martes, 31 de marzo de 2009

Tea with Mr Rochester, de Frances Towers

Hoy se cumplen 154 años de la muerte de Charlotte Brontë y siempre me gusta conmemorarlo con un libro suyo entre manos y este año llego a la cita por los pelos ya que hasta ayer estaba inmersa en mi lectura anterior que, en cualquier caso, tenía cierto aire Brontë, al menos en el título.

Hace no mucho descubrí, por casualidad, como se descubren casi todos los libros, la existencia de un libro llamado Tea with Mr Rochester, escrito por una tal Frances Towers. Me sorprendió y ahí se quedó la cosa. Eran días pre-obsesión Persephone (que lo tiene editado) y lo apunté en mi lista y así quedó la cosa durante un tiempo hasta que fui a Hibernian Books y, sorpresa, la primera edición en tapa blanda de 1952 (el libro se había publicado por primera vez en 1949) me esperaba allí. ¿Con ese título quién podía resistirse?

Lo instalé en la librería hasta hace unos días en que buscaba algo no muy gordo para leer entre Música blanca y la lectura Brontë obligada y con la conexión Brontë, la conexión Persephone, la portada retro y el tamaño finito me conquistó en unos pocos segundos.

No es una novela, sino una colección de historias cortas. Y yo tengo una relación espinosa con las historias cortas: las hay que me gustan mucho y las hay que no me gustan nada, estas últimas suelen ser esas que son para gente inteligentísima que saca las conclusiones más historiadas de unas historias que a mí me dejan siempre rascándome la cabeza con cara confusa y un poco de decepción. Las que a mí me gustan mucho son las que tienen - al menos en cierta medida - principio y final; a veces finales un poco más abiertos, no tengo nada en contra de eso. Y también suele reservarme las colecciones de historias cortas para los viajes. La gratificación instantánea y las interrupciones entre historia e historia son lo mejor para esperas en aeropuertos y demás. Pero este pobre libro no está ya para esos trotes.

La segunda de las catorce historias, Tea with Mr Rochester, es la que da título a este conjunto impresionante de historias cortas. Cada vez que leía una, desde la primera hasta la última, trataba de hacer un ranking mental de mis historias preferidas pero era incapaz, había tantos cambios, tantos ascensos directos que me perdí. Y mejor así porque desde luego soy incapaz de quedarme con niguna, ni siquiera puedo utilizar la conexión Brontë para enchufar a la de Mr Rochester, y además es que no es ni siquiera la única que menciona algo relacionado con las Brontë.

Todas las historias, en realidad, tienen puntos en común. La mayoría están ambientadas en los años cuarenta, en unas la guerra es más evidente que en otras. Todas son muy caseras, aunque también con un toque de irrealidad, no hay grandes acontecimientos ni grandes dramas y aspavientos, lo que no implica que no haya grandes sorpresas, pero cada una es una pequeña joya en la que casi siempre hay alguien que sabe perfectamente cuál será el tipo de té que el invitado medio-desconocido preferirá, por ejemplo. Y lo mejor es que a pesar de tener más de cincuenta años tratan tanto de las pequeñas cosas que son universales y válidas incluso a día de hoy en otro país.

El estilo de Frances Towers impresiona por la facilidad con que, en una frase, dice lo que en cualquier novela se tardaría en explicar páginas y páginas. Pero es que no son frases cualquiera, son frases de metáforas, de comparaciones, de pequeños rasgos de personalidad que lo dicen todo mejor que esas muchas páginas. Y siempre manteniendo el fino sentido del humor británico.

Frances Towers, sin embargo, no pudo disfrutar del éxito que fue su pequeño libro. Después de haber ido compatibilizando la escritura con su trabajo, primero, en el Banco de Inglaterra y después como profesora, murió de pneumonía el día de Año Nuevo de 1948, un año antes de que se publicara su libro (lo que no me queda claro es si el libro estaba ya en marcha o alguien se encargó de tomar la decisión después). La crítica, al menos las reseñas (siempre buenas, como ahora, claro) que se citan en mi libro, lo ponen por las nubes al tiempo que se lamentan de no poder esperar más historias de esta autora. Y no es para menos.

El caso es que ahí estaba yo con mi libro, tomando té dos veces al día y esperando a que el señor Rochester llegara. Y nada, nunca apareció. Más le vale tener una buena excusa para no haber venido, como que se ha caído del caballo o que se le ha incendiado la casa por lo menos. Hay que ver qué desaire.

