martes, 9 de noviembre de 2010

La nueva forma de escribir las cosas

Estas cosas se avisan. El otro día en las noticias hablaban de cosas de aquí y de allí, ya en esa zona en la que cada noticia es de su padre y de su madre y que nunca sabes cuál va a ser la siguiente, cuando de pronto, así, como quien no quiere la cosa, van y dicen que la RAE, casi por decreto, va y cambia ciertas cosas un poco porque les viene en gana. Parece que los académicos, resignados ante el hecho de que Mario Vargas Llosa ha ganado el Premio Nobel y que por lo tanto van a pasar años hasta que otro escritor de lengua hispana lo gane de nuevo, abandonan sus escritos y se ponen a toquetear cosas que no vienen del todo a cuento. Ya se sabe, cuando el diablo no tiene nada que hacer, con el rabo mata moscas.

Así que yo, que siempre había pensado que en general eran las normas del lenguaje las que se adaptaban al uso, ahora me encuentro con que es, una vez más, el uso el que tiene que adaptarse a la norma por imposición.

De los creadores de bluyín y cederrón, ahora nos llega una nueva superproducción. Para comentarla me baso en el artículo que apareció en El País:

La i griega será ye. Algunas letras de nuestro alfabeto recibían varios nombres: be, be alta o be larga para la b; uve, be baja o be corta, para v; uve doble, ve doble o doble ve para w; i griega o ye para la letra y; ceta, ceda, zeta o zeda para z. La nueva Ortografía propone un solo nombre para cada letra: be para b; uve para v; doble uve para w; ye para y (en lugar de i griega). Según el coordinador del nuevo texto, el uso mayoritario en español de la i griega es consonántico (rayo, yegua), de ahí su nuevo nombre, mayoritario además en muchos países de América Latina. Por supuesto, la desaparición de la i griega afecta también a la i latina, que pasa a denominarse simplemente i.

Se me cae otro mito, porque yo pensaba que una de las misiones de la RAE era enriquecer la lengua a partir de los muchos países en los que se habla, no empobrecerla para hacerla estándar. Así que eliminar, digamos, "sinónimos" de nombres de letras por decreto y reducirlos a un solo nombre me parece bastante chocante. Ya me veo como la típica viejecita que es incapaz de adaptarse a los cambios y a la que la gente mira con extrañeza cuando se refiere a la "ye" como "i griega" pero, sinceramente, de momento no me veo diciendo "se escribe con ye", más que nada por la imagen de Concha Velasco que me viene a la mente cada vez que lo intento.

Tampoco me veo diciendo "doble uve". Creía que en español el adjetivo se colocaba preferentemente después del sustantivo, no antes.

Ch y ll ya no son letras del alfabeto. Desde el siglo XIX, las combinaciones de letras ch y ll eran consideradas letras del alfabeto, pero ya en la Ortografía de 1999 pasaron a considerarse dígrafos, es decir, "signos ortográficos de dos letras". Sin embargo, tanto ch como ll permanecieron en la tabla del alfabeto. La nueva edición los suprime "formalmente". Así, pues, las letras del abecedario pasan a ser 27.

Esto ya lo asumí hace mucho y cuando pienso en el alfabeto ya nunca las digo. De hecho pensaba que ya era así desde hace siglos.


Solo café solo, sin tilde. Hay dos usos en la acentuación gráfica tradicionalmente asociados a la tilde diacrítica (la que modifica una letra como también la modifica, por ejemplo, la diéresis: llegue, antigüedad). Esos dos usos son: 1) el que opone los determinantes demostrativos este, esta, estos, estas (Ese libro me gusta) frente a los usos pronominales de las mismas formas (Ese no me gusta). 2) El que marcaba la voz solo en su uso adverbial (Llegaron solo hasta aquí) frente a su valor adjetivo (Vive solo).

"Sólo" ya venían mirándolo mal desde hace tiempo, aunque a mí esa tilde me parece práctica, dentro de lo tonta que puede ser. Es evidente que el contexto deja claro si se trata de un adjetivo o de un adverbio, pero eso siempre ha sido así, no sé a qué viene darse cuenta ahora.


"Como estas distinciones no se ajustaban estrictamente a las reglas de la tilde diacrítica (pues en ningún caso se opone una palabra tónica a una átona), desde 1959 las normas ortográficas restringían la obligatoriedad del acento gráfico únicamente para las situaciones de posible ambigüedad (Dijo que ésta mañana vendrá / Dijo que esta mañana vendrá; Pasaré solo este verano / Pasaré solo este verano). Dado que tales casos son muy poco frecuentes y que son fácilmente resueltos por el contexto, se acuerda que se puede no tildar el adverbio solo y los pronombres demostrativos incluso en casos de posible ambigüedad", esto dice la comisión de la nueva Ortografía, que, eso sí, no condena su uso si alguien quiere utilizar la tilde en caso de ambigüedad. Café para todos. No obstante, la RAE lleva décadas predicando con el ejemplo y desde 1960, en sus publicaciones no pone tilde ni a solo ni a los demostrativos.

Mira, de esta me alegro. Yo nunca ponía tilde a los demostrativos y de hecho me daba rabia verla puesta, sobre todo cuando la gente la ponía por defecto sin hacer caso a la norma. Pero es lo de antes: creo que nunca han dado demasiado pie al error, así que no veo por qué ahora, de repente, se considera prescindible.

De todos modos, ya puestos, la tilde diacrítica en general es un poco tonta. Creo que hay más posibilidades de confundir "solo" como adverbio o adjetivo que "te" y "té".

