domingo, 6 de septiembre de 2009

Bizcocho amarillo (caducado)

Cuando dije que el domingo volvíamos a la programación habitual lo decía con todas las consecuencias. Ayer tuvimos nuestro primer sábado de repostería de la temporada, el tiempo acompañó más o menos (no hacía frío pero por fin se podía respirar un poco; hoy ya no tanto) pero no hicimos ninguna entrada triunfal en la cocina ni nos pusimos un gran reto de inauguración de temporada. No, nos dedicamos a gastar una cajita de la Yellow Cake de Duncan Hines que hace unos días descubrimos que había caducado en julio. Pocos inicios de temporada son menos halagüeños pero lo bueno que tiene que desde aquí la cosa sólo puede ir a mejor, ¿no?

Por suerte hoy es domingo, hemos comido unos buenos trozos del bizcocho y de momento no hemos acabado en urgencias por intoxicación*. Además a eso se le puede sumar que el sabor del bizcocho no es rancio ni nada, sino bastante rico. Es muy ligerito, muy esponjoso y efectivamente, como su nombre indica es amarillito por dentro (igual que el blanco era blanco; Duncan Hines cumple sus promesas cromáticas). Debo confesar, eso sí, que me olvidé de engrasar el molde y el bizcocho se pegó un poco. Cosas de estar desentrenada. Pero en cualquier caso se puede decir que la rentrée repostera ha sido discreta pero exitosa.

El resto del verano lo hemos pasando haciendo helados, bastante normalitos - nada de sabores exóticos (cosa mía, que Manuel los probaría todos) - pero riquísimos. Aún no hemos probado a hacer ningún sorbete, pero todo llegará. De momento el domingo pasado pasamos por una tienda Veritas extrañamente abierta en domingo y de casualidad encontré un librito de recetas de helados y demás cosas frías. Será cosa de estrenarlo en un futuro no muy lejano.

La rentrée de la combinación plancha, aceitunas y película clásica fue el domingo pasado aunque durante las vacaciones no teníamos previsto hacer parón al final resultó ser que sí que lo hubo. Y en ese caso el domingo pasado sí que hubo inicio de temporada por todo lo alto: The Palm Beach Story (Un marido rico), con Claudette Colbert tan divertida como siempre (como siempre que yo la he visto, quiero decir).

Y hoy, después de desayunar nuestro bizcocho amarillo caducado, hojear con calma el periódico y tomar té en la taza que El País daba de Los Beatles (es bastante cutre, pero me hacía ilusión y por un euro tampoco se puede exigir gran cosa), hemos seguido con el ciclo de comedia de enredo por todo lo alto: To Be or Not to Be (Ser o no ser), dirigida por Ernst Lubitsch y último papel de Carole Lombard cuya frase "¿qué puede pasar en un avión?" se eliminó de la película (ahora la han restaurado, creo) después de que la pobre muriese en uno.

Ni hecho a propósito, claro, que hayamos visto esta película de 1942 que sucede en la Polonia ocupada justo en la semana que se ha conmemorado el principio de la Segunda Guerra Mundial justo con ese gesto del que en la película llaman "el señor del bigotito". El principio, con el hombre del bigotito "invadiendo" Polonia ha sido de los mejores y más divertidos principios de película que he visto y el resto de la película ha estado totalmente a la altura. Una verdadera delicia a la que probablemente llego tardísimo, claro, porque es de las más conocidas que hemos visto.

EDITADO al día siguiente: Ayer viendo las noticias nos quedamos de piedra cuando comentaron que el 11 de septiembre se estrena en el Teatro Alcázar de Madrid una adaptación teatral de precisamente Ser o no ser. Ya van dos casualidades: que la viéramos casi coincidiendo con el aniversario de la invasión de Polonia y que justo el día de verla hablen de ella por la noche.

* Sabiendo que hoy Carmen Laforet habría cumplido 88 años pensé en dedicársela, pero dedicar una tarta caducada - sobre todo antes de comprobar que en realidad no está mala - es un tanto feo. Así que otro año será.

viernes, 4 de septiembre de 2009

París: cabos sueltos

Cabos sueltos, por lo que veo, quiere decir fotos de comida en mi lenguaje particular.

Pero es que, por ejemplo, no podía dejar de hablar de las famosas crêpes. Los dos primeros días no les prestamos mucha atención, pero el día que fuimos a primera hora a Notre-Dame yo decidí que quería desayunar una de esas de Nutella que preparaban casi a pie de calle para llevar. Y, claro, los sitios de crêpes desaparecieron del mapa: no vimos ni uno.

Así que el día de la visita medio frustrada a la Estatua de la Libertad cuando íbamos poco a poco al hotel y nos autodiagnosticamos el síndrome de la calle equivocada vimos un sitio de esos ni nos lo pensamos. Manuel la pidió con plátano y yo sola. Y hmmmm, deliciosa.

Fue un sitio curioso, de esos en los que el camarero conoce a todo el mundo que se sienta a tomar algo (incluida la gente que se sentaba en la terraza del bar de al lado) y habla con todos.

Las otras crêpes fueron después de la visita a la cafetería de Amélie donde no pudimos comer nada, también en una terraza. Pensábamos que serían del estilo de las anteriores, pero resultaron mucho más elaboradas: Manuel repitió Nutella (y aunque esta vez no quería plátano en este sitio el plátano resultó venir incluido por defecto) y yo probé la de jamón y queso, que de nuevo estaba riquísima. Y además no nos pusieron cubiertos y platos de papel. El cuchillo ya lo habíamos visto varias veces en París, no sé si es típico de allí o lo más en cuchillos. El caso es que en lugar de sujetarse de lado como los cuchillos de toda la vida, estos se sujetan con el filo hacia arriba.


El día de la primera crêpe de postre tomé un helado de vainilla. Vainilla francesa, ¿hace falta decir algo más?


