Ya he hablado aquí de cómo soy extremadamente gafe con las cosas que me gustan hasta el punto de no haber sido la crisis, sino mis tristes superpoderes los que terminaron con Lehman Brothers.
Hay cosas de uso diario que no venden en nuestro supermercado más cercano, por lo que casi siempre que voy por ahí llevo una lista de lo que necesito, por si paso por cualquier sitio y me puedo ahorrar el viaje específico a por ellos a otro supermercado. Con estas no protesto demasiado, porque aunque resienta la excursión, al menos vuelvo con ellos (por supuesto no después de esta entrada, que estoy segura de que será muy gafe).
Otras cosas puedo buscarlas y buscarlas y poner la faz de la tierra manga por hombro y seguir sin encontrarlas. A veces me pasa con algo que he comprado en una tienda concreta, vuelvo y ha desaparecido por completo y a los dependientes parecen haberles reconfigurado la memoria porque cuando les preguntas por eso - unas gotas para los ojos de la marca X, por ejemplo - es como si nunca hubiesen oído hablar de esa marca, menos aun haberla vendido ellos mismos en ese mismo establecimiento hace sólo unas semanas. Y ese es un momento clave: o cambias y te dejas llevar o te plantas en tus trece y añades un recorrido más a tu lista, previa búsqueda y, con mucha suerte, localización de la tienda que sí que vende tu producto.
Otras veces son productos "heredados" de Madrid, que me cuesta admitir que sean aquí igual de difíciles o más de encontrar que en China. No diré la marca, pero hay un queso de barra que en Madrid daba por hecho y lo comía con gusto, pero ya está, era un queso y punto. Llegué a Barcelona y empecé a buscarlo: localicé dos grandes superficies que lo vendían y me dispuse a hacer el sacrificio de los viajes a por él: el queso normalito empezaba a adquirir cualidades divinas e inimitables (intenté probar otros pero no me gustaron). Lo compré un par de veces en ambos sitios. De repente en uno de ellos dejaron de tenerlo y la maleta, a la vuelta de los viajes a Madrid, comenzó a venir cargada con un kilo de queso envasado al vacío. Con el frigorífico lleno de queso pasé por la gran superficie que lo tenía y pregunté si ellos también lo envasaban al vacío: me dijeron que sí, menos en Navidad, que tienen más lío. Me lo creí a pesar de la larga experiencia, porque siempre pico. Cuando se me terminó el queso pasé por allí y resultó que desde más o menos el momento en que yo había preguntado si lo envasaban al vacío dejaron de recibirlo. Y ahora cuando paso ya nunca hay. Me quedan tres lonchas de la última partida de queso madrileña y las tengo como oro en paño. Tendré que volver a la mozzarella que en realidad no está mal y que tienen en nuestro supermercado de siempre, y cuya principal pega es, en realidad, no ser el queso madrileño (que por cierto es gallego).
A primeros de mes, cuando estuvimos en Madrid, mi madre me vendió con éxito las bondades de una crema de unos laboratorios bien conocidos (de nuevo no digo marcas no por no hacer publicidad sino, en serio, por no hundirlas). Volví tan feliz pensando en comprarla aquí. A las pocas horas había visitado las droguerías y supermercados cercanos sin éxito. Tenían todas las demas cremas de esa marca pero esa, justamente esa que era la que yo quería, no.
Los días siguientes recorrí grandes superficies, grandes y pequeñas droguerías y me encontré la misma selección: todas, menos la mía. Llamé a la línea de atención al cliente y me dijeron que no lo entendían porque estaba a la venta y que no me podían facilitar el listado de tiendas que seguro la tendrían.
