Qué apropiado que el lunes, que era Santa Lucía, me pasara por la feria de la misma santa. Eso sí, no había caído en la coincidencia hasta ahora mismo.
Para ser un lunes normal y corriente por la mañana había mucha gente, pero nada - NADA - que ver con el gentío del puente que nos ahuyentó. Como siempre, me di una vuelta haciendo fotos, y qué maravilla con la cámara nueva ("nueva" aunque ya tiene casi un año). Recordaba el año pasado con la cámara vieja y las fotos que no conseguía que salieran como yo quería y este año era una gozada. Mientras iba haciendo fotos, iba fichando puestos para visitar con más detenimiento y, sobre todo, los dos puestos habituales que suelen tener mis figuritas. En las vueltas con la cámara no di con ninguno de ellos y en las vueltas sin la cámara - con una tensión que iba en aumento - tampoco hasta que ya estaba casi desesperada. De los dos puestos que venden mis figuritas (en barro, los hay que venden imitaciones feúchas de plástico), uno de ellos normalmente tiene más variedad y del otro ya sé que tengo todo el repertorio. El que primero encontré fue este último y mirando con mucho detenimiento comprobé que, salvo por diferencias de colorido, ya tengo todas sus figuras. Resignada, crucé los dedos para que el otro puesto también estuviera y tuviera algo. Di con él y, sí, pude hacerme con una hilandera mona y con unos Reyes adorando (que se ponen sólo el día de Reyes, cuando ya han llegado al portal). Menos da una piedra.
Luego di más vueltas en busca del puesto de velas que descubrí el año pasado donde tienen las del tamaño ideal para las velitas de Adviento con tal éxito que tuve que acercarme hasta la caseta de información a ver si me podían ayudar. Hubo suerte, me indicaron bien y me abastecí de velas para los próximos tres advientos.
Y esos fueron los trofeos que me traje a casa del expedición a la Feria de Santa Lucía. Ahora queda poner la Navidad este fin de semana, aunque poco a poco - como a mí me gusta - empieza a invadirnos lo queramos o no.
miércoles, 15 de diciembre de 2010
Fira de Santa Llúcia
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lunes, 13 de diciembre de 2010
Bizcocho de naranja con pepitas de chocolate
Hay semanas en que la inspiración da gusto. Después de semanas devanándome los sesos para decidir qué repostería hacer el sábado o directamente delegando en Manuel para elegirla, el jueves de la semana pasada de repente se me ocurrió ("ocurrió" es un verbo muy sofisticado para describir estar pensando en otra cosa y que de repente, como salido de la nada, te venga esto a la cabeza) que iba a buscar la receta de un bizcocho de naranja con chocolate. Y no sé si es que yo no supe buscarlo bien (probablemente, dado que buscar nunca suele ser lo mío) o qué, pero el caso es que todas las recetas que encontré eran de bizcochos de chocolate con un poco de naranja. Y yo, pensando que aún teníamos la tarta del diablo muy reciente, quería justo lo contrario: un bizcocho de naranja con un pequeño toque de chocolate.
Así que internet no nos dejó otra opción más que improvisar sobre la marcha. Saqué la receta de aquel bizcocho de naranja tan rico y, cuando lo teníamos todo hecho, añadimos unas cuantas pepitas de chocolate a ojo. Voilà! Una receta hecha a medida y, por lo de echar las pepitas a ojo, irrepetible.
Qué bien olía y qué buena pinta tenía mientras se iba haciendo en el horno. Hubo unos momentos en que tenía pinta de anuncio, sólo que estaba crudo por dentro, claro. El problema de este bizcocho es que yo recordaba que la otra vez, incluso habiéndolo tenido más del tiempo marcado en el horno, todavía había quedado húmedo (y ya he dicho alguna vez que yo con eso no tengo problema, pero Manuel prefiere los bizcochos tirando a secos) y además, aunque no me hubiera acordado, la aguja demostraba que el bizcocho no estaba hecho. Y así el pobre iba tomando color y perdiendo oportunidades de participar en castings para anuncios. Le puse papel de plata por encima y todo para que no se requemase. El caso es que no sé si el problema es del bizcocho o mío: igual su destino es quedar húmedo por dentro a pesar de que yo me empeñe en lo contrario o quizá hay algo que falla y no termina de hacerse. No lo sé, pero el caso es que quedó rico y por lo que yo vi Manuel no le hizo ascos de ningún tipo.Y la pinta por dentro, con nuestra mezcla improvisada de naranja y chocolate, me seguía pareciendo de anuncio. Qué buena pinta al partir el primer trozo ayer por la mañana y encontrarme con esta deliciosa combinación de colores y sabores.
