lunes, 6 de julio de 2009

28

Entrada programada.

Para cuando salga esta entrada habré comenzado los 28 con el mismo desayuno con que despedí los 27, lo cual es sin lugar a dudas un buen comienzo. Y gracias por la clotted cream y los scones, porque hace unos días me topé con esta frase tan poco alentadora en mi lectura actual:

She would be twenty-eight in 1907, which is almost thirty, and was no longer 'young'.
En 1907 tendría veintiocho, que ya son casi treinta, y ya no se podría considerar 'joven'.

También habrá paseos por Barcelona, llamadas telefónicas, tarta y regalitos, algunos venidos desde Madrid, y otros que ayer por la tarde estuvo envolviendo Manuel tras una puerta cerrada con un improvisado cartel que decía, como en las películas, "Do not trespass".

domingo, 5 de julio de 2009

Cream tea

Hace unas semanas, en mi lectura nocturna de cartas de Elizabeth Gaskell, aparecía una dirigida a su hija Marianne, que por entonces se encontraba visitando a unos amigos en el sur de Inglaterra, en la que, en una posdata, Elizabeth Gaskell le encargaba "Devonshire cream". Cuando unos días después de leer esa carta, Manuel me comentó que conocía a alguien que también iba a pasar por el sur de Inglaterra, yo hice exactamente lo mismo: encargar "Devonshire cream" o, como se conoce más comúnmente: clotted cream. Manuel se esperaba encargos de libros o similares y la respuesta le pilló casi por sorpresa, sobre todo porque tenemos en el frigorífico una que nos trajimos a principios de junio de Living in London (caduca en septiembre, lo que me asegura más scones en un futuro no lejano), pero yo tenía la espinita clavada de no haberla comprado en Londres cuando fuimos en febrero, así que ese fue mi encargo. Si de momento yo no voy al sur de Inglaterra, al menos que un poquito del sur de Inglaterra venga a mí. Obsérvese que, de hecho, esta clotted cream está elaborada nada menos que en Cornualles precisamente (parece ser que es la marca preferida en el palacio de Buckingham):


El jueves Manuel apareció con el recipiente y su precioso contenido, con su "costrita" en la parte superior y, por supuesto, los scones quedaron automáticamente planeados para la repostería del sábado. ¡Ya llevamos unos cuantos scones hechos! Y debo decir que son una maravilla de hacer: fáciles y tan ricos como siempre. Para darles un toque "veraniego" decidí poner también un poco de ralladura de limón. Teníamos pensado hacer sólo una tanda, pero resultó ser de "sólo" 11 scones, lo que, pensando en la tarrinita de la clotted cream, me pareció más bien poco, así que optamos por una segunda tanda, con los mismo ingredientes y cantidades, de la que salieron 12 scones bastante más grandes que los anteriores. Misterios de la repostería.

Así que esta mañana para desayunar hemos tenido un auténtico cream tea (salvo por la mermelada de fresa, pero a mí no me gusta y en cualquier caso no había en casa), con un "juego de té" de andar por casa, eso sí.

Y, claro, ha sido un desayuno celestial, en el que nos hemos puesto las botas sin pensar demasiado en la cantidad de grasa que estábamos ingiriendo, sólo centrándonos en lo rico-rico-rico que estaba todo y el pequeño placer de untar la clotted cream en los scones (que con la ralladura de limón quedaron buenísimos, por cierto), con su consistencia única. Como le he dicho a Manuel, la clotted cream es, seguro, el desayuno de los dioses (que obviamente no tienen ni que pensar en la grasa ni el colesterol ni demás trivialidades humanas). Ay, qué maravilla.


Por supuesto hemos reposado un rato antes de proseguir con la rutina dominical: película y plancha. La película de hoy era Ball of Fire (Bola de fuego), de 1941, con Gary Cooper y Barbara Stanwyck. El grupo de profesores/investigadores excéntricos cae bien desde el principio, pero es que a medida que avanza la película sólo cae mejor y mejor hasta que llega el final y se vuelven todos ellos inolvidables. Del calor de hoy combinado con la tarea de planchar mejor no digo nada.

viernes, 3 de julio de 2009

Concentrado de series

Últimamente se nos van terminando las temporadas de muchas series. Los sábados seguimos teniendo series a la carta y de momento nos dedicamos a Mad Men (Mad Men) y Lost (Perdidos). Como no se han acabado aún me las reservo para futuras entradas, sobre todo Mad Men, de la que hay mucho que decir.

Pero el resto de la semana seguimos lo que las televisiones nos dejan ver entre los anuncios. Algunas las grabamos y las pasamos sin publicidad pero otras las vemos en directo y languidecemos (sobre todo últimamente con este calor infernal) en los cortes y demás artimañas publicitarias (lo de recudcir la imagen de la serie que además suele estar siempre en el momento más dramático para anunciar cualquier programa cutre nos saca de quicio).