El lunes fui a otra gran superficie donde compro algunas de las cosas que no hay en otros sitios y miré donde las cremas: más de lo mismo. Cerca había una dependienta y un señor trajeado haciendo una especie de control/inventario y que yo recordaba haber dejado chafado en otra ocasión cuando buscaba bolsitas antipolillas sin olor y el pobre me informó muy compungido de que, efectivamente, ya no tenían ni con olor ni sin olor (el lunes, después de haberme pateado mil sitios, encontré que quizá me había hecho un poco de caso aquella vez porque tenían bolsitas antipolillas con olor a lavanda: tuve que comprarlas con olor, porque son lo más parecido que he encontrado a lo que busco), así que el otro día decidí no preguntar pero él me vio y le indicó a la dependienta que me atendiera: los dos buscaron un poco, ella en la estantería él en sus papeles y él me tuvo que informar, de nuevo compungido, de que justo esa no la tenían. Dudo que se acordara de mí, pero como siga así dentro de poco me van a prohibir la entrada en sus establecimientos, por pedir cosas raras.
Salí de allí dándome por vencida, resignándome a no encontrar ni buscar más la crema. Al poco rato me llamó Manuel, para que le dijera el nombre de la crema (soy tan plasta que mis obsesiones se contagian) porque iba a pasar por una de las pocas grandes superficies que yo no había visitado (aunque es hermana de otra que sí). Se lo di.
Esa misma tarde Manuel llegó a casa con la crema.
¿Soy gafe o no?
miércoles, 10 de junio de 2009
Gafe
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martes, 9 de junio de 2009
Keep calm and carry on
Con mi lectura actual tengo la Segunda Guerra Mundial más en mente de lo que debería (ya contaré alguna anécdota cuando hable del libro). Así que entre búsqueda y búsqueda descubro cosas nuevas y redescubro cosas antiguas.
El ahora famosísimo cartel de "Keep Calm and Carry On" (mantén la calma y sigue adelante) lo conozco desde hace bastante tiempo (y muchas librerías inglesas lo tienen puesto en algún sitio) y eso que a pesar de ser probablemente el cartel más conocido de la Segunda Guerra Mundial su fama es totalmente del siglo XXI.
Los servicios de propaganda británicos crearon muchos pósters durante la guerra (todos joyas - la mayoría anónimas - del diseño gráfico que ya nos gustaría ver hoy en día por ahí... con otro trasfondo, eso sí). Este era el último de una serie de tres pósters motivacionales. Los dos primeros sí que se colgaron en las calles y las tiendas desde el principio de la guerra en 1939 ("Your Courage, Your Cheerfulness, Your Resolution Will Bring Us Victory" (tu valor, tu ánimo, tu resolución nos darán la victoria) y "Freedom is in Peril" (la libertad está en peligro)). Parece ser que el tercero, este, era para usar en última instancia, en caso de invasión inminente. Se imprimieron un par de millones de copias pero sólo unas pocas, muy pocas, se colgaron en las calles y en general pasó desapercibido. No hubo invasión así que nadie se acordó más de él. Hasta que en el año 2000, una librería inglesa de segunda mano, encontró uno de los pósters originales en una caja de libros. Supieron comercializarlo y ahora está por todas partes, en todo tipo de objetos (camisetas, tazas, cuadernos... e incluso parodias) y más aun en estos tiempos donde, sobre todo en Inglaterra, muchos han encontrado el mensaje de lo más apropiado aunque no haya invasión nazi a la vista (o quizá sí, visto quiénes son el segundo partido británico ahora han sacado dos escaños en el parlamento europeo (gracias, Miss Froy)).
Así que hace unos días me di cuenta de que, aunque un poco más cutre, no hacía falta comprar uno en internet (lo hay en todos los colores, pero a mí me gusta el original), sino que la impresora y yo podíamos hacer un apaño. Además contábamos con la colaboración de un marco de clip (tampoco iba a poner uno muy historiado para algo que queda bastante apañado pero que, en el fondo, no es más que una impresión casera) y una escarpia solitaria en el pasillo. Por si hay integristas en la sala diré que en cualquier caso lo que hice es legal, porque el cartel ya no tiene derechos (que eran de la corona y caducan a los 50 años, así que este quedó sin derechos incluso antes de ser descubierto).
Y ya que estaba en una de las páginas web que vende reproducciones del poster (que tiene montones de carteles chulísimos), descubrí el cartelito de al lado (los posibles integristas creo que tienen que taparse los oídos ahora): "Tea revives you" (el té te revive), basado en un eslogan publicitario de los años treinta (aunque la tipografía y el diseño con esa fantástica A con actuales). Así que hice otra chapucilla apañada con la impresora, pero en este caso no hay escarpia libre, así que de momento le tocará esperar (y ya se sabe que la espera puede ir para largo*).
* En cualquier caso parece que mi cuerpo conoce el eslogan mejor que si lo llevara tatuado. Hace poco descubrí que las mañanas que no me da tiempo a desayunar mi té, luego me duele la cabeza. Nunca había sumado dos más dos y hasta la semana pasada no me di cuenta de que siempre iban asociados. Hice el experimento de llegar a casa con dolor de cabeza y en vez de Gelocatil tomar el té perdido y - voilà! - dolor de cabeza fulminado. Luego leí en internet que efectivamente eso es adicción pura y dura a la cafeína/teína y que cuando no la tomo me baja la presión sanguínea y se me acumula más sangre en la cabeza, que es lo que hace que duela. Soy adicta al té literalmente.
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lunes, 8 de junio de 2009
Noche de viernes: London Belongs to Me (1948)
Este viernes nos saltamos los sorteos para elegir qué ver y fuimos directamente a por London Belongs to Me (llamada en Estados Unidos Dulcimer Street), película británica de 1948 basada en el libro del mismo nombre de Norman Collins que leí hace poco.
El libro se publicó en 1945 con el fin de la guerra bien reciente, y la película no tardó mucho más. Así que aunque en los planos aéreos con que empieza la película y que son de las pocas cosas no rodadas en un estudio no se aprecia, uno se puede imaginar cuando los ve que todavía hay edificios en ruinas, solares vacíos, reconstrucciones en marcha, mucho trabajo que hacer y que el racionamiento sigue en vigor.
Y sin embargo la película no toca para nada el tema de la guerra. El libro sí, aunque ya comenté que concluye en 1940 y nos deja con la intriga de qué será de los personajes durante los cinco larguísimos años que aún les quedan.
Y es que la película es una adaptación un poco libre. De entrada ya entiendo que querer hacer una adaptación completita del libro es prácticamente imposible, con tantos personajes y tantos sucesos, así que me tuve que conformar con cosas como que el señor Puddy ni exista o que los Josser, que son casi los protagonistas del libro, aquí sean más bien secundarios.
El protagonista es Percy Boone y su... lo dejaré en circunstancia para no destripar el libro, con unos cuantos habitantes de su edificio por ahí con alguna que otra historia secundaria. Percy Boone interpretado por un jovencísimo Richard Attenborough, por cierto.
Con todos los cortes, supongo que sale una historia redonda donde, si no has leído el libro, no echas en falta nada. Pero si has leído el libro y pese a que la adaptación es buena porque corta sin piedad (hay adaptaciones que son un quiero y no puedo: no les cabe todo y sin embargo el guionista parece tenerle demasiado cariño a la historia original y corta lo mínimo y termina dejando historias a medias, escenas incomprensibles y saltos; por lo visto descubro ahora que el secreto del buen guionista es, durante el periodo de escritura del guión, volverse despiadado y cortar y recortar sin piedad), pues a pesar de todo echas de menos escenas memorables, aunque logran que te pases menos tiempo diciendo eso de "pues en el libro..." que a Manuel le da tanta rabia.
Tiempo después, en 1977, se hizo una miniserie (inencontrable por el momento) que no estoy segura siquiera de querer ver, a pesar de que supongo que será mucho más completa que la película. Pero tratándose de los años 70 y con las miniseries que llevamos vistas de esos años sé que será tan, tan fiel al libro que será un auténtico aburrimiento.
Cuando acabó la película le pregunté a Manuel qué le había parecido, a él que no ha leído el libro ni nada. Dijo que no había estado mal, pero que le parecía que la historia estaba contada con un poco de condescendencia hacia la "gente normal y corriente" de la que habla. Yo eso no lo noté en el libro ni tampoco en la película así que ahora me queda la gran duda de si el libro también le parecería condescendiente. Yo creo que no...
