viernes, 28 de enero de 2011

Fin de semana



Siempre que tengo que estar pegada al ordenador me dejan cosas de lo más tentadoras en el buzón. Así que ayer, fecha de entrega de lo que me ha tenido atada al ordenador desde el martes (¡sólo han sido tres días! Quién lo diría), me encontré con esto en el buzón: lo saqué del envoltorio (que es de plástico transparente, así que no hubo sorpresas) y lo dejé encima de la cómoda, sin apenas poderlo hojear. Manuel llegó pasadas varias horas y en sólo cinco minutos de hojear ambas cosas ya había visto más cosas que yo, con ello al alcance de la mano durante horas, no había podido ni mirar.

Así que aunque aún tengo teletrabajo acumulado - pero más moderado y relajado - y aunque el fin de semana hay tareas de la casa ineludibles (¡y la repostería, claro!), me propongo emplear los minutos que me queden libres de cualquier cosa en estar en el sofá, debajo de la manta, con mis cosas Brontë y un poco de Bill Bryson (abandonado estos días, el pobre) alrededor. Suena bien.

miércoles, 26 de enero de 2011

Sopa de letras

Ayer pasé el día entre letras casi de principio a fin y en su mayoría no fueron de las del tipo de sofá y manta, sino de las de teclado y pantalla de ordenador. El día, eso sí, empezó con una revelación: sentada delante del ordenador cuando aún había apenas luz en la calle comprobé lo hipnótico y reconfortante del humo que sale de una taza de té. Y luego lo reconfortante y lo bien que sienta la taza en sí, claro, pero eso ya lo tengo comprobado desde hace mucho.

Con el frío que hacía, qué mejor cena que una buena sopita, aún hija del caldo del día de Navidad. Y a pesar del día entre letras, qué curioso echar un puñado de letras en el caldo. ¿Venganza o agradecimiento?



Cuando pensé en hacer fotos de la sopa de letras me imaginaba unas fotos un pelín más artísticas o alguna palabra completa en el borde del plato. Pero, lo siento, la sopa bien calentita y humeante era, por una vez, mucho más tentadora que la cámara de fotos. Y me sentó igual de bien que el té de por la mañana. Un día de letras y entre letras con principio y final casi simétricos.

lunes, 24 de enero de 2011

Bizcocho de guindas

El viernes, a la hora de elegir la repostería para el sábado, decidí buscar algo de chocolate para hacer. El primer inconveniente fue que a veces los ingredientes son difíciles de encontrar o, directamente, hasta donde yo sé, inencontrables. Así que me decidí por uno pero Manuel no parecía muy convencido. Como por falta de libros no será, seguí pasando páginas y vi un bizcocho que llevaba justo la cantidad de almendras molidas que nos habían sobrado del pastel Madeira de la semana anterior y que estaban a punto de caducar. Curioso porque el elemento clave del bizcocho es uno que normalmente veto y quito de todo lo que lo lleva: guindas. Mira que me gustan las cerezas, pero no puedo con las guindas: las quito de los roscones y de cualquier otra cosa que las lleve. Pero ¿cómo resistirse a la cantidad exacta de almendras? Y además a Manuel siempre le gusta la repostería que lleva cosas que normalmente no me gustan.

Otra cosa que me convenció fue que la autora - de nuevo Trish Deseine - lo presentaba como otro clásico de la hora del té inglesa. Así que me tomé eso y lo de las almendras como una señal y ya veríamos qué pasaba con las guindas.

El sábado nos pusimos manos a la obra: mientras yo me ocupaba de seguir las instrucciones acerca de las guindas: partirlas en cuatro, lavarlas y secarlas bien, Manuel se ocupaba de todo lo demás. Así llegamos al problema de la levadura. La receta pedía "un sobre de levadura" pero mirando por internet el día anterior (¡a veces nos preparamos las recetas y todo!) descubrimos que eso era una medida más bien inexacta, puesto que cada marca y cada marca en cada país (la autora del libro es inglesa pero vive en Francia) pone en los sobres de levadura la cantidad que le apetece. Por no mencionar el hecho de que, hace un tiempo, y harta de que la medida de la levadura siempre viniera en cucharaditas, decidí abandonar los sobres (que en realidad creo que nos duraron hasta la semana pasada) y compré un botecito de levadura Royal de donde es más fácil sacar cucharadas. Pues bien, típico: la semana en que por fin abrimos el bote es la semana en que la receta que hacemos da la medida de la levadura en sobre. Total, que el viernes calculamos el contenido medio de un sobre de levadura internacional y, para bien o para mal, nos salió que sería de 20 gramos. Así que Manuel añadió 20 gramitos de levadura a la harina antes de tamizarla. Hasta ahí bien.

