Mis padres ya se volvieron a Madrid hace días. De haber sido puntual, habrían disfrutado de Héctor dos semanas más de lo que lo disfrutaron, pero Héctor dejó claro que no tenía ninguna prisa por nacer por mucho que sus abuelos hubieran venido desde Madrid a conocerlo y dejó claro también que aquello de andar y andar para que los niños nazcan no siempre se cumple.
Pese al calor, mis padres y yo siempre salíamos a andar y casi siempre acabábamos en una terracita cuyo nombre obviamos en favor de "oasis" ya que parecía tener un microclima particular incluso en los días más calurosos. Al cabo de poco tiempo, nos sentábamos y ya sólo hacía falta decir un "lo de siempre" para obtener nuestras bebidas bien fresquitas. Daba gusto así.
Algo también invariable en nuestros días era volver a casa con ansias de mirar el buzón a ver si terminaban de llegar todos los libros que tenía pedidos. Otra vez volvieron a tardar bastante y, como les decía a mis padres y a Manuel, entre el niño que no llegaba y los libros que no llegaban aquello parecía una prueba de resistencia de mi paciencia, que nunca fue gran cosa, pero en ambos casos no tenía más remedio que apechugar y esperar un poco más. La moraleja es que al final todo llegó, claro.
A Héctor ya lo he presentado en sociedad aquí, pero no así con sus libros compañeros de espera.
La excepción a los libros en el buzón sería London Under, de Peter Ackroyd. La historia es curiosa, ya que uno de los regalos de cumpleaños de la única lectora (que me los trajo por adelantado y yo aún le debo los de su cumpleaños con mucho, mucho retraso) era repetido y hubo que cambiarlo. Pululando por la sección de libros en inglés de la Fnac, desganada y, como siempre últimamente (aunque ya la visito poco), preguntándome cómo antes me podía resultar tan fácil encontrar libros allí y si serán mis gustos o su selección los que han menguado, me topé por pura casualidad con este que ya no pude devolver a la estantería. La única lectora parecía un poco confusa con la elección, pero yo estaba y estoy encantada. Lo reservo, eso sí, para cuando algún día volvamos a Londres (el año que viene con los Juegos Olímpicos no sé si podrá ser).
Y el otro libro sí que vino por correo: Imagined London, de Anna Quindlen. Recomendado por Óscar y con una pinta tan excepcional que aunque mi idea es también reservarlo para un futuro viaje a Londres, me pregunto si realmene seré capaz de esperar.
Lo que más gracia me hace de esta foto de estos dos libros, eso sí, es que es prácticamente idéntica a una de Samedimanche. Ah, la anglofilia...
La segunda tanda de libros también es muy anglófila y no muy variada: una bibliografía improvisada (en septiembre saca nuevo libro) de Deborah Devonshire (la última hermana Mitford con vida). Counting My Chickens llegó el primero y al ser también el primero en orden de lectura me puse con él y es el libro del que tengo pendiente hablar. Se trata de una colección de artículos escritos por ella, igual que Home to Roost. Wait for Me! en cambio son sus memorias y estoy deseando ponerme con ellas también.
Si ahora consiguera retomar un ritmo algo mejor de lectura ya sería estupendo. Pero bueno, no me quejo, que ya aprendí que todo llega.
jueves, 4 de agosto de 2011
Adquisiciones recientes (niño recién nacido aparte)
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martes, 2 de agosto de 2011
Creatividad
Una hace planes abstractos del tipo "de hoy no pasa que no escriba en el blog" y muchas horas después (no necesariamente largas), metiéndose en la cama sigilosamente más dormida que despierta, medio cae en la cuenta de que ha pasado otro día sin siquiera poder hacer un intento.
Así que las entradas se escriben y, por lo de la falta de sueño (que en realidad, debo reconocerlo en deferencia a Héctor, no es demasiada técnicamente, pero sí un poco para lo que soy yo*), se borran en mi cabeza. En general, eso sí, suelen ser pequeños párrafos o incluso sólo una frase, probablemente, según la hora a la que esté tecleando mi cerebro, incluso mal construida.
