sábado, 11 de abril de 2009

Torrijas, o sábado de repostería adelantado

Volvimos hace unos días, pero desde entonces apenas hemos parado, entre hacer torrijas, montar sillas, organizar cosas y, por supuesto, vaguear un poco. Así que me reservo las fotos de la otra capital catalana un día o dos más y entro en materia con lo que decía de las torrijas.

Ayer pasamos la mañana entre fogones en una tarde de sábado de repostería reconvertida puntualmente en mañana de Viernes Santo de torrijas. Yo había sido muy ambiciosa y había comprado dos barras pero pronto quedó claro (nada más salir de la panadería casi, y luego hablando con la asesora culinaria) que sólo utilizaría una... ¡y de sobra!

Salieron tan ricas como el año pasado y tantísimas que aún quedan un montón (literalmente). Nos reímos cada vez que nos zampamos una recordando al nutricionista que, por lo visto, recomendó comer sólo una torrija en toda la Semana Santa y ni siquiera de una sentada. No: hay que partirla en ocho trocitos, uno para cada día, hasta que el octavo (esto ya es de mi cosecha) te dé tanto asco comerte el trozo reseco y medio pocho que aborrezcas las torrijas para el resto de tus días. Vamos, que como decía Manuel mientras yo rebañaba con mucho gusto el limón y la canela que habían hervido con la leche* si el nutricionista un día se topase con nosotros su "excelente" alimentación no le salvaría del ataque que le daría al conocer nuestras costumbres reposteras.

Y ya tenemos preparados los huevos de pascua y demás cosas de chocolate para mañana, claro. Así que, señor nutricionista, absténgase de leer el blog mañana que seguiremos con la sobredosis de azúcar.

* ¡Y yo estaba deseando que me sobrase leche de esa! Está riquísima después pero ayer nos llegó justita. Quería recrear el té americano que nos sirvieron en una cafetería de la otra capital catalana (no sé por qué el misterio, pero ahora que he empezado ya me veo obligada a llevarlo hasta sus últimas consecuencias). Estaba hecho - sin agua - a base de leche, cáscara de limón y canela en rama y molida. Riquísimo y bien calentito cuando fuera no hacía más que diluviar y diluviar.

lunes, 6 de abril de 2009

Cambio de aires

Durante un par de días cambiamos de capital catalana.

¡Hasta la vuelta!

Juvenilia 1829-1835, de Charlotte Brontë, editado por Juliet Barker

Antes de nada, dejo constancia de que soy consciente de que se dice "los juvenilia". Dicho esto, espero que si se me escapa algún "la juvenilia", que incultamente es lo que me sale por defecto, me sea perdonado.

Ya dije que conmemoro la muerte de Charlotte Brontë con algún libro suyo entre manos. Otros años me dedico a las relecturas que, en el caso de Charlotte Brontë en particular es algo que creo que se puede hacer ad infinitum (al parecer para la entrada de hoy los latinajos estaban de promoción) y siempre encontrar nuevos detalles. Este año me dije que ya era hora de aparcar mis temores a que los juvenilia fueran un poco pelmazo - a pesar de que Manuel, que es el verdadero experto en escritos juveniles Brontë, insistía en que no sería así - y comenzar por algo bastante básico de entre los numerosos tomos de escritos juveniles que tenemos por casa y coger el editado por Juliet Barker (autora, entre otros, de la grandísima, en todos los sentidos, biografía The Brontës y una eminencia en cuestiones de sabiduría Brontë, aunque quizá los juvenilia sean más el campo de Christine Alexander... ejem, sí, ya paro): Juvenilia 1829-1835, de Charlotte Brontë.

No es que yo no hubiese leído ni una palabra de juvenilia en la vida antes, porque en las biografías (y de esas sí que he leído unas cuantas) sale siempre, y hay fragmentos que son muy conocidos. Pero no sé, a mí las sagas no me van demasiado, más que nada porque me da miedo hacerme un lío de personajes y generaciones y eventos, y los juvenilia son una saga escrita en miniatura.