En esto yo acabé de procesar las guindas, pringada de almíbar por todas partes. Y aunque ese proceso, según la autora, era el truco para que no se quedaran en el fondo, a mí me quedaba la duda de si rebozarlas o no en harina, como sí sé que hay que hacer para que los tropezones no se hundan en los bizcochos. Pero bueno, supuse que la autora sabría de lo que hablaba.

Lo mezclamos todo y al horno que fue. No habían pasado ni cinco minutos a una temperatura bajita (160ºC) cuando el bizcocho empezó a subir más rápido y como nunca había visto subir a ningún bizcocho. Diría que fue como telehorno en sus mejores tiempos pero mentiría: era telehorno como yo nunca lo había visto. Y de nuevo la duda de si se saldría del molde, de si deberíamos poner algo debajo por si acaso, de si las leyes de la física realmente impedirían el desparrame, de si nos compensaba abrir el horno en estos minutos clave sólo para asegurarnos de que el horno no se convertía en zona catastrófica. Al final dejamos a la física hacer y, efectivamente, pese a que rebasó el borde del molde por lo menos dos centímetros, el bizcocho no se desparramó. Respiramos con alivio, pero sólo brevemente, ya que al haber subido tantísimo, se acercaba más a la parte de arriba del horno que ningún otro pastel, así que de nuevo batiendo récords, empezó a dorarse por la parte de arriba. Cuando adquirió el color que yo consideré ya límite y aún en el tiempo no reglamentario de abrir la puerta, tuve que decidirme a taparlo con papel de plata para evitar que se quemara. Al miedo a abrir el horno y que el pastel se me desinflara también estaba el miedo a lo que ya me pasó una vez: que el papel de plata se pegara a la parte de arriba del bizcocho, así que en el abrir y cerrar de ojos en que abrí el horno tuve que tratar de colocar el papel de plata de forma que tapara bien pero no tocara el bizcocho. Ingeniería pura.

Con el papel de plata se acabó telehorno, pero después de esos momentos tan animados y estresantes casi lo agradecí. En teoría el bizcocho tenía que hornearse durante hora y media, pero como yo ya sabía que al autora decía que cada horno es un mundo y que la semana anterior nuestro horno había demostrado ser más rápido que el suyo, no me fiaba yo del todo. Y al final hice bien en no fiarme: al cabo de 55 minutos saqué el bizcocho del horno en su punto. Por cierto que luego, cuando lo probamos, Manuel dijo que sí, que estaba justo en su punto, menos mal que no pasado porque, si tiene que elegir, prefiere el bizcocho un poco húmedo a un poco seco. ¡¿Qué?! Eso no era lo que yo tenía entendido. Ya le dije que en el blog había puesto una y mil veces lo contrario, pero nada, ahora resulta que, sin gustarle, prefiere los bizcochos húmedos a secos. Pfff.

Y el bizcocho resultó (y sigue resultando, que aún queda más de la mitad) un éxito, salvo por el hecho de que, con la excepción de alguna guinda perdida, en general se quedaron en la parte de abajo. No me importa demasiado porque así afronto la zona guindas (a veces me la como con un poco de repelús y a veces se las paso a Manuel) de una sentada y no hay sorpresas en mitad del bizcocho que, como dijo Manuel, pese a no tener gran cosa, quedó muy bueno. Y no le falta razón, está delicioso.

Yo lo saboreé el domingo para desayunar acompañado de mi té y comprobé que los ingleses tontos no son: mi hora del té particular resultó, efectivamente, de lo más agradable con esa combinación.

Y al ratito, para bajarlo todo, a planchar. De nuevo nos acompañaba Cary Grant esta semana: Every Girl Should Be Married (En busca de marido), de 1948, con Betsy Drake, que trataba de cazarlo en la película y parece que también detrás de las cámaras puesto que se casaron al año siguiente. Por lo visto fue el matrimonio de Cary Grant que más duró. La película, como era de esperar, estaba muy bien.

jueves, 20 de enero de 2011

Colección de sellos

El otro día entré en una tienda de filatelia y para no parecer demasiado loca (o para parecerlo más, no sé) acabé dando como explicación a lo que había pedido (era un señor muy amable, comerciante de los de toda la vida con los que da gusto hablar porque sí y por lo bien que conocen su negocio*) el hecho de que coleccionaba sellos literarios. Pensé que había mentido como un bellaco pero luego, reflexionando, me di cuenta de que no tanto. ¿Acaso no voy coleccionado los sellos que salen de los escritores que me gustan? Sí, ¿no? Pues entonces soy una coleccionista (o seleccionista que diría Manuel de existir la palabra por ese entendimiento suyo de que coleccionar significa tener que tenerlo todo de lo que sea que se coleccione) de sellos literarios. Moderadamente seleccionados, sí, pero sellos literarios al fin y al cabo: Carmen Martín Gaite, Mercè Rodoreda...