Mientras escribo esto - más largo que nada escrito en mi cabeza en los últimos días - Héctor duerme plácidamente sobre nuestra cama, que es su sitio preferido para dormir. Su minicuna, con todo lo mona que es, le hace menos gracia. Eso hablando de sitios para dormir ideados para eso, porque en realidad su sitio preferido para dormir son mis brazos, más aun si paseamos por el pasillo de casa (pequeñito, o sea que para cuando hemos dado tres paseos de un extremo a otro la que se cae de sueño soy yo). Eso ha dado pie a que hoy, volviendo de la calle con todo el calorazo y con un niño que berreaba porque según parecía no aguantaba un segundo más sin comer, le haya tenido que sacar del cochecito y, pilotando con una sola mano, recorrer los últimos metros con él en brazos, momento que ha aprovechado una señora desconocida para echarme la bronca por "acostumbrarle mal". De no haber sido por estar pendiente de tantas otras cosas y porque, reconozcámoslo, el sueño siempre reinante hace que las cosas se vean con cierta distancia no siempre perjudicial, creo que me habría girado y le habría dado un mandoble o, como mínimo, le habría dicho que no se preocupara, que si se malacostumbraba la única que pagaría el pato sería yo, y no ella. En realidad la he ignorado y eso que la mujer una vez que ha cogido el tema ya no lo soltaba.
Porque esa es otra: en mi cabeza, cuando no escribo entradas de blog que nunca llegan al blog, escribo un libro llamado "manual del peatón incívico". Si pensaba que la gente que no deja sentarse a las embarazadas en el transporte público era de lo peorcito, compruebo ahora que no están solos. Es una larga y creciente lista, pero con ellos estarían: la gente que, yendo por una acera estrecha, ven venir un cochecito y se niegan a desviar su rumbo un solo milímetro; el mismo tipo de gente pero con un cochecito, lo cual indica que no hay solidaridad entre clases; la gente a la que cedes el paso y no sólo no te dan las gracias sino que encima pasan como si tuvieran todo el derecho del mundo (que lo tienen, pero yo también); la gente que te ve luchando para abrir una puerta que pesa un par de toneladas y, en lugar de acercarse a ayudarte, sólo se queda allí mirando, intrigada por si conseguirás abrirla o no; la gente que hace eso mismo con el añadido de que estás entrando en su establecimiento y no hay un alma dentro y tú eres una clienta en potencia y sin embargo no se inmuta (y que si no fuera por el esfuerzo ingente de abrir la puerta, darías media vuelta y te irías sin más). Y un largo etcétera. Creo que en la bolsa del cochecito voy a empezar a llevar una especie de cuaderno de campo para anotar las características de toda esta fauna y revolucionar un día el campo de la antropología (o la ciencia que corresponda).
Y entre indignaciones varias, calores, falta de sueño, poca lectura (aunque tengo pendiente hablar de un libro y de los libros que esperaba y que ya recibí: ambas son entradas de las escritas en mi cabeza pero con un poco de suerte serán las próximas que escriba de verdad), Héctor está cada día más espabilado, cada vez nos hace reír más con las caras que pone y las cosas que hace (cambios de pañal con "surtidor" incluido, ¿cómo vive la gente sin ellos?) y, como puede verse en la foto de más arriba, sigue inspirando la creatividad ajena. Si la única lectora le trajo un estupendo cuento propio antes de nacer, una de mis primas le trajo este otro cuento tan mono hecho por ella misma cuando hace nos días estuvieron aquí. Desde entonces el cuento está al pie de la minicuna (aunque el niño no pase todo el tiempo que debería en ella), esperando a que se decida a leerlo.
* Y que depende mucho de si he visto pasar la aguja del reloj por las cuatro de la mañana. Creía que era una manía absurda mía pero resulta que a Manuel le pasa lo mismo con las cinco de la mañana. Es difícil de explicar, pero por alguna razón estar despierto a esa hora es más desesperante que estar despierto a cualquier otra. Manías.