Curiosamente veo que la otra vez lo clasifiqué como "muy contundente" y ahora estaba punto de escribir que era de contundencia media tirando a ligera. Ha debido de cambiar nuestra tolerancia a la contundencia porque el chocolate añadido no creo que sea precisamente la razón de que parezca más ligero.
El caso es que es de los bizcochos más sanos (ejem) que pueden hacerse: lleva una naranja entera y ¿qué mejor forma de prevenir o salir de un resfriado de esos que ahora acechan a la vuelta de cualquier esquina que debajo de una manta y con un trocito de bizcocho al lado? (Ahora vendrá alguien que me dirá que en la química culinaria las vitaminas de la naranja y todo aquello que la hace sana se pierden en el horneado o algo así. Si es el caso - que no lo sé - yo respondo que el efecto placebo y una mente feliz - manta, bizcocho - suplen a las vitaminas y son igual de reparadores/fortalecedores).El caso es que mientras yo me zampaba mi trozo del desayuno aún no había llegado al sofá, sino que me había quedado pegada a la silla y a la mesa leyendo la columna de El País Semanal de Javier Marías. Diría que vitoreaba y aplaudía mentalmente pero por los comentarios de Manuel - que a su vez intentaba leer alguna otra cosa del periódico - debo confesar que los aplausos y comentarios eran también externos. Y es que había cosas con las que no se podía hacer nada más. Yo una vez ya protesté porque la entrada de la wikipedia sobre "novela romántica" era un batiburrillo de autoras mezcladas únicamente por el mero hecho de ser mujeres y con poca atención a si realmente escribieron novela romántica. (Ahora que lo compruebo, eso sí, debo felicitar a los duendecillos de la wikipedia, que han eliminado esa odiosa entrada y ahora hay una sobre novela rosa, que incluye a autores verdaderamente del género, y otra entrada sobre el Romanticismo (con R mayúscula, gran diferencia marcada por esa sola letra y si va en minúscula o mayúscula) que incluye a otros autores. Y las otras autoras que antes estaban en la entrada batiburrillo ahora se han redistribuido por sus correspondientes categorías y han dejado de estar condensadas en una sola entrada sólo por ser mujeres). Pero volviendo a Javier Marías:
Me consta que a la gran mayoría de los actuales académicos no se les escapa, con todo, el enorme desequilibrio de la situación, y tienen voluntad de remediarla, "dentro de lo razonable". Por desgracia, ya es irremediable que no formaran parte de esa institución la admirable María Moliner, o Emilia Pardo Bazán, o Rosalía de Castro, o Rosa Chacel o Carmen Laforet (en el caso de Carmen Martín Gaite hay que recordar que fue ella quien no quiso que su candidatura fuera presentada, pese a las insistencias, como tampoco lo han querido un puñado de escritores varones notables, como Ferlosio, Marsé, Mendoza o Savater, y contra eso la RAE nada puede hacer). Pero no por "compensar" a quienes ya es imposible compensar se va a elegir a meras congéneres suyas, que no han escrito los mismos libros o diccionarios. Eso sería tan idiota como elegir a diez autores gallegos para compensar la imperdonable ausencia de Valle-Inclán en su día.
Pero lo más preocupante de estos artículos quejosos, y a veces vituperadores, es el terrible y quizá involuntario machismo que rezuman, bajo su apariencia feminista. Uno de los escritos más airados lo firmaba en este diario una catedrática de Lengua y Literatura, y en él se leía: "Esta desconexión de la RAE con los tiempos que corren la paga toda la sociedad española, que recibe una proyección de lo humano cercenada. Pues se nos hurta la particular mirada de la mujer ..., lo que deja a oscuras ciertas zonas de nuestro mundo: cierta sensibilidad, ciertas emociones, ciertas vivencias, ciertas sensaciones ... En realidad, esta situación consiste en dejar fuera de la RAE a la mitad de la población, con su mundo y conocimientos particulares". Es difícil incurrir en un mayor desprecio y cosificación de la mujer. Según estos párrafos -y según tantos otros, igualmente llenos de lugares comunes-, las mujeres no son individuos con su propia inteligencia y sus propias características intransferibles e irrepetibles, sino que son homogéneas, monocordes e indistinguibles. ¿Qué quiere decir, si no, que "se nos hurta la particular mirada de la mujer", como si todas ellas compartieran la misma? ¿Qué significa "la mitad de la población, con su mundo y conocimientos particulares", como si el mundo y los conocimientos de cada mujer no fueran únicos y no divergieran los unos de los otros tanto como los de los varones? ¿Y cómo es que lo que se "deja a oscuras" son "cierta sensibilidad, ciertas emociones, ciertas vivencias, ciertas sensaciones" -atención a la lista de cosas más o menos epidérmicas, intuitivas, "interiores" o sensoriales, justamente las que el tópico más rancio atribuye a la literatura "femenina" y a la mujer en general-, y no, por ejemplo, cierta inteligencia, cierto pensamiento, cierta capacidad narrativa o reflexiva?
Suponer que las mujeres, por el mero hecho de serlo, tienen afinidades inevitables e irrenunciables me parece, como he dicho, su absoluta cosificación o animalización, en todo caso algo ofensivo. Tan distintas son entre sí como los hombres llegan a ser opuestos, y no serán pocas las que se sientan más próximas a algunos de éstos que a tantas de su propio sexo, como yo me siento más cercano, como escritor -o eso quisiera-, a Isak Dinesen, Emily Brontë, Rebecca West, Ajmátova, Catherine [sic] Mansfield, Hannah Arendt, Flannery O'Connor, Patricia Highsmith o Alice Munro que a Cela o Zola, Bukowski o Philip Roth.
Recomiendo leer el artículo completo, y eso que yo ya he citado un buen trozo, que supongo que será de los que traerán cola y acabarán con alguna gente llamando machista a Javier Marías (no porque venga a cuento, creo yo, sino porque muchas veces ya es un reflejo involuntario de muchos), pero a mí me parece que tiene toda la razón y que la ha expresado a las mil maravillas.
Y después, para bajar el bizcocho, un poco de plancha acompañada por una divertidísima película (tronchante sería más apropiado: creo que midiendo en la escala de veces que me hacen soltar la plancha para reírme a mis anchas esta es de las que más - si no directamente la que más - veces me ha hecho abandonar la plancha y partirme de risa): I Was a Male War Bride (La novia era él), de 1949, dirigida por Howard Hawks y con un grande, grandísimo, Cary Grant. Es de esas películas que te hacen exclamar que ya no hay películas así.
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domingo, 12 de diciembre de 2010
Tres velas
Qué rápido se pasa el tiempo cuando las semanas pasan de vela en vela. Ya sólo me queda una semana de encender velas y parece que fue hace nada - y ya hace tres semanas - cuando saqué las velitas, monté el cacharrito y encendí la primera, que daba aún tan poquita luz.
Hoy con tres velas la luz ya era mucho más potente y se podía leer con claridad si uno no se alejaba mucho de ellas. Cosas de estos tiempos en los que, aparte de a la luz eléctrica, por supuesto, se puede optar por leer a la luz de tres velas y no tener que practicar el ahorro elegante de Cranford (y demás sitios ficticios y reales del siglo XIX, salvo por aquellos muy manirrotos y/o que nadasen en la abundancia y quisieran hacerlo saber).
Ya sólo queda por encender una vela. Y con ella los angelitos irán a toda velocidad con su tintineo.
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viernes, 10 de diciembre de 2010
Visita soñada
Hay gente que disfruta recordando lo que sueña y repasándolo y comprobando el (im)probable significado. A mí ni me gusta acordarme de lo que sueño ni me creo las interpretaciones, así que prefiero, como me suele pasar, despertarme sin acordarme de nada. Pero hay días en que me acuerdo, como hoy, y entonces me quedo ojiplática ante mis sueños. No porque sean especialmente extraños o fantásticos, simplemente me asombra lo que se pasa por mi cabeza cuando esta supuestamente tiene libertad total para inventar lo que le apetezca.
Así que esta mañana me he levantado después de haber visitado la casa de Margaret Forster (en sueños, claro). Lo más curioso es que es la secuela de un sueño que yo ya había tenido (y recordado): ya visité la casa de Margaret Forster y mi subconsciente, con un sentido de la continuidad envidiable, lo recordaba y ha proyectado la segunda parte.
La casa que le pongo a Margaret Forster en mi cabeza es bonita, muy inglesa también, y con un estudio parecido, pero no exactamente igual a su estudio de verdad. Bueno, era igual al real en un momento en que yo, no sé muy bien por qué, asomaba la cabeza por la puerta - sin nadie dentro - sin permiso. Pero cuando Margaret Forster lo enseñaba (había más gente desconocida) cambiaba ligeramente y mi subconsciente no escatimaba en decoración de ningún tipo: fotos, cuadros, iluminación, estanterías llenas de libros suyos que me daban pie a preguntarle por qué nunca se reeditan sus primeros libros (los que me faltan) y que hacía que ella se riera y dijera que se negaba. Mi subconsciente medio esperaba que se ofreciera a regalarme algún ejemplar de alguno (¡era mi sueño al fin y al cabo!) pero no ha colado ni con esas.
Era pedir demasiado porque antes de pasar al estudio con permiso, Margaret Forster ya me había obsequiado con un par de libros, no suyos, uno de los cuales tengo la impresión que era uno de los de Nella Last (el comentario de admiración hacia Nella Last aparecía en la portada de Nella Lasts's War), el otro no lo sé.
En el estudio, por cierto, también recuerdo pasarme por la esquinita donde dice que guarda todos sus manuscritos (literalmente aún escritos a mano) y mirar el montón con mucha curiosidad y con mucha tentación.
Y así se pasaba el rato y, cuando ya había que irse, yo me acercaba a Margaret Forster y, sin el aplomo de alguien que la visita ya por segunda vez, le pedía tímidamente su dirección (pregunta un poco extraña dado que yo estaba en ella; sólo puedo concluir que hubiera llegado hasta la casa con los ojos vendados o algo), aclarando que no era para darle la plasta, sólo para felicitarla por Navidad y similares. Justo en el momento en que Margaret Forster abría la boca para contestar y darme la dirección o darme largas me he despertado. Por lo visto mi pregunta ha puesto a mi subconsciente en un compromiso.
Mi subconsciente, por cierto, que como mi yo consciente, se empeña en imaginar a Margaret Forster tal y como la conoció cuando la descubrió con The Memory Box allá por el año 1999-2000, es decir, con el aspecto de la foto de arriba. Y sin embargo los años pasan y Margaret Forster ahora ya no tiene ese aspecto - que era el que tenía en mi sueño y que mi subconsciente también recreaba de maravilla, con sus arruguitas alrededor de los ojos y todo cuando yo esperaba respuesta a lo de la dirección - sino que el aspecto actual de Margaret Forster es este.
La interpretación del sueño que hago es una invitación de mi subconsciente a leer algo de Margaret Forster en breve. Por mí, perfecto.
De Margaret Forster he hablado aquí y allá en el blog, pero en particular:
- Georgy Girl, con una foto de mi colección de libros suyos en el momento (ahora tengo, como mínimo, uno más, el último, Isa & May).
- Is There Anything You Want?
- Keeping the World Away.
- Su estudio.
Estoy pensando que algún día tengo que hacer un repaso y un pequeño comentario del resto de sus libros que he leído. Creo que entonces quedaría más claro lo MUCHO que me gusta Margaret Forster y, quizá, sólo quizá, contribuyese a explicar un poco cómo es que he soñado dos veces con visitar su casa y conocerla a ella.
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jueves, 9 de diciembre de 2010
Bizcocho de pistachos
No era mi intención desaparecer del mapa después de las velas de adviento y no es que me haya tragado la tierra estos días, sino que simplemente me ha engullido el sofá y la vaguería ha llegado a niveles insospechados. Fue una reclusión casi obligada después de que el lunes nos aventurásemos por calles céntricas y, un año más - no aprendemos - saliéramos de ellas escarmentados y con un sentimiento de odio profundo hacia la humanidad, sobre todo cuando se mueve en masa y se olvida de que se puede caminar a más de un paso por minuto. La idea era ir a una exposición que resultó estar cerrada (con lo cual el día ya comenzó mal) y luego pasarnos por la Feria de Santa Lucía (sólo conseguimos atravesar un pasillo sin ver nada más que los abrigos de la gente que nos rodeaba y con la señora que nunca puede faltar en las aglomeraciones: aquella que te va empujando en los riñones todo el tiempo). En cuanto pudimos salir nos alejamos sin mirar atrás; ya volveré yo algún día en que el planeta haya decidido concentrarse en otro punto. Después de eso Manuel hizo una escapada a la exposición temporal del MACBA y yo, sin muchas ganas (pero es que la exposición del MACBA tampoco me decía gran cosa), me di una vuelta por algunas tiendas en busca de inspiración y no la encontré. A comer y a volver a casa. Y después de eso nos alejamos voluntariamente del mundanal ruido, cuyo mejor refugio son el sofá y la manta y las palabras sosegadas de Nella Last.
Así que con tanta vaguería el lunes - y el martes y el miércoles - me dejé sin poner la repostería del sábado. Hoy pongo remedio a la situación y presento en sociedad nuestro bizcocho de pistachos.
La semana pasada, antes de dar con la tarta del diablo, Manuel le había echado el ojo al bizcocho de pistachos, pero como yo no recordaba si la crema agria que llevaba era la que se hacía a base de yogur griego o no (sí que lo era), lo dejamos en reserva para confirmarlo. Una vez comprobado que se podía hacer en casa, no hubo dudas - ah, qué maravilla - respecto a la repostería de esta semana.
Y la verdad es que fue una repostería muy acertada porque sale un bizcocho riquísimo. La única pega que le pongo es lo de pelar tropecientos pistachos y dejarse los dedos por el camino. Pero el resultado final, con el sabor en el paladar y la sensibilidad de los dedos recuperada, es muy bueno y ligerito.Al final, eso sí, resultó como siempre que nuestra comprensión lectora con las recetas es más bien baja, ya que la crema agria no es tampoco imprescindible, ya que es por si se quiere poner relleno. Y al final el relleno que hicimos tampoco fue el que pedía la receta exactamente, ya que la receta mezclaba la crema agria con crema de limón. Estuvimos dudando si salir a por algún yogur de crema de limón o similares pero al final optamos por ver qué tal estaba la crema agria sola y, si no estaba mala, dejarla así. Efectivamente no estaba mal, sabía más que nada a yogur, así que renunciamos a la crema de limón. Lo que no hicimos fue lo de abrir la tarta y untarla entera, ya que luego, si dura días - como es nuestro caso - el bizcocho va absorbiendo la humedad y poniéndose correoso. Así que dejamos el bizcocho por un lado y el relleno por otro y a untarse cada uno su trozo antes de comerlo. Mucho mejor.
Y lo cierto es que el bizcocho sin relleno estaba muy bueno, pero el relleno le daba un toque fresquito y diferente muy agradable, incluso si era un relleno que nos habíamos sacado de la manga nosotros. Estaba muy rico.
Así que seguro que repetiremos porque fue un pequeño gran éxito.
Y no me olvido de la película clásica del domingo, esta vez muy, muy conocida: Adam's Rib (La costilla de Adán), de 1949. Poco se puede decir que no se haya dicho ya y siempre es un placer reencontrarse con Katharine Hepburn (con Spencer Tracy también, pero le conozco mucho menos). Desde el domingo, eso sí, nos dan ataques espontáneos de Farewell, Amanda.
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domingo, 5 de diciembre de 2010
Dos velas
Siguen las velitas, claro, y hoy los angelitos ya empezaban a sobrevolarlas despacito, aún sin demasiado tintineo. Pero con o sin tintineo, me encanta el "ritual".
Como todo, es probable que si tuviera que encender una velita más cada domingo de los 52 que tiene el año, al final acabaría harta de las velitas y el tintineo (con la potencia de las 52 velas encendidas casi podría montar un tiovivo, eso sí) y medio ciega por el resplandor que producirían. No es una reflexión de ahora mientras escribo, es uno de los pensamientos profundos (ejem) que se pasaban por mi cabeza con todo lujo de detalles (cómo de alta tendría que ser la primera vela para aguantar 52 encendidos, etc.) mientras contemplaba las dos velitas hace un rato.
El calendario de adviento - como pasa muchas veces - me descubre que los dibujitos de cada ventanita son casi más monos que los de fuera. Eso sí, antes de abrir la ventanita de cada día, me siento como una señora que no se ha traído "las gafas del cerca" porque los números están impresos muy levemente sobre el dibujo, así que aparte del entretenimiento clásico de buscar el numerito del día yo tengo el entretenimiento (por decirlo de alguna forma) añadido de dejarme los ojos y tratar de dar con el número (mientras la voz de la señora de "las gafas del cerca" suena en mi cabeza). Sin ir más lejos digamos que ayer - día 4 - por error me fastidié la sorpresa del día 17.
Menos mal que a contar las cuatro velas sí que llego.
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viernes, 3 de diciembre de 2010
Ideal
"¿Te acuerdas del chocolate de Nueva York?" "¿Te acuerdas de que aún tienes chocolate sin abrir en el frigorífico?" "¡¿Sigue ahí el chocolate de Nueva York?!"
Ya hablé del "síndrome del último" hace tiempo y mencioné que el chocolate Hershey's de Cookies'n'Creme esperaba turno. Y esperaba y esperaba y esperaba. Y yo nunca terminaba de encontrarle el hueco ideal en el tiempo y en el estómago. Así que Manuel de vez en cuando al abrir el frigorífico y mirar arriba del todo exclamaba las frases de arriba.
Primero me amparé en que esos que retiran sus productos de chocolate del mercado en los meses de calor (los de Kinder, Ferrero Rocher y demás) hacen bien, porque el chocolate con el calor parece que apetece menos. Después se fue el calor y ya no tuve en qué ampararme, simplemente en que ya lo tomaría a su debido tiempo.
Entre tanto, además de la Coca Cola de vainilla, también me acabé los jelly bellies. Curiosamente fue un acabado muy sosegado: llegué al último caramelito y me lo zampé sin más miramientos. Estaba buenísimo.
El otro día después de comer me había reservado un rato de sofá, manta y lectura y me apetecía algo dulce. Habrá quien diga que ya comemos suficiente dulce con la repostería de los fines de semana, pero de verdad que el resto de los días, salvo por excepciones, son bastante "amargos" en ese sentido. Así que ahí estaba yo, pensando que no había nada hasta que recordé el chocolate y ese fue realmente el hueco ideal. Me partí unas oncitas, envolví el resto cuidadosamente (con un poco de suerte no dejaré que se vuelva a eternizar en el frigorífico, pero quién sabe, y el chocolate blanco "coge sabor" muy fácilmente si no se envuelve muy bien), me volví al sofá y ¡oh! cómo lo saboreé. Una pena que Manuel no estuviera para presenciar el ansiado momento en que yo empezaba la tableta neoyorquina. Hice fotos para dejar constancia y luego le enseñé la tableta abierta en el frigorífico también.
Viendo la foto de arriba, por cierto, luego recordé que Nella Last, por alguna conexión extraña está vinculada al Hershey's de Cookies'n'creme en este blog. Sólo hay que ver esta entrada antigua y sus dos fotos (y casi las mismas fechas). ¿Quizá fue ella la que dio pie a la conexión mental?
En fin, una delicia de ratito, en la mejor de las compañías para el estómago y para la mente.
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