Y estos que son los que compré el otro día y que no son los primeros Brontë que llegan a la colección, aunque sí los primeros belgas.



Es una serie de 2010 que conmemora los escritores extranjeros que visitaron Bélgica (en el siglo XIX todos, creo), entre ellos Charlotte y Emily Brontë. Un poco más de parafernalia (aunque por suerte pequeñita y fácil de guardar) para nuestra colección (aquí no digo selección, creo que en este aspecto Manuel colecciona y no selecciona) Brontë.

* Sin tener nada que ver con el negocio en concreto - y casi peor aun - poco después de salir de la tienda de filatelia entré en otra donde estaban tomando los datos de unos turistas ingleses. Mientras uno de la tienda daba conversación al señor, por detrás una chica (joven) copiaba los datos necesarios y, con el pasaporte del señor en la mano, le preguntaba a su compañera: "Londres... Estados Unidos, ¿no?"

miércoles, 19 de enero de 2011

Less than Angels, de Barbara Pym

Ya me ha pasado alguna otra vez: parece que me autoboicoteo al colocar los libros en la estantería. Sigo leyendo la obra de Barbara Pym - poco a poco - por orden cronológico y, durante unos minutos, gracias a los libros mal ordenados en la estantería, estuve convencida - llegué a elegir señal para él, etc - de que me tocaba leer A Glass of Blessings (Los hombres de Wilmet). No recuerdo cómo me di cuenta del error, pero el caso es que al poco tiempo tenía el problema subsanado y Less than Angels entre manos. Ya ha quedado patente en muchas ocasiones que los números no son lo mío pero cuando una ve que más de una vez el orden cronológico en la estantería se le resiste la cosa empieza a alcanzar límites insospechados.

Y, efectivamente, no hubiera sido tan grave equivocarme de libro (ya me ha pasado más veces con otros autores; luego me da un poco de rabia, pero si he disfrutado del libro me da un poco igual) pero a medida que voy leyendo más de Barbara Pym me doy cuenta de que probablemente habría sido de las autoras con las que supondría una metedura de pata mayor. Barbara Pym no se quedaba encasillada en un mismo tema (prueba de ello es este libro, sobre esto más abajo) pero sí que voy notando que, libro tras libro, va construyendo y sentando las bases de su mundo en miniatura. En miniatura porque es creación suya y en miniatura porque todo es cotidiano en general. De modo que si en otros libros no era raro encontrarse con un cameo de la propia autora entre las páginas, en este me sorprendió y no me sorprendió toparme con un par de breves menciones a Mildred Lathbury (y, digamos, su entorno, que no quiero destripar nada), la protagonista del estupendo Excellent Women (Mujeres excelentes). Me sorprendió como encontrarme con alguien que hace tiempo que no ves por la calle, pero no el hecho de que estuviera allí. Y esto, aparte de agradable, es muy gratificante para el lector (sobre todo para el lector que, como yo, se autoimpone el orden cronológico) y un bonito detalle de parte de la autora.

Como decía, Barbara Pym diseñó un mundo en miniatura pero no por ello poco variado. Es cierto que nos toparemos con pocas eminencias o con poca gente pobre, pero ella y sus protagonistas se mueven en la clase media entre la que se movían y probablemente se mueven aún sus lectores. De modo que para el lector común el mundo creado por Barbara Pym es bastante similar al mundo que conoce y en el que se maneja, si bien los personajes que lo pueblan no siempre son del tipo que nos rodean, mucho menos cuando uno no reside en Inglaterra. Pero como dice Salley Vickers en la introducción de mi edición, lo que hace que las historias de Barbara Pym sean universales y, a pesar de sus años de olvido, hoy puedan leerse sin problemas (como las historias de Jane Austen, con quien tanto se la compara) es que, para bien o para mal (en este caso para bien), Barbara Pym hacía caso omiso de las modas (tanto en cuestiones prácticas como teóricas) y de ese modo conseguía unas historias universales que, cincuenta y pico años después (Less than Angels se publicó por primera vez en 1955 y fue uno de sus libros de mayor éxito), siguen teniendo todo el sentido que tenían por aquel entonces.