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martes, 26 de julio de 2011
Héctor
No puedo comenzar esta entrada sin dar las gracias a la única lectora por ejercer de corresponsal súper eficiente y sin dar las gracias a todos los que nos felicitásteis y dísteis la bienvenida a Héctor en la entrada anterior. Aunque no tuve tiempo de contestarlos, sí que fui leyendo los comentarios poco a poco a medida que se iban publicando, siempre haciéndome muchísima ilusión.
Por fin consigo sentarme a escribir esta entrada que tenía pendiente. Héctor ya es un hombre hecho y derecho de semana y pico y yo aún no lo he presentado en el blog. La falta de presentación se debe en parte a él mismo ya que, aunque no nos podemos quejar demasiado y se lo perdonamos todo por lo mono que es, lo de quedarse dormido aún no se le da del todo bien, así que nos pasamos los días tratando de que coja el sueño y de paso seguro que rompiendo unas cuantas reglas de todos los manuales del buen dormir y similares. Pero cuando se ven pasar las horas de reojo en el reloj del despertador eso es lo de menos. De todos modos, es un poco considerado y no nos obsequia con noches sin dormir todos los días, sólo algunas, por ejemplo y sin ir más lejos esta pasada noche ha sido un niño modelo.
Para compensar y para mantener sus casi cuatro kilillos, eso sí, come de maravilla. Será que los dulces de cierta pastelería con que mi padre nos sorprende día sí y día también le gustan tanto como al resto. Porque sí, pese a todo, aquí parece que todos nos hemos apuntado a la dieta de Héctor: la de engordar más que perder peso. No sólo iba a ser "imitarle" en lo de las pocas horas de sueño.
Y por lo demás nos pasamos los días entre pañales, entre paseos con el cochecito, entre quedarnos mirando las caras graciosas que pone y otras pequeñas cosas que resultan de lo más novedosas y entretenidas.
En cuanto vayamos consiguiendo poner algo de orden en nuestras vidas iré intentando volver a escribir con cierta regularidad y, sobre todo, a comentar en vuestros blogs. Lo que también debo decir es que la foto de Héctor que acompaña esta entrada será la única foto - al menos de cara - que ponga suya en el blog. Pero desde luego esta no será ni de lejos la última vez que aparezca él, de una u otra forma, por estos lares.
Gracias de nuevo a todos.
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sábado, 16 de julio de 2011
Plan para el fin de semana
Entrada programada.
Dejo esta entrada programada a las ocho de la mañana, hora a la que, salvo aparición estelar de Mr X a última hora, estaré ingresando en el hospital para que, por mucho que él no quiera, nazca de una vez. En algún momento del fin de semana, esperemos que la cosa no se prolongue hasta el lunes, Mr X nacerá por fin y en cuanto pueda la única lectora dejará un comentario en esta entrada informando del evento, me pregunto si le dará un tono tipo revista Hola.
Y, de nuevo si no hay aparición estelar de Mr X a última hora, el retraso nos habrá permitido ir ayer al cine (extraño esto de hablar del futuro en pasado) a ver la última entrega de Harry Potter, cosa que yo siempre daba por descartada, pero que Mr X ha sido tan cortés de permitirme. Igual si la ciencia médica no llega a intervenir por él hasta puedo ir al concierto de Bon Jovi el día 27 de julio (lo siento por perdérmelo, pero llegar hasta esa fecha hubiera sido atroz).
En fin, me despido ya hasta que estemos de vuelta, instalados y acomodados de nuevo en casa.
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jueves, 14 de julio de 2011
Cheerful Weather for the Wedding (Precioso día para la boda), de Julia Strachey
Sin novedades, así que sigo con los libros.
Tenía ganas de leer Cheerful Weather for the Wedding (Precioso día para la boda), de Julia Strachey desde antes incluso de comprarlo en la propia tienda de Persephone el año pasado, pero creo que lo que finalmente me dio el empujón final, como en tantos casos, fue enterarme de que se estaba rodando la película que se estrenará este año (creo). Creo que es el mismo empujón que recibieron quienes se animaron a publicarla recientemente en español como Precioso día para la boda.
