sábado, 25 de diciembre de 2010

Nochebuena

Según la programación oficial a estas horas - y desde hace horas - debería estar metida en la cocina haciendo el caldo de Navidad y demás. Pero por consenso hemos decidido tomarnos la mañana de reposo, comer restos de ayer y dejar la sopita para la cena. Así que está siendo una mañanita de Navidad de lo más relajada (con un poco de teletrabajo, eso sí) .

Y falta nos hacía, porque ayer fue un día de locos: recoger encargos en la carnicería, compras de última hora (¡garbanzos!), adecentar la casa y, finalmente, pasar horas y horas y más horas metidos en la cocina.

Este año había decidido innovar con una receta conocida de casa pero nunca hecha por mí. No las tenía yo todas conmigo cuando pedí la receta a la mujer (canadiense) de mi primo y cocinera oficial desde hace ya muchos años del megapavo de Nochebuena. No las tenía todas conmigo, ya digo, pero el recuerdo era tan poderoso y me apetecía tanto que decidí aventurarme por esos mundos.

La asesora culinaria - mi madre - recomendó que en nuestro caso (muchos, muchos, muchos menos que los comensales de Nochebuena en mi familia) optáramos por un capón, de tamaño más moderado y muy rico. Así que lo encargamos y ayer recogimos a nuestro ejemplar, de 3 kilos y pico.

Hicimos el delicioso relleno (el año que viene si podemos estamos pensando hacerlo el día anterior para que la cosa no se haga tan larga y repartir las horas de cocina en dos días) y luego, cuando estaba frío, rellenamos el capón. De todas las novedades culinarias del día, creo que la más impactante fue la de coser (con hilo y aguja comprados ad hoc) al pobre bicho para que no se le saliera el relleno. Nunca había cosido carne animal en mi vida y a la vista de mis puntadas nada delicadas Manuel dice que tengo poco futuro como enfermera.

Al horno que fue y allí se pasó dos horas y veinte minutos, pintándolo cada cierto tiempo con mantequila y, después, regándolo con oporto. Por cierto que gracias al capón y siguiendo con las novedades estrenamos por fin dos de los instrumentos de cocina comprados en Nueva York: las "cups" para medir (la receta venía en "cups") y el "baster", así que fue una noche de un debut tras otro.

Finalmente, tocó sacar al capón del horno, dejarlo reposar, hacer la salsa y, por fin, poner en práctica los vídeos sobre trinchado que habíamos visto durante la tarde. Fue un trinchado a dos, pero finalmente creo que no se nos dio mal del todo.

Y por fin, aunque oler olía muy bien y la pinta era buena, llegó el momento de probar el resultado de nuestra tarde de cocina intensiva. Por lo que podemos decir nosotros, que no sé si somos jueces muy imparciales, todo estaba para chuparse los dedos. Acabamos llenísimos pero a estas horas empiezan a apetecer las sobras...

De postre - y también hay sobras - macedonia (que también me había tenido esclavizada por la mañana: mirado con perspectiva el día de ayer nos cundió muchísimo) y turrón.

Por cierto que yo no había podido resistirme a darle un toque británico a la mesa y había comprado unos crackers. No hicieron mucho "¡pum!" pero fue divertido, tenían sorpresitas (una peonza que parece sacada de Inception (Origen) entre otras cosas) y los típicos gorritos que salen en todas las películas inglesas que transcurren en Navidad. Manuel fue un soso y no se puso la suya (claro que era rosita) pero yo sí me puse mi coronita roja y luego, fregando, me di cuenta de que la realeza tiene servicio porque fregar con una corona en la cabeza no es nada práctico, mucho menos si te viene un poco grande (¿metafórica o literalmente? preguntó Manuel. Dejo la respuesta al gusto de cada uno).








Por cierto que en la última foto se ve la que debió de ser la única avellana del relleno que quedó entera. Doy fe de que el resto no iban enteras.

viernes, 24 de diciembre de 2010

¡Feliz Navidad!

Entrada programada*.

Es una imagen un poco egocéntrica para felicitar la Navidad, pero el otro día me topé con ella (ya lo he dicho unas mil veces aquí, pero ser la última en una familia grande conlleva muy, muy pocas fotos de infancia) y me hizo gracia ver que ya desde pequeña (aquí tendría 5-6 meses) los Nacimientos - en este caso el de casa de mi tía, que sigue siendo igual de espectacular y me sigue gustando tanto mirarlo - ya me fascinaban.