Sin orden ni concierto y, más importante aun, sin spoilers:

The Mentalist (El mentalista): ¡Gran descubrimiento! A mí me gusta mucho más que a Manuel, que la ve sin más, pero yo soy una fanática del señor Patrick Jane (interpretado por Simon Baker) y sus siempre sorprendentes conclusiones, por no hablar de sus excentricidades y su gusto por el té. Quizá la trama esa de Red John (John el Rojo) con la que pretenden dar más continuidad a la serie sobra un poco, porque se pasan diez capítulos sin mencionarlo y de repente llega el final de temporada y lo vuelven a sacar a relucir y, en fin, que no sé, no aporta gran cosa, sólo le da un pasado al mentalista que quizá podría ser cualquier otro. El final de temporada estuvo bien, qué tensión, pero el final-final no fue del todo satisfactorio. Aun así cuento los días hasta recibir de nuevo a Patrick Jane en pantalla. Y doy gracias al "señor de La Sexta" (como dicen en Sé lo que hicisteis) por pasarla en VO. Cuando alguna vez veo los anuncios (que por cierto esos sí que tienen spoilers a mansalva) la voz española de Patrick Jane me parece espantosa. Lo he dicho mil veces y me reafirmo: el doblaje es lo peor, y por muy buenos que puedan ser los actores de doblaje seguirá siendo lo peor.

Eleventh Hour (Eleventh Hour): Otro gran descubrimiento, aunque creo que a medida que ha ido avanzando la temporada se ha ido haciendo un poco más light. Me da la impresión de que al principio abundaban los datos técnicos y las curiosidades y al final era todo mucho más vago, pero quizá es también la costumbre. El último capítulo fue ya hace tiempo así que no lo recuerdo del todo bien, pero creo que también fue de mucha tensión y final satisfactorio. Por lo visto está basada en una serie inglesa más breve y del mismo nombre que quizás habría que ver... Jacob Hood (interpretado por Rufus Sewell), mucho menos excéntrico que el mentalista, también me cae de maravilla y por suerte sólo conozco su voz original así que esas pesadillas que me ahorro. De esta lo que critico es eso de que la hayan llamado "la hora 11". ¿Qué es la hora 11 en español? Nada, lo mismo que la hora 12 o la hora 5, parece que los casos los resuelvan a esa hora o algo así. Pero "the eleventh hour" en inglés significa "a última hora" o "en el último momento", que es lo que sucede en la serie: consiguen resolverlo todo justo cuando está a punto de acabárseles el tiempo.

House (House): Antes no era una gran fan de House, a pesar de Hugh Laurie* (que para mí siempre será el señor Palmer de Sentido y sensibilidad, la verdad), pero ahora me va gustando más. Habíamos oído que la temporada y el final de temporada eran más flojillos, pero a mí me ha gustado. El final de temporada me pareció bueno. ¿La queja de turno? Que por alguna extraña razón Cuatro sólo la emite doblada. E insisto, el doblaje no será malo, pero un doblaje nunca puede ser bueno tampoco. Además dos de las mejores cosas de House en VO son escuchar a Hugh Laurie y admirarte de su impresionante acento americano artificial (obviamente se me escapan los matices, igual un americano de a pie sí que nota que no es americano de pura cepa) y perderte aun más de lo que te pierdes en español con el vocabulario médico y ver cómo hay conversaciones enteras de las que sólo entiendes los pronombres y poco más.

Por último, Desperate Housewives (Mujeres desesperadas): Entretenida, como siempre. Y el salto de años que dieron de la temporada anterior a esta ha sido muy beneficioso. Mi favorita sigue siendo Lynette y Manuel y yo nos reímos muchísimo con lo tonta que es Susan y cómo puede meter la pata una y otra vez, una y otra vez, todo el tiempo. Mención especial a la niña que hace de Juanita Solís, que me parece genial. Final de temporada precisamente como debe ser un final de temporada. En esta no hay queja, sólo que por alguna extraña razón nuestra VO en TVE salta de vez en cuando, así que tienes que estar cambiando de canal de audio todo el tiempo, pero es cosa nuestra diría yo (aunque al principio nos divertíamos culpando a un supuesto trabajador de TVE cuya única misión en la vida era activar el canal de audio de VO y que, a veces, se despistaba y lo quitaba o se olvidaba de ponerlo).

Mención especial a Grey's Anatomy (Anatomía de Grey) que está a punto de terminar temporada y que, pese a que la temporada anterior fue mala malísima, en esta se ha reformado y está resultando bastante mejor. Soy fan de Miranda Bailey. Y esa Cuatro sí que la emite en VO, menos mal. Y en clave nacional, sólo veo (Manuel pasa de ella sin haberla visto y me deja sola con mis teorías y mis intrigas) El internado, que también está a punto de terminar temporada (y creo que la que vendrá después será ya la última) y que me sigue gustando mucho. Qué tensión paso viendo esa serie, por favor.

