viernes, 6 de marzo de 2009

Dos vídeos

Hoy toca entrada breve después de muchos días de parrafadas sólo para enlazar aquí dos vídeos que me han encantado en los últimos días. Empiezo por el más "serio" que me tiene fascinada: me encanta lo fácil que hace que parezca dibujar (de fácil no tiene nada, como bien sabemos los que carecemos del don) y la música que lo acompaña:



Y este, en una línea completamente diferente, hace que me ría a carcajadas cada vez que lo veo (y lo he visto ya unas cuantas veces):



Que los disfrutéis.

jueves, 5 de marzo de 2009

Siempre nos quedarán los libros

Ayer me acerqué a la nueva librería Bertrand. Pocas veces recuerdo qué había antes en el sitio donde ahora hay algo nuevo y es cierto que a mí lo de "antiguo cine Alcázar" me decía más bien poco. Pero fue llegar y darme cuenta de que yo eso lo había conocido como Musgo. Por una vez y sin que sirva de precedente recordé qué había antes, pero es que es un local muy característico.

Característico y enorme. Y nuevecito. Y con cámaras de Barcelona TV que me "impidieron" adentrarme en el local. Pero lo que vi fue suficiente. El directorio de al lado de las cajas presumía de "English Books". Si se habían molestado en poner el nombre en inglés tendría que ser una sección importante, ¿no? Pues no. Es una estantería pequeña con unos siete ejemplares de cada título de los, no sé, ¿diez? best-sellers que tengan. Y en cuanto te descuidas, oh, estos ya están en francés y de nuevo, oh, estos están en alemán. Reina la igualdad porque de todos hay más o menos el mismo número. Y me da la impresión de que pasa lo mismo con el resto de los libros - que es lo que suele pasar en la Fnac - hay mucho de poco y ese poco está formado por las novedades editoriales y los éxitos de ventas. Y eso no es malo en sí ni es por comparar, pero lo prefiero, como sucede en La Central, cuando tienen poco de mucho (ya que mucho de mucho no parece ser una opción), cuando puedes encontrar un libro que se te pasó comprar hace tres meses cuando acababan de publicarlo y lo vendían como churros y que de repente ha desaparecido de la faz de la tierra.

Aun así no seré yo quien se meta con la apertura de una nueva librería. Y quizá con el tiempo la cosa mejore.

La comparación que no quería ser comparación se me ha escapado porque después de salir de Bertrand fui a La Central a recoger unos libros.

Después de la torre de Londres pensaba estar un tiempo prudencial sin comprar un libro más, lo juro. Pero qué le voy a hacer si allá por noviembre encargué en La Central los tres primeros volúmenes de los ensayos de Virginia Woolf (1, 2 y 3) y primero pasó un tiempo largo hasta que volví a saber de ellos y fue porque resultó que estaban descatalogados aunque luego resultó que no, que estaban en reimpresión. Y yo ahí los di por perdidos y pensé que, pasado un tiempo, volvería a mirar. Pero se ve que en estos tiempos que corren no se puede dejar pasar ni un pedido así que me avisaron - yo encantada a pesar de todo - para decir que ya los tenía esperándome. Imposible e impensable dejarlos allí.

Lo bueno del asunto es que el quinto volumen se acaba de publicar en Inglaterra (lo tuve en mis manos en Londres, pero las treinta libras pesaban más que el libro, así que creo que esperaré a ver si los americanos continúan con sus ediciones más económicas) lo que quiere decir que estoy sólo a dos de ponerme al día (cosa que de momento me voy a tomar con calma) y aún queda uno, el último, por publicar. No he llegado tan tarde. Los hojeé bien al llegar a casa y no pude evitar leer ya algún que otro ensayo que me gustó muchísimo.