Durante los primeros años de mi vida el Niño Jesús venía en Nochebuena y dejaba un detallito para cada uno debajo de las faldas de ese Nacimiento. Luego, con los años, el Niño Jesús se volvió más revoltoso y empezó a esconder los regalos dentro de una habitación: ¿os imagináis a 15-20 personas (y eso que en Nochebuena siempre éramos "pocos" para cenar) revolviendo una habitación en busca de su regalo, encontrando los regalitos ajenos y, por supuesto, sin dar ninguna pista? Siempre había alguien que se quedaba el último buscando su regalo: había veces en que todo el mundo sabía dónde estaba, veces en que nadie lo había visto y veces en que ni el mismísimo mensajero del Niño Jesús sabía dónde había quedado el regalito.

Y nada más, que cenéis y comáis cosas bien ricas (mejor aun si vienen ya hechas por otros) y que paséis una noche y unos días estupendos en la mejor compañía.

*En cuanto las obligaciones culinarias de estos días lo permitan contestaré los comentarios pendientes y me pasaré por vuestros respectivos blogs.

martes, 21 de diciembre de 2010

Hair

Teníamos las entradas de Hair creo que desde allá por entonces cuando vimos a Hannah Waddingham y hasta este fin de semana - cuando nos enteramos de que nuestras entradas en realidad eran para previas y no para el musical ya estrenado (el estreno oficial es mañana; nosotros fuimos ayer) Manuel no me preguntó si sabía algo del musical. Después de pensarlo muy brevemente dije que no y Manuel dijo que sí, que seguro que tenía que conocer la canción de Aquarius. Y efectivamente la conocía por el anuncio de hace unos años de la bebida del mismo nombre.

Pero ya está, ese era todo mi conocimiento previo de Hair. Luego ya me enteré de que era un musical sobre hippies (y por hippies, diría yo) de los años sesenta que en los últimos años han resucitado en Nueva York y Londres.

Así que ahí estábamos ayer a las puertas del teatro Apolo viendo caras conocidas de las que vemos en actuaciones como las de Julie Atherton o Hannah Waddingham, gente del mundillo que además aprovechaba para ir ayer ya que la mayoría de los teatros cierra los lunes. Ya le dije a Manuel que a este paso si alguien se acuerda de nosotros como nosotros nos acordamos de ellos van a pensar que somos del mundillo también y empiezo a sentirme un poco estafadora. Claro que al mismo tiempo me lo pasé en grande creando una falsa identidad de productora de musicales en Londres o Nueva York, pero creo que no cuela.

A todo esto debo contar un pequeño detalle de mis complementos de anoche. Antes de ir al teatro me había pasado por el supermercado de El Corte Inglés para comprar una de esas cosas aparentemente sencillas que sin embargo no parecen abundar en los supermercados que nos rodean: Oporto para cocinar la cena de Nochebuena. Así que fui al teatro con una botella de Oporto (dentro de una bolsa un poco más discreta que la navideña del supermercado de El Corte Inglés). Cosas más raras se habrán visto.

El musical estuvo muy bien y en lo único que notamos que eran previas era en que el sonido a veces no estaba del todo controlado, pero es totalmente comprensible puesto que son ciento y la madre en el escenario y siempre todos haciendo algo, está controlado hasta el más mínimo detalle y eso a mí siempre me impresiona. Además es de esos en los que los actores se mueven por toda la sala, pasean por entre las butacas (una vez un actor pasó por nuestra fila y yo tuve que agacharme corriendo a por mi botella de Oporto no la fuera a pisar), a veces por el suelo y a veces por encima de ellas, reparten folletos entre el público, hablan con gente de algunas butacas, les dan a fumar lo que sea que fumen (sea lo que sea no huele a nada) y, no sé si ayer por ser una previa o si lo harán de forma continuada, al final invitaron al público a subir al escenario con ellos. Nosotros nos quedamos en nuestras butacas, eso sí. Además ayer el buen ambiente era también debido a eso de que hubiera mucha gente del mundillo, así que los actores sobre el escenario conocían a los de las primeras filas. Así que hay entretenimiento por todas partes dentro del teatro.

