuel, eran tres "indies" (nada en contra de los indies sin comillas, estos eran de los de comillas), que habían leído en su revista "indie" una buena crítica del musical y sin enterarse de más, habían sacado entradas para ser guays y se habían encontrado con que aquello no era "indie".

Pero en fin, que una noche con Sondheim siempre es una buena noche, toquen los compañeros que toquen. Creo que la producción vuelve a los escenarios el 8 de junio y, sin haberlo visto, sólo por el mero hecho de ser Sondheim, ya lo recomendaría, pero habiéndolo visto, lo recomiendo encarecidamente.

martes, 10 de abril de 2012

El día de la Mona

Es raro el día en que no pronuncio alguna versión de "se me ha olvidado" hacer algo, comprar algo, escribir a alguien, decir algo, preguntar algo, encargar algo, recoger algo, etc. Con lo que menos me pasa es con los dulces: voy al supermercado a por algún encargo serio y puede que me olvide del encargo serio (se ha dado el caso... varias veces), pero seguro que volveré con alguna tableta de chocolate. Así que antes de irnos a Madrid tenía muy presente que tenía que dejar encargada la mona en nuestra pastelería y, ya de vuelta en casa, ayer Lunes de Pascua tenía muy claro la tarea de la mañana durante el paseo con Héctor: ir a recogerla.

En cuanto Héctor se despertó de su siesta callejera - que yo me había pasado leyendo a mis anchas: he localizado los bancos perfectos que generalmente quedan fuera del radar de gente desconocida que se se acerca para hablar (léase: contarte su vida en verso) porque te ven con un niño - nos fuimos directos a por ella: él comiendo un palito de pan mientras miraba fascinado el decorado tan dulce y colorido que tenía delante y yo con el estómago en los pies, esperando mi turno pacientemente, con ganas de hincarle el diente a cualquier cosa de las que tenía alrededor.

En Madrid confirmamos lo que aquí ya entreveíamos: que Héctor no le hace ascos a nada de comer. En Madrid todo lo quería comer, mejor si podía él solo, pero se conformaba igual si le dejábamos comerlo aun a costa de perder su independencia. Memorable como nos parecía el éxito de las miguitas de las madalenas, aquello no era nada comparado con el entusiasmo que le produjo la crema pastelera. A modo de ilustración diré que me tuve que zampar mi trocito de mona de la merienda a escondidas para que no me viera y quisiera más, que saltarnos un poco las normas de alimentación pase, pero tampoco sin control. Héctor es digno hijo de sus padres, no hay duda. Menos mal que luego quema el subidón de azúcar a base de "croquetas" en la cama: girar para todos lados sin más motivo que el hecho de que uno puede hacerlo (¿y qué mejor motivo que ese?).

Pero sí, es que la mona estaba para chuparse los dedos, aunque fuera a hurtadillas.

Y de Madrid, en una maleta a punto de estallar y no precisamente por llevar libros o cosas de las que antes nunca faltaban, sino ropa de bebé, también se vinieron unos cuantos preparados de repostería que iremos haciendo en las próximas semanas. Está por ver si los podemos comer abiertamente o tendremos que esperar a que cierta personita aparte la vista para poder hincarles el diente.

viernes, 30 de marzo de 2012

How It All Began, de Penelope Lively

Ya que 2011 empezó, y transcurrió, de maravilla con un libro de Penelope Lively, y ya que la pila de libros tentadores de adquisición reciente (ni nombremos ya los de adquisición no tan reciente que siguen esperando) es inmensamente tentadora, qué mejor que una decisión un tanto aleatoria para coger uno de ellos casi al azar: empezar el 2012 como el 2011: leyendo a Penelope Lively y su libro más reciente y de portada preciosa (y sí, en la mesita de la portada hay un ejemplar de El código Da Vinci, detalle nada aleatorio que demuestra que la foto es ad hoc para la portada; por no habalr de que muchos de los otros libros que se ven son obras de la propia Penelope Lively también): How It All Began (buen título, además, para comenzar el año).

Lo aleatorio, por cierto, es prácticamente la premisa de How It All Began, un libro escrito aplicando la teoría del caos (esa de la mariposa que bate las alas aquí y causa un tsunami allá) a la vida, algo que experimentamos constantemente y que ni examinamos (sería agotador) ni desarollamos de forma tan brillante como Penelope Lively.

A Charlotte, con setentaypico años, un buen día (un mal día, en realidad) le dan un tirón del bolso por la calle y al caerse se fractura la cadera. Un acontecimiento cotidiano (por desgracia) que cambiará las vidas del resto de personajes de forma insospechada. Una novela coral en la que todo descarrila a raíz de este accidente y se sale de su trayectoria predecible, si es que alguna vez la hubo. No sólo cambia la vida de Rose y Gerry, la hija y el yerno de Charlotte, sino la de Anton, un alumno de Charlotte, la de Henry, el jefe de Rose, la de Marion, la sobrina del jefe de Rose, y así una cadena que se complica y crece y no tiene fin.