Y, con la Coca Cola de Vainilla guardadita en el armario del hotel, el día de Versalles para el picnic ultrarrápido nos llevamos otra Coca Cola rarita: la de naranja sanguina. Hace un par de años en York ya habíamos probado una Coca Cola de naranja que había resultado ser como Fanta con el color de la Coca Cola. Y aquí comprobamos que naranja sanguina o no pasaba lo mismo. No nos entusiasmó demasiado, pero hay que tener en cuenta factores como que estaba tirando a calentuja y que estábamos en Versalles.


Y c'est fini. Con estas dos imágenes patrióticas termina la crónica parisina. La primera foto es de una terraza en Montmartre y la segunda de la Asamblea Nacional:

Au revoir (?), Paris!

El domingo el blog retoma la programación habitual. Gracias por haber leído toda la palabrería parisina y haber dejado comentarios, consejos y aclaraciones. Un placer.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Montmartre

Lo primero de todo: esta entrada se lee muchísimo mejor con esto de fondo. (Muy típico, lo sé, pero inevitable).



No es por hacerle un feo a París, pero si tuviera que vivir en otra ciudad que no fuera Barcelona, antes de París están otras. Pero si tuviera que vivir en París, pese a que con el aburrimiento de las tiendas de lujo de la Rive Droite y lo espectacular de Shakespeare and Company proclamé mi preferencia absoluta por la Rive Gauche, viviría, después de todo en la Rive Droite. Y es que como tantísima gente diría: si tuviera que vivir en París, viviría en Montmartre. Es una decisión tomada rápidamente: en un máximo de tres horas y de ver varias veces Amélie a lo largo de los años.

Shakespeare & Company fue un bálsamo hecho librería la tarde después de visitar el Louvre. Montmartre fue un bálsamo hecho barrio después de visitar Versalles. Y como era la última tarde en París y el final del viaje y como todo nos salía bien y la gente y las tiendas y las calles y todo, absolutamente todo, lo que veíamos era adorable nos reconciliamos de nuevo con París, con un París que por fin estaba a la altura del París de la leyenda.

Llegábamos muy cansados, muy cocidos, ligeramente quemados y bastante gruñones de Versalles. Montmartre no lo tenía fácil. Habíamos visto el Sagrado Corazón desde lejos y teníamos ganas de verlo de cerca y de curiosear un poco por los alrededores. Nos bajamos del metro en la Place de Clichy y fue como bajarnos en otro mundo: una plaza bulliciosa, llena de gente normal y de tiendas normales. Allí una señal apuntaba la dirección que había que tomar para llegar al Sagrado Corazón, pero, ya que según nuestro mapa estábamos tan cerca, nos decidimos a ver por fuera el Moulin Rouge, con su cola llena de japoneses. En lugar de volver atrás y aunque en nuestro mapa aparecía una calle de cada cinco de Montmartre, decidimos que más o menos por aquí y por allá podíamos llegar igual al Sagrado Corazón. La cosa era ir subiendo y abirir los ojos para ver hacia dónde teníamos que ir: si la cúpula se veía desde todo París, con más razón aquí, al ladito (la neurona estaba afectada por Versalles aún: obviamente cuanto más cerca menos veríamos. Secuelas de Versalles).

Desde el día en que habíamos llegado yo le preguntaba a Manuel si se acordaba de algo típico de Amélie. Y no. Y yo, que se supone que la había visto más veces, tenía la mente en blanco y no recordaba nada más que el final. Sí, Amélie vivía en Montmartre, ¿pero cómo se llamaba la cafetería donde trabajaba? Y no me acordaba.

Dejamos atrás el Moulin Rouge y subimos por una calle que no sale en nuestro mapa. Rue Lépic. Yo voy mirando las tiendas, recreándome en que son tiendas de verdad, atisbando a lo lejos, arriba del todo, las tres primeras floristerías (luego vería otra más) que veía en París después de que mi madre hubiera insistido en lo bonitas que eran las floristerías de París y la cantidad de ellas que había. (Por lo visto los ricos de París ni comen ni compran flores, según nuestra experiencia). De repente en mitad del ascenso, Manuel me para y me pregunta cómo se llama la cafetería de Amélie. ¡Pero bueno, no se lo he preguntado yo mil veces a él! Y entonces me señala justo delante y la vemos: ¡claro, Café des deux moulins!


Con su típica pizarra y su nada típico anuncio de que tienen un grupo en Facebook. Asomo un poco la cabeza y le digo a Manuel que luego podemos tomar algo aquí. Lo que pasó lo cuento ahora aunque sea adelantar acontecimientos: al volver, con la idea de tomar algo después de haber visto sitios con buenísima pinta, resultó que no sirven apenas comidas, más que nada sirven desayunos. Así que, con un pequeño agujero en el estómago y una gran pena por no haber parado en cualquiera de los muchos sitios que habíamos visto, hacemos lo que en toda la estancia en París nos habíamos negado a hacer: pagar casi cuatro euros por una Coca Cola de 20 cl. Eso yo, Manuel tomó un café. Pero siempre podemos decir que lo tomamos en la cafetería de Amélie, con el gnomo mirándonos y unas japonesas al lado que alternaban entre la admiración por el sitio y su conexión con Amélie y la dificultad para elegir qué tomar (o sea, igualitas que nosotros).

En la película era ligeramente diferente (por ejemplo aquí no hay la parte esa del tabaco) pero en general es bastante parecido puesto que luego leí que el dueño cuando se rodó la película, la había vendido después (tonto no era, claro) con la condición de que el interior se dejara tal cual.

Bueno, pero el caso es que continuamos el ascenso. Obviamente subíamos y subíamos pero no se veía el Sagrado Corazón por ninguna parte. Pasábamos por tiendas chulísimas, muchas cerradas por ser 15 de agosto, muchas abiertas a pesar de todo. Entramos en alguna librería muy bonita, vimos a gente tocar el acordeón. Subimos por la Rue du Calvaire, una de las calles con el nombre más apropiado que he visto. Y sin embargo las vistas y todo era tan bonito que estábamos encantados con nuestro calvario particular. Al fin y al cabo el verdadero calvario del día había sido otro llamado Versalles.