Claro que yo no soy como los personajes de Frances Towers que siempre saben qué té servir y no tengo ni idea de cuál sería el té ideal para el señor Rochester...

lunes, 30 de marzo de 2009

Pan de jamón y queso

Que no sólo de dulces vive el hombre, y menos aun si tiene una extraña fobia a la harina caducada.

Y es que a pesar de que esta receta (como siempre, si alguien la quiere que la pida) de - también - Delicias al horno no encajaba en un sábado de repostería a mí me apetecía desde el primer día que la vi. Y si a eso se le añade que lleva harina de fuerza, se convierte instantáneamente en una de mis recetas con las que experimentar favoritas del momento.

Así que aunque he tenido que manejarme sin Manuel y sus medidas exactas y el intercambio de opiniones en momentos clave y he tenido que seguir adelante con mis "oops, quizá la rayita del 20 en la balanza era la anterior y no esa" y mis "¿lo saco ya del horno o no?" el resultado final ha sido muy positivo, creo yo.

La pinta es buena y el sabor también. Y pese a tener la mala suerte fotográfica de que justo el trozo que he partido para la foto ha salido sin jamón, juro y perjuro que el jamón abunda pero yo estaba demasiado llena como para partir otro trozo y quedar bien. Tendréis que confiar en mi palabra.

Editado al día siguiente para dar fe de que el pan tenía jamón y que el jamón flotó:

Persephone en el buzón

Parece que con la entrada del viernes llamé a la suerte. O mejor dicho, la suerte llamó a mi puerta, porque el cartero dejó un encantador paquetito procedente de la editorial Persephone.

Contenía la revista bianual de la editorial, un catálogo que es como la web pero en papel (o sea, mucho mejor, porque realmente lo puedes hojear en cualquier momento), un punto de lectura y una carta.

Aún no he tenido tiempo de hojear la revista en profundidad (sólo de pasar las páginas una y otra vez y olerlas; tengo esa debilidad: huelo los libros y demás combinaciones de tinta y papel) pero mejor así porque sé que en cualquier momento me puedo dar un pequeño festín.

Lo que aún no me ha quedado claro es si ya me van a mandar todos los números a partir de ahora o sólo dos más si no me decido a comprar ningún libro a través de ellos (yo no tengo problemas en comprar libros Persephone pero puestos a elegir preferiría hacerlo a través de The Book Depository y ahorrarme los gastos de envío, la verdad) ya que en unos sitios dicen una cosa y en otros la otra. Ya veremos. De momento tengo entretenimiento para un buen rato.

domingo, 29 de marzo de 2009

Bizcocho de almendra y naranja

Pasaré un poco por alto lo desconcertante que es que a esta hora siga habiendo tanta luz y entraré en materia directamente. Seguimos en el empeño de gastar la harina de fuerza antes de que caduque en breve, pero aún nos queda aproximadamente medio kilo. Qué estrés.

Así que ahora, a la hora de decidir a qué postre dedicaremos la repostería del sábado no miramos más ingredientes que si lleva harina de fuerza o no y cuánta. Por suerte, Delicias al horno tiene un montón de recetas muy tentadoras. La de ayer: bizcocho de almendra y naranja (aunque también lleva un limón que estoy segura que se siente discriminado el pobre). Si alguien quiere la receta que la pida y se la paso encantada.

Ayer no tuve que incubar ya que fue nuestro primer bizcocho que, en lugar de levadura lleva claras a punto de nieve (¡que batí a pulso pensando, no sé por qué, que era como debía hacerse! Luego la asesora culinaria me aclaró que no, que desde que existen unas fantásticas varillas que se unen a la batidora la gente normal monta así las claras). Así que después de dejar todas las superficies disponibles (y algún que otro recoveco inaccesible también) de la cocina cubiertas por una pegajosa capa de zumo de naranja y/o limón metimos por fin el bizcocho al horno y la pituitaria se dio un auténtico festín.

Mientras disfrutábamos de telehorno decidí improvisar un poco en el campo de la decoración y me dediqué a recortar estrellitas para adornar luego la parte de encima del bizcocho. Así lo hice, sin darme cuenta de que el azúcar glass habría destacado mucho más (como me hizo notar Manuel una vez hechas las estrellitas de canela). Aprenderé de mis errores, pero creo que para el primer intento no está mal. Manuel, mientras yo recortaba concentrada, se preguntaba si nuestro bizcocho terminaría saliendo en Cake Wrecks (página dedicada a poner fotos de tartas desastrosas, salvo los domingos, que hacen justo contrario y ponen fotos de tartas espectaculares) pero confío en que la cosa no sea para tanto.

