Ya he hablado un par de veces de London Belongs to Me, de Norman Collins, así que poca presentación necesita.
Es de esos libros que, por lo que sea, por el título, la portada, el resumen, crean una expectativas muy altas. Y también es de esos libros que, por altas que sean las expectativas, las sobrepasan con creces.
London Belongs to Me es una novela que no habla del Londres monumental ni del Londres más turístico. Habla del Londres en que vivía la gente normal y corriente entre los años 1938 y 1940. Para más señas, habla, sobre todo, del Londres de la orilla sur que tanto me gusta, aunque el ficticio número 10 de la ficticia Dulcimer Street está situado un poco más al sur de la zona que conocemos.
London Belongs to Me es una novela coral puesto que seguimos los pasos de todos los habitantes del número 10 de Dulcimer Street. Empezamos con los Josser, cuyo padre de familia abre la novela en su último día de trabajo, cuando le vemos volver a casa el 23 de diciembre de 1938 cargado hasta los dientes sobre todo por culpa del enorme reloj de mármol que le han regalado en su empresa de la City por sus muchísimos años de trabajo en ella. Cuando llega a casa conocemos a su mujer, la señora Josser y a su hija Doris. Al día siguiente nos enteramos de que, además, hay un hijo casado y con una niña pequeña.
Debajo de ellos vive la casera, la señora Vizzard, una viuda que vive en el sótano por ser el apartamento más barato y así poder seguir ganando el dinero del que tanto depende. Pronto acogerá al nuevo inquilino del número 10, el misterioso señor Squales que se aloja en el pequeño "sótano de atrás", donde ya sí que no entra nada de luz.
Arriba del todo vive el señor Puddy, un señor que sólo piensa en comer (y la mayor parte de las veces sus comidas preferidas reflejan la peor parte de la comida inglesa por excelencia) y que habla con una voz nasal muy característica.
Debajo del señor Puddy y encima de los Josser viven Connie, una vieja actriz venida a menos (si es que alguna vez fue más) que ahora trabaja en el guardarropa de uno o dos terribles locales, vive por su pajarillo Duke y que sabe echarle siempre mucha cara a todo (para bien y para mal), y, en la puerta de enfrente, la señora Boon y su hijo Percy, que ha visto demasiadas películas americanas y que, en su cabeza, vive en un mundo alternativo y es un optimista irredento.
Y mientras seguimos sus idas y venidas, así como las de algún otro de sus conocidos y un tal Otto Hapfel que trabaja para los Nazis y poco tiene que ver con Dulcimer Street, descubrimos que son reales como la vida misma y van pintando un cuadro muy fiel al Londres cotidiano y de clase media de la época. Con pequeñas - o no tan pequeñas - sutilezas van cayendo mejor o peor, van mostrando diferentes facetas de sus personalidades y se vuelven totalmente tridimensionales. Mis preferidos resultaron ser los Josser y Connie, aunque todos, incluso los que no caen tan bien, tienen su encanto.
Todo eso para describir casi mejor que ningún libro de historia cómo se vivía realmente en esos dos años. En 1938 la incertidumbre y los debates sobre si habrá una guerra o no no tienen fin. Cuando por fin se declara la guerra, no es una guerra de estrategias militares, sino de lo que más me gusta, un relato de cómo vivía la gente normal mientras sobre Londres caían bombas todas las noches. Todo puntuado por pequeños detalles que van desde el té - el muchísimo té - que se bebe hasta la decoración de la época pasando por cosas como el apagón durante la guerra o los viajes en tren y tranvía. Cuando el libro se termina al cabo de sus setecientas y pico páginas lo cierras como recién vuelto de un viaje a Londres, no a este Londres al que llegamos en un par de horas de vuelo, sino del Londres de finales de los años 30.
Lo que da pena es que el libro, publicado en 1945, acabe en 1940 y nos deje con las ganas de saber cómo llegaron - o si llegaron - los habitantes del número 10 de Dulcimer Street al final de la guerra. Los pobres se quedan allí, con cinco años más de guerra por delante. Y son tan reales que cuesta pensar que no tienen un final fijo sino que te puedes imaginar el final que quieras para ellos. Quieres saber la verdad.