Pasamos por la famosa plaza de los pintores que ahora me da la impresión de que se ha vendido un poco. Los pintores que pintan cuadros "auténticos" son los menos: la inmensa mayoría ahora pintan retratos y caricaturas de los turistas. Había muchísimos cafés, bares, tiendas de alimentación (seguramente pasamos por la de Amélie y ni nos enteramos) y muchísima gente en la calle. Muchos turistas pero, por fin, también muchos parisinos pasando el rato.

Nosotros nos guiábamos a medias por los turistas que parecían saber a dónde iban y por nuestro mapa que de vez en cuando incluía la calle en la que estábamos. Y de repente, aparte de un olor a pis que daba asco, ahí estaba el Sagrado Corazón en todo su esplendor. Había cola, cómo no, para entrar, pero tampoco teníamos idea de entrar, así que nos conformamos con el exterior. Había muchísima gente sentada en los escalones de delante, contemplando las vistas y bebiendo la cerveza que los vendedores ambulantes vendían aquí en lugar de agua (de ahí la peste que había, claro, y el cuarto de baño público tampoco ayudaba).

La Torre Eiffel quedaba escondida detrás de los árboles a la derecha, pero por lo demás teníamos París a nuestros pies. La perfecta visión de despedida:

Iniciamos el descenso, hicimos la parada en la cafetería de Amélie y, lamentándonos de haber dejado atrás tantos sitios donde podíamos haber cenado de maravilla, llegamos a un sitio donde... cenamos de maravilla.

Este París sí que valía una misa.

Al día siguiente teníamos la mañana entera todavía y Manuel quiso ir a la Cinemathèque... que resultó estar cerrada (menudo chasco). Pero vimos otra zona - nuevecita - de París, cogimos uno de los famosos trenes de metro sin conductor (que llegarán a Barcelona en breve).

Por la tarde en el aeropuerto fue cuando odiamos y vetamos de por vida el aeropuerto de Orly. Pensábamos que el sistema de facturar y justo detrás de donde se factura pasar el control de seguridad y entrar en la zona de embarque era un buen sistema. Hasta que nos dimos cuenta de la realidad: había una tienda de esas de aeropuerto que venden todo y nada, un puesto de Ben y Jerry's (extrañamente barato, así que lo aproveché), y una cristalera por la que entraba el sol que daba gusto: estábamos atrapados en un invernadero, con un montón de gente (la mayoría leyendo El País dominical que habían comprado no sabíamos donde) que fue en aumento y... un retraso anunciado que nadie era capaz de decirnos de cuánto tiempo sería y que al final resultó ser de una hora, que pasamos como bien pudimos en nuestra jaulita de cristal.

Y se acabó París. Salvo por algunos cabos sueltos - un potpourri - que sacaré mañana, esto ha sido todo.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Versalles, o el infierno hecho visita turística

Antes de nada: ayer en Españoles por el mundo visitaron París. Manuel y yo nos lo pasamos bien viendo de nuevo cosas que habíamos visto intencionadamente, de pasada o por pura casualidad. Pero casi nos tiramos de los pelos con la señora que hizo el recorrido de las tiendas caras, puesto que era la zona de nuestro hotel y esas tiendas eran lo primero que veíamos por la mañana (salvo si íbamos en dirección contraria al supermercado) y lo último que veíamos por la noche. Un aburrimiento. La tienda de Louis Vuitton donde empezaba el reportaje estaba delante de donde cogíamos el metro y casi siempre nos llevaba al debate sobre si estaba en los Campos Elíseos o en la avenida George V (tenía los dos carteles en la fachada). En ella vimos gente haciendo cola para entrar (hacer colas en París es lo más, bien sûr) y gente queriendo entrar incluso cuando la tienda estaba cerrada a primera hora o a última hora.

Si en el Louvre lo pasamos relativamente mal en ciertos momentos y situaciones, escribir esta entrada sobre Versalles, tener que repasar las fotos y ver de nuevo la profusión de dorados del lugar me ha provocado sudores fríos. Habríamos cambiado cinco minutos de Versalles por tres visitas al Louvre lleno hasta la bandera de gente que no sabe diferenciar una escultura griega de una esfinge egipcia.

Versalles fue un horror de principio a fin, sólo que al principio al menos teníamos la esperanza de que la visita mejorase y al final sólo queríamos salir de ese infierno de lugar. Infierno, entre otras connotaciones, me viene de perlas como descripción de Versalles, porque el calor que hacía ese día era verdaderamente infernal.

Versalles en su día sería el colmo de lo chic y la elegancia pero hoy es más para burros de esos que llevan los ojos tapados a los lados (más que el Louvre, que ya es decir). Y lo digo desde la experiencia propia como burro con los ojos tapados. Nos bajamos del tren con la masa y la masa decidía en tropel que pasaba de los semáforos. Daba igual que estuvieran rojos para peatones: la masa, que éramos una especie de zombies disfrazados de turistas, nos los saltábamos porque sí y los coches no tenían más remedio que aceptarlo.

Perdíamos parte de la masa en las tiendas que presumían de vender entradas por adelantado que evitaban colas. Nosotros nos creíamos muy listos con nuestra tarjetita mágica. Llegamos a una enorme expansión de adoquines, dorados y ni una mísera sombra: el Rey Sol nos recibía en todo su esplendor. Después de unos minutos de confusión descubrimos que la magia de nuestra tarjeta no había funcionado: la cola para no hacer cola era más larga que la cola para comprar entrada y acceder al recinto. Con un poco de histerismo, nos reímos de los que habíamos dejado atrás haciendo cola para no hacer cola que ahora tendrían que hacer más cola. Enrevesado pero cierto. Nos pusimos a la cola, que serpenteaba al sol que daba gusto. La gente tenía puestos los mapas del lugar en la cabeza y los vendedores pirata de "water-water-water" hacían su agosto (no tanto los que vendían aquí también llaveros de la Torre Eiffel). Después de un rato de espera y achicharramiento recordé que nunca había llegado a sacar el paraguas de la mochila. Lo sacamos y lo usamos de sombrilla, como tanta otra gente en la cola. Mentiría si dijera que tuvimos que esperar más de 40 minutos para entrar, pero también debo añadir que la espera se nos hizo eterna. Ya van dos cosas en común entre Versalles y el infierno: calor y eternidad.