Cuando después de cenar probamos un poquito nos gustó aunque la encontramos un pelín ácida. Puede que nuestras naranjas y/o limón fueran especialmente ácidos, no sé, pero tampoco es para quejarse demasiado. Ayer dije que si tenía que elegir creía que me quedaba con el de naranja que hicimos hace un tiempo. Peeeeero...

Pero hoy para desayunar hemos completado la receta con el acompañamiento sugerido: nata montada (que he montado con las varillas eléctricas; aprendo de mis errores), azúcar, ralladura de una de las dos naranjas y canela. Y debo decir que tomada junto al bizcocho está deliciosa, para chuparse los dedos, de hecho. Es más, creo que hubiera podido prescindir del bizcocho de haber tenido que elegir.

Hoy con el cambio de hora estamos un poco perdidos así que la plancha, las aceitunas y la película han ido con un poco de desfase. La película de hoy era Mr Deeds Goes to Town (El secreto de vivir), cuyo título en español encuentro rarísimo. Protagonizada por Gary Cooper y Jean Arthur en 1936 y un poco más seria, aunque con escenas muy divertidas, que las que hemos visto otros domingos. El trasfondo es muy New Deal. Hacia el final tiene unos momentos de una tensión horrible y por más que Manuel decía que siendo de Frank Capra no podía acabar mal yo no me lo terminaba de creer.

Pero al final... bueno, hay que verla entera, porque está muy bien.

viernes, 27 de marzo de 2009

En la cesta de Laura Jesson

No se pueden dejar entradas a medio hacer para sacar "un día de estos" porque luego languidecen en la recámara y a medida que avanzan los días se nota cómo se les va pasando el arroz. Así que el origen (que fue únicamente la cita copiada y traducida) de esta entrada se remonta a los días en que leía Among the Bohemians, de Virginia Nicholson.

En el libro se mencionaba brevemente uno que se encuentra en mi enorme wishlist desde hace tiempo pero que nunca termino de decidirme a comprar porque, aunque tiene buena pinta y aunque he leído buenas críticas, me da miedo que luego sea un poco demasiado académico y que entonces me aburra mortalmente. Manuel puede dar fe de que cuando llega Brontë Studies - con artículos más o menos académicos sobre las Brontë - huyo de aquellos que parecen tesis doctorales con lenguaje rimbombante para decir las cosas más sencillas y que estudian cosas como "'This Shattered Prison': Confinement, Control And Gender in Wuthering Heights". Soy consciente de que esos son los verdaderamente buenos pero yo prefiero los que se quedan más a pie de calle. Por suerte, Manuel lee Brontë Studies desde la primera mayúscula hasta el último punto y luego me hace un resumen de los que yo me he negado a leer (y en algunos casos intento hacer el esfuerzo porque el tema en sí no está mal pero el estilo me pierde por el camino) que por desgracia para mí, desde que hay una editora nueva, son más que antes.

El caso es que siempre dudo si A Very Great Profession, de Nicola Beauman será en esa línea o será en la línea amena que cuenta lo mismo en vocabulario sencillo para los pobres mortales como yo que no saben apreciar las bondades de las frases retorcidas y complicadas llenas de palabras largas con sufijos y prefijos. La premisa del libro no me disgusta: un análisis de las novelas inglesas escritas por las mujeres en el periodo de entreguerras. Ahora que me gusta y me interesa tanto esa época de nuevo me pica la curiosidad. Además la autora, Nicola Beauman, es la fundadora de la editorial Persephone, dedicada a rescatar del olvido libros de esas características precisamente, cuya página no hay día que no visite llevada de una forma u otra hasta ella para descubrir un libro tentador detrás de otro.

Antes de encontrarme con la cita que pondré más abajo y en una de las muchas, muchísimas visitas a la página de Persephone le había estado hablando a Manuel de las maravillas de esa editorial. A Manuel todo le parecía cuanto menos curioso hasta que le leí su leitmotiv: ficción y no-ficción olvidada escrita por mujeres, para mujeres y sobre mujeres. Rápidamente me apresuré a a aclarar que también tienen publicado algún libro escrito por hombres como Leonard Woolf pero ya lo había perdido. Y es cierto que no lo termino de encontrar acertado yo tampoco.