Curioseando en internet sobre Kennington, que es el barrio de verdad donde está la ficticia Dulcimer Street, me encontré con una tragedia que ocurrió durante precisamente la Segunda Guerra Mundial. Todo el trasfondo de la novela es histórico así que al ver, cuando ya me quedaban pocas páginas, que el 15 de octubre de 1940 cayó una bomba sobre el refugio situado en el parque* y mató a, no se sabe con exactitud, unas 100 personas, creí haberme enterado del final de libro sin querer y ya me temía lo peor. Para bien o para mal no fue así.
Este es el primer ejemplar del nuevo look de Penguin Classics que compro. La portada con la foto aun más grande me gusta, lo que no me hace tanta gracia es que el nuevo look - por razones ecológicas o monetarias - ha perdido el plastiquillo que antes recubría las tapas de "cartulina". Ahora la cartulina queda al aire y es todo más endeble y el tacto menos agradable. Pero en este caso no hay pega que valga gracias al excelente contenido.
Y lo que tampoco he terminado de entender es lo de contratar a un señor - Ed Glinert - para que escriba la introducción de un libro que no parece haberle dicho gran cosa, al menos esa es la impresión que me deja a mí la introducción que, como siempre, leí al terminar el libro. Él se esfuerza en que parezca que sí, pero cuando no hace más que repetir que comparado con Grahame Green o Evelyn Waugh, Norman Collins y su libro no son nada ni nadie pues da que pensar. Si a eso se le añade que también repite hasta la saciedad que London Belongs to Me es más bien hueco y que sólo pretende entretener al lector puesto que no hay discursos políticos ni sociales pues hace que sea una introducción más bien prescindible. Porque la gracia, creo yo, de London Belongs to Me y la maestría de Norman Collins residen precisamente en eso, que no los hay, aunque eso no signifique que no existan ni sean la intención principal del autor. Los puntos de vista y las vidas de todos los personajes son, en ocasiones, radicalmente diferentes. Norman Collins no entra en si el mensaje de este que arremete contra Chamberlain o de este otro que no tiene ni qué comer son más o menos válidos frente a los demás, sino que deja que el lector que, ya digo, se integra en la novela como si los setenta años que han pasado desde entonces no hubieran transcurrido, saque sus propias conclusiones. Y yo se lo agradezco y lo prefiero, pero por lo visto al señor Glinert le gusta que le den las cosas bien mascaditas y con un barniz más "culto" (y que conste que no tengo nada en contra de Grahame Green ni Evelyn Waugh).
Por cierto que hay una película de 1948 basada en el libro. Tarde o temprano creo que aparecerá en alguna futura Noche de viernes, aunque ya me voy mentalizando de que es imposible que todo el libro haya cabido en ella. También hay una miniserie de finales de los 70 que ya imagino, visto lo visto del estilo de la época, que lo meterá todo con puntos y comas pero aparte de que creo que es inencontrable es que no sé si quiero verla realmente precisamente por eso.
Y para acabar dejo tres de las portadas que ha tenido este libro (quizá haya más). De la de la primera edición me encanta el detalle de la pequeña tetera ya que el té, junto con Londres y como en tantas novelas inglesas, es un personaje más.
* Lo curioso es que muchas casas de la zona que tuvieron que reconstruirse usaron, para sus verjas, nada menos que camillas recicladas (foto). No lo había oído nunca y me pareció muy, muy curioso.
lunes, 27 de abril de 2009
London Belongs to Me, de Norman Collins
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domingo, 26 de abril de 2009
Madalenas de canela
Después del gran reto que fue la repostería del sábado pasado, ayer optamos por lo más sencillo posible: unas madalenas de canela de Duncan Hines. Añadir a los contenidos un huevo y leche, repartir en los moldes y listo.
Llevan un curioso topping de canela que hace que verlas crecer - y crecen mucho - mientras se hacen en el horno sea de lo más entretenido, más que nada porque van perdiendo el topping y les van saliendo calvas. Imposible predecir cuál perdería antes el toppping mientras, además, debatíamos sobre si crecerían hasta tocar el techo del horno.
Y como salieron 12 hermosos ejemplares que, sin llenar excesivamente, sí que hacen difícil comer más de una madalena, a estas horas aún queda la mitad, sin contar la que tengo entre manos mientras tecleo esto, claro.
Imposible poner más de una foto hoy porque las tradicionales fotos del desayuno han sido imposibles debido a lo negro que estaba y el diluvio que caía fuera. Así que he aquí la de ayer, con las madalenas recién salidas del horno y oliendo de maravilla con la rosa de Sant Jordi, que aún dura, de fondo.