Por fin entramos y pululamos por un edificio, por otro, que si las habitaciones de las mujeres, que si las de los hombres, que si las del Rey. Y eso era todo lo que sabíamos de lo que veíamos. No habíamos cogido audioguía porque, lo reconozco, pasábamos de una inmersión total en el lugar, pero de ahí a no interesarnos por nada de lo que veíamos hay un trecho. Así que íbamos de habitación en habitación, como quien va por una especie de Ikea deluxe y de anticuario, viendo que tal mueble era bonito, tal estampado también y el papel de la pared de aquella habitación era mono. De vez en cuando eran tan generosos como para informarnos de que estábamos en la biblioteca, justo cuando por razones obvias éramos capaces de adivinarlo por nuestros propios medios, gracias. De repente también, en una habitación había un cartel que decía que en esa habitación en el año tal había muerto Madame de Pompadour. Estoooo... puede que por casualidades del destino (días antes había hojeado sin terminar de decidirme a comprarlo su biografía escrita por Nancy Mitford) tuviéramos reciente quién era Madame de Pompadour (aunque no por qué había muerto precisamente en esa habitación) pero me pregunto si un porcentaje significativo de la gente sin audioguía lo sabía también.

La galería de los espejos y alguna habitación más estaban explicadas con un poco más de detenimiento, pero en general la información era escasa y cundía el aburrimiento.

Salimos a los jardines, que tarjetita mágica o no, son de pago obligatorio. Si en ese momento alguna vidente nos hubiera anticipado nuestra experiencia en los jardines nos habríamos ahorrado nuestros sendos ocho euros y nos habríamos cogido el primer tren de vuelta a París. Pero no, seguíamos con los laterales de los ojos tapados y seguíamos a la masa turista zombie. Para entonces ya iba siendo tarde, hacía cada vez más calor y obviamente estábamos cada vez más cansados.

En los jardines había gente haciéndose fotos de boda y turistas que se hacían fotos con los novios. Muy extraño, pero creo que Versalles es un sitio de esos donde lo normal fuera se pierde de vista y la gente se vuelve medio lela, nosotros incluidos, por supuesto. Puede que parte del problema venga de las estatuas cursis, que no ayudan a conservar la mentalidad normal y natural. ¿Dónde se ve si no una esfinge peinada medio egipcia medio francesa con un angelito/querubín encima? Muy raro. Hice la foto para dejar constancia de que no era el sol el que me hacía ver cosas extrañas. La otra foto es más típica-tópica de Versalles.


Caminamos por la parte más cuidada, más vistosa, más conocida de los jardines, con sus arbolitos podados con formas monas, sus altavoces escondidos que ponen música que hasta produce una sensación agradable y en una sombra y un trocito de hierba sacamos nuestro picnic como tantos otros visitantes. Pensamos en estar un rato plácidamente sentados después de comer, pero fue imposible debido a las pesadísimas avispas de Versalles. Bueno, pues nada, nos ponemos en pie y nos dirigimos al Trianon, que había oído que era bonito, y a la aldea de María Antonieta, que sonaba curiosa. Atisbamos a gente en bici y nos preguntamos si es que se podrán alquilar (hasta entonces sólo habíamos visto cochecitos eléctricos y un trenecito). Una mirada rápida y no encontramos más que un puesto de helados. Yo me lanzo a por el de vainilla, por supuesto, y nos olvidamos de las bicis (mal hecho, muy mal hecho).

Andamos por el sol. Andamos por la sombra. Andamos. Andamos. Andamos. Andamos. Hace calor, tenemos sed, nos queda poca agua, estamos en mitad de la nada, es aburrido. Andamos.

Llegamos al Grand Trianon. La tarjeta mágica sirve, lo vemos, más Ikea deluxe y ninguna explicación más que era una especie de residencia de verano. Rumbo al Petit Trianon. Parada en un sitio pintoresco, lleno de rositas que huelen de maravilla y lo mejor de todo: una estupenda fuentecita que - ¡gratis! - permite beber y recoger toda la "eau de Versailles" que quieras. Bebemos como si lleváramos días abandonados a nuestra suerte en cualquier desierto, llenamos la botella una y otra vez, como toda la gente que ha vuelto a verle sentido a la vida gracias a la fuentecita.

Llegamos al Petit Trianon, donde a pesar de la tarjeta mágica hay cola y que te aclaran siempre que es "le domaine de Marie Antoinette", así que aunque hace ya más de dos años desde que se estrenó la película yo esperaba ver que le habían sacado algo de partido. Y no, lo máximo que tienen en la tienda - que además si te descuidas no la ves - es el DVD por allí escondidillo detrás de otra película biográfica francesa. Así que lo que hay es más Ikea deluxe. Y como no nos dimos cuenta de coger el papelito que siempre daban con las explicaciones justitas, nunca me enteré muy bien de por qué era "le domaine de Marie Antoinette" (menos aun cuando ahora veo en la wikipedia que además el palacete lo comenzó a construir Madame de Pompadour. En fin, no sé, como le decía a Manuel por allí regodeándome en mi ignorancia, muchas veces en la carrera tuve que intentar meterme en la cabeza algo de historia de Francia y para muestra un (enorme) botón: no tenía ni idea de nada. Y tan feliz, oye).

Los jardines de ambos los veíamos de lejos, a la sombrita de los pasajes de columnas o las ventanas. Parecían más bonitos que los del Palacio grande, pero estábamos un poco saturados de jardines y, sobre todo, de sol.

Al salir del Petit Trianon nos sentamos en el primer banco que encontramos, cerca de unas raíces enormes que quedan de algún árbol enorme y que están puestas allí a modo de escultura (sin explicar nada más, claro). Lo de siempre: cansancio, calor, sed y decisión unánime de que nos importa bastante poco la Aldea de la Reina, que, no sé en la realidad, pero de repente en el mapa parece lejísimos. Sentados allí nos damos cuenta de algo que habíamos intentado no pensar demasiado hasta entonces: todo lo que hemos andado bajo el sol para llegar hasta aquí hay que desandarlo, volver atrás. La sola idea nos da ganas de quedarnos a vivir en ese banco con vistas al Petit Trianon y a las misteriosas raíces.