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domingo, 7 de junio de 2009
Cookies de colores
Puede que la semana que viene nos desdigamos pero también puede que ayer fuera el último sábado de repostería de la temporada. Ayer fue considerablemente más ligero que el último (aquella tarta nos duró hasta el jueves siguiente de hacerla: lo nunca visto) y también más fácil - ya avisé que no tendríamos season finale por todo lo alto - y, más importante aun, la cocina no se convirtió en un único horno gigante donde las cookies y nosotros estábamos en el mismo proceso de cocción.
Con el paso del tiempo la tolerancia de Manuel al chocolate con leche (¡no digamos ya el blanco!) cae en picado. Así que aunque la idea de las cookies de colores hechas a partir de Lacasitos no le desagradaba, el pequeño detalle de que el relleno de los Lacasitos sea de chocolate con leche no terminaba de convencerle. Pero en un momento de inspiración recordé que teníamos pepitas de chocolate negro que habían sobrado de otra receta y propuse hacer mitad y mitad. Y así hicimos (además haciendo la compra descubrimos que el problema también se podría haber solucionado con unos Lacasitos ¿nuevos? de chocolate negro).
Y, la verdad, creo que la de marzo fue la última inversión en las cookies de Betty Crocker porque a pesar de lo ricas que están (oye, única lectora, ¿has hecho ya las tuyas?) lo cierto es que hacerlas desde cero es prácticamente igual de elaborado que hacerlas con su preparado (o sea, facilísimo y con muy buenos resultados en ambos casos, si alguien quiere la receta de estas que me la pida).
Fue visto y no visto y eso que tuvimos que hacer varias tandas de galletas en el horno (salieron unas 30), pero como el tiempo de cocción era sólo de 7 minutos fue todo sobre ruedas y no hubo tiempo de convertir la cocina en un gran horno.
Y aunque lo suyo habría sido estrenarla con un pastel, que es la razón principial por la que hemos tardado tanto en dar con una lata grande a nuestro gusto, estrenamos la lata - aparte de con los libros que trajo desde Madrid - con ellas. Y desde luego las cookies y la caja parecían tal para cual, porque los lunares de la caja de repente parecían Lacasitos como los de las galletas. (En la foto de arriba están en un plato para que se enfriaran, pero en cuanto estuvieron frías fueron directas a la lata).Y al día siguiente - o sea, hoy - las galletas están como recién hechas y abrir la lata es como abrir un tesoro que huele de maravilla: antes de coger una galleta te quedas ahí parado, extasiado por el olor. Además - todo son cosas buenas - al estar menos al alcance de la mano la tentación de coger una cada vez que se pasa por delante es un poco menor. Y lo de hacer mitad y mitad fue un éxito: yo estoy encantada con las de Lacasitos (sí, el chocolate que menos me gusta es el negro) y Manuel con las suyas.
Nos han sabido a gloria esta mañana después de haber ido a votar y a comprar el periódico. Y ahora, en cuanto escriba esta entrada, después de tanto hablar de ellas, creo que haré una escapadita a la lata a coger una.
La película de plancha y aceitunas de hoy era It's a Wonderful World (En este mundo traidor, traducción opuesta donde las haya), con Claudette Colbert y James Stewart (que siete años después demostraría estar un poco encasillado en cuestión de títulos cuando rodó It's a Wonderful Life (¡Qué bello es vivir!)). Una poetisa y un detective privado, ¿hace falta decir más? Sólo con eso se crean unas expectativas altísimas. Y no decepciona.
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viernes, 5 de junio de 2009
Sellos literarios
En todo hay clases: ayer mis padres visitaron la Feria del Libro con fresquito mientras yo sudaba la gota gorda haciendo algo tan sencillo como cambiar la tinta de la impresora. Definitivamente ha llegado esa época del año en que cualquier ligero movimiento te pone al borde de la deshidratación. La enorme tormenta de esta mañana con el diluvio universal en dos minutos no parece haber refrescado el ambiente demasiado.