Así que días después, cuando me encontré la siguiente cita en Among the Bohemians, no pude evitar pasársela a Manuel y nos dio pie a un debate. Manuel no terminó de estar de acuerdo y, sin embargo, yo la creo a pies juntillas. Ya me indigné aquí una vez sobre cómo los grandes de la literatura suelen ser escritorES y no hay más que mirar alguna lista de esas de mejores libros de todos los tiempos para ver que la mayoría están firmados por hombres. No tengo nada en contra de que uno tenga tendencia a leer más lo escrito por hombres que por mujeres (en mi caso la balanza se inclina hasta casi romperse hacia el lado de las escritorAS). Ya de por sí esas listas no me gustan porque suelen sonar a hueco en el sentido de que me parece de que van en la línea de "si siempre se ha dicho que eran buenas será por algo, para qué me voy a molestar en comprobarlo por mí mismo".

¿Un ejemplo anterior al de la época de entreguerras? Dices que tu autor preferido es Dickens y quedas, aunque el interlocutor no haya leído ni una palabra escrita por él, razonablemente bien. "Dickens, por Dios, sí". Dices Charlotte Brontë y te encuentras con un gesto extraño que, traducido, quiere decir "ah, sí, novela rosa". Y si parezco exagerada basta con un vistazo al artículo de la wikipedia sobre "novela romántica" (siempre confundiendo romántico y Romántico), que no es más que un batiburrillo de Brontë, Austen, Bridget Jones, Danielle Steel y demás autorAS, no hay ni un hombre) y que en mi opinión es como juntar en un artículo a Dickens, a Kerouac, a Hardy, a Salinger, a Dan Brown y a Terry Pratchett porque, digo yo, si son hombres, escribirán sobre lo mismo.

Sin más, dejo aquí la cita que ha dado lugar a esta entrada que, para estar con el arroz un poco pasado, me ha dado mucho más juego del que esperaba cuando empecé.

In her illuminating study of early twentieth-century women's fiction, A Very Great Profession (1983), Nicola Beauman makes a convincing case for domesticity as a fruitful topic for the novel, in that it touches on preoccupations that are of absorbing interest to a female audience. She points out that a tradition of male-dominated criticism has expelled works that depict the everyday details of women's lives from the canon of durable art. Today the clichéd sneer 'Aga-saga' still attaches with regrettable ease to works of fiction which dwell on the trivia of life. Nicola Beauman speaks for many women who are left cold by 'important issues', and seek 'with a desperate and almost perverted yearning for a mere crumb of everyday reality', something with which they can wholeheartedly identify.

En su esclarecedor estudio de la ficción femenina de principios del siglo XX, A Very Great Profession (1983), Nicola Beauman defiende convincentemente que la vida hogareña es un tema fructífero para la novela puesto que trata asuntos de gran interés para el público femenino. Señala que la tradición de crítica literaria dominada por la perspectiva masculina ha excluído del canon de arte duradero aquellas obras que reflejan los detalles cotidianos de las vidas de las mujeres. A día de hoy, el despectivo cliché "Aga-saga"* todavía se atribuye con una lamentable facilidad a las obras de ficción que versan sobre las trivialidades de la vida. Nicola Beauman habla por muchas mujeres a las que los "asuntos importantes" les dejan frías y que buscan "con un anhelo desesperado, casi enfermizo, una pequeña dosis de realidad cotidiana", algo con lo que poder identificarse por completo. (Traducción cutre y rápida mía)

*No me he visto capaz de traducir eso, en gran medida por lo bien que suena. Aga es una marca de cocinas "tradicionales" y carísimas.

La foto, por cierto, es de
Brief Encounter (Breve encuentro), película de 1945 que dio pie a Nicola Beauman a preguntarse qué libros llevaría Laura Jesson, interpretada por Celia Johnson, en su cesta. Tengo pendiente ver esta película desde hace muchísimo, por cierto.

jueves, 26 de marzo de 2009

The Victorians

Ya conté que en Londres nos encantó ver el programa de Jeremy Paxman sobre los victorianos y cuánto me gustó el libro complementario. No pierdo ocasión de recordarle abiertamente a Manuel que él mismo dijo que es un libro para regalar.

Entre recordatorio y recordatorio nos las ingeniamos para ver el resto de episodios. El que habíamos visto en Londres era el segundo y el tercero y el cuarto los vimos poco después de su emisión en Inglaterra (ni esperar a dejarlos para Noche de viernes ni nada), siempre sabiendo que teníamos pendiente el primero de todos. Al final este primer episodio nos vino que ni pintado para desengancharnos poco a poco cuando nos enteramos de que el cuarto episodio había sido el último, cosa que ignorábamos. Lo cierto es que podríamos visto el programa durante tantos años como estuvo la Reina Victoria aposentada en el trono (63 años).