Es un tema que encuentro fascinante y con el que conecto bien con Penelope Lively: adoré su Consequences por esta misma razón y su Making It Up me pareció curiosísimo por lo mismo (es una biografía en "¿y si?" en la que en vez de contar su vida, imagina cómo hubiera sido si los momentos clave se hubieran desarrollado de distinta forma).

Penelope Lively, como Margaret Forster, cuenta una historia cotidiana, de esas que no tienen principio ni final, más que aquellos delimitados por las páginas del libro. Por suerte para el lector cotilla como yo, Penelope Lively es tan amable de hacer eso que probablemente para los puristas (no lo sé, no tengo ni idea) sea un recurso pobre, pero que a mí siempre me deja satisfecha: al final del libro cuenta qué fue de los personajes principales. Recurso pobre o no, hay veces que el autor debería concluir el libro así por ley. Vale que uno le puede echar imaginación, pero lo que dice el autor va a misa. Y será triste, pero prefiero infinitamente que el autor me diga qué fue de un personaje por poco que me guste lo que le ha deparado ese destino, que no montarme yo la película tal y como me gustaría pero sin la firma de la autoridad competente.

En resumen, un libro para sacar de la estantería y sentarse a leer y pasar así horas y horas, preferiblemente en un rinconcito lector tan acogedor y agradable como el de la portada.

PD. Resulta que Blogger no me deja comentar ni en mi propio blog ni en blogs ajenos. Lo seguiré intentado, pero ando con el tiempo justo porque el domingo nos vamos unos días a Madrid. Pero que sepáis que he pasado por vuestros blogs (como tantas veces, aunque no siempre pueda comentar). Dina: ¡miles de gracias!

lunes, 26 de marzo de 2012

Tortitas

Está bien porque tengo unas cuantas entradas a medias en borrador, incluido el primer libro del año (y ya llevo tres leídos después, aunque no puedo hablar de ellos), pero de lo único que consigo escribir y publicar es la repostería de los fines de semana alternos. Más vale que le ponga remedio o esto va a parecer un blog de repostería. A ver si en los próximos días consigo acabar alguna entrada pendiente y cambiar de tema.

Este sábado el tiempo era reducido así que optamos por dejar el dulce para el domingo por la mañana y hacer tortitas en mitad de la confusión horaria. Manuel se metió en la cocina y cuando salió, como por arte de magia (yo con las tortitas ya ni lo intento, siempre se me pegan), traía un plato con una pila deliciosa de tortitas en una mano y la nata y el sirope de chocolate en la otra. Creo que yo las esperaba con el tenedor y el cuchillo ya listos.

(Nota sobre la foto de aquí al lado: la foto en realidad es apaisada, pero Blogger ha decidido que le gusta más así. Después de subirla como 15 veces y comprobar que en la carpeta y en Picasa estuviera apaisada (lo estaba) la foto se sigue viendo vertical. Pues nada, gnomo de Blogger, usted gana).


Aparte de las ganas de comer tortitas, también estaba deseando que Héctor las probase (ya sé, mal vamos si ya le llevamos por ese camino, pero qué le vamos a hacer, cada uno tiene los padres que tiene, ¿verdad, señor Philip Larkin?). Aún tiene muy limitado lo que puede comer y lo que no (aunque poco a poco va variando y ampliando horizontes) pero en muchas páginas inglesas y americanas había visto fotos de niños de su misma edad zampando tortitas, así que él no iba a ser menos. Y como queda claro en la foto el experimento fue un éxito. Claro que a Héctor todo lo que sea de comer le gusta.

Fue el punto y final a una semana que había comenzado con su revisión de los ocho meses y en la que la enfermera - con la que no me entiendo nada bien - me había dicho que ella no haría lo que yo hago: es decir darle el currusquito del pan (siempre estando yo delante) y colines pequeños. "Yo no lo haría", me dijo en respuesta a eso cuando le dije que, aparte de esas cosas, estaba buscando qué más poder darle para que coma él solo, ya que tiene interés por alimentarse solo, pero con la cuchara es un pringue total. "No, no, no: tienes que darle tú las cosas". Estupendo, y cuando se vaya de casa, ¿puedo dejarle ya comer solo o quedo con él para seguir dándoselo yo? Como con tantas cosas que dice esa mujer y de las que, por mucho que me irriten, hago caso omiso, yo seguí en mi cruzada por darle las llamadas (en inglés) "finger foods". Un experimento con espaguetis cortados pequeñitos fracasó porque se le pegaban y no sabía despegárselos de la mano, pero los macarrones (solos, sin salsa), más fáciles de coger, le encantaron y, aunque sigue sin tener un solo diente, se los comía que daba gusto verlo (a su salud, señora enfermera, pensaba yo al verle la cara de felicidad mientras hacía que masticaba con las encías).