Y la película dominical de hoy era lo que debería ser un clásico que sin embargo ha quedado injustamente olvidado: You Can't Take It With You (Vive como quieras). Tiene ingredientes básicos que ya de por sí deberían ganarle el título de clásico entre los clásicos: dirección de Frank Capra, basado en una obra de teatro que ganó un Pulitzer, actores como Jean Arthur, James Stewart, Lionel Barrymore y dos Oscars (a mejor director y mejor película). Pero es que además tiene un argumento impresionante, delirante, divertidísimo y, al igual que Mr Deeds Goes to Town (El secreto de vivir), que vimos hace unas semanas, un estupendo mensaje que parece escrito por el mismísimo Roosevelt (la película es de 1938). Y, argumento aparte, una película en la que se usan gatitos (¡vivos!) como pisapapeles, hay alguien que baila constantemente, hay alguien que posa para un cuadro vestido de romano y que tiene un gran final feliz no puede estar mal. Ay, me ha encantado.
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viernes, 24 de abril de 2009
Sant Jordi
Aquí está la foto resumen del día de ayer. Salvo que en ella no se aprecia ni lo mucho que anduve ni el calor que pasé, que yo creía que era sin precedentes pero resulta que - ventajas y desventajas del blog - el año pasado dije lo mismo y ni me acordaba. Así que es probable que el año que viene pase lo mismo. Eso sí, creo que, por mucho que me cueste admitirlo, prefiero que haga calor a que llueva.
Una mirada rápida a los libros. Empezando por arriba, los dos primeros son regalo de Manuel:
- How to Avoid Huge Ships: And Other Implausibly Titled Books. El título lo dice todo. Una recopilación de treinta libros con títulos (y también contenidos rarísimos). Nos reímos un montón hojeándolo y todavía no me puedo creer que, entre otros, exista un libro sobre cómo tejer con el pelo de tu perro ("mejor el pelo de un perro que conoces que la lana de una oveja que no conoces").
- No One Belongs Here More Than You, de Miranda July. Antes de saber qué libro era ya me gustó porque todas las tapas son amarillas. Miranda July dirigió Me and You and Everyone We Know (Tú, yo y todos los demás), que es una película un tanto rara pero también muy curiosa. Supongo que estas historias cortas serán del estilo, pero ya veré.Y estos dos son adquisiciones propias conseguidas ayer con el sudor de mi frente, porque no hace falta que cuente cómo de lleno estaba cualquier recinto que vendiera un sólo libro:
- There Were No Windows, de Norah Hoult. Lo primero que hice ayer fue pasarme por Hibernian Books y, después de estar un buen rato curioseando, me decanté por este. Era una apuesta arriesgada, comprar un libro sólo por su editorial (¡Persephone!), pero el argumento no tenía mala pinta y estaba TAN bien de precio que me lo llevé. Y ahora he visto que tiene muy buenas críticas en internet.
- An Unsuitable Attachment, de Barbara Pym. En La Central. Me sorprendió mucho encontrarme con algunos Pym (los otros ya los tenía) así que no dejé pasar la ocasión.
Y para terminar una cuantas imágenes del día:
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jueves, 23 de abril de 2009
Día del libro (y la rosa)
Reciclo la foto del año pasado con la recreación casera de la leyenda de San Jorge y el dragón. Qué mejor día del año para echarle imaginación a la cosa y ver a San Jorge en lugar de a un vikingo y al temible dragón en lugar de un muñequito de Nessie con gorrito escocés y todo.
Y todo para desearos un feliz día del libro, feliç Sant Jordi o happy Saint George (esto último creo que nadie lo dice, pero bueno).
Hoy toca pulular por las calles y ver cómo apenas nadie va sin una rosa. Además este año, en principio, no tengo ninguna misión de caza de autógrafos así que pulularé con toda la calma que se puede pulular entre las hordas de gente hasta que llegue la hora de encontrarme con Manuel y nos dediquemos a pulular un poco más.
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miércoles, 22 de abril de 2009
Lilas
Manuel cada sábado trae más flores y casi siempre llega alguna nueva. Este sábado trajo un par de rosas - que ya le dije que no le libraban de la de mañana - y también un grupito de lilas. Es una pena, porque duran poquísimo y al día siguiente ya estaban muy mustias, pero mientras duran el olor es glorioso.
