miércoles, 19 de agosto de 2009

Calor

Esta mañana, cuando hemos decidido que vendríamos un rato por casa, he pensado que empezaría con la crónica parisina. Ahora, después de una caminata bajo el sol a la peor hora posible, un poco de tren y un calor que se regenera y en vez de ir a menos parece que va a más cuando te sientas, cambio de decisión y lo aplazo, más que nada porque con este calor no soy capaz de hilar nada ni de empezar nada ni de escoger ninguna foto. El calor me aniquila las (escasas) ideas.

A mediados de la semana que viene abandonaremos las peregrinaciones a horas intempestivas y volveremos a estar instalados en casa y, como las temperaturas se mantengan, sabremos de primera mano lo que es vivir en un horno, pero al menos - a diferencia de hoy - tendré más de un par de horas para tratar de poner en orden lo que quiero contar de París.

Así que con vuestro permiso desaparezco hasta que volvamos a casa. En estos días, si logramos no derretirnos - y no es una tarea fácil - leeré mucho, seguiré haciendo el Quiz (pasatiempos) vacacional, veré si los niveles de paciencia y el sudor de los dedos permiten algún rato de maqueta de Casa Amatller y, esto sin ninguna duda, nos dedicaremos a nuestra nueva afición: el Rummy (el juego de mesa que se ve en la foto). Un regalo de mis padres a Manuel por su cumpleaños que desde que hemos vuelto de París casi no ha descansado y, en ocasiones, ha ido acompañado por un delicioso vasito de Coca Cola de vainilla. Debo decir, eso sí, que desde el estreno, mis victorias han ido yendo a menos hasta llegar a un vergonzoso (¿lo diré?) 6-0 esta misma mañana. Si ya lo decía yo: el calor, que me aniquila las ideas.

¡Hasta la semana que viene!

lunes, 17 de agosto de 2009

De vuelta de París

Ayer por la noche dejamos un París que creíamos que parecía un horno para llegar a Barcelona y comprobar que más calor era posible (por no hablar del mosquito tigre que me picó nada más llegar). Para el calor de hoy - 38º C con humedad - ya ni siquiera hay palabras, sólo mi más sincero pésame a los turistas que anden por estas tierras. La vida del turista es muy dura, lo hemos comprobado en nuestras propias carnes estos días. Yo, aparte de otros souvenirs, me he traído una hermosa ampolla en el pie que da fe de nuestras caminatas de acá para allá. Lo de callejear para ver la ciudad, la gente y el ambientillo es lo que tiene.

Con nosotros venía una maleta que a la ida pesaba ocho kilos de nada y ayer había ganado nada menos que siete kilos, y no precisamente a base de comer croissants.

Había trece ejemplares de nuestros "souvenirs" preferidos, es decir, trece libritos. Todos, salvo cuatro, comprados en la mítica, famosa, impresionante y adorable Shakespeare & Company de la que ya hablaré largo y tendido cuando llegue el momento. Me cuesta morderme la lengua eso sí. Los libros de allí son:

- Minnie's Room, de Mollie Panter-Downes. De Persephone y, además, uno de los que más me apetecía tener suyos. También me apetecía el anterior de esta autora, ya que, si este son relatos breves de después de la Segunda Guerra Mundial en Inglaterra, el anterior son relatos breves durante la guerra. Pero ese, a pesar de tener bastantes y muy tentadores libros de Persephone, no lo tenían. Tuve que hacer un esfuerzo grande para conformarme con este.

- Flowers for Mrs Harris, de Paul Gallico, en una edición preciosa. Quería este libro desde mucho antes de ir a París y me hubiera gustado leerlo antes de ir, porque trata de una mujer que viaja allí. Pero no pudo ser y también tiene su gracia que lo haya comprado in situ.

- Early Victorian Novelists, de David Cecil. Habla un poco de las Brontë, es un Penguin de los clásicos y era muy barato, ¿qué más se le puede pedir a un libro?