Pero la pila de libros no acaba ahí, porque ahora también tengo una pila virtual para Rufino (que estos días está a la espera de que Manuel le dé algo de comer y se lo lleve de paseo; a Rufinito, como lo llamábamos ayer y empeora aún más el nombre). Creo que no pasa un día sin que me guarde un libro nuevo. Ayer recordé que el Proyecto Gutenberg australiano (que tiene muchísimas cosas de Virginia Woolf), por algo relacionado con el copyright que termina antes o quizá es que le echan más morro, tiene más libros que el Proyecto Gutenberg americano. Me llevé una gran sorpresa al encontrarme con Katherine Mansfield (¡por fin podré leerla!), con E.F. Benson, cuyos libros de Mapp y Lucia hace tiempo que quiero leer, Elizabeth von Armin, etc. Tentaciones varias que por fin llenan esa carpeta que venía con Windows XP llamada eBooks y que, pese a estar vacía, nunca borré y ahora rebosa.

Y nada de eso impidió que luego me pasara un buen rato añadiendo (más) libros de Persephone a mi wishlist. O que esté deseando que llegue agosto para poder echarles mano a las reediciones de Bloomsbury que forman el llamado Bloomsbury Group de libros "olvidados" de la primera mitad del siglo XX. Dos en particular: The Brontës Went to Woolworths de Rachel Ferguson y Henrietta's War de Joyce Dennys.

Y menos mal que nos quedan los libros: tengo un resfriado que va en aumento y estamos sin agua caliente (hasta que el lunes venga el señor técnico, por lo visto). Sí, gracias por los libros y por la sopita que ya tenía previsto hacer hoy sin saber lo bien que vendría.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Lazy Thoughts of a Lazy Girl, de Jenny Wren, o estrenando el Sony Reader

Hago un poco de trampa y pongo una portada que me gusta muchísimo, porque complementa esta otra a la perfección, pero que sin embargo no tengo, ya que Lazy Thoughts of a Lazy Girl, de Jenny Wren ha sido el primer libro del mundo mundial que he leído en nuestro nuevo y flamante Sony Reader, bautizado desgraciadamente Rufino. Yo insistía en que tenía que tener un nombre como la mayoría de los productos de electrónica que tenemos (aunque unos han cuajado más que otros; el iPod, por ejemplo, se llama Brontë oficialmente, pero sigue siendo "el iPod") y ahora soy incapaz de recordar por qué asociación de palabras/ideas llegamos en broma a Rufino pero el caso es que ya por más que intento rebautizarlo con un nombre un poco más atractivo nunca cuaja. Y lo peor es que Rufino sí. Ya nunca decimos Sony Reader, siempre decimos Rufino.

El "experimento" ha funcionado de maravilla. Leer en Rufino es igual de cómodo o más que leer en un libro. Obviamente es diferente, pero - y ya es bien sabido lo que me gustan a mí los libros - no lo considero el anticristo que muchos ven en los lectores electrónicos. La tinta electrónica (raritos que somos nos encantó leer cómo funciona) me parece uno de los mejores inventos del mundo, sobre todo teniendo en cuenta lo rápido que me canso de leer parrafada tras parrafada en el ordenador (quién lo diría después de ver las parrafadas que yo misma escribo y lo mucho que me gusta leer blogs; pero eso va con el formato, me refiero más a cosas como periódicos, libros, historias cortas). Y la función de doblar la esquinita de la página de Rufino me fascina también. Algo que no hago con un libro de papel ni loca, claro. Por no hablar de eso de encenderlo y que se "abra" directamente por la página en que te habías quedado como por arte de magia, y eso que también soy una ávida coleccionista de marcapáginas. Pero hay que compaginar.

Y qué decir de leer en la cama de lado. Intentar leer en la cama de lado es muy cómodo cuando se trata de leer la página de la derecha, pero para leer la de la izquierda siempre hay que hacer un gesto incómodo. Aquí eso no pasa: la página siempre está a la derecha y leer de lado es comodísimo.