Al acabar, Manuel y yo hablábamos del concepto del musical. Como decía antes Hair es un musical de hippies y, creo yo, por hippies. Se estrenó off-Broadway en Nueva York en 1967 pero pronto lo llevaron a Broadway. Todo esto es muy chocante porque entonces era 1967 y ahora es el año 2010 y sigue habiendo lo que hoy en día llamaríamos cosas "políticamente incorrectas" en el musical. Si hoy hay cosas que chocan un poco, ¿cómo sería en 1967? O, quizá, precisamente el mero hecho de que hoy en día exista el concepto de "políticamente incorrecto" y entonces no indica que antes había mayor libertad creativa y si alguien se sentía ofendido lo hacía en privado, no como ahora. En fin, no sé.

El caso es que, como Manuel decía, el musical está intacto: en el escenario es 1967 y el trasfondo es la guerra de Vietnam y todo el contexto histórico de entonces. Y así es fácil viajar en el tiempo un rato pero la idea de resucitarlo ahora es un poco confusa. ¿Pretenden que encontremos paralelismos o es un homenaje o es un documento histórico? ¿Nadie se ha animado a actualizarlo? (Pero esto lleva a lo que decía antes de que ahora nadie se atrevería a hacer un musical así, y en caso de que alguien se atreviera no encontraría a ningún productor dispuesto a llevarlo al escenario). Quizá se hace Hair tal cual porque es lo más que se puede acercar uno a ser así de "irreverente" en estos tiempos, con la excusa de que ya está hecho.

Pero bueno, reflexiones aparte, lo que cuenta es que lo pasamos muy bien y disfrutamos del espectáculo, que está muy bien montado. Y no sé cómo será cuando lleven muchas más representaciones, pero ayer es de esos días en que se puede afirmar casi con total seguridad que los actores están disfrutando también sobre el escenario.

Y aquí dejo un vídeo de las dos canciones más conocidas del musical (las que yo conocía) de cuando lo presentaron hace unos meses:

lunes, 20 de diciembre de 2010

Nacimiento y árbol

El sábado no hubo repostería, en parte porque el día estuvo lleno de decoración navideña desde por la mañana hasta por la tarde y en parte porque empezamos a reservarnos para los dulces navideños que están por venir. Bueno, que están por venir y que ya llegaron porque ayer por la mañana - a falta de repostería casera - no pudimos resistirnos a abrir el panettone de chocolate y que estaba delicioso.

Así que lo que viene ahora es una montaña de fotos del Nacimiento y del árbol. Pero antes un poco de música:


Me encanta esa canción: en mi enorme lista de reproducción navideña hay canciones que me gustan, canciones que me gustan mucho y canciones que me dan una alegría cuando empiezan a sonar (como es tan grande y la pongo sólo unos pocos días al año nunca sé qué canción vendrá después). Esta de John Lennon pertenece a la última categoría.

Al Nacimiento me dediqué el sábado por la mañana. Adoro desenvolver las figuritas, ponerlas sobre una superficie y luego ir buscando el sitio que más les pega. Por lo visto no soy muy imaginativa en esto último porque, sin hacerlo a propósito, creo que cada año pongo cada figurita en el mismo sitio.







Me doy cuenta de que una de las nuevas adquisiciones de este año - la hilandera que no va de rosa, la que apenas se ve a continuación de la pastora de amarillo que lleva el cántaro apenas sale en las fotos que pongo aquí, pero le dediqué una buena sesión de fotos, sobre todo para no repetir el año que viene. Las otras figuras nuevas son los los Reyes adorando y que hasta el día 6 no se ponen.

Por otra parte, le había pedido a Manuel que, para el rinconcito del ángel que les da la noticia a los pastores, me trajera un poco de olivo. Llegó cuando ya había poca luz de modo que la foto no es gran cosa, pero con un ramito monísimo de olivo, pino y romero. Como en todo el Nacimiento, la perspectiva hay que dejarla un poco a la imaginación, ya que si el ramito fuera un árbol de verdad para las figuras sería una secuoya por lo menos.







Y por último los Reyes en camino. Mi preferido de toda la vida es Baltasar, así que siempre va en cabeza.



El árbol me dediqué a ponerlo por la tarde y para adornarlo sí que tuve la colaboración de Manuel (por la mañana, aparte de que con el Nacimiento soy muy mía, es que no estaba). Pero tengo la misma sensación que con el Nacimiento: no me acordaré del orden de las canciones navideñas pero me da que, involuntariamente, siempre pongo el mismo adorno en la misma ramita.

Y como ya he dicho otros años, creo, que nadie se espere un árbol "de diseño" de esos de dos tonos o similares. Esos están muy bien para lugares públicos, tiendas, hoteles y demás, pero en mi opinión no hay mejor árbol casero que el que tiene un popurrí de colores, estilos y adornos de todo tipo acumulados a lo largo de los años.