Guion, también sin tilde. Hasta ahora, la RAE consideraba "monosílabas a efectos ortográficos las palabras que incluían una secuencia de vocales pronunciadas como hiatos en unas áreas hispánicas y como diptongos en otras". Sin embargo, permitía "la escritura con tilde a aquellas personas que percibieran claramente la existencia de hiato". Se podía, por tanto, escribir guion-guión, hui-huí, riais-riáis, Sion-Sión, truhan-truhán, fie-fié... La nueva Ortografía considera que en estas palabras son "monosílabas a efectos ortográficos" y que, cualquiera sea su forma de pronunciarlas, se escriban siempre sin tilde: guion, hui, riais, Sion, truhan y fie. En este caso, además, la RAE no se limita a proponer y "condena" cualquier otro uso. Como dice Salvador Gutiérrez Ordóñez, "escribir guión será una falta de ortografía".

Guion (qué difícil de escribir sin tilde, he tenido que borrar y comenzar de nuevo dos veces) es la que más me duele de esta reforma. Manuel se pasó todo el sábado intentando reconciliarme con la idea y aun no sé si con esa me va a pasar como con la "i griega" y me voy a quedar en el uso arcaico y, a partir de ahora, incorrecto.

La modificación será todo lo normativa que uno quiera, pero no por ello es más fácil de digerir: yo hasta ahora escribía con alegría "guión", "riáis" (habría escrito "truhán" salvo que creo que nunca he escrito "truhan" en la vida antes), etc. El problema - mi problema - está en que yo, que soy una integrista de las faltas de ortografía (la única lectora puede dar fe de ello) nunca fui capaz de aprenderme las reglas de las tildes y demás. Fui totalmente incapaz de memorizarlas y a día de hoy no tengo ni idea de qué pasa con las palabras llanas que acaban en "n" o en "s" o como sea. Lo único que se me quedó fue que las esdrújulas siempre llevaban tilde. El resto es pura memoria fotográfica.

Manuel me intentó convencer a base de que no hay necesidad de romper el diptongo o no sé qué historias y, efectivamente, me da mucha rabia la gente que a día de hoy sigue escribiendo "fué", que supongo que es el mismo caso. Pero es que... ¿guion? A partir de ahora me dan ganas de pronunciarlo así, de golpe "guion", dicho rápido a modo de verdadero monosílabo.

Así que aviso para navegantes desde ya: en este blog escribo con relativa frecuencia guion y verbos conjugados en -ais. Puede que me quede estancada en el tiempo, por principios o por inercia, con las tildes de estas palabras. Durante un tiempo intentaré ser buena y amoldarme, pero no garantizo nada. Disculpas de antemano acerca de estas posible faltas de ortografía. Se puede considerar esta entrada como una fe de erratas por anticipado.

Porque esa es otra. Da la impresión de que en vez de buscar que la gente escriba mejor, parecen empeñados en que la gente escriba peor. Gente que hasta ahora escribía correctamente, de la noche a la mañana se encuentra con que ahora corre el riesgo de que, si se deja llevar por la inercia al escribir, estará en peligro de escribir con faltas de ortografía.

Por no hablar de los pobres profesores de lengua que se hayan pasado el curso haciendo hincapié sobre unas normas que de repente han cambiado. ¿Qué credibilidad van a tener ahora?

4 o 5 y no 4 ó 5. Las viejas ortografías se preparaban pensando en que todo el mundo escribía a mano. La nueva no ha perdido de vista la moderna escritura mecánica: de la ya vetusta máquina de escribir al ordenador. Hasta ahora, la conjunción o se escribía con tilde cuando aparecía entre cifras (4 ó 5 millones). Era una excepción de las reglas de acentuación del español: "era la única palabra átona que podía llevar tilde". Sin embargo, los teclados de ordenador han eliminado "el peligro de confundir la letra o con la cifra cero, de tamaño mayor".

Otro absurdo y otra cosa que resultaba práctica. Para lo anticuados que suelen estar en la RAE a veces les dan golpes de estos de modernidad absurda. ¿Quieren decir que ya nadie escribe a mano y necesita distinguir una o escrita a mano de un 0 escrito a mano? ¿Quieren decir que, pese a la diferencia de tamaño, no es mucho más fácil para la vista reconocer de entrada una o de un cero? ¿Qué daño hacía esa pobre ó cuando se utilizaba bien? (También me daba rabia la gente que la utilizaba mal). Era práctica. Espero que alguna empresa tenga problemas económicos a raíz de una o confundida con un 0 y denuncie a la RAE. No se juega con estas cosas.

Catar y no Qatar. Aunque no siempre lo fue, recuerda el coordinador de la nueva ortografía, la letra k ya es plenamente española, de ahí que se elimine la q como letra que representa por sí sola el fonema /k/. "En nuestro sistema de escritura la letra q solo representa al fonema /k/ en la combinación qu ante e o i (queso, quiso). Por ello, la escritura con q de algunas palabras (Iraq, Qatar, quórum) representa una incongruencia con las reglas". De ahí que pase a escribirse ahora: Irak, Catar y cuórum. ¿Y si alguien prefiere la grafía anterior: "Deberá hacerlo como si se tratase de extranjerismos crudos (quorum, en cursiva y sin tilde)". Aunque esta regla no sirve para los nombres propios, que se siguen escribiendo en redonda, del mismo modo que hay quien prefiere escribir New York a Nueva York.