Supongo que si se entera de que su paciente ha comido tortitas (que no aparecen en su papel-biblia de la alimentación: creo que el otro día deseó pegarme cuando hice amago de despegarme un poco de los mandamientos que contiene) y además con sus propias manos es capaz de llamar a servicios sociales.

El caso es que a unos acompañadas con nata y chocolate y a otro a palo seco, las tortitas dominicales nos supieron a gloria.

lunes, 12 de marzo de 2012

Madalenas de fresa

Bueno, este sábado nos mantuvimos fieles a nuestros propósitos y hubo repostería quincenal. Parece que está bien montado: el sábado anterior, con propósito o no, nos hubiera sido imposible hacer nada, y el que viene, al coincidir con cumplemés de Héctor (¡ocho meses el sábado 17!), habrá escapada a nuestra pastelería preferida. Cualquier excusa es buena, sí, pero ocho meses son ocho meses.

El caso es que la repostería del sábado fue un clásico de esta época, y un poco "repetitiva" respecto a la repostería anterior, las madalenas de mermelada de fresa. Fueron madalenas de fresa, de esas que no recuerdas lo verdaderamente deliciosas que están hasta que les das un buen bocado. Con la invasión de fresas que reina en cualquier frutería con la que te cruces era difícil idear otra receta en caso de haber querido variar.

El sábado por la mañana no resistí más y a por una cajita que me fui directa. Y después, con ellas en la cesta del cochecito de Héctor, y la boca haciéndose agua al recordar el sabor de las madalenas que nos zamparíamos esa tarde, con Héctor dormido, me senté en un banco al solecillo a tratar de ahuyentar los pensamientos golosos con la lectura. Más fácil decirlo que hacerlo, porque las señoras mayores, en lugar de ver un bebé dormido y su madre disfrutando de un ratito de lectura ven un cartel que dice "hola, señora. Cuénteme su vida". Así que mientras yo intentaba seguir el hilo de la línea en la que estaba, las viejecitas parecían pedir turno para contarme todo tipo de anécdotas, cuanto más largas e historiadas mejor.

Por la tarde, preparando las fresas, Héctor abría la boca a ver si caía alguna, pero las fresas hasta el año están vetadas, así que se quedó casi literalmente con la miel en los labios. Pobre, debe de estar cansado de que las cosas buenas de la vida vengan - cuando vienen, no como las fresas - en trocitos minúsculos que apenas se pueden saborear y sin embargo el puré, que lo come, sí, pero no con el mismo entusiasmo, venga a cucharadas que parecen no tener fin. La dura vida del bebé.

Bebé al que cuando le preguntas "¿dónde está la Coca Cola?" la localiza con los ojos sin dudarlo. He hecho todas las pruebas del mundo con otros objetos y he probado a cambiarle la Coca Cola de sitio y, más importante aun, lo he probado con testigos para que no se me acuse de madre que idealiza las andanzas de su bebé, pero siempre la localiza con los ojos. La primera palabra que identifica, aparte de su nombre, es Coca Cola, sí.

En fin, que entre las madalenas y la Coca Cola somos una mala influencia en cuanto a alimentación, Pero ya habrá tiempo, cuando Héctor se dé aun más cuenta, para sentarnos y comer pescadito hervido y demás cosas sanas. Hmmmm.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Calendario

Aprovechando la rareza de día, hablemos de calendarios.


Siempre nos traemos un calendario de las vacaciones de verano para el año siguiente. Antes de la escapada a Londres del puente de diciembre, teníamos un vacío que no sabíamos cómo rellenar: las vacaciones más extensas habían sido en marzo en Haworth, ¿pedíamos por internet un calendario de allí? No era mala idea más que por el hecho de que esta casa ya rebosa temática Brontë como para encima añadir más (tampoco es que eso sea un problema en realidad, pero bueno, un poco de variedad nunca viene mal). En Londres una de las primeras compras que hicimos fue un calendario de 2012 (muy apropiado, además, ya que la ciudad la tenemos (auto)vetada este año por los Juegos olímpicos), no de fotos típicas de la ciudad sino de pequeños rincones fotografiados entre principios y mediados del siglo XX.


Con ese ya comprado me topé con este otro de la foto, con un cartel publicitario de mediados del siglo XX de esos que tanto me gustan, invitando a los ingleses de la época a viajar y conocer mejor su país, en general montando en tren. Teníamos otro rinconcito que podía rellenarse con un calendario y no lo dudamos. Por si quedaba alguna duda acerca de la "serendipity" de la elección, sólo hay que ver con qué destino comienza el año ( y continúa, porque febrero está dedicado a mi querida York, veremos qué nos depara marzo mañana).


Lo mejor de estos calendarios es que luego, si una es apañada, se pueden recortar las fotos que gusten y enmarcarlas. Como con tantas cosas, yo soy apañada mentalmente pero no manualmente: tengo un montón de calendarios de Nueva York (y estoy por apostar a que se me juntarán aún con estos de 2012) esperando a pasar por ese proceso. En fin, menos mal que los calendarios no llevan una verdadera fecha de caducidad.