Pequeño detalle, y qué navideña queda de fondo nuestra pared roja.



Y no tendríamos ningún problema en algún año escaparnos a ver la iluminación navideña de Nueva York, pero de momento me tengo que conformar con juntar Nueva York - en versión cuadro gigante - y la Navidad en casa.



Y un par de detallitos más. La muñequita roja tan fotografiada (ahora me doy cuenta de que acapara casi todas las fotos del árbol que estoy poniendo aquí. No será por la variedad de las fotos que hice, porque creo que no exagero si digo que debo de tener por lo menos una foto de cada adornito) me la trajeron mis padres de Noruega hace un par de años y desde entonces, aparte de acaparar fotos, también acapara el mejor sitio del árbol.

El osito llegó el año pasado por correo. Lo suyo habría sido poner la muñequita que este año también llegó por correo pero es tan mona que al final y sin saber si es el sitio de honor que prometí que tendría, no he podido evitar dejarla en mi escritorio, donde se suponía que estaba esperando sitio de honor. Pero me gusta verla.



Aunque no hubiera repostería sí que hubo película clásica: The Mating Season (Casado y con dos suegras), divertida y con una fantástica Thelma Ritter. Pero el sábado, entre decoración y decoración, también estuvimos viendo otra película nada navideña: V for Vendetta (V de Vendetta). Manuel la tenía puesta, como tantas otras, y yo me enganché desde que al principio se recita aquello de "remember, remember the fifth of November" y contra todo pronóstico, porque no era una película que me llamase nada la atención, me quedé pegada a ella hasta el final. Me gustó mucho.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Cuatro velas (y un libro)

Y por increíble que parezca hemos llegado ya a las cuatro velas encendidas, la máxima luz en uno de los días más cortos del año. Los angelitos sobrevolaban las velas a toda velocidad y tintineaban que daba gusto.

¿Alguien más ha tenido este fin de semana serias dificultades para asumir la idea de que el fin de semana que viene es Nochebuena-Navidad-San Esteban? Yo sí, aunque creo que el problema radica más en las horas y horas y más horas que voy a pasar en la cocina (y que conste que no me quejo demasiado) que en el hecho de que sea - otra vez - Navidad.


El tiempo pasa rápido y hoy ya hace 162 años que el mundo gira sin Emily Brontë, que moría tal día como hoy en 1848. Y para conmemorar el día no he podido resistirme a hacer unas fotos de su libro a la luz de las velas, tan familiar para ella.






viernes, 17 de diciembre de 2010

Nella Last in the 1950s

Ya comenté lo mucho que me habían gustado las dos recopilaciones de entradas de diarios de Nella Last anteriores a esta: Nella Last's War y Nella Last's Peace, y por eso estaba deseando "hincarle el diente" a Nella Last in the 1950s, porque sabía que Nella Last no me iba a defraudar. Y, efectivamente, no sólo no me ha defraudado sino que se confirma como una de mis heroínas, lo que también me lleva a concluir definitivamente que para ser una heroína no hace falta salvar el mundo ni similares, basta con afrontar el día a día con la valentía, la entereza y el buen humor de Nella Last. Y esto es digno de admiración no sólo porque lo sea y punto sino porque a Nella Last a veces las circunstancias no se lo ponen fácil y sin embargo ella es la definición andante de "hacer de tripas corazón" y otra cosa no, pero el corazón de esta mujer es grande como una catedral.

Nella Last descubrió en la guerra todo su potencial, destacó por su capacidad de hacer frente a las cosas y fue incansable en todos sus esfuerzos, por eso en Nella Last's Peace se la veía tan desanimada. Mujeres que durante toda su vida se habían dedicado a cuidar de su marido, sus hijos y su casa, descubrieron durante la guerra una causa que le daba otro color a sus vidas. Nadie quería que la guerra continuara, pero cuando terminó y tuvieron que volver a refugiarse en sus casas y a intentar retomar la vida de antes de la guerra, se sentían un poco frustradas, no porque le restaran importancia a sus tareas domésticas sino porque, simplemente, se habían dado cuenta de que había mucho más que se podía hacer.