Debo reconocer, eso sí, que al principio tenía un ligero tic de pasar página: a medida que me aproximaba al final de la página, mis dedos no iban derechos al botón, sino a la esquina superior derecha, donde empezaban a rebuscar para poder pasar a la siguiente página. En seguida se me quitó (todo será que con el próximo libro en papel me ponga a buscar el botón) y tan ricamente. Lo que seguro que voy a echar de menos con los libros de papel es el tacto de la fundita acolchada de cuero.

Cambiando del continente al contenido, tenía ganas de leer este libro desde que el año pasado leí el de la portada complementaria: The Idle Thoughts of an Idle Fellow, de Jerome K. Jerome. Este es del estilo de ese del hombre ocioso pero escrito desde el punto de vista de una chica vaga. Y me ha gustado y me he reído igual con un humor típicamente inglés que ha seguido confirmado los tópicos expuestos por Kate Fox. Ahora - por supuesto futura presa de Rufino - me queda la segunda parte de los pensamientos del hombre ocioso.

Lo peor de todo ha sido enterarme de que Jenny Wren es un pseudónimo de no se sabe quién. Y ella en el libro tampoco da muchas pistas: sabemos que tiene menos de 25 años en 1891, que es de buena familia, que tiene hermanas y hermanos y poco más. Su estilo es ligero, rápido y, a veces, punzante. Y cae bien, como es inevitable que caiga bien alguien que confiesa su pasión por el té aclarando que como más lo disfruta es en casa, delante de un buen fuego, en un sillón muy cómodo y con una buena novela entre manos.

Supongo, por tanto, que cuando escribió el libro no le hubiera costado imaginar que alguien lo leería repanchingada en un sofá envuelta en una manta verde, en plena competición de vaguería. Lo que ya no le hubiera sido tan fácil visualizar hubiera sido el formato.

martes, 3 de marzo de 2009

En marzo...

Hace unas semanas descubrí dos cosas chulas de golpe.

La primera es un blog minimalista pero con mucho encanto y muy anglófilo llamado Ancient Industries.

Y la segunda, a raíz de ese blog, no es inglesa, sino americana. Son unos carteles en su mayoría durante los años de la Gran Depresión y la década de los cuarenta para la WPA (Works Progress Administration, después Work Projects Administration). Aparte de generar empleo y llevar a cabo proyectos para la mejora de las comunidades, sus carteles tratan de todo: conciertos gratuitos, consejos sobre alimentación, promoción de la lectura y las artes, pequeños eventos culturales locales, seguridad laboral, etc. No sólo las causas eran loables, sino que lo que más me llamó la atención fue que los diseños de los carteles eran espectaculares. Encontré un set en Flickr lleno de ellos y no me desenganché durante días.

Estaba deseando ponerlo en el blog, pero no quería renunciar a acompañar esta entrada por el cartel que lo empezó todo y que sigue siendo, con muchos rivales, eso sí, mi favorito absoluto. Y además es un buen lema, ¿no? En marzo: lee los libros que siempre te has propuesto leer.

Editado para añadir un olvido: parte del motivo de esta entrada era también comentar que creo que mañana 4 de marzo abre una nueva librería en Barcelona: Librerías Bertrand (que ya tienen librerías en otros puntos) inaugura local en la llamada "milla de oro del libreo del Ensanche", en Rambla de Catalunya 37 (antiguo cine Alcázar), según nos enteramos en el avión de ida a Londres. De momento no tengo ni idea de si venden libros en inglés o no, pero estoy bien dispuesta a ir a indagar un día de estos.

lunes, 2 de marzo de 2009

Jane and Prudence, de Barbara Pym

Jane and Prudence, de Barbara Pym es un libro muy cortito que bien podría haberse leído en muchos menos días, pero también es cierto que los preparativos, el viaje y la vuelta de Londres dejaron menos tiempo para leer y que, además, es de esos libros que hay que leer despacio, saboreando bien cada frase.