En Less than Angels, Barbara Pym nos lleva a un mundo que conocía bien ya que durante muchos años fue editora de una revista del sector: el mundo de la antropología o, mejor dicho, el mundo de los antropólogos, que, con algunas excepciones, es idéntico al mundo de cualquier gremio formado por personas: hay amores y desamores, hay dilemas morales, hay arribistas, hay caraduras, hay gente buena, hay cotillas, hay interesados, hay ricos, hay gente que no sabe muy bien lo que quiere, etc.

Así que Less than Angels cuenta la historia de un grupo de jóvenes antropólogos en diferentes situaciones, los "superiores" que los rodean y que dan idea del mundillo en que se mueven y se moverán, las familias y amigos de algunos de ellos y, en medio de todo esto, Catherine Oliphant, que no es antropóloga, sino escritora de artículos y relatos para revistas de mujeres (y me pregunto si inspirada por la auténtica Margaret Oliphant, de quien no he leído ni conozco apenas nada así que no puedo salir de dudas). Catherine Oliphant que, podría decirse, es la antropóloga de los antropólogos, la que observa su comportamiento y decide cómo actuar con ellos. Catherine Oliphant que, en común con tantas otras heroínas de Barbara Pym, es al mismo tiempo un poco dispersa y en cuya cabeza bullen todo tipo de citas literarias (en general de poetas del siglo XIX) y a la que le gusta pensar en sí misma como una especie de Jane Eyre (y se pregunta si los hombres también se comparan a sí mismos con Rochester o Heathcliff). Catherine Oliphant, ayudada por los excelentes personajes secundarios que la rodean (Mark y Digby en especial), se ha convertido en uno de mis personajes Pym preferidos hasta el momento (después de Mildred Lathbury, eso sí). No me atrevo a decir que siempre será así ya que la propia Pym decía que Catherine había sido una de sus preferidas pero que por entonces (esto lo decía en 1964 en una carta a Philip Larkin) prefería a Wilmet (de A Glass of Blessings (Los hombres de Wilmet)) y a Prudence (de Jane and Prudence).

Por cierto que, por casualidades de la vida (o porque voy leyendo la estupenda poesía de Philip Larkin muy poquito a poco), estos días en que he estado leyendo a Barbara Pym, ambos han vuelto a coincidir sobre mi mesilla (da igual que una tenga poca - por no decir ninguna - tendencia al insomnio, mis libros duermen en la mesilla de noche por si las moscas). Aún no he explorado demasiado su amistad ni su correspondencia (incluida en A Private Eye, meta de mis lecturas Pym) pero me basta con saber que eran buenos amigos y que fue Philip Larkin (y también Lord David Cecil) quien a finales de la década de los setenta contribuyó a sacarla del olvido en que había caído injustamente. De las combinaciones literarias que se han visto sobre mi mesilla creo que esta tiene que haber sido de las más agradecidas.

Ya para concluir no puedo dejar de decir que Less than Angels no sería un auténtico Pym - que lo es - si no destacara del él las risas, las pequeñas grandes frases de la señorita Pym, el omnipresente té y lo puramente inglés del entorno. Una joya más de Barbara Pym que, aunque (¿aún?) sin traducir, recomiendo a quien pueda encarecidamente.

Mis lecturas anteriores de Barbara Pym:

- Excellent Women (Mujeres excelentes)
- Jane & Prudence
- Some Tame Gazelle

lunes, 17 de enero de 2011

Pastel Madeira

¡Ha vuelto la repostería! Después del parón navideño y aunque aún nos quedan algunos restos dulces navideños, este fin de semana no pudimos resistirnos a empezar a estrenar nuestros nuevos libros de recetas.

Como estábamos un poco desentrenados y con los dulces navideños ingeridos aún muy presentes, optamos por algo sencillito: Pastel Madeira, llamado así no porque lleve vino de Madeira ni porque provenga de esa isla (aunque el pastel también es típico en Portugal y conocido allí como pastel inglés) sino porque solía acompañarse en la merienda inglesa de ese vino.

En casa no teníamos vino de Madeira para hacer el experimento de complementarlo pero doy fe de que, no sé si porque realmente está así de rico o porque hacía mucho que no tomábamos repostería casera, el caso es que el trocito que no pudimos resitirnos a compartir por la noche del sábado me supo a gloria y Manuel es testigo de que si dije una vez lo delicioso que estaba lo dije mil. ¡Qué bueno!