* Hugh Laurie, además, tiene un sketch divertidísimo sobre Jane Eyre (en inglés).

jueves, 2 de julio de 2009

Noche de viernes: Arashi ga oka (1988)

La película soviética muda de la que hablé ayer no ha sido la única película rara que hemos visto últimamente. Las dos últimas semanas de Noche de viernes tocó ver, por fin, la adaptación japonesa de Cumbres borrascosas de 1988: Arashi ga oka, también llamada Onimaru a veces, seguramente porque es mucho más fácil de recordar.

Con esta debo reconocer que no hubo sorpresas. El primer viernes me senté con el portátil por aquello de evitar quedarme dormida mientras le veíamos. Manuel se quejaba de que no miraba los subtítulos (la vimos en versión original en japonés con subtítulos en inglés) y que no me iba a enterar. Y tenía razón y no tenía razón. Por un lado, la historia es Cumbres borrascosas, así que sueles saber qué está pasando y de verdad que sí que miraba los subtítulos. Por otro lado, es una adaptación llevada al Japón medieval con lo cual no te enteras de nada. Los hombres llevan diferentes gorros/sombreros, la decoración es diferente a todo, los gestos son como jeroglíficos y los rituales son indescifrables y a no ser que los subtítulos hubieran venido con notas explicativas, lo cierto es que no te enteras de nada. Es como si le pusiéramos a un japones una película con una señora vestida de chulapa y otra vestida de fallera: notaría que son distintas pero por qué y qué implica eso sería un misterio. En resumen: todo muy raro.

El segundo viernes me senté - recosté - tumbé en el sofá. Y me dormí, claro. Manuel protestó porque según él no le había puesto ganas a la película, pero de verdad, era muy confuso y es difícil mantener la atención centrada en algo de lo que sólo te estás enterando a medias.

Así que si, después de leer todo esto tan poco halagüeño, aún queda alguien que sienta curiosidad por ver la película, mi recomendación sería un cursillo acelerado en el Japón medieval antes de verla. También aclaro que, pese a las diferencias culturales insalvables, a Manuel sí le gustó. Y eso, para mí, es más raro e incomprensible que los gorros de los personajes.

miércoles, 1 de julio de 2009

Nueva Babilonia

Ayer fue un día muy, muy largo. A las siete y media de la mañana estaba ya en la calle y no volví a casa hasta pasadas las once de la noche. Habrá quien esté acostumbrado a ese ritmo de vida y con unas horas entre medias mucho más cansadas que las mías de ayer y le parezca lo más normal del mundo, pero en mí no es lo habitual.

Y es que todo se junta: después de un día en que el teletrabajo se había convertido en trabajo a secas y se había vuelto de pronto inesperadamente interesante, Manuel y yo teníamos entradas para la sala 2 del Auditori a las ocho de la tarde. Cada uno llegaba, literalmente, desde un extremo pero, sin saberlo ni planearlo, coincidimos en el mismo metro y, al bajarnos de nuestros respectivos vagones, nos encontramos.

Lo que íbamos a ver era una de esas cosas a las que Manuel no puede resistirse y quiere que yo vaya también pero que al mismo tiempo piensa que no son para mí en absoluto. Y es cierto que lo de ayer, dicho en frío, no sonaba muy afín a mis gustos reducidos: Nueva Babilonia, una película soviética muda (estos dos últimos adjetivos me parecían tremendos, más aun juntos) de 1929 sobre la Comuna de París con música compuesta por Shostakóvich. Si a eso se le suma mi día atípico, Manuel daba por hecho que yo me quedaría frita en la butaca.

Pero los dos nos llevamos una sorpresa cuando no sólo no me dormí sino que además me gustó la película. Muy soviética ella, muy defensora del comunismo, claro, pero con unos actores desconocidos que dejaban, curiosamente, sin palabras también y, sobre todo, una música en vivo y en directo espectacular y muy bien sincronizada con las imágenes (que no puede ser fácil de conseguir). Además el trasfondo era París, claro, porque ya estamos en esa fase de antes de las vacaciones en que queramos o no, todo trata, de repente, del lugar al que vamos de vacaciones (ya pasó también con Nueva York). No es que saliese demasiado - lo más reconocible eran las famosas gárgolas de Notre-Dame - pero el caso es que ahí estaba.