De repente tenemos la brillante idea de coger el trenecito y evitarnos andar. Nos ponemos a la cola, que no es corta. Y un tren tras otro vemos que, pese a que según el mapa de la parada esta es la parada inicial, el trenecito siempre llega lleno, con un par de personas que se bajan. La cola, al sol por supuesto, avanza muy lentamente. Después de un rato de calor infructuoso, tomamos la drástica decisión de volver andando, con una parada por la fuente para coger más agua (dentro del Petit Trianon habíamos pasado de largo una fuente y cuando quise entrar de nuevo había cola, cómo no).

Lo curioso del asunto es que desde el banco la fuente nos parecía que estaba lejísimos. Luego nos reímos cuando llegamos a ella en un par de minutos y de hecho desde allí veíamos nuestro banco bien cerca. Lo malo que puede llegar a ser el calor. Delante del Grand Trianon vimos que los trenes salían vacíos y que según el mapa de esta parada, esta era la parada inicial. Montamos sin pensarlo dos veces. 7 euros entre los dos que entonces pensábamos que estaban bien pagados. El trenecito es mono por fuera, estrecho por dentro, con asientos de cuero/skye, grandes cristales cerrados y sin aire acondicionado: sí, señores, ¡un invernadero con ruedas! Cada fila de asientos estrecha está pensada para tres personas y nosotros tenemos la suerte de que una happy family se monta en nuestro "vagón": los dos abuelos y la madre se sientan en el banco de enfrente. En nuestro banco yo voy pegada a la ventanilla, por donde entra bien el sol, Manuel va al lado y a continuación los dos niños de la happy family, que ya son mayorcitos, por lo que no cuentan como uno: en nuestro banco vamos cuatro.

El trenecito arranca y porque hacía calor y no había ni pizca de humedad o habríamos visto a los caracoles adelantarnos, por no hablar del tiempo que estábamos en cada parada, más el tiempo que nos parábamos en mitad de la nada (siempre al sol) por causas desconocidas, más el tiempo que un señor que pasaba por allí y que iba de listo puso paranoico a nuestro conductor diciéndole que llevaba las ruedas bajas (esa parada fue justo delante de donde parecía al principio que se alquilaban bicis: efectivamente se alquilaban y ojalá lo hubiéramos hecho). La eternidad, otra vez, y además compartiendo fluidos corporales con la abuela de la happy family. Un rato más y nuestras piernas estrujadas en el hueco entre los bancos se hubieran fusionado para siempre. Cuando nos bajamos ¡por fin! a la entrada de los jardines las fuentes estaban en marcha y nos importó bastante poco, es que ni las miramos. Sólo queríamos salir del odioso-odioso-odioso Versalles.

Dos cosas me quedaron claras, eso sí:

1) Que el Incidente Moberly-Jourdain que me descubrió Miss Froy y que me parece curiosísimo y que tuvo lugar un 10 de agosto fue, estoy segura, aunque entre las muchas teorías nadie lo haya propuesto, un espejismo fruto del calor y el agotamiento versallesco.

2) Que tengo una misión en la vida y es que si alguien me dice que se va a París quitarle de la cabeza como sea la visita a Versalles. París tiene muchísimas cosas mucho más interesantes, amenas, originales que ver y no merece la pena perder un día - o medio - yendo a Versalles y viendo una habitación tras otra.

Cansados como estábamos, y tras una parada en el Starbucks de enfrente de la estación, volvimos a París y abandonamos la idea que teníamos todo el día de pasar por el hotel un momento. Sabíamos que si íbamos al hotel ya no saldríamos, así que elegimos otro rumbo. Y fue una de las mejores decisiones parisinas que tomamos: ojalá la hubiéramos tomado antes de Versalles.

martes, 1 de septiembre de 2009

Torre Eiffel y "alrededores"

Hace unos días ya puse fotos que daban fe de que, como mínimo de lejos, habíamos visto la Torre Eiffel, así que ya podíamos decir con todo el peso de la afirmación que habíamos estado en París. Claro que probablemente igual de simbólico que la Torre Eiffel de verdad sean los vendedores pirata de Torres Eiffel de recuerdo. Con sus aros llenos de llaveros o su pequeño top manta con todo tipo de tamaños y colores, y hasta una Torre Eiffel transparente que se iluminaba por dentro de colores discotequeros para la venta nocturna.

Son tan insistentes y tan típicos que cada vez cuesta más autoconvencerte de no pagar el euro que cuesta una de ellas.

Y la verdad es que entiendo que los haya, porque la tienda oficial deja bastante que desear, no sólo por los precios desorbitados, sino porque lo que tiene a la venta deja más bien indiferente, no le sacan demasiado partido. Hablo de la tienda que hay al pie de la Torre porque a la Torre en sí no subimos: había masas de gente, cómo no, y el tiempo de espera abajo era de 45 minutos más otros tantos arriba para coger el ascensor. Así que nos conformamos con verla desde abajo, que también es curioso, mirarle las tripas. Nos sentamos en un banco y observamos a los turistas hacer cola y mirar la Torre, vimos cómo en París también hay ese invento inútil que son los ventiladores que además echan agua. Se supone que querían hacer un favor a la gente de las colas al sol y lo único que hacían era obligarles a sacar el paraguas para no acabar calados hasta los huesos y no por ello más frescos. Vimos a la gente hacerse fotos de esas que hacen reír y dan un poco de vergüenza ajena. Y vimos que la Torre Eiffel es enorme, una masa de hierro enorme y cuidada hasta el más mínimo detalle.


No sé cómo será lo de subir, pero vista desde abajo y desde lejos nos gustó muchísimo, pese a lo tópico del asunto. La Torre Eiffel es hipnótica.

Ese día, antes de llegar hasta aquí, habíamos pasado por Notre-Dame a primera hora, caminado desde allí hasta el Museo d'Orsay, exprimido el museo tanto como pudimos (que no fue del todo en absoluto), pasado por la tienda y comprado cosas en ella, hecho un picnic en la hierba con vistas a los Inválidos y su deslumbrante cúpula dorada y, encontrado por casualidad y cargado con los tres litros y pico de la Coca Cola de vainilla más otro litro de Cherry Coke, por lo que aparte de cansados ya de por sí, íbamos bien cargados.

Cuando decidimos dejar de observar a los turistas, nos acercamos a la decepcionante tienda oficial donde una postal con la Estatua de la Libertad pequeñita delante de la Torre Eiffel nos metió ideas en la cabeza. ¿Y si íbamos hasta la Estatua? El paseo era junto al río por lo que nuestros cerebros fueron incapaces de negarse y se convencieron más aun cuando resultó que había que tomar la Avenue de New York. Y hay que ver qué de calles estadounidenses hay en París. Nos dedicábamos a coleccionar calles de presidentes estadounidenses.

Por el camino vimos barcos de esos en los que vive gente: allí estaban jugando a las cartas, pintando el barco, con las minipiscinas preparadas para el día siguiente.

Llegamos a l'Île des Cygnes y nos metimos por ella. Es un pequeño paseo con bancos a ambos lados y con cada banco contando una historia totalmente diferente: había borrachines, había una señora mayor disfrutando de un buen libro, había turistas reponiendo fuerzas, había una jovencita parisina tocando la guitarra al más puro estilo Carla Bruni que me hizo repetir lo que ya había dicho varias veces al ver cosas tan estereotípicamente parisinas como gente tocando el acordeón, que París a veces es una caricatura de sí mismo. El camino, a pesar de todo, se nos empezaba a hacer un poco largo, con los kilos/litros a la espalda y los kilómetros del día en los pies.

¿Dónde estaba esa Estatua de la Libertad?

De repente asomó la antorcha y el resto del brazo. Seguimos andando y llegamos a un punto en el que de milagro no nos tiramos del puente al que llegamos. ¡La Estatua nos daba la espalda! (Era obvio por la postal que lo había inspirado) Y no había forma de verle la cara si no salíamos de la isla y caminábamos hasta el siguiente puente, que para entonces, no sé la distancia real, nos parecía que estaba lejísimos. Después de unos momentos de pensar si teníamos fuerzas para verle la cara a la ingrata Estatua que nos daba la espalda decidimos que no. ¿Qué decidimos en lugar de eso? Decidimos volver al hotel, que no estaba particularmente cerca, andando, pasando además por el Trocadéro, o sea, casi una vuelta a la casilla de salida que había sido la Torre Eiffel.

De camino al Trocadéro pasamos por la casa de Balzac, que estaba cerrada y tenía una puerta azul, y caminamos y caminamos y caminamos por calles en las que no sólo no se veía un alma sino que además no tenían ni una tienda. Nuestro sino era bien el París de las masas, bien el París desierto. Hasta que miramos hacia arriba a una calle paralela en la que vimos tiendas y gente. Allá que fuimos, claro. Y diagnosticamos nuestros síntomas: lo que nos pasaba en París era que teníamos el "síndrome de la calle equivocada". Con toda seguridad teníamos siempre la mala pata de elegir la calle más residencial de la zona, no había otra explicación. Allí hicimos una parada para reponer fuerzas (ya hablaré de las comidas parisinas), seguimos adelante, pasamos por un parque un tanto salvaje en el que tuve el dudoso placer de ver una auténtica rata parisina (Ratatouille, como dijo Manuel, que no la había visto y se podía permitir el lujo de hacer chistes), llegamos al Palais Chaillot (por donde ya habíamos pasado antes y habíamos visto con sus fuentes estaban convertidas en verdaderas piscinas infantiles, ugh), donde había mucha animación gracias a un estupendo y divertidísimo grupo de break dance que nos tuvo entretenidos un rato con la Torre Eiffel de fondo.

Por fin la famosa plaza del Trocadéro, alguna otra avenida de presidente estadounidense, más calles desiertas y por fin, por fin, el hotel, con su cama abierta y su bombón de buenas noches.

lunes, 31 de agosto de 2009

Shakespeare & Company

Por fin llega uno de los sitios de los que más ganas tenía de hablar y uno de los sitios a los que más ganas teníamos de ir. Tanto es así que creo que en el plan original Shakespeare & Company tenía su hueco correspondiente a los tres días de haber llegado o algo así. En realidad, en la placita de delante de Notre-Dame decidimos que estábamos a un tiro de piedra y que podíamos acercarnos después de la Sainte-Chapelle, aunque conllevara desandar un poco de lo ya andado. Y definitivamente creo que mereció muchísimo la pena.

Puede que no sea la Torre Eiffel, que no sea el Louvre pero definitivamente junto con Orsay, con los macarons y con alguna otra cosa de la que aún no he hablado fue de nuestras cosas preferidas de París. Nada de París bien vale un misa, no: París bien vale una visita a Shakespeare & Company.

Ya digo que no es el Louvre, pero Shakespeare & Company es una institución en sí misma y tiene muchos visitantes, como se comprueba rápidamente en el interior cuando hay que apartarse constantemente para dejar pasar, decir "oops" al chocarte con la gente o esperar para poder ver bien el trocito de estantería que te interesa. Por suerte, y a diferencia del Louvre, Shakespeare & Company ha sabido conservar un espíritu digno.

Y llevo tres párrafos en los que apenas he dicho nada. Pero no es fácil. ¿Cómo describes un sitio del que esperas muchísimo y que luego resultar ser todavía mucho más? ¿Cómo describes un sitio que, desde el primer momento en que lo atisbas de lejos ya es la personificación de la librería acogedora por excelencia? Con sus sillas y banquitos en el exterior, sus cajas, librerías pequeñas, mesas y cualquier cosa que pueda sujetar libros dispuestos delante de la propia librería para que, lo quieras o no, te sea imposible pasar de largo sin mirar qué hay en esta caja o en aquella segunda balda de la estantería. Con su ventana del piso de arriba abierta de par en par y adornada por una florecillas rojas.


Estás fuera y cuesta decidirse a entrar. Pero una vez dentro lo que cuesta es salir (Manuel puede dar fe de lo mucho que costó sacarme de allí, y eso que él también se tomó su tiempo). Quieres quedarte ahí para siempre porque por más que pienses que has mirado todas las estanterías posibles y has repasado en ellas las listas de libros buscados y además encontrado algún libro que ni tan siquiera buscabas siempre descubres otra estantería más casi pegada al techo o escondida en un recoveco y así ¿cómo vas a querer salir si sabes seguro que te estás dejando verdaderas joyas que buscas y que buscarás?

Y eso en cuanto a libros, porque para amenizar y distraer la vista tienes todo tipo de cachivaches: relojes antiguos, butacas antiguas sacadas de una sala de cine, lámparas y un largo etcétera de curiosidades. Y una especie de fuente central sin agua en la que la gente echa monedas, supongo que, como en los buenos sitios, para asegurarse volver algún día. Y escaleras y banquetas por las que subir y escalar hasta llegar al techo altísimo si uno se atreve. Y libros y más libros en todos los sitios imaginables e inimaginables. Y tú, por supuesto, con las manos cada vez más llenas.

Manuel y yo pululábamos como es probable que haga el resto de la gente. La librería es adorablemente caótica y tus pensamientos se vuelven caóticos también. En lo alto de la escalera de la primera sección de ficción recuerdas que querías buscar tal biografía, te bajas procurando no caerte encima de nadie y te diriges a biografía, que es un recoveco con encanto en el que hay que esperar turno para acceder si hay alguien más curioseando. Allí, tratando de dar con la biografía en cuestión, recuerdas otro libro de ficción que, según el orden alfabético, estará en el otro lado de ficción. Allá que vas, sorteando gente y libros y maniobrando y averiguando quién tiene prioridad de paso en los pasajes más estrechos. Y entonces te cruzas con un inconfundible lomo de la editorial Persephone y miras en general a ver si hay más, y vas de flor en flor consultando cuáles son, creyendo que los has visto todos y de pronto encontrando más, entre tanto recordando otro título que pierdes por el camino porque has visto tal otro.

En una de las idas y venidas Manuel y yo coincidimos delante de una misteriosa y angosta escalera. Yo estaba desbordadísima de títulos que quería mirar más los que me asaltaban por el camino, así que dejé que Manuel subiera y me contara qué había. Al rato bajó y me dijo que tenía que subir. Allá que fui. En la segunda planta lo primero que ves, porque ya se te ha acostumbrado la vista a ver un poco menos las pilas y pilas y montones de libros que hay por todas partes, es un cartel que dice muy amablemente que todos los libros que allí ves (y son muchísimos) no están a la venta, pero que estás en todo tu derecho de sentarte y leerlos allí. Hay libros muy curiosos, muy antiguos, dedicados por gente conocida y desconocida. Y hubo uno que me dio ganas de hacer justo eso a lo que invitaban: sentarme y leerlo allí. ¿O cómo se supone que debía reaccionar ante las galeradas del nuevo libro de Penelope Lively que acaba de ponerse a la venta sin yo saberlo en esos momentos y que además cuenta una irresistible historia familiar? Fue muy doloroso hojearlo y tener que devolverlo a su sitio.

Pero el dolor fue menos cuando llegamos a otra salita repleta de libros, con un banco largo acolchado donde había un chico tocando el piano y una chica en una especie de diván escuchándolo. Y nosotros sin saber si habíamos traspasado alguna frontera. Pero parece ser que en Shakespeare & Company no hay fronteras. Si hubiéramos querido nos podríamos haber sentado allí a leer a Penelope Lively o cualquiera de los miles de libros que no están a la venta.

Después nos enteramos un poco más de la historia de Shakespeare & Company, que tampoco tiene desperdicio alguno. Sylvia Beach, la famosa propietaria original, nunca tuvo su librería en la Rue de la Bûcherie, que es donde está esta. De hecho su Shakespeare & Company nada tuvo que ver con esta. La Shakespeare & Company de Sylvia Beach estaba en la Rue de l'Odéon y cerró en 1941, con la ocupación alemana, después de haberse convertido en toda una institución y de haber publicado el Ulysses de James Joyce.

Diez años después, un tal George Whitman abrió otra librería similar a la Shakespeare and Company original llamada Le Mistral que con el tiempo pasaría a llamarse Shakespeare & Company. George Whitman llevó lo que Sylvia Beach había empezado mucho más allá. Le dio más vida y la transformó de nuevo en una institución. George Whitman aún vive, pero hoy es su hija, Sylvia Beach Whitman, la que está a cargo de la tienda (luego vimos una foto suya en internet y Manuel dice que él la vio por la tienda. Grrr, yo me la perdí, los libros tenían toda mi atención).

Para mí, mejor incluso que los libros, la filosofía, el aspecto y lo acogedor de la librería es los relacionado con los famosos "tumbleweeds". Los "tumbleweeds" son escritores que pueden pedir que les acojan en la librería. Pueden vivir allí (dormir en cualquier sitio dentro de ella (si son autores ya publicados el alojamiento es ligeramente mejor, creo) y usar unas ducha públicas que hay por la zona) con dos condiciones: 1) que ayuden un par de horas al día en la tienda y 2) que lean un libro al día. Así tienes a "dependientes" entusiastas, que saben responder a muchas de las preguntas con facilidad, sin necesidad de recurrir a una base de datos ya de entrada, dispuestos a ayudar, a aconsejar, a dar conversación que además, puedes ver sentarse a la mínima fuera a leer su libro diario o sacarlo del bolsillo y ojearlo como pueden mientras van sacando de las cajas los recién llegados.

Salimos bien cargados, con la anécdota de si un libro nos costó "three" o fue "free". Y volvimos, por supuesto que volvimos el último día. Y volvimos a comprar y nos sellaron los libros con su logo y presenciamos una conversación de un chico que pedía ser un "tumbleweed", un refugiado de Shakespeare and Company. Nos sentamos fuera, curioseamos los libros expuestos fuera, picoteamos algunas galletas que teníamos en la mochila y una perrita negra cuya chapita decía que se llamaba Colette se nos acercó y quiso participar del "aperitivo", como ese parece ser el espíritu de la tienda, así lo hicimos e hicimos, nunca mejor dicho, muy buenas migas con ella.