Y eso que en realidad es un bizcocho normal y corriente: un cuatro cuartos un poco modificado al que se le pone la ralladura de un limón. Nada más. Eso sí, menos mal que en la introducción del libro de recetas (Dulces y pasteles, de Trish Deseine) sobre los utensilios y demás, ya advierte de que cada horno es un mundo y que lo mejor es conocer tu horno más que fiarte a ciegas del tiempo de horneado marcado en la receta. En este caso el tiempo de horneado recomendado era de una hora, cosa que de entrada a mí ya me pareció excesiva a la vista de la cantidad y la consistencia de la masa. Y efectivamente se confirma que tengo buen ojo para los tiempos (la prueba de ello es que Manuel sigue sin fiarse del todo cada vez que elijo un molde o sugiero algo - normal por otra parte - pero con los tiempos se fía totalmente) porque a los 40 minutos yo decreté que aquello ya estaba y así era, hasta el punto de que para felicidad de Manuel y sin llegar a estar tampoco seco, al bizcocho no le queda ni rastro de humedad.

Tuve que cambiar de lugar de sesión de fotos porque la cómoda donde normalmente hago las fotos del dulce recién hecho está medio invadida (en proceso de dejar de estarlo) por mi ordenador antiguo, que va migrando partes aquí y allá). Y como le dije a Manuel me estoy planteando cambiar el sitio de forma permanente, porque la luz con la que quedaron las fotos que hice el sábado por la noche me gusta mucho.

También ayuda que por una vez y sin que sirva de precedente me acordase de espolvorear un poco de azúcar glas por la superficie. Manuel siempre me lo recuerda y piensa que no lo pongo porque no quiero, pero lo cierto es que simplemente me olvido, aparte del hecho de que para poder espolvorear el bizcocho tiene que estar totalmente frío, como era el caso el otro día, porque si no lo absorbe todo.

El domingo por la mañana desayunamos ya sendos trozos en condiciones y me siguió sabiendo a gloria este bizcocho. Y después película: me temo que sin querer he dejado indocumentadas las películas clásicas que hemos visto a lo largo de la Navidad (al contrario que la repostería, no ha habido parón en cuanto a la plancha por fiestas), pero diré que ninguna nos ha decepcionado y nos hemos reído mucho con todas. Ayer yo empecé a reírme incluso antes de que comenzara la película: un accidente tan tonto como un poco de agua derramada sobre la mesa, un pequeño río incontrolable que acechaba al ordenador que tenía allí Manuel y yo cinco minutos fuera de combate llorando de la risa. Cosas absurdas de las que se ríe una.

El caso es que la película de ayer era Mr Blandings Builds His Dream House (Los Blandings ya tienen casa), de 1948 con Myrna Loy y Cary Grant, divertidísima pero también muy agobiante el ver cómo al pobre señor Blanding se le va de las manos la construcción de su nueva casa. Pero estuvo bien y resulta que una de mis películas favoritas de infancia (y no le haría ascos a verla ahora), The Money Pit (Esta casa es una ruina) es un remake (un poco diferente, eso sí) de esa película. De pequeña debí de ver como mil veces Esta casa es una ruina, grabada en VHS, hay escenas que recuerdo perfectamente, como si la cinta de vídeo me pasara por la cabeza, de lo mucho que me hacían reir. Era una de mis películas de ver mil veces. En casa de mi tía - donde pasábamos las tardes - mi madre y mi tía ponían The Sound of Music (Sonrisas y Lágrimas) por lo menos (¡por lo menos!) un par de veces a la semana (de ahí que me sepa las letras tan de memoria como las de Los Miserables; ahora me doy cuenta de que éramos (¿seguimos siendo? Mi madre es adicta a la miniserie de Orgullo y prejuicio ahora) un pelín obsesiva) y en los huecos que dejaban y en los que yo no estaba jugando con mis bolsas en el pasillo veía Esta casa es una ruina. Así que ver la primera adaptación de lo que por lo visto surgió como una novela ayer y con esos actores me gustó mucho.

viernes, 14 de enero de 2011

Amarillo - naranja - anaranjado

Hay veces en que las coincidencias casuales de colores me llaman mucho la atención, cuando los colores combinan o se complementan o se relacionan entre sí de alguna forma inesperada que probablemente resulta más llamativa que cualquier combinación que pudiera hacerse intencionadamente. Ya hablé un poco de esto una vez.

La otra tarde me disponía a ponerme la medallita de dieta saludable tomando un zumo de naranja que pensaba complementar con un rato de Barbara Pym cuando de repente me topé con esta inesperada combinación de colores. Fue ver el panorama e ir a por la cámara. ¡Aquello era irresistible!




Y para qué engañarnos, el rato no documentado, en compañía de Barbara Pym y con el zumito de naranja (casero, con un poquito de agua y un poquito de azúcar), estuvo también a la altura de las circunstancias.