Por si el fresquito madrileño fuera poco, pasaron por la caseta de Galaxia Gutenberg e hicieron de nuevo la famosa pregunta: ¿cuándo sale el segundo volumen de las Obras completas de Carmen Martín Gaite? ¡Y les respondieron con algo que como mínimo tiene sentido! Según la persona que les atendió estará a la venta el martes que viene, 9 de junio. Esperemos que se cumpla la predicción.
Por otra parte de Madrid también me traje un par de estos sellos andorranos de Mercè Rodoreda que había conseguido mi padre. ¡No sabía ni que existían!
Empiezo a tener una incipiente colección de sellos literarios: a algunos Brontë en un cuadernito muy chulo, tengo que sumarles los del año pasado de Carmen Martín Gaite. Y ahora estos. Tres países de emisión diferentes.
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jueves, 4 de junio de 2009
Flaming June (Sol ardiente de junio)
¡Lo conseguimos! El domingo por la tarde pudimos acercarnos al Museo del Prado a ver la exposición que en teoría acababa ese mismo día pero que ahora está prorrogada hasta el 21 de junio: La bella durmiente. Pintura victoriana del Museo de Arte de Ponce. A nosotros nos daba un poco igual la prórroga, porque si el domingo se nos escapaba, se nos escapaba para siempre.
No tuvimos que hacer cola y entramos en horario gratuito lo que posiblemente explica que la sala en la que están las 17 obras expuestas estuviera llena (supongo que todo el mundo pensando que terminaba ese día).
Aparte de la reina de la sala, que es el cuadro de arriba pintado por Frederic Leighton a finales del siglo XIX y que nadie quiso comprar por 140 dólares en los años sesenta (según la wikipedia 140 dólares de esa década equivalen a 840 dólares de hoy; supongo que, para contrarrestar, en esa misma década más de uno pagaría una verdadera fortuna por un cuadro psicodélico que ahora nadie quiere ni ver), los otros tampoco tienen ningún desperdicio.
Me gustó especialmente este de aquí al lado: La señorita Gladis M. Holman Hunt (La escuela de la naturaleza) de William Holman Hunt (y prerrafaelita como él era no podía evitar pintar un cuadro de "la dama de Shalott"). Nos hizo gracia que un amigo del señor Holman Hunt retocase el cuadro al cabo de los años para cambiar la cara de la chica adolescente por la cara de la chica adulta, añadir el misterioso sombrero de paja y cambiarle el color al chal.
Pero si hay un pintor que retocó y retocó y retocó ese es el señor Burne-Jones con su enorme Sueño del Rey Arturo en Avalón en el que trabajó durante 17 años y en el que no dejó de trabajar porque por fin quedara satisfecho porque, como dice la inscripción que hay debajo del cuadro, estuvo retocándolo incluso el día antes de morir. Y sí, impresiona y sí, como según la wikipedia él decía, el cuadro transmite silencio. Pero, sinceramente, de tan monumental que quiere ser (el señor Burne-Jones tuvo que alquilar el estudio más grande de Londres para poder mirarlo con un poco de perspectiva... que aun así sigue fallando en algunas zonas) no termina de impresionar tanto como podría. Es más, impresiona más la obsesión del autor con el cuadro que el propio cuadro.
De la reina de la exposición se puede decir poco que no diga ya el propio cuadro por sí mismo. Como en el de Arturo, se juega con el sueño y la muerte (algo que sin duda estaba en el ambiente en el siglo XIX puesto que en Jane Eyre también se juega con la metáfora*). Y aquí estamos nosotros en junio - ardiente, sin duda - sin transparencias naranjas ni vistas al mar, pero con las adelfas en flor y disposición total a imitar cualquier tarde el apacible sueño de la chica.
Eso sí, al acabar la exposición de nuevo mi bolsillo se llevó una alegría y yo un chasco: otra oportunidad comercial tan desaprovechada como la de Sempé. ¿Qué es eso de vender sólo una postal y un cuaderno de un único cuadro? ¿Y una lámina (otra vez, parece que estoy obsesionada por las láminas) al menos? ¿Y otra postal de alguna de las otras obras expuestas? Y luego esa selección un tanto aleatoria de cualquier libro cuyo título incluya la palabra "victoriano". En fin, qué poca visión comercial.