- Unquiet Soul, de Margot Peters. Biografía de Charlotte Brontë retro que nunca nos quedó claro cuando la pagamos - porque a diferencia de la mayoría no tenía el precio a lápiz - si el chico nos digo "three" o "free". Yo fui la que entendió "three", pero me gusta más pensar que el chiste que hago siempre cuando las cosas no tienen el precio - digo que son gratis - se hizo realidad en Shakespeare & Company.

- Civil to Strangers, de Barbara Pym. No lo podía dejar ahí y menos por los cuatro euritos que costaba.

- 84 Charing Cross Road, de Helene Hanff, en la edición del 30 aniversario de Virago. Obviamente ya lo tenía en otra edición pero desde que LittleEmily me descubrió que esta incluía la "continuación", The Duchess of Bloomsbury, me tentaba mucho. Y aquí estaba a un precio bastante razonable (expresión, por otra parte, odiada por Helen Hanff).

- Testament of Friendship, de Vera Britain. Al estilo de su Testament of Youth, sobre su amiga y escritora Winifred Holtby.

- Glad of These Times, de Helen Dunmore. Su más reciente libro de poesía, poesía de la que me gusta. Lo tenía fichado desde que salió pero por unas cosas y otras siempre lo iba dejando... hasta que Manuel apareció con él en la mano en nuestra primera (hubo dos) incursión en Shakespeare & Company.

- Emily Brontë, de Muriel Spark y Derek Stanford. Ya lo teníamos en versión fotocopiada (!) pero este tenía un precio razonable, una anotación de su primer dueño que decía que estaba comrpado en Haworth y un recorte de un periódico francés de 1972 con un artículo extenso sobre las Brontë. ¡Impensable dejarlo de nuevo allí!

Y aunque cueste creerlo hubo muchos libros que miramos con ojos de cordero degollado y devolvimos a las apretadas baldas de Shakespeare & Company.

Dos de los libros los compré en el WH Smith de la Plaza de la Concordia:

- So I Have Thought of You, cartas de Penelope Fitzgerald. Lo quería desde que salió en tapas duras y ahora que estaba en tapas blandas no lo podía dejar. Una pena, porque lo compré antes de pasar por Shakespeare and Company y, de haberlo comprado allí, me habría ahorrado tres euros. Porque WH Smith estaba muy bien, pero, esto es innegable, se pasa un poco con los precios. (Me hubiera encantado comprar la nueva biografía de Muriel Spark, que no estaba en Shakespeare & Company, pero es que el precio era desorbitado).

- The Forgotten Garden, de Kate Morton. Mencionado por Miss Froy y con secretos de familia y a precio asequible.

Y los dos franceses, de Fred Vargas, comprados en Galerías Lafayette, que debe de ser como comprar aquí libros en El Corte Inglés, pero qué le vamos a hacer:

- Debout les morts, recomendación de la única lectora

- Y L'homme aux cercles bleus, recomendación de Samedimanche.

Y ya hablaré también de los souvenirs - y no tan souvenirs, porque comimos in situ - culinarios parisinos, pero este no he podido reservarlo para más adelante. Un día, cuando entramos en uno de los siempre escasos supermercados parisinos, Manuel apareció con una botella así, como la de la foto. ¡Coca Cola de vanilla! La descubrimos hace siglos en Inglaterra, desapareció, creíamos que la encontraríamos - lo ponía en la wikipedia - en Nueva York, pero no fue así y el otro día, por sorpresa, apareció en París. Y compramos tres botellas de 1,25 litros que no bebimos allí para poder disfrutarlas con calma y bien fresquitas. Esta mañana hemos descorchado abierto la primera y hemos paladeado sendos vasos. ¡¿Por qué no tiene éxito esta delicia?! Es que es una maravilla.

Tengo, por supuesto, mcuhas entradas y muchas fotos que dedicar a París, pero como aún seguiremos unos días más en la casita de verano, creo que lo dejaré hasta que volvamos a estar instalados en casa, con vuestro permiso.

martes, 11 de agosto de 2009

Au revoir!

Antes de nada: hoy es el cumpleaños de Manuel. Así que ha tocado tarta y reparto de regalos.

Y también toca hacer la maleta, porque la foto de aquí al lado lo dice todo: mañana nos vamos unos días a París.

En la foto se ven las lecturas que, aparte de Fred Vargas para consolidar apuntalar el idioma, he estado ojeando estos días.

El té de París aún no me he decidido a probarlo. He pensado que me lo reservo para la vuelta, para ver si sabe a París. O a baguette. Soy una fan de las baguettes y cuando tenía dolor de muelas y parecía que el dolor no tenía fin y yo ni siquiera tenía hambre, no me hacía a la idea de ir a París y no poder probar una baguette in situ por culpa de una muela. Ahora creo que podré, aunque supongo que el sabor será idéntico a cualquier otra mínimamente rica.

Nuestros planes parisinos dan ya por hecho que se nos van a quedar muchísimas cosas en el tintero, pero lo importante es que lo que veamos lo veamos bien, nos guste, lo disfrutemos y que también podamos ver un poco del día a día en la ciudad de la luz, que la vida del turista medio es igual en todas partes. A la vuelta, como ya es tradición, fotos y más fotos.

En fin, que no cabe otra forma de decirlo: au revoir!

lunes, 10 de agosto de 2009

Ceux qui vont mourir te saluent (Los que van a morir te saludan), de Fred Vargas

Qué esclavas son las novelas policiacas o, en inglés, con un nombre mucho más divertido, los "whodunits". Aunque lea pocas no es un género que me disguste y, si pudiera, por ejemplo, leería muchas más novelas de Agatha Christie. Pero aparte de que al final les doy prioridad a otros libros creo que una de las cosas que me puede es que, por mucho que me guste leer, eso de sentirme tan atada a un libro, tan atada que cada vez que tienes dos segundos libres sientes la necesidad de cogerlo y leer un par de palabras, me resultaría muy agobiante a la larga. Una vez de vez en cuando es suficiente, luego necesito leer otros libros que enganchen no necesariamente menos, pero sí de una forma un poco menos intensa.

Así que en los últimos días apenas he soltado Ceux qui vont mourir te saluent (Los que van a morir te saludan), de Fred Vargas, regalo de cumpleaños de la única lectora que, como siempre, da en el clavo y que además tiene el añadido, como ella misma dijo, de estar en francés. Y eso, a pocos días de París, es excelente para tratar de quitar un poco de óxido a mi francés.

Y qué gran descubrimiento. Ya he pedido a la única lectora más títulos "que me puedan gustar" de Fred Vargas, que aunque no lo parezca es una escritora.

La historia es enrevesada de contar, como casi siempre pasa con las novelas policiacas. Diré, simplemente, que una novela con un divertidísimo triumvirato moderno de emperadores (Nerón, Claudio y Tiberio) y un clásico detective gruñón, situada en Roma, con secretos de familia y tráfico de obras de arte no puede defraudar de entrada y no defrauda en absoluto al, por fin, llegar a la última página.

Fred Vargas se suma a mi escaso número de escritores franceses. Por su escasez, las bienvenidas siempre son una fiesta por todo lo alto.

domingo, 9 de agosto de 2009

Luna de cosecha

El dolor de muelas o, mejor dicho, la ya ausencia de ~ pero pánico a ~, va ya permitiendo una vida más normal. Hemos retomado las noches "al fresco" acompañados, entre otros bichos menos agradables, de los caracoles. Y noche tras noche descubrimos que son los animales más simples del mundo. No es que esto nos pille por sorpresa de por sí, más bien lo que no deja de sorprendernos y hacernos reír es lo ilimitado de la simpleza (o puede que sea una de esas situaciones en que la simpleza se confunde con no conocer los motivos reales para actuar así, pero suena demasiado sofisticado para un caracol). Primero vino el suicidio colectivo del que ya hablé y que salvo por hechos aislados no ha vuelto a repetirse. Luego vino el caracol "explorador del desierto", esto es, un caracol que tiene a un lado cemento y al otro lado vegetación abundante y opta por el cemento y además sube las pequeñas cuestas que le salen al paso por partida doble. Mis intentos de darle hojitas para reponer fuerzas los pasó por alto literalmente. Cuando nos fuimos, para bien o para mal,lo depositamos entre lo verde.