Catar es feo. Catar es un verbo que significa otra cosa, no un país. A los de Catar no creo que les haga gracia que nadie, por aquello de mantener la Q del nombre de su país, vaya y lo escriba en cursiva, parece poco serio, como un país de mentirijilla. Qatar. Aunque no sé qué es peor: "Soy de Qatar" (el país de mentirijilla) o "soy de Catar" ("soy de catar el vino, el jamón...").

En fin, académicos de la RAE (sí, también tú, Javier Marías). Se habrán quedado a gusto.

EDITADO para añadir lo que dijo Javier Marías al respecto:

Por su parte, Javier Marías, escritor y miembro de la RAE, quiere, antes de opinar por extenso, ver la nueva Ortografía preparada por sus compañeros -"hay gente muy sabia con sus motivos para hacer cambios que no parecen excesivos ni traumáticos"-, pero adelanta: "Voy a seguir escribiendo como me apetezca". Privilegios de creador. "Algunos se han quejado de que en lugar de espurio escribo espúreo, una fórmula que hace años que no acepta la RAE. Me parece más auténtico. La palabra espurio la encuentro espúrea", dice. Y recuerda que Juan Ramón Jiménez escribía jeneral. "La Academia no impone nada, aunque su autoridad es grande y la gente hace caso a lo que dictamina", continúa. Sea como fuere, él va a seguir escribiendo truhán con tilde: "No creo que se pronuncie igual que Juan, ni que guión se pronuncie como la segunda sílaba de avión". Su propuesta: que se permitan las dos opciones, como se permiten fútbol o futbol. Respecto a Qatar, que será Catar, afirma que hay cosas que forman parte de las extravagancias ortográficas de cada lengua, "como la x de bijoux en francés".

lunes, 8 de noviembre de 2010

Bizcocho de queso philadelphia y limón

Decir que el jueves por la noche cuando buscaba qué hacer de repostería el sábado estaba poco inspirada es quedarse muy corto; simplemente no tenía ni la más remota idea de qué hacer. Puede que contribuyera el hecho de que aún quedaban panellets: el último se lo comió Manuel el sábado por la mañana, de modo que los panellets 2010 han batido el record de de duración de cualquier repostería antes hecha en esta casa. Y puede que también contribuyera el hecho de que cada vez que daba con una receta apetecible en alguno de los muchos libros que me rodeaban invariablemente llevase algún ingrediente raro que seguramente no encontraría.

Creo que recorrí todos los libros de principio a fin sin éxito. Algunos los volví a mirar y nada. Así que me metí en internet y sin saber muy bien cómo acabé en esta receta: bizcocho de queso philadelphia y limón. Lo del queso philadelphia, tan utilizado para las tartas de queso, me hizo gracia transformado en bizcocho. Se lo propuse a Manuel y aceptó y, por fin, ¡por fin! teníamos repostería seleccionada.

Así que el sábado nos pusimos manos a la obra, es muy fácil de hacer y se nos dio bien. La única diferencia con la receta original es que a mí las cosas que no llevan levadura me dan mala espina, porque el sacar un mazacote del horno siempre me da pánico. Así que le puse un poco de levadura y un poco de bicarbonato sódico y listos. Y, a la vista del resultado final, me alegro de haberlo puesto. No porque aun así haya quedado mazacote, sino porque así creo que ha quedado más o menos de la consistencia ideal.

La pequeña tragedia del día vino por el hecho de que cada vez odio más los moldes ajustables (o mis moldes ajustables, no sé). Así que aunque la masa no era particularmente líquida y el horno estaba bien caliente (y yo hacía tanto que no utilizaba esos moldes que me olvidé de forrar la base con un poco de papel de plata), cayeron unas cuantas gotitas al suelo del horno. ¿Hay algo que dé más rabia que eso? Y aunque alguna vez nos hemos arriesgado y hemos abierto el horno en esos minutos clave, el otro día lo dejamos y al final la cosa se quedó en cuatro gotas contadas, pero igualmente odiosas. Así que al principio la repostería olía a tostada, luego a tostada requemada y por fin a bizcocho, con su olor a limoncito.

Cuando lo sacamos del horno tenía muy buena pinta (no se puede decir lo mismo del propio horno), aunque me olvidé de poner azúcar glas de adorno para las fotos. Y de sabor está bien, no es tampoco nada del otro mundo, pero está rico. Es como un típico bizcocho de limón con un leve saborcillo diferente que le da el queso philadelphia.

Ayer por la noche, después de la plancha, nos dimos el capricho de comer un par de pedacitos, después de ver la fantástica Hail the Conquering Hero (Salve, héroe victorioso), de 1944, dirigida por el siempre genial Preston Sturges (cuando salían los créditos iniciales de la película y no salía ninguno de los actores que conocemos le dije a Manuel que ya era la nueva generación y me dijo que habría un nombre-garantía; era el señor Sturges, claro). En plena guerra, sólo Preston Sturges puede permitirse el lujo de mofarse un poco de los solados, marines y demás. Muy divertida.