Ya puestos podían haber traído el libro de Jeremy Paxman que complementa la serie de televisión The Victorians (y cuyo pack sale el día 15 de este mes y que no dejó a Manuel olvidar: es regalo de cumpleaños obligado). Por cierto que todo el tiempo que merodeábamos por la exposición mi mente no conseguía aclarar quiénes de esos nombres eran los que salían en el programa de televisión cuando Jeremy Paxman contaba que había un grupo que se había dedicado a pintar/decorar una casa. Como aún no ha salido el DVD no puedo comprobarlo con seguridad, pero diría que era William Morris (de los más conocidos y sin ningún cuadro en esta exposición) en su "Red House" ayudado por Burne-Jones y Dante Gabriel Rossetti, que sí que tiene un cuadro en la exposición: Viuda romana.
Y por si me olvidaba de comentar la exposición en el blog (y es cierto que casi me olvido), Elizabeth Gaskell se encargó de recordármelo hace un par de noches en una de sus cartas cuando contaba esta divertida anécdota de Dante Gabriel Rossetti:
I think we got to know Rossetti pretty well. I went three times to his studio, and met him at two evening parties--where I had a good deal of talk with him, always excepting the times when ladies with beautiful hair came in when he was like the cat turned into a lady, who jumped out of bed and ran after a mouse. It did not signify what we were talking about or how agreeable I was; if a particular kind of reddish brown, crêpe wavy hair came in, he was away in a moment struggling for an introduction to the owner of said head of hair. He is not as mad as a March hare, but hair-mad.
Creo que llegamos a conocer a Rossetti bastante bien. Fui tres veces a su estudio y coincidí con él en dos fiestas, en las que pude hablar largo y tendido con él, siempre sin tener en cuenta las ocasiones en las que llegaban mujeres de pelo bonito y él se asemejaba al gato que se transformó en mujer y que se levantó de la cama y persiguió a un ratón. No importa de qué estuviéramos hablando o lo agradable que yo pudiera ser con él, si llegaba un pelo encrespado y ondulado de un tono específico de castaño rojizo, desaparecía al instante desesperado por una presentación a la propietaria de tal melena. No está loco como una cabra, pero sí loco por el pelo. (Elizabeth Gaskell a Charles Eliot Norton, 25-30 de octubre de 1859) (Traducción rápida y cutre mía)
Por si eso fuera poco, ayer Vere Hodgson en mi lectura actual hacía hincapié en que no se me podía escapar escribir esta (larga) entrada:
We walked round Holland House--another bomb there. On to the Leighton House with a beautiful garden. I can imagine the Burne-Jones circle gathering there in those far-off days before the aeroplane was invented.
Dimos una vuelta por Holland House: otra bomba. Seguimos hasta la Leighton House con su precioso jardín. Me imagino al círculo de Burne-Jones reuniéndose allí en aquellos días lejanos antes de la invención del avión. (Traducción rápida y cutre mía)
El Leighton de la Leighton House no es otro que el Leighton que pintó el Sol ardiente de junio, claro.
Así que no hay duda: esta larga entrada está patrocinada por los hados.
* Hear an illustration, reader.
A lover finds his mistress asleep on a mossy bank; he wishes to catch a glimpse of her fair face without waking her. He steals softly over the grass, careful to make no sound; he pauses -- fancying she has stirred: he withdraws: not for worlds would he be seen. All is still: he again advances: he bends above her; a light veil rests on her features: he lifts it, bends lower; now his eyes anticipate the vision of beauty -- warm, and blooming, and lovely, in rest. How hurried was their first glance! But how they fix! How he starts! How he suddenly and vehemently clasps in both arms the form he dared not, a moment since, touch with his finger! How he calls aloud a name, and drops his burden, and gazes on it wildly! He thus grasps and cries, and gazes, because he no longer fears to waken by any sound he can utter -- by any movement he can make. He thought his love slept sweetly: he finds she is stone dead.