Al día siguiente teníamos a otro caracol subiendo por una columna de piedra sin una pizca de vegetación y a otro dando una vuelta tras otra por el pitorrito de la regadera, sin saber cómo bajar. Cuando por fin encontró el camino de vuelta (y yo le aplaudí), al poco de ir por él, se volvió para atrás a dar más vueltas infructuosas por el pitorro.

Misterios de la naturaleza.

Y por último llego a esta foto de ayer que nada tiene que ver con los caracoles y que no es gran cosa debido a que la relación de mi cámara de fotos con las fotos nocturnas en general y de la luna en particular nunca ha sido para tirar cohetes. Pero ayer tenía que intentarlo porque el espectáculo se lo merecía. De las fases lunares sé tanto como de botánica y con una conexión que permite pocos vuelos no puedo comprobar lo que voy a afirmar a continuación: ayer había luna llena. Si no era llena se le parecía mucho y para el caso es lo mismo. El caso es que era una luna roja como sólo había visto antes una vez y cuyo nombre sólo conocía en inglés "harvest moon" y que en español resulta ser idéntico: luna de cosecha. Eso sí, parece ser que esta luna es la última llena antes de la entrada del otoño así que puede que la de ayer sólo fuera el ensayo general pero, con derecho al nombre o no, y para mí lo tenía porque me encanta, era una delicia de ver. Una luna enorme, cercana, y roja como un tomate.

PD. Comentarios y visitas a blogs pendientes espero que mañana...

jueves, 6 de agosto de 2009

Una foto



Como ya dije una vez hay fotos que se merecen el tamaño poster*. Eso sí, desconozco de qué flor se trata, como casi siempre.

* Gracias a Elvira por enseñarme cómo subirlo directamente a Blogger.

martes, 4 de agosto de 2009

Dolor de muelas

A series of toothaches prolonged and severe, bothering me both day and night have kept me very stupid of late and prevented me from writing to you--More than once I have sat down and opened my desk but have not been able to get up to par. to-day--after a night of fierce pain I am better--much better and I take advantage of the interval of ease to discharge my debt. . .
Holding down my head does not suit this toothache.

Una serie de dolores de muelas, prolongados y severos, con molestias tanto de día como de noche, me han dejado muy estúpida últimamente y me han impedido escribirte. En más de una ocasión me he sentado y he abierto mi escritorio pero no he conseguido sobreponerme. Hoy, después de una noche de dolor salvaje me siento mejor, mucho mejor, y aprovecho el intervalo de tranquilidad para saldar mi deuda. . .
[Al terminar la carta] Agachar la cabeza no me va bien para el dolor de muelas. (Traducción cutre y rápida mía)

Esto se lo escribía Charlotte Brontë a su amiga Ellen Nussey el 23 de julio de 1846. A finales de agosto volvían a hablar del tema, Charlotte escribiendo desde Manchester, donde habían operado a su padre de cataratas y sin mencionar que había empezado a escribir Jane Eyre en ese estado. Siempre me había admirado de eso, porque yo ya sabía lo horribles que son los dolores de muelas, y casi siempre que a alguien le dolían las muelas lo comentaba. Un toque de optimismo: igual de este dolor de muelas sale algo tan bueno como Jane Eyre.

Pero estos días he comprobado en mis propias carnes (lo suyo sería decir en mis propias encías) que definitivamente no todos somos Charlotte Brontë, y que aunque el dolor de muelas nos hace iguales (qué hippie), el resto es completamente diferente.

El viernes salíamos tan contentos del cine después de ver Up (qué buena, quería haberle dedicado una entrada, ahora ya se ha pasado el tiempo), yo con un botín de chucherías en el bolso, y de repente runrunrun algo empieza pasar en mi encía/muela que sólo iría a más durante un larguísimo fin de semana lleno de pastillas que no hacen gran cosa. Creo que nunca he esperado con tantas ganas que llegara el lunes para poder llamar al dentista.

Por suerte parece que las pastillas poco a poco empiezan a surtir efecto y yo, como ya hice con los insecticidas, los repelentes y las cremas para el picor, me vuelvo a declarar fan de la química.