El programa surge de una idea curiosa. Jeremy Paxman, que siempre suele ser tan crítico y tan cínico con su país y todo lo relacionado con él, se dio cuenta de que puede que los cuadros de la época victoriana no se consideren grandes obras de arte pero que tengan un valor diferente al relacionado con la ejecución, originalidad y demás. Y es que, si hay algo que los ingleses (generalizando mucho, lo sé) no pueden resistir es contar una buena historia. Así, los cuadros sin excesivo valor artístico - aunque los hay muy bonitos para los que no somos entendidos - cobran valor como una especie de prensa gráfica de la época, contando más sobre los acontecimientos y realidades sociales de lo que pueda parecer en principio a través de pequeños detalles.

De modo que Jeremy Paxman repasa a grandes rasgos los principales acontecimientos de ese largo periodo de tiempo: las colonias, la revolución industrial, el ferrocarril, la sagrada vida familiar y los dobles raseros que conllevaba, la expansión de las ciudades, etc. Todo contado a través de los cuadros de la época y de visitas a sitios relacionados con lo que se narra en ese momento. Y todo contado, como no podía ser de otra forma, con el humor característico, aunque un poco menos cínico, de Jeremy Paxman.

63 años son muchos años para contar en cuatro episodios de una hora y por eso dejan ganas de más. Manuel, por ejemplo, siempre se quejaba de que iba dando tumbos: están contando una cosa y de repente saltan a otra que no tiene mucho que ver, pero es que el tiempo apremiaba. Yo no puedo ser nada crítica porque me gustaba tanto lo que se contaba y cómo que simplemente no tenía ojos para nada más.

Así que hace unos días me enteré de que los cuatro episodios salen en DVD en mayo... y, claro, ahora los indirectas directas a Manuel son sobre un pack libro + DVD de lo más apañado.

Y hablando de esta época resulta que The Young Victoria (traducida como ¿La joven Victoria? ¿La reina Victoria?) y que tanto promocionaban en Londres sí que se estrenará, supongo que a escala modesta, en España. La fecha: 30 de abril, según el IMDb.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Reinventando el infierno

Los -------- (apellido familiar escrito al más puro estilo novela Brontë) tenemos un gen que nos hace partirnos de risa en las situaciones más inesperadas. Mi madre y mi tía, sin ir más lejos, son conocidas por reírse sin parar después de una caída propia (no muy grave) en la calle o después de sentarse en el suelo y no poder levantarse más que con la ayuda de alguien. Es cuando les van a ayudar cuando se parten de risa y derivan el esfuerzo a las carcajadas.

El gen me ha salido a relucir hoy cuando he reinventado mi idea del infierno. Porque no es un pozo lleno de fuego, que diría la pequeña Jane Eyre, sino una ancha avenida llena en obras donde el sol te da de cara y hace un viento huracanado que te alborota el pelo en todas las direcciones y te llena los ojos y las lentillas de tanta porquería de las obras que no puedes abrir los ojos que, a pesar de todo, te lloran sin parar y, cuando intentas hacer amago de abrirlos, el sol te deslumbra. Donde vas con una bolsa enorme y pesada en cada mano que, con el viento, se hinchan y tiran de ti, que no sabes dónde vas porque no ves nada, hacia delante. Donde tienes tantas ganas de llegar a un sitio resguardado que prefieres seguir caminando a ciegas con un miedo terrible a los incontables postes, farolas, señales y "esculturas" verticales que sabes que se están cruzando en tu camino.

Donde al final decides que así no puedes continuar, tienes que soltar las bolsas y confíar en que la cantidad increíble de cosas delicadas que llevas no se haga añicos al aterrizar o salir volando.

Donde por fin, en mitad de la nada, te paras.

Donde, rodeada de bolsas gigantes, con ojos llorosos y unos pelos que hubieran sido la envidia de cualquier fashion victim en los ochenta, te paras y te empiezas a reír sin poder parar, con lo cual lloras de porquería en los ojos y de risa pero por suerte no de desesperación. Donde imaginas, porque no puedes ver, a los transeúntes que rehúyen a esa chica loca.

Al final consigues recomponerte en todos los sentidos y concluyes que, bueno, puede que eso no sea el infierno pero que seguro, seguro, que en el infierno, combinado o no con el fuego, ahí ya no entras, hace mucho, mucho viento.