Escucha una aclaración, lector:
Un enamorado ve a su amada dormida sobre una musgosa loma, quiere contemplarla de cerca, ansía admirar su belleza, pero no despertarla, y con gran cautela avanza por la hierba sin hacer ruido... Se detiene, pues teme haberla despertado; por nada del mundo quisiera que lo viese, y retrocede con precaución. Viendo que todo sigue en silencio, vuelve a avanzar, se inclina sobre ella y levanta el tenue velo que cubre su rostro, gozando de antemano con la visión de la fresca y maravilosa belleza que va a admirar. ¡Qué rapidez la de su primera mirada! ¿Por qué ahora se queda, fijo e inmóvil, contemplándola? ¿Por qué ese sobresalto? De repente se lanza sobre el cuerpo tendido, lo levanta en sus brazos, lo estrecha enloquecido, pronunciando a gritos el nombre de la que hace unos momentos ni quería despertar ni apenas se atrevía a rozar con sus manos; deja caer la preciosa carga y la mira con desesperación. Gime, clama y llora: ya no hay nada que pueda despertarla. ¡Creyó que su amada dormía en paz, y la encuentra muerta, fría ya como una piedra! (Charlotte Brontë, Jane Eyre, capítulo XXXVI) (Popurrí de traducciones: María Fernanda de Pereda, Juan G. de Luaces y yo; me temo que una traducción mía de Jane Eyre sería como El sueño del Rey Arturo en Avalón de Burne-Jones: interminable, obsesivo, imperfecto y nunca del todo convincente).
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miércoles, 3 de junio de 2009
Sempé
El domingo íbamos de caseta en caseta por la Feria del Libro, despegando de vez en cuando la vista para ver a los pobres a los que todos los años les toca cocerse vestidos del muñeco de moda: este año era de un murciélago morado y dos personajes de La Guerra de las galaxias, uno creo que era Darth Vader y el otro un soldado imperial al que yo toqué sin que se enterara para comprobar que su disfraz de plástico rígido efectivamente ardía (Manuel, sin ser un gran fan de La guerra de las galaxias dijo en tonos reverentes "has tocado a un soldado imperial"). Y también mirábamos los pabellones y demás que hay en el centro.
De pronto apareció uno dedicado a Sempé, que yo recordaba con gusto básicamente por los dibujos del pequeño Nicolás, y que formaba parte del homenaje que la Feria del Libro rinde a Francia este año. Así que entramos y nos recreamos en la obra de Sempé con mucho gusto, porque dentro de la carpa el aire acondicionado era una maravilla.
Y descubrimos que Sempé es mucho más que el pequeño Nicolás y la exposición me gustó mucho más lo que imaginaba al entrar, y no sólo por el fresquito que hacía dentro. Sempé dibuja de maravilla y además es graciosísimo en los chistes. No tenía ni idea de que hubiera colaborado con dos revistas de esas que me gustan mucho "porque sí": The New Yorker (cuyas portadas y chistes me parecen lo mejor de la revista) y Punch.
Eso sí, me parece que han desaprovechado una oportunidad de negocio al no vender láminas/réplicas de los dibujos. Yo me habría llevado más de uno encantada de la vida. Pero si hubiera tenido que elegir me habría llevado el que más me gustó y que no consigo encontrar en internet en una imagen que le haga justicia en colores y contraste (la pongo aquí al lado a pesar de todo): una niña con una inolvidable cara de felicidad, saltando a la comba en una especie de punto de luz en la terraza de un edificio neoyorquino rodeada por cemento gris (cosa que creo que no hace del todo justicia a Nueva York tampoco) y oscuridad por todas partes. Y sin embargo todo lo que vendían eran libros ya publicados, que no está mal, pero con lo que no creo que hagan el negocio que harían con las láminas y/o las pequeñas postales. Al menos, eso sí, daban puntos de lectura y un folleto de la exposición, así que no me quejaré demasiado.
La Feria del Libro es, para quienes estén/pasen por Madrid estos días, de visita obligada, pero no es menos obligada la parada en el stand de la Comunidad de Madrid para ver esta pequeña joya. Muy, muy recomendable y de lo más refrescante en todos los sentidos.
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Cristina
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