Desde que nos habíamos encontrado en el metro por arte de magia yo aseguraba que no estaba especialmente cansada (es lo que tienen la fama - y la realidad - de ser vaga), pero creo que eso sólo era aplicable mientras estaba en marcha. Fue llegar a casa, organizar un poco, coger el libro para leer en el sofá (porque es cierto que está interesantísimo y, a pesar de lo gordo, me había acompañado todo el día), leer creo que un par de páginas y... quedarme como un tronco.

lunes, 29 de junio de 2009

Breves brevas

Inevitable juego de palabras el del título, pero también muy real, porque Manuel las trajo el sábado a mediodía y el sábado por la noche ya no había. Como si no hubiéramos tenido suficientes cosas que zampar, pero al menos las brevas son sanas a diferencia de todo lo demás.

Nada más llegar Manuel con ellas, no me pude resisitir a probar una y, luego, mientras las colocaba en un cacharro me encontré con una que se había aplastado y, claro, tuve que hacer el sacrificio (¡ejem!) de comer esa también para que no se echara a perder. Y es que comparadas con las que había comprado unas semanas antes y que resultaron ser bastante insípidas, estas eran una auténtica delicia.

Así que me hago eco de las palabras de Charlotte Brontë en Shirley:

Oh, for rest under my own vine and my own fig-tree!
¡Oh, poder descansar bajo mi propia parra y mi propia higuera!

Y añado como condición que de vez en cuando caiga algún higo/breva, como a Newton la manzana.

domingo, 28 de junio de 2009

Pacto de no-azúcar

No se pueden hacer planes. Aunque suene poco creíble, aseguro que, a mediados de semana, empachados de coca y bizcocho, le propuse a Manuel no hacer nada de repostería el sábado (ayer) y descansar un poco de tanto dulce. Estuvimos de acuerdo y firmamos un pacto de no-azúcar.

Pero resulta que el viernes llegó una feria a nuestras vidas (fiestas del barrio o algo así), a la vuelta de la esquina literalmente. Con su carrito de algodón de azúcar, que es una de esas cosas que no puedo evitar que me tienten (caí incluso en Londres). Así que el viernes, cuando lo vimos de vuelta a casa, le dije a Manuel que, a pesar del pacto de no-azúcar, me veía en la obligación de acercarme el sábado por la tarde a comprar un algodón de azúcar. Bueno, una pequeña excepción.

Amanece el sábado y yo voy a primera hora a Correos a recoger la tentación hecha paquete: es decir, lo que me mandan mis padres por mi cumpleaños desde Madrid y que obviamente no puedo abrir hasta el día D (o sea, hasta dentro de una semana y un día; suena a condena porque casi lo es). Vuelvo cargada y cocida y justo enfrente del puesto de algodón de azúcar - que a esas horas está cerrado - veo que hay una fabulosa y enorme churrería ambulante. Hombre, por favor, ¿quién puede resistirse? Llego a casa, le encasqueto el paquete a Manuel para que lo guarde porque no me hago responsable de mis actos y dejo caer que a pesar del pacto de no-azúcar, la oportunidad de un domingo con chocolate con churros para desayunar no se puede dejar pasar. No tengo grandes dificultades para convencerle.

Tarde del sábado, un poco antes de irnos a que me compre mi algodón de azúcar. Viene el padre de Manuel con un cucurucho de porras con la idea de que sean para el desayuno sin saber que no se pueden dejar tantas horas y hay que comerlas en el momento. Pero yo no me resisto a mi algodón de azúcar. Llenísimos, salimos de casa a por el algodón. Veo que también venden martillos de caramelo y me pregunto si serán como los que tomaba de pequeña. Cojo uno para tomar dentro de unos días. Vuelvo a casa encantada con mi algodón de azúcar y, obviamente, apenas cenamos nada.

Domingo por la mañana: chocolate con churros para desayunar. Y bien rico que está, casi tan rico como llenos estamos nosotros.

Menos mal que hay poca plancha porque entre el estómago que pesa toneladas y el calor que hace es inhumano. La película acompaña y lo hace más soportable: una de Ernst Lubitsch, That Uncertain Feeling (Lo que piensan las mujeres) y que está disponible - en inglés, sin subtítulos - en YouTube. Es de 1941 y es curioso ver a Merle Oberon en otro registro puesto que, si no me equivoco, hasta hoy sólo la conocía de cuando había interpretado a Cathy en Cumbres borrascosas en 1939.

Por otra parte, aparte de los kilos que le deberemos a la feria, también le debemos el - casi constante - hilo musical. El viernes fue espantoso, ayer fue un poco más llevadero, aunque no es decir gran cosa, y a estas horas ya les oigo hacer las pruebas de sonido para hoy. Lo bueno es que en mi caso, cuando llega la hora de dormir, ya puedo tener el escenario en la misma habitación que, si hay que dormir, yo me duermo sin más.

Conclusión: el pacto de no-azúcar ha sido un fracaso.