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martes, 21 de abril de 2009
Todavía: Londres, 2ª parte
Esta entrada se llama así porque es la continuación lógica de esta otra de hace unas semanas.
Me reservé el Té de Londres para cuando estuviera leyendo London Belongs to Me, de Norman Collins, acompañados por la taza de Starbucks de Londres que normalmente tiene turno de mañana pero que el otro día hizo una excepción para posar en la foto por la tarde.
El experimento dio los resultados esperados:
- El té no es gran cosa pero se deja beber.
- El libro es mucho mejor que el té, pero de momento no quiero hablar mucho él. Me quedan ya pocas páginas y baste decir, además, que no quiero que llegue el final. Setecientas y pico páginas y aún quiero más... Aquí dejo el principio del prefacio y su traducción rápida correspondiente. Hubiera citado con gusto el resto del prefacio, que es una verdadera carta de amor a Londres, pero pronto me di cuenta de que, si me ponía a citar todos aquellos trozos que me parecían igual de evocadores, terminaría citando el libro entero.
There may be other cities that are older. But not many. And there may be one across the Atlantic that is larger. But not much.
In fact, no matter how you look at it, London comes pretty high in the respectable upper order of things. It's got a past as well as a present; and it knows it. And this is odd. Because considering its age it's had a remarkably quiet history, London. Nothing very spectacular. Nothing exceptionally heroic. Not until 1940, that is. Except for the Great Fire and the Black Death and the execution of a King not very much has ever happened there. It has just gone on prosperously and independently through the centuries--wattle one century, timber the next, then brick, then stone, then brick again, then concrete. Building new foundations on old ruins. And sprawling out across the fields when there haven't been enough ruins to go round.
Puede que haya ciudades más antiguas, pero no muchas. Y puede que haya una al otro lado del Atlántico que sea más grande, pero no mucho.
De hecho, lo mires como lo mires, Londres se sitúa en las primeras posiciones del respetable orden superior de las cosas. Tiene un pasado y también un presente... y lo sabe. Y resulta extraño porque teniendo en cuenta su edad Londres ha tenido una historia notablemente apacible. Nada demasiado espectacular, nada extraordinariamente heroico. No hasta 1940, quiero decir. Con la excepción del Gran Incendio y la Peste negra y la ejecución de un rey no ha sucedido gran cosa. Ha ido discurriendo, próspera e independiente, por los siglos: adobe un siglo, madera el siguiente, después ladrillo, después piedra, después ladrillo de nuevo, después cemento. Construyendo nuevos cimientos sobre antiguas ruinas. Y extendiéndose por los campos cuando no había ruinas suficientes.
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lunes, 20 de abril de 2009
Sweeney Todd
En Londres se nos escaparon las entradas de algún que otro musical de Sondheim y aunque paliamos el mono con alguna escucha casera de vez en cuando, eran ya muchos meses sin ver un Sondheim en vivo y en directo. Así que el viernes, con las entradas esperando desde hacía meses, por fin llegamos al teatro Apolo a ver Sweeney Todd (que estuvo en Madrid meses antes en el Teatro Español).
Y no podía ser de otra forma: no nos defraudó. El montaje, la iluminación y la puesta en escena son espectaculares y desde luego han recreado esos oscuros tramos de Londres a la perfección. Lo que más me impresiona del teatro siempre - aparte de la memoria de los actores - es la imaginación de los que montan el escenario. Hacen que todos los cambios de escena y todos los múltiples usos parezcan lo más sencillo y evidente del mundo.
Y en este caso los actores también estaban muy bien. Como decíamos de camino al teatro, Joan Crosas no se parece en nada a Johnny Depp ni Vicky Peña a Helena Bonham-Carter pero seguramente van más encaminados a la realidad, la dudosa realidad de Sweeney Todd. Estábamos en la tercera fila así que no sólo temíamos que algún chorro de sangre se nos viniera encima sino que veíamos bien de cerca las caras pálidas tanto de estos dos actores como del resto del reparto. Impresionante cuando, con la mirada fija, se plantaban al borde del escenario sobre las luces que venían desde abajo que les daban un toque de lo más tétrico.
Aquí hay una especie de presentación del musical de cuando estuvo en Madrid, pero yo dejo aquí el vídeo de cómo empieza. Seguro que deja ganas de más...
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