Es un libro de esos que, si se quiere, se pueden leer de una sentada. A mí me ha llevado días, pero reconozco que es de lectura rápida. Si me ha llevado días ha sido por las circunstancias y por el hecho de que, no sé, me esperaba otra cosa. Y cuando esperas que un libro sea "otra cosa" siempre te queda al final la duda de si es que no te ha entusiasmado por las falsas expectativas o no te ha entusiasmado simplemente porque, con expectativas o sin ellas, no te hubiera dicho gran cosa de todos modos.
Parte de las falsas expectativas venía de las muchas y muy buenas críticas que había ido leyendo pero también del hecho de que los editores originales del libro fueran nada más y nada menos que Leonard y Virginia Woolf a través de su editorial The Hogarth Press allá por 1932. A Virginia Woolf sí que le entusiasmó el libro y yo creo que va siendo hora de que yo comience a aceptar que, por mucho que a mí me guste Virginia Woolf, por mucho que me gusten su estilo, su forma de ver y contar el mundo, nuestros gustos literarios no siempre coinciden.
Tampoco es que el libro no me haya gustado, simplemente no me ha dicho gran cosa, quizá también es todo atribuible no sólo a las falsas expectativas sino a las circunstancias en que lo he leído, pero me ha parecido un libro simplón de esos que quieren implicar muchas cosas y utilizar mucho simbolismo y demás pero que, en realidad, lo que cuentan y tal como lo cuentan me deja bastante fría.
Aun así tampoco es que me arrepienta de haberlo leído, de haber sido así lo hubiera dejado a medias, que yo para esas cosas no tengo reparos. Simplemente me ha decepcionado. A pesar de todo estoy segura de que veré la película, aunque sólo sea por ver cómo se las han ingeniado para hacerla, porque es como intentar adaptar La señora Dalloway: sí, sale una película que cuenta lo básico del libro pero no, en realidad no cuenta el libro.
¿Lo mejor de todo? El fantástico cuadro de Harold Knight que ilustra la portada de mi edición Persephone Classics.
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miércoles, 13 de julio de 2011
Miss Buncle's Book, de DE Stevenson
Seguimos sin novedades, así que yo continúo con las entradas pendientes.
Hay libros que, a veces, no se merecen los lectores que les tocan: eso es lo que le ha pasado a Miss Buncle's Book conmigo. Pese a que me estaba gustando mucho, lo leí muy, muy lentamente, con excepción de las páginas finales donde casi, casi recuperé un ritmo normal. Es un poco extraño eso de mirar el buzón con ansias de recibir libros todos los días y, paradójicamente, estar medio estancada con la lectura que se tiene entre manos.
Y, como ya dije, la culpa no es en absoluto del libro, que es una lectura de lo más veraniega: ligerita, alegre, de esas que te dejan con una sonrisa y te hacen sumergirte en un mundo muy real. Como South Riding (y como la lectura que estoy a punto de acabar estos días: me he anclado en el tiempo en todos los sentidos) sucede en la mitad de la década de los años 30 y está muy presente en la historia que se desarrolla. En este caso la señorita Buncle, que vive en un típico pueblo inglés (al estilo de Cranford y demás), se encuentra que los dividendos que le han permitido vivir modestamente han menguado y ya no dan tanto de sí, así que se tiene que tomar una decisión acerca de cómo subsistir: criando gallinas, cosa a la que su criada de toda la vida se opone, o escribiendo una novela. Gana la segunda opción y la señorita Buncle, que siempre insiste en la poca imaginación que tiene, escribe nada menos que una novela que publica bajo pseudónimo en la que plasma su forma de ver su pequeño - pero divertidísimo - mundo. Los habitantes del pueblo tardan poco en reconocerse y se produce esa contradicción por la cual compran el libro en masa a la vez que quieren linchar a su misterioso autor.
Lo mejor de todo es que, con imaginación o sin ella, el libro de la señorita Buncle consigue cosas hasta entonces impensables.
Lo mejor, claro, como en todos estos libros, son los personajes. Siempre me pregunto si este tipo de pueblo tan típicamente inglés y que aparece en tantas novelas existió/existe realmente o si siempre fue una especie de versión idealizada de pueblos más al uso. Los ingleses siempre han tenido su fama de excéntricos, o sea que tampoco sería tan sorprendente encontrarse con este tipo de pueblos en los que tampoco consigo decidir si me gustaría vivir o no. Visitar, como en este libro, doy por hecho que sí.
Lo que también doy por hecho que haré será la segunda parte recién publicada por Persephone: Miss Buncle Married. No sé si la leeré más o menos rápido que esta primera entrega, pero espero que lo de continuar con la historia le haga ver al libro que no era culpa suya.
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domingo, 10 de julio de 2011
Cambio de década
Seguimos igual. Ni la lista de cosas pendientes animó a Mr X a nacer. Pienso ahora que quizá el pobre es muy cortés y se le ha ocurrido dejarnos tiempo para resolverlo todo. Mal asunto, porque resulta que una de las ideas que yo tenía para decorar su habitación se ha ido momentáneamente al traste ya que los marcos que compré han resultado ser un poco más pequeños de lo que yo necesitaba, de modo que ahora hay que hacerse con unos nuevos.
Con esa excepción me dispongo a ir tachando cosas de la lista y empiezo por comentar mi cumpleaños. Nos comimos el delicioso brazo de crema con sus deliciosas velas de chocolate que hacían que el "shock" numérico fuera menor. Qué rico estaba todo.
Y por supuesto no todo fue comer, sino que también me dediqué a abrir regalitos. Mis padres me dieron los suyos nada más levantarme; Manuel me tuvo en vilo hasta un poco antes de comer.
Mis padres me regalaron una tetera-taza monísima y que faltaba en mi colección de teteras, la Poesía completa de Borges (creo que en este blog he hablado poco de lo mucho, mucho, mucho que me gusta la poesía de Borges) y un reloj de plástico de los que se llevan ahora que, por suerte, habían añadido a última hora y que había venido con una revista. Digo por suerte porque desde que llegaron y en nuestros muchos y largos paseos cada vez que pasábamos por una tienda que vendía relojes de plástico yo aprovechaba para ponerlos verdes (en parte porque yo sólo puedo llevar relojes metálicos: los de plástico y los de piel me dan alergia). Al final la cosa no les salió mal: a las cosas amarillas se les perdona prácticamente todo y me ha venido muy bien para la mesilla.
Manuel me regaló una Blackberry a la que me he vuelto adicta (Manuel cada vez que me ve con ella siempre dice que ha creado un monstruo), una webcam que aún no hemos probado (para que la familia vea a Mr X cuando algún año de estos decida que es hora de ver mundo) y un póster de Londres en 3D (en la foto no se aprecia, pero el autobús rojo parece que se sale de la foto al natural: muy chulo) para el que también necesito un marco.
Los dos libros adicionales están ahí porque llegaron el día de mi cumpleaños así que aunque fueron autorregalos no me pude resistir a ponerlos en la foto. El nuevo de Virginia Nicholson: Millions Like Us, con buenísima pinta y la parte de la decoración de la habitación de Mr X que necesita marcos ligeramente más grandes: postales con portadas clásicas de libros Puffin. Ya tengo seleccionadas las que quiero poner y todo, una pena lo de los marcos.
Me doy cuenta de que antes de estos dos llegaron un par de libros más que nunca puse aquí, pero como estoy a la espera de otros tres (que también tardan: ¿por qué ese empeño cósmico en comprobar cuánto aguanta mi paciencia para esperar cosas?), cuando esos lleguen ya los mostraré aquí todos. Espero que esto de la tardanza no sea una mala señal acerca de la compra de The Book Depository por parte de Amazon (a mí me ha gustado mucho Amazon, pero ahora me decantaba más por The Book Depository, espero que la compra no lleve a la vuelta a los gastos de envío y/o precios más altos).
Ahora tengo curiosidad por ver qué llegará antes: los libros que faltan o Mr X. Claro que los libros llevan menos retraso acumulado que Mr X...
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Cristina
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