La magia de los juvenilia para mí, hasta hace unos días, residía, no en el contenido, sino en todo lo de alrededor. Unos niños que la leyenda se empeña en describir como tristones, apagados, grises y que los hechos y los testimonios confirman una y otra vez como niños normales y corrientes. O mejor, no: niños muy raros para su tiempo ya que su padre - otro distorsionado por la leyenda - les permitía lo que en la época no era nada común: leer cualquier cosa que cayera en sus manos, escribir sin parar, jugar a sus anchas, pasarlo bien a su manera. Los orígenes de los juvenilia se remontan a unos soldaditos de manera que Patrick, el padre, le regaló a Branwell y los niños se repartieron, dieron nombres de personajes reales de la época (por ejemplo el Duque de Wellington) y reinos ficticios y escenificaron los acontecimientos que con el tiempo fueron dejando plasmados por escrito. Reinos míticos como Glass Town, cuyo nombre luego hicieron más culto a la griega como Verdopolis, y Angria en el caso de Charlotte y Branwell y Gondal y Gaaldine en el caso de Emily y Anne (de las que sólo se conserva la poesía, no sé sabe con certeza qué fue de la prosa). Emily y Anne que con 27 y 25 años respectivamente aún jugaban en un viaje en tren a York a ser estos personajes que nunca llegaron a ser sólo ficticios para ellas. Charlotte describe al final del libro que leí cómo, mientras da clase en Roe Head - un internado al que primero fue como alumna y luego volvió como profesora - el Duque de Zamorna, que aparece en la portada del libro arriba dibujado por la misma Charlotte, se le aparece y ella lo ve claramente, lo describe vívidamente, se le acelera la respiración. Impresionante.

Los juvenilia se conservan en libritos minúsculos en los que escribían sin parar y en los que se dejaban los ojos. Los escribían en letra de imprenta y formato de revista de la época con anuncios ficticios y todo o bien en formato de novela, pero siempre "encuadernados" con todo lujo de detalles. De poco sirvió el intento de Patrick de regalarles un cuaderno grande donde les ponía como condición que escribieran en letra normal; los niños disfrutaban con sus miniaturas, hechas en principio del tamaño correspondiente a los soldaditos, que les daban libertad de los ojos de su padre y de su tía que no alcanzaban a leer esa letra. Además el papel era muy caro y ellos escribían mucho.

Fueron el taller de escritura perfecto. Charlotte con 14 años escribe como pocos hoy, con un manejo de la retórica y unas descripciones que dejan perplejo. Una niña que no había salido de su pueblo industrial describe con una facilidad asombrosa unos patios soleados de columnas griegas, unas telas con todo tipo de detalles, el mar que nunca había visto y un largo etcétera. Había leído mucho, sí, pero lo cuenta de forma tan creíble que cuesta creer que sea sólo fruto de una lectura anterior y una imaginación desbordante. Lo mejor es cuando ella misma habla de la escritura. No es raro encontrar aclaraciones suyas de cómo va a dejar ahí la metáfora porque ya se le ha ido demasiado de las manos y cosas similares. Esta cercanía, no hay duda, es la antecesora de sus famosísimos apelativos al "lector". ("Reader, I married him" ("Me casé con él, lector") le debe toda su fuerza a los juvenilia). También le debemos mucho a su adorado profesor de Bruselas, el señor Heger, que la enseñó a sacrificar sin miedo todo aquello que no aportaba nada (y es que Charlotte se iba constantemente por los cerros de Úbeda). Todo ello nos dejó a la Charlotte Brontë que hoy conocemos como autora publicada.

Pero, ¡oh!, qué tonta era pasando de largo de los juvenilia. No sólo me ha cortado la respiración Charlotte con su impresionante estilo, sino que además me he reído mucho y he disfrutado con las lecturas de historias que, lejos de la perfección (pero muy superiores a muchas "obras maestras" actuales), son pequeñas joyas por muchos motivos.