Es mi segundo Barbara Pym y aunque debo reconocer que me ha parecido un poco más flojo que Excellent Women, eso tampoco es necesariamente malo: Excellent Women era... bueno, excelente.

Jane y Prudence no son las mujeres excelentes del otro libro - aunque Prudence está más cerca de serlo que Jane - sino dos amigas no tan normales ni tan corrientes. Jane, casada con un pastor anglicano, entabló amistad con Prudence, años más joven que ella, cuando su marido tenía un puesto en una iglesia cercana a Oxford y ella pudo volver allí, que era donde había estudiado, y dar clases; Prudence era una de sus alumnas. Pero Jane abandonó el mundo académico cuando a su marido lo destinaron primero, que sepamos, a una parroquia cercana a Londres y después a una lo suficientemente lejos de la gran ciudad como para ser "de campo" pero lo suficientemente cerca como para poder hacer alguna que otra excursión diaria. Y así su manuscrito para su segundo libro de ensayos sobre poetas ingleses del siglo diecisiete se quedó en un cajón.

Jane es dispersa y, como ella misma dice y como todo el mundo piensa, no tiene nada en común con la típica mujer de pastor anglicano. Habla cuando no debe o, peor, cita a cualquier poeta olvidado del siglo diecisiete sin venir muy a cuento. Además también se ve como una Emma Woodhouse moderna y, ya que Prudence es aún soltera y vive sola en un piso decorado exquisitamente al estilo de la Regencia de un edificio "que tiene aspecto de ser de esos donde la gente aparece muerta", intenta hacer de casamentera entre ella y el guaperas del pueblo. Un pueblo que, como siempre, tiene un cierto aire "cranfordiano": con su señorona, sus solteronas cotillas y demás accesorios imprescindibles en un pueblo inglés digno de ese nombre.

Lo bueno del libro ha sido leerlo inmediatamente después de Watching the English, de Kate Fox, ya que he podido comprobar que muchos de los "tópicos" que aún duran han cambiado poco o nada desde la fecha en que está escrito y situado Jane and Prudence: 1953.

En 1953, como comenta Jilly Cooper en la introducción, aún había racionamiento en Inglaterra y eso se nota especialmente en las descripciones de la comida en las que Barbara Pym se deleita y en que los personajes no pierden ni una oportunidad de comer. Prudence, la mujer moderna del momento, descrita unánimemente como guapa y elegante, no sólo no hace régimen sino que sueña con darse caprichos de comida y, cuando puede, se los da.

Como parece ser habitual en Barbara Pym, el té y los curas abundan (y en este caso también el Ovaltine), así como el argumento que no es nada del otro mundo aderezado por pequeñas frases que lo hacen una maravilla.

Lo más curioso del libro es que, habiendo unos cuantos de por medio entre Excellent Women y este, me sorprendió contando lo que había sido de Mildred Lathbury, la protagonista de Excellent Women. Está tan bien introducido en la narración que por un momento pensé que me estaba confundiendo y no se trataba del mismo personaje. Pero sí: menuda sorpresa.

Definitivamente quiero que Barbara Pym me siga sorprendiendo en el futuro. Y lo mejor de todo es que estoy segura de que así será.

EDITADO 26/4/2009: Gracias a María me entero de que parece ser que la editorial Lumen pondrá la venta la traducción de este libro - como Jane y Prudence - en mayo de 2009. Así lo describen:

Las aventuras de un ama de casa en busca del mejor partido para su amiga.
Jane es una mujer madura y bienintencionada, pero está lejos de ser una esposa y madre perfecta. Prudence es una atractiva joven de 29 años, elegante y, para su desgracia, solitaria. A pesar de las diferencias, a ambas les une una amistad que se inició en Oxford cuando Jane era profesora de literatura inglesa y Prudence era su alumna. Ambas buscan, a su manera, un hombre apropiado para Prudence. Una deliciosa comedia sobre la sociedad inglesa de clase media.
Barbara Pym está considerada como la nueva Jane Austen por su inteligencia, su capacidad para describir el lado más insólito de personajes en apariencia anodinos, su talento para extraer de situaciones banales una lección de vida dirigida al lector, y todo eso sin caer nunca en la moralina fácil. Sus novelas son de las que se leen sonriendo y subrayando frases que son un destilado de la mejor prosa británica.