Así que después de la guerra y en los primeros años de la década de los cincuenta - que son los que ocupan este libro - Nella sigue perteneciendo a organizaciones como la WVS (servicio de mujeres voluntarias) y hace cursillos de defensa civil, pero todo, con alguna que otra excepción, es sobre el papel. Una de las excepciones es cuando la noche del 31 de enero al 1 de febrero de 1953 hubo unas enormes inundaciones en el sudeste de Inglaterra y ahí de nuevo Nella Last saca todo su potencial, se vuelca en la causa y canaliza toda la ayuda que puede, hasta el punto de que la gente le entrega a ella la ropa y demás que donan en lugar de llevarla a las oficinas de la WVS. Nella, que es fantástica y no entiende que la gente no lo sea, lava la ropa que no está limpia, cose botones, hace remiendos y cambia los cordones de las botas antes de llevar la ropa a las oficinas: sacos y más sacos de ropa perfectamente doblada para evitar que se arrugue demasiado, según ella misma dice.

Pero eso es un hecho puntual. El resto del tiempo, desde que su marido vende su carpintería para jubilarse por una enfermedad incipiente desde 1950, se dedica a sus hijos (que salvo por visitas puntuales viven fuera: Arthur con su mujer y sus hijos en Belfast (aunque después se trasladan a Londres) y Cliff en Australia), a sus amigas, a sus vecinos, a la comunidad en la medida de lo posible, a su casa, a su cocina y, sobre todo, a su marido, que sufre de una "enfermedad nerviosa" que yo no sé cómo llamaríamos hoy en día, ¿depresión? ¿ansiedad? El caso es que nada puede afectarle y el problema es que lo más mínimo le afecta, de modo que Nella se pasa los días tratando de mantenerle en una burbuja al tiempo que trata de mantenerse paciente y no explotar, cosa que con gran frecuencia es totalmente admirable. El marido, Will, acude al psiquiatra con cierta regularidad pero, como la propia Nella confiesa, las visitas parecen dejarle más alterado que beneficiado y casi siempre sale de ellas en un estado de nervios tal que tienen que esperar sentados en el coche a que pueda conducir. El caso es que la pobre mujer se las ve y se las desea para mantenerlo entretenido pero sin alterar: se devana los sesos para dar con libros que le puedan interesar pero cuyo argumento sea inocuo, le lee el periódico filtrando las noticias que pueden afectarle, ponen la radio para escuchar sus programas favoritos, pero con mucha precaución, sale de casa sola lo justo y necesario (y si se retrasa ya sabe el panorama que le espera), filtra las visitas de sus amistades, etc. En el diario confiesa que esto es agotador, frustrante y muy difícil de llevar, pero al mismo tiempo dice que su "oración constante" es sobrevivir a su marido puesto que no sabe qué será de él sin ella. (Por desgracia la oración constante no se cumplió: Nella murió en 1968 y su marido vivió 11 meses más).

Si a eso se le suma que en esos años el coste de vida se disparó (sólo en 1951 los precios subieron un 12,5%), que se mantenía el racionamiento de algunos productos básicos, que Nella y Will vivían "de las rentas" de los ahorros de toda una vida y que nunca habían sido especialmente derrochadores, la austeridad y frugalidad de su nueva forma de vida - sumada a la enfermedad de Will - es impresionante y, obviamente sin querer implicar que nadie tenga por qué llegar a esos extremos, un ejemplo para la situación actual. Sus únicos caprichos son el coche, que Nella claramente ve que no se pueden permitir pero que es la única fuente de interés de su marido (por las maravillosas escapadas que hacen en él al Distrito de los Lagos, tan cerca de su ciudad, Barrow), y, en el caso de Nella, la quiniela de fútbol. Nella, como la ficticia Ada Harris, no sabe nada de fútbol (y de hecho marca las casillas en función de las ciudades que ha visitado; cuando intenta ser rigurosa y lee sobre fútbol en el periódico dice que es cuando menos acierta) pero dice que el chelín semanal invertido en la quiniela le hace pasar los mejores momentos de la semana. Como a la mayoría, a Nella nunca le toca gran cosa y, como la mayoría, Nella no se cansa de repetir que ella no quiere que le toque una fortuna, que con cualquier premio modesto se conformaría.