El primer día nos pasamos después por la otra tienda de libros en inglés de la zona, Abbey Books, regentada por un señor canadiense. Tienda también curiosa, pero mucho más caótica y angosta, por lo que nos fue imposible encontrar nada. Y ambos días nos dedicamos a callejear por la zona. El primer día descubrimos que existía la posibilidad de comer, y comer bien, en París por menús de diez euros (o más, claro). Shakespeare and Company y la famosa Rive Gauche nos ayudaron a reconciliarnos con muchas cosas que nos "caían mal" de París. Toda una experiencia.

domingo, 30 de agosto de 2009

île de la Cité

No sólo París, como buena capital, tiene su correspondiente río como decía ayer, sino que además su río tiene islas. La Île Saint-Louis ni la pisamos, pero si nos dimos unos buenos paseos por la de la Cité que es, por ejemplo, donde está Notre-Dame.

Allí llegamos ilusos después del Louvre y el correspondiente paseo por el malecón Louvre-Île de la Cité, cruzando a ella por el Pont Neuf porque a Manuel le hacía ilusión cruzar por un puento mítico en la historia del cine (¿francés?). El pobre lo intentaba, pero yo a menudo me perdía en las referencias cinematográficas. A lo máximo que yo llegaba - más que nada porque salían de mí - fue a Amélie (más en una futura entrada) y a Before Sunset (Antes del atardecer).

Resultó que había una cola enorme y que por medidas de seguridad la tarjeta de visita adelantada aquí no permite saltarse la cola, sólo te ahorra el tener que pagar. Estábamos cansados y había mucho que ver aún, decidimos volver al día siguiente a primerísima hora, porque teníamos muchas ganas de ver las famosas gárgolas de cerca.

Al día siguiente nos enteramos 1) de que el día anterior podíamos haber entrado a ver la Catedral por dentro sin colas, puesto que es gratis y de acceso libre y 2) que a quien madruga no siempre Dios le ayuda ni aunque sea para visitar una catedral. La cola a primera hora era idéntica a la del día anterior y el sol ya achicharraba. Así que saludamos a las gárgolas desde abajo y entramos a ver la catedral por dentro, que también merece la pena.

Como el reflejo de comprar souvenirs no siempre justificados es mi reflejo de entrar una iglesia donde se pueden poner velas en la capilla que uno elija y querer poner una vela a la capilla que más me convenza por motivos totalmente aleatorios. Así que yo quería-quería-quería poner una velita en Notre-Dame y valoraba a quién ponérsela mientras íbamos dando la vuelta. Llegamos a la capilla de Juana de Arco y como ninguna capilla hasta entonces me había dicho gran cosa, decidí que, por ser la más conocida, se la iba a poner a ella. Menos mal que Manuel vino a pararme los pies y a recordarme que Juana de Arco no pertenecía precisamente al club de la anglofilia y que ponerle una vela seguramente te hace perder el carnet de anglófilo de forma automática. Así que con ese susto en el cuerpo y para no arriesgarme a poner velas a posibles "enemigos" decidí no poner ninguna vela.

Ah, por cierto, aviso para turistas: en las zonas muy turísticas y sobre todo en Notre Dame hay chicas a las que se las ve venir desde lejos - literal y figuradamente - que te preguntan como obvio mecanismo de robo "do you speak English?". Por supuesto el gesto inmediato es moverse hacia cualquier sitio. No me gusta ser paranoica ni decir estas cosas, pero así es y es bastante molesto.

El caso es que la tarde que renunciamos a las gárgolas por primera vez, nos fuimos a un sitio que estaba en mi lista de prioridades y que, por la escasa cola que había, tampoco debe de tener tantas estrellas como el Louvre en las guías (es incomprensible pero de todos modos espero que se mantenga así): la Sainte-Chapelle, donde sí pudimos entrar sin hacer cola gracias a nuestra tarjetita (a veces) mágica. Yo tenía muchas ganas de verla y grandes esperanzas de que me gustara mucho, pero lo cierto es que al natural es aun mucho más impresionante de lo que pueda serlo en foto. La primera visión deja literalmente boquiabierto y a medida que la miras con más detenimiento y ves la cantidad de detalles que la adornan - las vidrieras son, por supuesto, el plato fuerte, pero una mirada al suelo tampoco queda desperdiciada en absoluto - casi corres el riesgo de sufrir síndrome de Stendhal.

A pesar de lo que he dicho antes de las estrellas de la guía, que nadie se llame a engaño y piense que no había nadie, porque para lo pequeñita que es sí que había mucha gente. Y un señor cuya misión en la vida parece ser la de hacer "shhhhh" periódicamente y recordar a la gente maleducada que están en una capilla. Un trabajo casi tan apasionante como el de custodiadora de la Gioconda en el Louvre.

Después de eso nos recomendaron visitar la Conciergerie, que está al lado y es donde María Antonieta pasó sus últimos días. Ahí hay mucha menos gente - la relación amor/odio de los franceses con María Antonieta o cualquier razón rocambolesca no parecen permitirles ni espabilarles para sacarle del todo partido a la popularidad de esta mujer gracias a la película - y es comprensible. Pagar por verla no merece la pena especialmente. Si llevas tarjeta que te permite entrar "gratis" sí que es una curiosidad, pero no imprescindible. Se ha reformado muchas veces y aunque han hecho todo lo posible por dejarlo todo como María Antonieta lo hubiera visto, todo son conjeturas. Aun así, es curioso y dentro de lo que cabe está bien puesto.

Dimos alguna que otra vuelta más por la islita y el día de la despedida definitiva de las gárgolas, cuando tomábamos el malecón hacia el Museo de Orsay, vimos desde allí el final, la puntita de la isla, con unos turistas allí parados que no sabían muy bien qué hacer llegados a ese punto.