domingo, 1 de marzo de 2009

Devil's Food

Sólo una semana sin la entrada de la repostería semanal y me noto que he perdido práctica. Para empezar, pongo fotos sólo tomadas hoy, porque las del bizcocho de chocolate recién hecho y la luz artificial de ayer salieron con una pinta un poco... bueno, no muy agradable. Las de hoy representan la realidad mucho mejor. Y se admira el milagro del glaseado de chocolate de Betty Crocker mucho mejor: ¡se seca por fuera y se mantiene jugosito por dentro! Lo que ayer por fuera era un verdadero pringue hoy es una especie de costrita riquísima. Así que aunque es cierto que el glaseado de Betty Crocker - comprado en Delishop - es carillo, el resultado es excelente. Eso sí, el bote es de 450 gramos y es difícil aprovecharlo todo para un solo bizcocho, sobre todo teniendo en cuenta lo espesito que es. Nos sobró un poco.

Pero bueno, esto sí que es empezar la casa por el tejado, hablar del glaseado antes que del propio bizcocho. Del bizcocho, también de Betty Crocker (ayer estábamos vagos para hacer nada desde cero), cuando lo compré también en Delishop lo que me llamó la atención aparte de la pinta espectacular de la foto fue el nombre: Devil's Food (comida del diablo), es decir, una tentación en el verdadero sentido de la palabra. Y corroboro que lo es, más aún con el glaseado. Ni siquiera, pese al glaseado, resulta excesivamente pesado al comerlo y lo único que desanima de picotear a todas horas es que se come mucho mejor con plato y cucharilla que no a dedo.

El drama de ayer nos ayudó a entender por qué los americanos hacen dos tartas en lugar de una que luego hay que partir en dos para rellenar: y es que a veces la tarta se resquebraja y la operación de cortado/untado/reconstrucción se convierte en una operación de alto riesgo a la que hay que sumar el pringue del glaseado de chocolate que acaba extendido por todas partes. Pero, claro, luego das un mordisco y te olvidas de todo.

Y como buen domingo no podían faltar la plancha, las aceitunas y la película, hoy también una desconocida para Manuel: Twentieth Century (La comedia de la vida), con Carole Lombard y John Barrymore y del mismo año - ahora seguimos un orden cronológico - que It Happened One Night (Sucedió una noche), película que arrasó ese año en los Oscars. Hoy, mientras la veíamos, y sin perder de vista la actuación de Clark Gable la semana pasada, le insistía a Manuel en la injusticia de que el Oscar no se lo llevase John Barrymore (que ni siquiera estuvo nominado) por lo que me parece un papelazo. Carole Lombard, a la que ya hemos visto más veces y que unos años después se ganaría con Clark Gable, también estaba de maravilla.

Y después de comer: sesión de sofá y el nuevo roba-siestas de los domingos: Alguna pregunta més? Nos hemos enganchado y no hay vez que no me parta de risa con los vídeos de Abril/Cerral y el por lo visto clásico pero para mí totalmente novedoso señor del Ho haveu vist?

sábado, 28 de febrero de 2009

Último día en Londres

Así llegamos al último día, con último desayuno inglés abundante. Sin Marmite esta vez, eso sí.

Teníamos medio planeado ir a Bloomsbury el rato de la mañana que teníamos libre hasta la hora de salir para el aeropuerto, pero por no ir con el tiempo demasiado justo, a última hora nos decantamos por algo mucho más cercano, de nuevo en la orilla sur. Nos despedimos de la catedral de Southwark, del hotel (aunque aún teníamos que volver a por las maletas), cuya entrada se ve en esta foto y demás sitios conocidos.

Era lunes en una zona no muy turística así que respiramos un poco de ambiente cotidiano, vimos patios de colegios, niños con uniformes típicamente ingleses, londinenses que baten sus propias marcas de andar rápido.

De camino hacia nuestro destino nos hizo especial gracia ver a lo lejos una calle llamada nada menos que Little Dorrit Court, cuyo nombre, según cuenta esta web, es uno de los muchos homenajes a Dickens en las calles del barrio de Southwark, un barrio que por lo visto él conocía bien y que aparece en muchas de sus novelas. No tenía ni idea de que nos movíamos en zona Dickens, la verdad.

El sitio elegido era, por supuesto, el Imperial War Museum. La historia del edificio en sí es curiosa porque el museo está albergado en el edificio central de lo que fue el famoso manicomio de Bedlam. También es un sitio con una conexión Brontë. No, por suerte, porque ningún miembro de la familia estuviera internado sino porque Charlotte Brontë en una de sus visitas a Londres, decidió que ya estaba bien de ver las zonas bonitas de la ciudad y que quería visitar alguna cárcel y este manicomio. Poco se sabe de la visita más que sucedió, pero allí, mientras merodeábamos por los jardines antes de entrar y veíamos a la paloma plantada en la punta del cañón exterior que hubiera hecho las delicias de John Lennon, nos acordábamos del "capricho" de Charlotte.

El edificio, salvo por la cúpula, estaba en obras, pero de esas tan aparentes en las que la lona con la que cubren la fachada es la fachada y da un poco el pego. Entramos gratis como a todos los museos estatales británicos (eso sí, me gustó tanto que al salir dejé un donativo). Es un museo curioso: por un lado te gusta mucho (que se lo digan a los muchísimos niños de colegios que había visitándolo y pasándolo en grande) porque está muy bien puesto, es muy real y por otro... justo eso, es un museo dedicado a la guerra y todo lo que ves es real: los tanques, las bombas que caían sobre Londres, los refugios antibombas portátiles (!), los pequeños submarinos y misiles, etc. Pero gusta, a pesar de todo gusta. Nos dio tiempo a ver la sala central con todo eso y lo que más que me gustó: la exposición temporal (de cinco años de duración eso sí: comenzó en 2005 y acaba el año que viene) de la guerra de los niños. De nuevo, está llena de objetos reales, de testimonios de niños que fueron evacuados, separados de sus padres y mandados al campo con familias desconocidas (unos con más éxito que otros), de carteles, de ropa de la época, juguetes e incluye un refugio Anderson verdadero (y claustrofóbico) así como una recreación de una casa media de los años 40.

Me gustó muchísimo y no pude resistirme a hacer esta foto de uno de los vestidos reales que demuestrán cómo las inglesas seguían a pies juntillas la campaña de "Make do and mend" (aprovecha y remienda) que instaba a reutilizar la ropa vieja de todas las maneras posibles. Había abrigos hechos con mantas viejas, ropa zurcida y este: un traje de verano hecho con un mapamundi de tela de un colegio (el collar tampoco tiene desperdicio). Me encantó.

Después nos dio tiempo a ver una exposición dedicada a la Primera Guerra Mundial que daba bastantes escalofríos (esto, pese a ser un homenaje moderno, me impactó) y a pulular un poco por la tienda, aunque dejamos un montón de exposiciones sin ver; es enorme. Estaba decidida a comprar el catálogo de la exposición de la guerra de los niños pero estaba agotado (no así en Amazon... hmmm), así que me "conformé" con el de Young Voices. La tienda está bien pero no hay duda de que en internet está mucho mejor surtida. Manuel estaba convencido de que iba a arrasar, pero lo cierto es que no me dejaron mucho margen.

Y deprisa y corriendo volvimos al hotel a por el equipaje y nos pusimos de camino a Heathrow. A ver si no tardamos en volver...