Pero no ha sido la única película que he visto durante el fin de semana (no digo hemos porque Manuel siempre ve varias), el viernes, por insistencia de Manuel desde el jueves por la tarde, hicimos una escapada al cine a ver La Bohème. Mi cultura operística es tan, tan limitada que nunca había escuchado esta ópera completa, así que por ese lado estuvo bien, porque las voces y demás están muy bien (yo juzgo hasta donde puedo, pero Manuel también lo decía). Ahora bien, las imágenes son un poco videoclip. La nieve es un poco como la de aquella horrible adaptación de Cumbres borrascosas (nieva y nieva y nieva y el pelo nunca se les moja). Pero bueno, que está bien.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Lugares y provisiones

Hace el tiempo perfecto para que sea agradable leer en casa bajo una mantita con riesgo de amodorrarse demasiado y quedarse dormida o para leer en la calle (en el parque del Palau Robert en concreto el viernes) al solecillo un rato con riesgo de que pase demasiado rato, se vaya el sol y empiece a hacer fresquito.

En casa el remedio contra el riesgo está en levantarse y hacerse una taza de té (por seguir con el tema lánguido; limpiar los armarios de la cocina tiene el mismo efecto pero no el mismo encanto). En la calle el remedio es dar una vueltecilla y ver los árboles otoñales o cuajados de naranjas de esas que debe de ser imposible comer.


Por otra parte la semana pasada como consecuencia de unos cuantos clics en internet y de las fechas correspondientes, el buzón se dio un verdadero atracón de alimentos. La mayoría de los que son consecuencia de clics aquí y allí aún no están completos, así que me los reservo para cuando estén todos. Eso sí, un día me hizo gracia la coincidencia en el buzón del papel de renovación de la Brontë Society y un libro que, dentro de sus respectivos sobres, compartían el mismo verde. Ni hecho a propósito.



Y el buzón también me ha traído algunas provisiones para el fin de semana. Igual que el año pasado, el Persephone Bianually de otoño coincide con la lectura - también por casualidad - de un Persephone.

Y para darle el toque original e inesperado, el recopilatorio de grandes éxitos de Bon Jovi, resultado de uno de esos clics que comentaba antes.



El resultado de las provisiones recién llegadas ha sido tan variado como las propias provisiones. Muy bien por el Persephone Bianually (ya casi exprimido al máximo) y regular por los grandes éxitos. Los grandes éxitos me gustan mucho, claro, pero las canciones nuevas, salvo por el single promocional, me han espantado como hacía tiempo que no me espantaba una canción de Bon Jovi.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Upstairs, Downstairs (Arriba y abajo)

Entrada dedicada a mi padre (que lee el blog) y que estará encantado (¡no!) de ver que no sólo tiene que "aguantar" la serie a medida que mi madre la va viendo (otra vez, que ella sí que la vio en su día) mientras le voy pasando copias de las temporadas, sino que ahora tiene una enorme entrada dedicada a "arriba-abajo-abajo-arriba", como él la llama.

Ya he comentado alguna vez que cuando algo existía desde hace tiempo y yo, por las razones que sea, he tardado en verlo, me dan ganas de tirarme de los pelos o algo así. Así que si se tiene en cuenta de que la última temporada de Upstairs, Downstairs (Arriba y abajo) terminó de rodarse en 1975, seis años antes de que yo naciera, y que he pasado toda mi vida con sólo un vago reconocimiento del nombre de la serie. A diferencia de muchos de los que leen esto yo no recuerdo haberla visto cuando la pasaron en TVE, aunque en mi casa por lo visto sí que se veía. Yo debía de estar jugando con mis bolsas en el pasillo mientras lo ponían (sí, jugaba con pasión con unas cuantas bolsas de plástico normales y corrientes de todos los tamaños; sí, sé que es raro (y sé que ahora las bolsas se consideran peligrosas para los niños pequeños), aunque quizá no tanto como el verano entero que acompañé a mis padres por todo Los Molinos con un bote de Cola Cao atado a una cuerda, simulando que era un perro llamado Cao. No me faltaban juguetes reales - a los que también sacaba mucho partido - pero tenía ciertas tendencias de juegos homeless). Total, que ahora que no juego con bolsas de plástico (aunque sigo reconociendo el potencial que tienen muchas y tiendo a guardar las exóticas que vienen de otros países, así que aún está ahí latente), así que he tenido que recuperar el tiempo perdido y desde que Ángeles mencionó la serie hace siglos ya no me la he podido quitar del todo de la cabeza.

Vi los primeros episodios por internet y me convencieron, pero verlos en el ordenador se me hacía un poco pesado; luego se complicó un poco la vida y lo dejé aparcado durante un tiempo... hasta que el seis de julio Manuel apareció con el pack de la cuarta temporada y abrió la caja de Pandora. Mi tía y mi prima continuaron su labor y me regalaron el resto de temporadas, salvo por la segunda, que no habían encontrado y que me produjo mucho malestar mientras veía la primera hasta que por fin pude comprármela. Para entonces yo ya era un caso perdido de adicción total a Arriba y abajo, haciendo a veces verdaderos malabares para conseguir colar un capítulo. Al principio, en verano, iba a un ritmo de capítulo por día (con alguna ocasión de festín y doble sesión) pero luego a veces era un poco más difícil hacer malabares y al final, con muchas ganas de ver capítulo tras capítulo, los malabares han sido menos, un poco por imposibilidad y un poco por alargar la serie.

Pero el martes se me acabó y me quedé huérfana de Arriba y abajo. Los Bellamy y sus criados me abandonaron y ahora echo mucho de menos hacer malabares para ver algo así de bueno.

Y es que, aunque llego muy tarde, Arriba y abajo ha sido una grandísima revelación. Debo reconocer que al principio no las tenía todas conmigo. Las series de la BBC - aunque esta es de la ITV - de los años setenta que yo conocía eran como un desierto en cuanto a calidad de guión y pensé que me iba a encontrar con algo muy bien recreado pero tirando a lento. ¡Nada más lejos! El desierto de guionistas de la BBC estaba causado porque todos los buenos debían de trabajar en Arriba y abajo. Me sorprendió mucho, por cierto, que no se dedicasen a temas trillados y clásicos, sino que muchas veces tratasen temas muy poco habituales en series de época. Muy innovadores y desde luego merecedores de todos los premios que se llevaron en su día.

Ah, qué maravilla. No puedo quedarme con nada en concreto porque me ha encantado todo. Cuando había cambios de personajes y temporadas yo siempre me temía lo peor, pensaba que ningún personaje iba a poder reemplazar el interés que suponía X (Marjorie, por ejemplo, o Elizabeth, la hija) pero luego llegaban los nuevos y yo me enganchaba igual. ¿Cómo es posible crear una serie en la que uno les coja cariño a todos los personajes? Pero no del gratuito, conseguido a base de buenas caras, sino del de verdad, como personas de verdad. Vale que los niños Bellamy, James y Elizabeth, son unos mimados que con su vida de ricos no se enteran de cómo es el mundo de verdad, vale que a veces dan ganas de abofetearlos, pero al final simplemente son irresistibles y, cuando se pegan el batacazo, es como si te lo hubeiras dado tú, aunque ya lo vieras venir desde hacía tiempo.

O el señor y la(s) señora(s) Bellamy, que probablemente no representen a un gran porcentaje de la sociedad real a la que representan según su atención y respeto por sus criados pero que, precisamente por eso, son dignos de admiración. Sus gestos para con sus criados nunca dejaron de sorprenderme de principio a fin, lo cual quiere decir que mi concepto de las clases altas es muy negativo.

La serie, discretamente, también demuestra que tener criados no era tan fácil como imaginamos., pero tampoco cae en el esnobismo de que tomes partido por los de arriba. De hecho el mérito de la serie - uno de los muchos méritos - recae en que el espectador es incapaz de tomar partido por los de arriba o los de abajo.

Porque los criados y sus vidas también son fascinantes, interesantísimos y, de nuevo, tratados como personas totalmente reales. Los problemas que pueden tener se tratan de nuevo de forma discreta. Puede que haya toques un poco irreales, pero para eso ya está la imaginación del espectador, ¿no?

Qué decir de los actores y los personajes a los que interpretan. El señor Hudson (interpretado por Gordon Jackson), con todo lo snob y "pelota" que puede llegar a ser me ha fascinado de principio a fin. El acento escocés, la tendencia a los sermones y el total y absoluto respeto a sus superiores me parecieron impresionantes. Lo mismo de Rose (interpretada por Jean Marsh, creadora, junto a Eileen Atkins, de la serie, a raíz de una conversación que tuvieron sobre sus madres, que habían trabajado en el servicio doméstico), con otros valores, otra forma de ver el mundo, pero una personalidad de carne y hueso. Y la señora Bridges, la enorme (figuradamente, ojo) señora Bridges. Fantástica interpretación de Angela Baddeley con final trágico, ya que la pobre falleció sólo meses después de terminar el rodaje a causa de una pulmonía. (Y breve mención a Karen Dotrice - en la foto de abajo la criada de más a la derecha - cuya cara me sonaba muchísimo sin saber de qué hasta que leí por ahí que, ¡claro! era la niña de Mary Poppins).

En fin, seguiría personaje por personaje, pero con destacar eso me conformo. Una breve mención también a la segunda señora Bellamy que también me ha encantado.

Y con todos ellos recorremos los 30 primeros años del siglo XX, llenos de cambios (buenísimo en uno de los primeros capítulos lo de mostrar la aspiradora "ultramoderna" o la llegada de la electricidad a casa), con una guerra de por medio (curiosamente uno de los capítulos de la guerra en que se cantaban canciones patrióticas coincidió justo con el día de la Last Night of the Proms donde se cantaban muchas de las mismas canciones: me hizo mucha gracia la coincidencia), cambios en las actitudes cotidianas, en el vestir, en la sociedad. Y todo con pequeñas sutilezas tremendamente británicas que, sin embargo, no quitan - de ahí el éxito - que la serie sea tan universal.

(Sobre lo que correré un tupido velo serán los subtítulos y el doblaje en español (que me parece espantoso (como todos, claro); yo lo veía en versión original con subtítulos en español. Los subtítulos están copiados a partir del doblaje por lo que no sólo la ortografía de nombres y lugares es bastante "libre" sino que además la traducción del doblaje original tiene brotes de creatividad (por llamarlos de alguna manera) de lo más libres y que no sé de dónde se han sacado. Por desgracia ahora no recuerdo ninguno en concreto, pero los ha habido tan buenos que he tenido que "guardar el momento" para ponérselo a Manuel porque, si se lo contaba no me iba a creer. El encargado de la traducción catalana, en cambio, por lo que pude ver comprobando los desatinos, no fumaba ni bebía mientras trabajaba, cosa que siempre se agradece).

Pero por lo que respecta a la serie propiamente dicha: una verdadera joya, más valiosa incluso que las de Lady Marjorie.

Ahora a ver qué tal se porta la BBC con la "continuación". Veremos si, como recomendaba Claudia en los comentarios, me engancho mientras tanto a Downtown Abbey, que también, creo va un poco en la misma línea. Pero como el vacío de Arriba y abajo no se puede llenar con otra serie, de momento me reservo el documental sobre la serie que hay por ahí. Y por supuesto muchas repeticiones de capítulos.

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Y sin tener nada que ver con el resto de la entrada y como hace unos días hablábamos de rimas infantiles, hoy es el famoso día de "Remember, remember the fifth of November" (en realidad conocido como la Guy Fawkes Night, la noche de Guy Fawkes), mecanismo que se activa por sí sólo en mi cabeza cada año desde hace unos años cada vez que paso, sin ningún tipo de asociación mental, la hoja del calendario del cuatro al cinco de noviembre. Con mi mala memoria para estas cosas, yo sólo soy capaz de recordar, a duras penas y con alguna laguna, los cuatro primeros versos:

Remember, remember the Fifth of November,
The Gunpowder Treason and Plot,
I know of no reason
Why the Gunpowder Treason
Should ever be forgot.
Guy Fawkes, Guy Fawkes, t'was his intent
To blow up the King and Parli'ment.
Three-score barrels of powder below
To prove old England's overthrow;
By God's providence he was catch'd

With a dark lantern and burning match.
Holla boys, Holla boys, let the bells ring.
Holloa boys, holloa boys, God save the King!
And what should we do with him? Burn him!
(Traducción aquí, por lo visto aquí se conoce porque la película V de Vendetta comienza así)

jueves, 4 de noviembre de 2010

Noche de viernes: ciclo Muriel Spark

Ahora las adaptaciones de noches de viernes son temáticas, así que durante las últimas semanas hemos estados inmersos en el mundo de Muriel Spark. Curiosamente el ciclo lo eligió Manuel y yo, se supone que la más interesada en esta autora, me resistí un poco porque eso significaba ver varias adaptaciones de las que aún no he leído los originales. El ciclo coincidió con la lectura de The Ballad of Peckham Rye y, como el libro, también me hizo replantearme un poco mi lectura cronológica de la obra de Muriel Spark libro a libro. Hubo unos días que estuve Muriel-Sparkizada total, eso sí.

La primera que vimos era la que Manuel predecía que sería la mejor. The Prime of Miss Jean Brodie (Los mejores años de Miss Brodie), con una jovencísima Maggie Smith y ¡sorpresa! el señor Hudson de Arriba y abajo (el actor en realidad se llamaba Gordon Jackson) trasplantado a su tierra natal de Escocia y a tiempos algo más modernos. Grandes actores y las niñas que forman el círculo de la señorita Brodie no se quedaban atrás. Y un poco de cotilleo, porque otro de los actores es Robert Stephens... marido de Maggie Smith por aquel entonces y por tanto, fácil de deducir por el apellido, padre de Toby Stephens (que nació en 1969, el mismo año del estreno de la película). (Por si alguien no sabe quién es Toby Stephens (¿será posible?): Toby Stephens es el magnífico señor Rochester de la adaptación de Jane Eyre del año 2006).

El problema es que a pesar de que esta novela es probablemente la más conocida de Muriel Spark yo no la he leído. Así que ahora tengo un montón de spoilers pero me consuelo pensando que por lo visto la novela es bastante diferente. Y que además por bien que estuviera la película - y lo estuvo, mucho - no hay nada como leer a Muriel Spark. Desde luego con la historia puede hacer maravillas. Qué extraño es esto de imaginar cómo será un libro ya escrito hace décadas a partir de una película.

El ciclo comenzó de maravilla como puede verse.

El viernes siguiente tocaba The Driver's Seat (Identikit), otro libro de Muriel Spark que espera turno en la estantería y que yo ya había oído decir que era rarito, pero no sabía hasta qué punto. Por lo visto Muriel Spark lo definía no como un whodunnit (típica historia policiaca en la que hay que averiguar quién es el asesino) sino como un whydunnit (que vendría a ser lo mismo pero con el objetivo de resolver el por qué). La película es extraña, no sólo por la trama, sino por el hecho de ver a Elizabeth Taylor rodando a las órdenes de un director italiano no muy conocido en la adaptación de un texto de Muriel Spark ya rarísimo de por sí. Si a eso se le suma que por ahí también sale Andy Warhol la cosa ya se pone más extraña aun.

Pero el caso es que la combinación se deja ver y engancha bastante. Lo malo es que en este caso los spoilers sí que cuentan más a la hora de leer el libro, porque ahora ya conozco el final, pero bueno, qué le vamos a hacer.

Por cierto que Elizabeth Taylor le mandó una carta a Muriel Spark a raíz de esta película, parece que en respuesta a una de la propia Muriel, en la que decía que Richard (Burton) y ella eran "grandes fans de su talento".

La siguiente película siguió haciendo exclamar a Manuel ante la variedad de temas de Muriel Spark. Muriel Spark, lejos, muy lejos de encasillarse en unos temas habituales, iba y venía y escribía sobre lo que le llamaba la atención en cada momento, lo cual tiene sus ventajas pero, como resultó con The Ballad of Peckham Rye, también tiene el inconveniente de hacer que su obra sea un tanto irregular e impredecible. Uno nunca, nunca, nunca sabe dónde va a terminar cuando empieza una historia de Muriel Spark. Y eso quedó claro cuando vimos Nasty Habits (Malas costumbres) (estoy muy decepcionada, por cierto, con el título en español cuando la traducción se prestaba tan bien a conservar el juego de palabras: malos hábitos), basada en la novela The Abbess of Crewe que, sorpresa, tampoco he leído ni tengo aún, pero que por la película creo que tiene que estar muy bien.

Como dijo Manuel la historia viene a narrar una especie de Watergate sólo que llevada al terreno de un convento en el que residen unas monjas un poco locas. Muy divertida y, otra cosa no lo sé, pero muy original. Curiosa también porque para cuando escribió el libro, Muriel Spark ya hacía muchos años que se había convertido al catolicismo.

¡Y por fin llegamos a la única adaptación de la que sí he leído el libro! ¡Bien! Memento Mori fue el primer libro que leí de Muriel Spark y está claro que me enganchó (aunque la obra de Muriel Spark sea tan inmensa que yo abarque tan poco y tan despacio). ¿Cómo puede no resultar tentador un libro que cuenta la preocupación de un grupo de viejecillos ante unas llamadas telefónicas anónimas que reciben y que les recuerdan que deben morir? Y mientras ellos tratan de seguir con su día a día, que se complica (y/o se resuelve), por influencia de las llamadas.

Aquí teníamos de nuevo a Maggie Smith (como ya dije comprobamos siempre que hay actores que repiten con ciertos autores) y a un grupo de típicos viejecitos ingleses - más o menos - reflejando la historia (para una vez que podía comparar me lancé de cabeza; obviaré el trocito en que, ejem, me quedé brevemente traspuesta...) bastante bien. Manuel dice que le gustó mucho y, para lo poco conocida que es (es una adaptación para un programa de televisión), le pareció que estaba muy bien.

Así que el ciclo Muriel Spark, además de variado (cosa que no será el que se nos echa encima mañana) ha resultado muy ameno, muy entretenido y muy agradable. Muy recomendable también, tanto en versión texto (hasta donde yo puedo recomendar, claro) como en versión celuloide.

martes, 2 de noviembre de 2010

Henrietta Sees It Through, de Joyce Dennys

Qué difícil ha sido reservarme la segunda - y última - entrega de Henrietta hasta ahora, Henrietta Sees It Through, de Joyce Dennys. Pero igual que el año pasado, quería recopilar unas cuantas lecturas de guerra para antes del 11 de noviembre - el Poppy day, día del armisticio, ya se ve a los políticos ingleses en las noticias con su amapola en la solapa - y esta ha sido la primera de ellas.

Como el hecho de que la saga de Henrietta esté formada por dos libros distintos es pura casualidad, ya que en realidad las cartas a Robert se publicaban en una columna de periódico, es imposible decidir si la primera entrega es mejor o peor que esta, puesto que todo va en la misma línea y la separación es accidental.

Henrietta sigue siendo la mujer del médico (descripción que ella odia), sigue siendo patosa y un poco dispersa (como tantas y tan adorables protagonistas de libros ingleses), sigue agobiada por la profesión de su marido, por las malas hierbas del jardín, por la situación de familiares y amigos durante la guerra y por la guerra en sí. Pero como las cartas tenían la intención de animar a su amigo Robert en el frente en la ficción y a los lectores del periódico en la realidad, todo se narra en tono más o menos cómico. Ya he dicho muchas veces aquí que el tono ligero y/o cómico a mi entender no le quita peso a nada y aquí me reitero. Henrietta confiesa sus miedos de guerra de puntillas, puede que a nosotros nos parezca que casi pasan desapercibidos pero para un lector de la época seguro que bastaba con eso para conectar y comprender.

Se comenta varias veces cómo tendemos a compararnos siempre y en toda ocasión. Henrietta observa que aquellos a los que no les llueven bombas se sienten mal por aquellos a los que sí, que aquellos a los que les llueven bombas pero no les afectan se sienten mal por aquellos a los que las bombas les destrozan los cristales, que aquellos a los que las bombas les destrozan los cristales se sienten mal por aquellos a los que también les destrozan la puerta y así una espiral infinita de culpabilidad insana a la que por suerte ese adorable personaje que es Lady B (todo lo contrario que su homónima de la Provincial lady), consigue dar la vuelta y decir que más que sentirse culpables deberían sentirse afortunados.

También me impresionó mucho una "carta" en la que Henrietta cuenta que un matrimonio amigo acaba de perder a su segundo (y último ya) hijo en la guerra. Ellos no quieren que la noticia estropee los planes del pueblo con el campeonato de bolos de esa misma tarde, así que van y participan como si no hubiera pasado nada, aunque la pareja de la mujer en el campeonato le comenta a Henrietta lo mal que está jugando. Unos visitantes se acercan por allí y se sorprenden de ver el campeonato de bolos en acción y llegan a decir bien alto, de modo que el matrimonio que acaba de perder a su hijo lo oye claramente, que por supuesto aquí no se enteran de que hay una guerra. Es impresionante en todos los sentidos, tanto por la narración tan cuidada y meticulosa y que tanto mide las palabras pero que sin embargo basta y sobra para poner los pelos de punta.

En general, tratándose de una columna de periódico cuya mayoría de lectores iban a ser mujeres u hombres que por unas razones u otras no podían ir a la guerra, Joyce Dennys se cuida mucho de resaltar que todos son héroes y que por poco que parezca que uno hace, ya hace bastante. Se habla del día a día y de cómo puede que uno no esté luchando en el frente pero los contratiempos cotidianos a veces son una batalla. Se subraya el valor de vivir en comunidad y cómo se pueden ayudar unos a otros, pero no de forma tan inocentona que sea todo idílico, porque Henrietta también sabe crear roces y encontronazos (muchos de ellos divertidísimos). En general es algo con que estoy segura de que los lectores de la época conectaban con mucha facilidad y que, asemejándose tanto a sus propias vidas, les servía para verlo todo con otros ojos.

En fin, que sí, que Henrietta es sobre todo propaganda, pero propaganda del optimismo, propaganda de un estilo de vida por el que no venía mal recordar que estaban luchando también. Lo pasaron muy, muy mal y sin embargo nunca les faltó este tipo de humor. Bien por Joyce Dennys.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Panellets

La repostería de este fin de semana era muy predecible, claro: panellets.

Este año no sé si es que fuimos muy pegados a la fecha o que nunca los trajeron a nuestro supermercado, pero el caso es que no hemos tenido el paquetito ese tan apañado para prepararlos que lo trae todo: desde la bandejita de cartón y la blonda de papel hasta el resto de ingredientes salvo por la patata y el azúcar. Comodísimo. Pero este año, nada, tuvimos que ir comprando ingrediente por ingrediente, nos quedamos sin bandejita y blonda tan monas y encima metimos un poco la pata con las cantidades. No se nos puede dejar solos.

Resultó que la receta que estábamos usando era para hacer un kilo de panellets (o sea, una salvajada) mientras que la de otros años (la del paquete con todos los ingredientes) es para medio kilo, un poco más moderado. No fue hasta que no estaba la patata mezclada con el azúcar y la almendra cuando Manuel comentó que le parecía que había más masa que otros años. Yo no tenía mucha idea, la verdad. Pero cuando íbamos haciendo un panellet tras otro y en el bol seguía quedando un montón de masa, no pude más y rebusqué la receta del paquete del año pasado (es lo bueno de guardarlo todo) y, efectivamente, este año estábamos haciendo el doble. Hacer el doble de otras cosas no supone un gran exceso, hacer el doble de panellets es como, no sé, castigar a tu estómago por algo que el pobre no ha hecho. Así que, sintiéndolo muchísimo, tuvimos que dejar una parte de la masa sin utilizar.

De los que más salieron fue de los de almendra por encima, que era el ingrediente del que teníamos más. Los de piñones son una delicatessen auténtica y los de coco a Manuel no le hacen demasiada gracias, así que tampoco hicimos demasiados. Manuel experimentó un poco e hizo algunos de virutitas de chocolate (que no salen en estas fotos - aunque sí que los tengo documentados - para tristeza de Manuel, que siente que discriminé sus creaciones).

Esa enorme bandeja nos va a durar toda la semana por lo menos porque, ya se sabe, un par de panellets y estás tan lleno como si hubieras hecho una comida completa de tres platos. Quedaron ricos, eso sí, pero lo de comer panellets es como tomar parte por tu paladar o por tu estómago sin que haya forma de reconciliarlos. El paladar tomaría más panellets cuando el estómago te da un ultimátum.

No sé si es sólo que este año lo he notado más, pero me da la impresión de que ha habido más gente que los ha hecho en casa. En el transporte público en los últimos días ha habido pocas veces en que no haya oído a alguien dándole la receta a otra persona, por ejemplo. Y a juzgar por la escasez de ingredientes que nos encontramos cuando fuimos a comprar el viernes (fuimos cogiendo lo último de casi todo prácticamente) la gente se puso manos a la obra. Supongo (¡espero!) que las pastelerías hacen el negocio con los panellets un poco más exóticos, como los de café o los de anís, por ejemplo.

Ayer para desayunar, aparte de deliciosos y contundentes panellets, me deleité con un extenso artículo sobre Nueva York en El País Semanal. Panellets y Nueva York es uan combinación algo extraña, pero agradable aun así. El artículo - que no me olvide - luego tengo que recortarlo y guardarlo como siempre hago.

Luego por la tarde, en pleno proceso de digestión de un panellet de almendra, tuvimos el primer "truco o trato" de nuestra vida. Yo estaba en el ordenador y fue Manuel el que abrió la puerta a unos niñitos disfrazados de fantasmitas (yo no los vi) y a los que no se le ocurrió qué podía darles. Yo también estuve un poco lenta y, sumado a la distancia de la puerta, Manuel no me oyó cuando, con efectos retardados, le decía que les diera panellets o nubes americanas (venidas de Madrid y aún sin abrir), así que les dijo que no teníamos nada y que elegía truco pero los pobrecitos no supieron que truco significa que das un susto, ellos lo que querían era llevarse un puñado de golosinas. No me gusta nada Hallowe'en, me parece una americanada, pero luego esperé que algún otro grupito de niños llamara a la puerta para darles algo. Pero creo que se debió de correr la voz de nuestra tacañería (que en realidad había sido el despiste característico de la improvisación) y ya no vinieron más.

Y así, mientras por ahí la gente andaba disfrazada por el mundo, yo después de cenar me puse a planchar y vimos una nueva entrega de la saga del Thin Man: The Thin Man Goes Home (El regreso de aquel hombre) de 1945. Yo la estaba encontrando un poco descafeinada, pensando que sería por la guerra, pero luego Manuel me informó de que habían cambiado el director y los guionistas. Se notaba, pero el thin man es el thin man.

Y después de ayer cambiar los relojes hoy ha tocado cambiar los calendarios. Qué de trabajo nos da el tiempo últimamente. Espero que Manuel no me haya puesto ningún calendario por error en diciembre o algo así y me dé por empezar a decorar el árbol o, peor, salir mañana y comprar los primeros turrones que ya vimos a la venta el viernes (!!).