El libro de Juliet Barker en concreto incluye alguna historia que luego se ha editado por separado (gracias a Hesperus) y también en español (gracias a Imágica), como The Green Dwarf (El enano verde). Además el libro es perfecto para principiantes porque Juliet Barker ha compilado un fantástico y utilísimo listado de nombres (con su correspondiente explicación de qué pinta en todo esto) que ayuda al lector a no perderse en el laberíntico y siempre cambiante mundo de los personajes verdopolitanos. Charlotte los veía de una forma, los creaba a su gusto pero Branwell, con quien interactuaba aunque a él le gustaba más el sentido histórico y a Charlotte más el personal, se divertía llevándolos por otros derroteros que Charlotte no tenía más que aceptar y que le suponían interesantes retos en lo que a caracterización se refiere. Así, por ejemplo, el romántico y delicado Marquis of Douro se convierte de la noche a la mañana en un hombre rudo que desembocará, de nuevo gracias a Charlotte, en el mítico Duque de Zamorna al que el señor Rochester de Jane Eyre debe tantísimo.

Así que he quedado encantada, tanto por los pequeños guiños a los propios hermanos en la vida real que se suceden, como por lo que se sabe que anticipa todo esto como, lo que más me ha sorprendido sin duda alguna, lo entretenido y difícil de soltar que lo he encontrado todo.

Lo mejor es que aún tengo muchísimo que leer y falta un año para el próximo aniversario así que no descarto saludar a Charlotte antes de tiempo.

domingo, 5 de abril de 2009

Pastel de coco

Todavía quedan unos 100 gramos de harina de fuerza, pero creo que, como prácticamente cualquier receta necesitaría más, me voy a dar por ganadora de la lucha harina de fuerza a punto de caducar vs. sábados de repostería.

El golpe definitivo nos ayudó a asestarlo la receta de ayer: pastel de coco, que nos vino de perlas no sólo para terminar con ese frente sino con otro, el coco sobrante de los panellets. La receta (disponible para quien quiera pedirla) pedía 100 gramos de coco y nosotros teníamos un poco menos pero preferimos no comprar más para así deshacernos de él. Manuel, que no es un gran fan del coco, no estaba muy entusiasmado por la receta, aunque sí por quitar cosas de por medio.

Así que nos pusimos manos a la obra y me extrañó que la receta, pese a la harina de fuerza, no llevara levadura. Pero decidimos seguir la receta tal y como venía en el libro y no intentar improvisar. Así que subió, pero no demasiado que se diga. Nos temíamos un mazacote de esos que tanto miedo nos dan. Peeeeero... no fue para tanto, y de sabor desde luego está excelente (que se lo digan a Manuel el no-fan-del-coco, que está encantado con el sabor). De todo modos, si alguna vez repito creo que sí que pondré un poco de levadura. Ya digo que se come con mucho gusto, pero un poco más de aire ahí dentro no puede tampoco hacer daño alguno.

Es contundente, eso sí, pero lo vamos comiendo con alegría y queda ya menos de la mitad a estas horas.

Mientras lo tomábamos plácidamente esta mañana leyendo el periódico del domingo me he indignado con una terrible traducción - y en titulares - de El País de hoy. Según una tal Rocío Ayuso, que ha entrevistado a Nicolas Cage, "La ciencia-ficción apela al público en tiempos de crisis". La frase completa de la que se ha extraído el titular es aun peor: "Van con mi gusto [dice Nicolas Cage]. La ciencia-ficción y la fantasía apelan a mis recursos emocionales. Y creo que también apelan al público en estos tiempos de crisis". El señor Cage debió de utilizar el verbo inglés "to appeal", que quiere decir, según el diccionario de El País que esta periodista hubiera hecho bien en consultar, "atraer" en este contexto (y también apelar, sí, pero en asuntos legales en los que la frase resultante tiene sentido, no como aquí). Terrible, terrible.

Que se suma al desastre de ayer, cuando veíamos (yo empezada) The Trip to Bountiful (Regreso a Bountiful), que pasaron hace unos días por TV3. La película me gustó mucho, pero aun más huella me dejó una horrible traducción que apareció en los subtítulos (a los que se me van los ojos irremediablemente y luego pasan estas cosas) y supongo que también en el doblaje. En un autobús, Geraldine Page dice que "his papa and my papa didn't speak", o sea, que "su padre y mi padre no se hablaban", inglés sencillo, sujeto y predicado. Los subtítulos, en catalán, pero yo lo pongo aquí en castellano para evitar más jaleo de idiomas, nos informaron de que "mis padres eran sordomudos". Casi me echo a llorar y no precisamente por el giro dramático de la historia alternativa.

Y ya que estoy en la sección de quejas y reclamaciones aprovecho para protestar también por el señor que escribe los titulares y rótulos en el Telediario de la uno y que no suele dar pie con bola (Manuel y yo nos lo pasamos en grande encontrando los muchos - muchísimos - gazapos) y el anuncio de Leroy Merlin que descarada y subliminalmente obliga a comprar la pintura cara.

De nuevo la única queja que tengo sobre la película dominical de hoy en la que un joven Cary Grant hacía gracias en escena con un perrillo - y también un gato hacie el final - es que cambiaran el título original, The Awful Truth (la terrible verdad, por ejemplo), por un extraño La pícara puritana, al que sigo sin verle sentido incluso después de haber visto la película.

Castigo a un buen sector del gremio de traductores sin pastel de coco. He dicho.

Lo que sí puede celebrar, por cierto, es que hoy, 5 de abril (y cumpleaños de mi madre), me he acabado por fin el té de Navidad. Me merezco un aplauso.

viernes, 3 de abril de 2009

A ojo

Lo que pasa con las fresas es que no te puedes olvidar de ellas, ni siquiera te puedes medio olvidar, que es lo que nos pasó a nosotros. Ayer, cuando las sacamos junto con la nata montada de bote para tomar de postre, nos llevamos un pequeño chasco al encontrar que las pobres estaban incomibles.

Así que tuve que improvisar un batido a ojo. Salvé la mayoría de las fresas, añadí la nata que quedaba en el bote, un poco de leche a ojo, azúcar a ojo y, voilà! un rico batido de fresa que cunde un montón y llena muchísimo.

Porque nada se tira y todo eso.

Y en otro orden de cosas: ¡ha vuelto el sol!

jueves, 2 de abril de 2009

Noche de viernes: Testament of Youth (1979)

Las últimas cinco Noches de viernes las hemos dedicado a la serie de la BBC de 1979 de Testament of Youth (y emitida aquí en los años ochenta como Legado de juventud). Fui yo la instigadora después de leer el libro y a Manuel no le quedó otra que resignarse (pero ya me la devolverá, ya).

No sé si lo que voy a decir a continuación me descalifica de decir nada más o de hecho lo dice todo, pero el caso es que en una parte significativa de los tres primeros capítulos volví a las andadas y me quedé dormida. Así que casi cada vez que retomábamos la serie se había muerto alguien y yo ni me había enterado. El caso es que esas tres primeras semanas renuncié a hacer punto de cruz mientras la veíamos por aquello de prestar mucha atención a los detalles. Las dos últimas me dejaba de tonterías y me dedicaba al punto de cruz como si de cafeína en vena se tratase.

Y es que los años setenta para las series de la BBC fueron unos años muy prolíficos y, por lo que veo, muy difíciles. No sé qué fue de la agilidad y la vitalidad de los guionistas y sus guiones pero ellos sí que estaban desaparecidos en combate. O, como mínimo, no han envejecido demasiado bien.

A mí me hacía ilusión ver la serie porque había leído buenas críticas (de gente que la debió de ver en su día, no hay duda) y porque el libro me había gustado mucho. Y la serie es curiosa hasta cierto punto, pero es todo tan estático que no deja ir mucho más allá. Por suerte la decoración y demás de la BBC siempre ha sido impecable así que de vez en cuando te puedes entretener mirando por ahí.

Las adaptaciones de memorias y autobiografías y ese tipo de cosas no suelen salir bien. Los textos, por muy serio que sea lo que cuentan y sobre todo sin son ingleses, suelen aderezarlo todo con más o menos humor. Vera Brittain, no en los momentos más dramáticos, claro, no es menos y el libro de vez en cuando tiene algo divertido, no para reír a carcajadas pero sí para esbozar una sonrisa. La serie no. La serie es una tragedia contada en teletipo detrás de otra sin ningún respiro.

De los actores poco puedo hablar. Cheryl Campbell, que hace de Vera Brittain, no está mal, y la chica que hace de Winifred Holtby hacia el final me gustó bastante (quizá porque por fin, después de cinco largas semanas, entró un poco de aire fresco). Peter Woodward, que hace de Roland, nos espantó desde el principio y si hubiera sido algo relacionado con la Segunda Guerra Mundial en lugar de la Primera, no habría quedado ninguna duda de su doble vida como Nazi, como se ve en la foto del cartel ahí arriba. (Luego Manuel se acordó de que le sonaba de Babylon 5 y Stargate).

Lo mejor de la serie es la facilidad para verla: está enterita en YouTube. Si la BBC, que siempre está borrando vídeos y usuarios por problemas de copyright, ha dejado que permanezca ahí (la BBC lo ve todo en YouTube) es porque seguro que no tienen planes de sacarla en DVD. Comprensible.

Por otra parte, cuando estuvimos en Londres yo tenía muy reciente el libro y sabíamos que el primer viernes después del viaje nos esperaba esta serie. Manuel, que hasta que yo leí el libro no tenía mucha idea de quién era Vera Brittain, no se podía creer que lo de Vera Brittain no fuese una vuelta al pasado extraña mía: en un montón de tiendas había cosas relacionadas con Vera Brittain que le obligaron a decir "Vera Brittain está en todas partes". Yo, siempre que me cruzaba con él (y era siempre que entrábamos en cualquiera de esos antros de perdición llamados librerías), cogía Because You Died de entre los demás de Vera Brittain y me planteaba si comprarlo o no. Era carillo, pero tan bonito. Al final siempre lo dejaba de vuelta en su estantería. Si es que soy una sacrificada...

miércoles, 1 de abril de 2009

Flores para el primer día (gris) de abril

Llueve, llueve, llueve sin parar desde ayer. Así que para contrarrestrar un poco el color grisáceo de todo rescato algunas fotos de flores que se quedaron en tintero.

Como siempre, no sé nada de nombres (aunque ahora me pregunto si esta es de la familia de esta que puso Elvira: ¿gazania?), pero esta que pongo a continuación es la famosa flor-reloj que nos fascina a Manuel y a mí. No sabemos por qué mecanismo se guía para, cortada y dentro de casa, seguir abriéndose por la mañana y cerrándose por la tarde, pero es mágico. Cuando la tenemos en casa no hay día que no hablemos de ella, sobre si se ha abierto o no, si al día siguiente se abrirá o no. Y los sábados, cuando Manuel vuelve cargado de florecillas, esta suele ser una de las joyas de la corona, aunque no siempre llega.
La siguiente es una novedad que se ha convertido en una de mis preferidas (como se vio en la foto de ayer). Me encantaría saber el nombre de verdad, porque me parece preciosa Si no recuerdo mal, Manuel nunca la había traído hasta el día en que me fui con él, pero ahora siempre la trae. Y es que esta flor sólo tiene cosas buenas: también es mágica, porque cuando llega tiene dos o tres florecitas que salen de los dos o tres tallos en que se divide el tallo central. Pero a medida que pasan los días, no sé cómo, van apareciendo más tallos pequeños y se va cuajando de más y más flores blanquitas. Tiene un olor muy, muy suave, nada abrumador, muy delicado. Y, para poder disfrutarla más, dura muchísimo. Una de las que aún tenemos tiene por lo menos dos semanas y se conserva como nueva.

Y es abril y, como siempre, Robert Browning se activa en mi cerebro y, como quien tiene pegada la canción del verano y la tararea sin parar, yo no dejo de "oír" su famoso "Oh, to be in England/Now that April's there" (Oh, poder estar en Inglaterra, ahora que abril ha llegado). Imposible traducir más que los dos primeros versos:

Oh, to be in England
Now that April's there,
And whoever wakes in England
Sees, some morning, unaware,
That the lowest boughs and the brushwood sheaf
Round the elm-tree bole are in tiny leaf,
While the chaffinch sings on the orchard bough
In England - now!

And after April, when May follows,
And the whitethroat builds, and all the swallows
Hark! where my blossomed pear-tree in the hedge
Leans to the field and scatters on the clover
Blossoms and dewdrops - at the bent spray's edge
That's the wise thrush; he sings each song twice over,
Lest you should think he never could recapture
The first fine careless rapture!

And though the fields look rough with hoary dew,
All will be gay when noontide wakes anew
The buttercups, the little children's dower, -
Far brighter than this gaudy melon-flower!

Bueno, quizá hoy no sea el día para estar en Inglaterra, con eso de que es el equivalente del día de los inocentes, pero ¿y el resto del mes?