Y es ahí donde reside, creo, el encanto de Nella, en lo normal y lo extraordinaria que es al mismo tiempo. Ella siempre confiesa que le habría gustado ser escritora de novelas y que todos los diarios escritos para Mass Observation probablemente ya ocupan el tamaño de varias novelas (se calcula, de hecho, que desde que empezó a escribir para Mass Observation en 1939 hasta que lo dejó en 1967 escribió como mínimo 10 millones de palabras) y siempre se pregunta qué interés pueden tener para nadie los comentarios de una persona tan "normal" con una vida tan "aburrida". Y, sin embargo, aquí estamos en pleno siglo XXI leyendo sus comentarios y deleitándonos en ellos y en la persona que los escribió y que, por desgracia, salvo por los extractos anónimos que publicaba Mass Observation, nunca vio nada suyo impreso (Nella Last's War se publicó en 1981 por primera vez).

Si tengo alguna pega es a dos cosas de la edición: 1) la portada, que no está mal, pero que, investigando de qué era (ya sabía que no era Nella Last) resultó ser de una médium de la época y aunque Nella no era una escéptica en esos temas y aunque le habría encantado el gato, no me termina de convencer. Y lo segundo es el título un poco engañoso: Nella Last en la década de los cincuenta en realidad es Nella Last de 1950 a 1953, apenas tres años de una década. Y lo peor es que no me queda muy claro si los editores piensan seguir editando selecciones de Nella Last. Parece ser que sólo valoran sus comentarios cuando están escritos muy bien (Nella escribe a veces, sobre todo cuando describe sus querido Distrito de los Lagos y cuando evoca su pasado o reflexiona sobre algo, de maravilla) y, efectivamente, eso ayuda a la lectura, pero yo podría leer a Nella Last aunque escribiera tipo telegrama. Los editores dicen que después de 1953 los escritos de Nella van un poco de capa caída y dan a entender que no merece la pena publicarlos. Espero que no sea así. El mundo - o yo por lo menos - necesita de la experiencia, la sabiduría, la calma, el saber estar y el buen humor de la gran Nella Last.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Navidad por correo


Después de de que el año de los tres kilos de los mejores polvorones del mundo se me hiciera un poco cuesta arriba acabarlos (en marzo o incluso abril, ya no recuerdo), el año pasado les encargué a mis padres una cantidad más moderada cuando vinieron por el puente de diciembre y este año - pidona que es una - les pregunté si me podían enviar unos cuantos por correo. Dicho y hecho y ayer un señor de correos me entregaba una caja de la que, al abrirla, salía un olorcillo delicioso.

La sorpresa fue que además de polvorones mi madre había incluido también otro dulce navideño que me encanta: almendras rellenas. Con los polvorones he sido capaz de moderarme y esperar a tomarlos un poco más adelante. Con las almendras rellenas, digamos que ayer, ni una hora después de haber recibido el paquete, ya estaba zampando algunas y saboreándolas. Ricas, ricas, ricas.

Y, por si eso fuera poco, que no lo es, mi tía y una de mis primas, habían incluido también un detallito suyo: esa preciosa muñequita navideña que, aún no sé cuál, pero seguro que ocupará un lugar privilegiado entre las decoraciones navideñas.

Muchísimas gracias de nuevo a todas las partes implicadas.

Y porque ya me resulta incontrolable que la Navidad no se me desborde, termino con el villancico estrella de este año (que conste que empecé tímidamente la temporada de música navideña el martes), sacado del disco navideño de Glee (que está muy bien, por si a alguien le interesa): We Need a Little Christmas (ya lo conocía cantado por otros, pero quise averiguar más sobre él y me metí en una senda de casualidades que me llevaron a Auntie Mame (La tía Mame), libro que me emcpiezo hoy mismo, un musical de Broadway (de donde sale el villancico), una película y, finalmente, una conexión con Manuel, cada uno procedente de un extremo: yo había descubierto el libro hace poco y el conocía el musical Mame y la película desde hace siglos).



Haul out the holly;
Put up the tree before my spirit falls again.
Fill up the stocking,
I may be rushing things, but deck the halls again now.
For we need a little Christmas
Right this very minute,
Candles in the window,
Carols at the spinet.
Yes, we need a little Christmas
Right this very minute.
It hasn't snowed a single flurry,
But Santa, dear, we're in a hurry;
So climb down the chimney;
Put up the brightest string of lights I've ever seen.
Slice up the fruitcake;
It's time we hung some tinsel on that evergreen bough.
For I've grown a little leaner,
Grown a little colder,
Grown a little sadder,
Grown a little older,
And I need a little angel
Sitting on my shoulder,
Need a little Christmas now.

. . . . . . .


Y hablando de todo un poco: hoy Google celebra el 235 aniversario del nacimiento de Jane Austen así: