miércoles, 1 de diciembre de 2010

Picasso y Degas

Si en la ciudad se puede ir haciendo una lista de los museos visitados o coleccionarlos como cromos, el viernes añadí uno nuevo a mi colección: el Museo Picasso, aunque con un poco de trampa ya que sólo nos pasamos por la exposición temporal, Picasso davant Degas, y eso que como están de reformas con la entrada de la exposición temporal ahora te dejan también visitar las salas de la colección permanente que tienen abiertas al público (hay 4-5 cerradas).

La exposición es muy curiosa, un poco como la que vimos en Madrid de Turner y los maestros, pero en este caso sólo reflejando la influencia de Degas sobre Picasso, influencia que nunca habría imaginado por otra parte.

Debo reconocer que no soy una gran entusiasta ni de Picasso ni de Degas. A ninguno le quito mérito, no es eso, simplemente, si dejamos de lado los méritos técnicos y demás, no son el tipo de pintura que más me gusta, aunque el arte en teoría no deba tratarse en cuestión de gustos (pero en esto me pasa lo mismo que con la literatura: ya puede un autor estar reconocidísimo y ser considerado lo más de lo más que si no me dice algo a mí me da un poco igual). De Picasso, eso sí, por ejemplo, me impresiona el enorme Guernica, que en foto, sobre el papel, nunca me decía gran cosa hasta que al poco de que lo llevaran al Reina Sofía lo vi allí, gigantesco, y me impresionó. Todos los cuadros cambian mucho de verlos sobre el papel a verlos al natural, pero creo que ninguno tanto como el Guernica. Y de Degas, aunque sé, sobre todo después de ver la exposición, que no se dedicaba únicamente a pintar bailarinas, es imposible no asociarlo con ellas y es un tema que a mí me cansa un poco. Salvo en el caso de una de las estrellas de la exposición, claro, la bailarina que aparece en la foto (foto sacada de aquí) y que vimos en otra copia - creo - en el Museo de Orsay en París y ya me gustó mucho, no tanto por ser una bailarina como por tener el tutú y el lazo "de verdad" (eso sí, en la exposición ponía que la copia original de cera también tenía pelo de verdad; eso ya me da más repelús).

Y en general la exposición nos gustó, me parece muy curioso eso de contrastar obras y ver influencias que nunca habías pensado que verías.

Por otra parte, y como nunca había estado en el museo, me quedé impresionada por lo bonito de los interiores, sobre todo los techos de las salas. Paseando por allí me preguntaba qué habrían sido esos edificios antes y ahora he salido de dudas (dijimos que lo miraríamos al llegar a casa pero nos olvidamos) y he visto que son cinco palacios de los siglos XIII-XIV, reformados en el siglo XVIII.

Y, no podía ser de otra manera, pasamos por la tienda de regalos antes de salir. Antes habíamos hecho apuestas - ya todo un clásico - sobre el catálogo de la exposición, aunque no teníamos tampoco intención de comprarlo. Yo, vistos los precios desorbitados de los catálogos y mi espinita clavada por el de Lartigue, apostaba por casi 50 euros... al final resultó que esto de los catálogos es el mundo del precio aparentemente aleatorio porque resultó costar 30. No es una ganga en realidad, pero dado el precio del resto de las cosas de la tienda, debía de ser de las más baratas en proporción. Al final terminé comprando el tradicional lápiz de recuerdo para mi colección. Como había tantos para elegir mientras comparaba unos con otros (y también sus etiquetas) me dio tiempo a presenciar la escena de un niño que coge un portaminas de esos de mina gruesa y le pregunta a su padre qué es y el padre dice que no tiene ni idea (!!!). Menos mal que el niño a pesar de todo era más espabilado que el padre y a fuerza de darle vueltas averiguó que si apretaba arriba salía una mina por abajo. Hay gente que no sé de dónde sale, de verdad.

Y fin de la tarde cultural.

martes, 30 de noviembre de 2010

The Distant Hours, de Kate Morton

Creo que ya he comentado muchas veces lo mucho que me gustan las sagas familiares, sobre todo si hay secretos y demás. Es una trama que me puede. Antes, hace siglos, cuando iba a la Fnac y no sé si era yo o era su selección de novelas en inglés que era mejor que la de ahora, y me dejaba guiar únicamente por las portadas y los resúmenes (ahora es todo muy complicado: la selección es peor, yo voy más a tiro hecho y, salvo algún que otro flechazo, tiendo a dejar los libros desconocidos que me llaman un poco la atención en reserva hasta mirar en internet... hasta el punto de que no sé si internet me ayuda a tomar decisiones o directamente las toma por mí. En cualquier caso es cómodo) en cuanto aparecía uno con resumen de saga familiar sabía que ese se vendría conmigo. Lo cual no quiere decir que no me llevara algún chasco que otro. Pero por ejemplo, una saga familiar (The Memory Box) fue la que una tarde, en Pasajes (no siempre era la Fnac), me llevó a mi ahora adoradísima Margaret Forster.

Kate Morton parece que se especializa justo en sagas familiares, lo cual por mí es perfecto. The Forgotten Garden (El jardín olvidado) iba en esa línea y me enganchó muchísimo. Me queda aún por leer su primera novela, The House at Riverton, que también promete. Todos ellos, incluido este de ahora, en que hay una casa (deduzco del título de la primera novela) que es casi un personaje más. Y ya comenté hace unos días lo enganchada que estaba a esta nueva novela suya, The Distant Hours, que cuenta varias historias entrelazadas: la de Edie Burchill en 1992 y cómo se entera de que su madre estuvo evacuada durante los primeros tiempos de la Segunda Guerra Mundial en el castillo de Milderhurst (ficticio hasta donde yo sé, aunque por la bibliografía que cita creo que parcialmenete inspirado por el famoso Sissinghurst de Vita Sackville-West) que resulta que también fue la residencia del autor de uno de los libros preferidos de Edie, Raymond Blythe y su (de nuevo ficticio) The True History of the Mud Man. Eso se enlaza con la historia de los habitantes del castillo - en 1992 y en el pasado - las tres hermanas Blythe, dos de ellas gemelas (esto de las tres hermanas y alguna que otra cosa más me recordaba un poco a The Thirteenth Tale (El cuento número trece) de Diane Setterfield). Es decir, nada menos que dos historias familiares por el precio de una.

A pesar de la adicción inicial, eso sí, debo reconocer que luego la historia se deshincha un poco y que, como dijo Miss Froy, no le hubieran venido mal unos pocos recortes aquí y allá. Pero bueno, que el libro se deja leer, más o menos rápido, según el trozo, y la historia que cuenta, aunque predecible en algunas cosas, está bien.

Abundan las menciones y referencias a Jane Eyre y Cumbres borrascosas, por ejemplo, y en general Edie, la protagonista, es una bibliófila empedernida que hace las delicias - por sus comentarios - de cualquier lector bibliófilo que asentirá sin parar ante ciertas afirmaciones. Me hizo gracia, además, que de la bibliografía que cita creo que tengo/he leído alrededor del 50% de los libros mencionados. Menciona incluso la exposición temporal del Imperial War Museum y la "guerra de los niños" que tanto me gustó. Cuando le comenté a Manuel la gran coincidencia de lecturas dijo que podía indicar dos cosas: 1) que yo estuviera leyendo muchas de las cosas que hay que leer o 2) que mis lecturas dieran vueltas y vueltas alrededor de los mismos temas siempre. No lo dijo pero creo que él se inclinaba por la segunda opción. Pero, claro, yo comencé a leer este libro por ser de Kate Morton y por la saga familiar. Yo pretendía distanciarme de la Segunda Guerra Mundial y me encontré de nuevo de lleno en ella. Así que añado una opción número 3: que la casualidad me preselecciona las lecturas y me las pone en bandeja.

Total, que para un día como hoy es un libro perfecto, acompañado de su mantita y su té y su sofá. Un libro para perderse entre sus páginas y quedar sepultado bajo su peso.

Y un libro, por cierto, con un trailer bien chulo:




The Distant Hours by Kate Morton from Pan Macmillan on Vimeo.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Tarta del diablo

El nombre de este bizcocho, que es la versión casera del Devil's Food que hicimos una vez gracias a Betty Crocker, lo dice todo: el diablo entra en tu cocina y pone un montón de chocolate sobre la mesa y después se niega a irse, se pasa las horas, los días, tentándote con la idea de comer un pedacito más, supongo que hasta que se acabe. Y luego una vez acabado supongo que no te deja olvidarlo hasta que repites y vuelves a empezar. Vamos, que es la versión repostera de venderle tu alma al diablo, sólo que aquí es todo evidentemente mucho más mundano y, sobre todo, corpóreo.

El bizcocho es contundente, sí, pero tan delicioso que cuesta mucho, muchísimo, parar. Aun así diré en nuestra defensa que el bizcocho está hecho desde el sábado por la tarde y aún queda bastante más de la mitad. Era eso o apalancarnos ayer todo el día inmovilizados en el sofá, cosa que no habría estado del todo mal, con un buen libro al lado, siempre que cosas como la plancha o el teletrabajo se hubieran hecho solas. Y como de momento no domino la técnica de la teleplancha ni el tele-teletrabajo, pues hubo que renunciar a que la tarta del diablo nos saliera por las orejas.

Últimamente tengo un bloqueo mental repostero y me cuesta horrores elegir nada: no sé si es que cada vez me abruman más las recetas que me gustaría hacer pero llevan ingredientes que no tengo y no puedo encontrar fácilmente (algunos de ellos dudo que los pueda encontrar directamente; seguro que hay sustitutos y cosas, pero eso me da casi más pereza) o simplemente la falta de inspiración, el caso es que le pregunté, como siempre, a Manuel el formato de receta que quería, respondió bizcocho y le di el libro de 500 recetas de bizcochos con la esperanza de que él estuviera más inspirado. Tuvo que lidiar con alguna que otra receta apetecible pero con ingredientes complicados hasta llegar a esta que no sé muy bien por qué eligió, ya que al día siguiente mientras la hacíamos dijo que las tartas de chocolate solo no eran lo suyo. Claro que a la vista de la reacción ante el resultado final creo que el chocolate solo le produce la misma reacción teórica que la canela y que luego la práctica es claramente diferente.

La receta es de las que piden que hagas dos bizcochos por separado de forma que luego los unas con una capita de glaseado en el centro. Como ya tengo bastantes trastos en la cocina sin necesidad de tener moldes repetidos, mi sugerencia fue hacer todo en un único molde y luego, en todo caso, cortarlo por la mitad, untar y pegar. Estuve especialmente lúcida - perdón por la falta de modestia, pero teniendo en cuenta la cantidad de casi-catástrofes culinarias a las que nos enfrentamos la mayoría de los sábados que lo diga una vez no parece excesivo - y puse la alfombrita de silicona debajo del molde, que estaba bien llenito ya de entrada, por lo que pudiera pasar. Al final la lucidez me sirvió de poco porque, aunque muy emocionante, el bizcocho subió de forma moderada y totalmente de acuerdo a las leyes de la física que hacen que sea muy difícil que se desparrame al cabo de un rato. Supongo que las leyes tendrán un nombre y una explicación mucho más clara pero una es de letras y no da para más. No exagero y soy consciente que lo de "ser de letras" es una excusa pésima, es como si alguien "de ciencias" escribiera con millones de faltas de ortografía y se excusara en "ser de ciencias", pero no exagero porque sólo hace unos días deslumbré - por decirlo de alguna forma - a Manuel preguntándole "¿verdad que una fracción 4/3 es imposible?" Resulta que no, que es tan imposible como que haya números superiores a 1. En fin, no es excusa, pero sí realidad.

En el eterno símil de las tartas y las fracciones resulta que 4/3 es tener una tarta que divides en tres y además coger un pedacito de otra tarta (¡ah! ¿pero de dónde salió la otra tarta? Mi yo de letras exige un poco de contexto: las tartas no salen de la nada). Nuestra tarta del diablo va camino de por lo menos tener 20 pedacitos o más y por nuestro bien será mejor que nadie venga con una tarta adicional que nos haga sobrepasar ese número. 20/20 (o el número de pedacitos final que sea) será suficiente incluso si la posibilidad de que haya más tartas existe, gracias.

El caso es que nuestros pedacitos bicolores (misterios de la química culinaria, otro berenjenal que mejor miro sólo desde la verja) y nuestro glaseado (al final nos dio pereza lo de cortar la tarta e hicimos sólo la mitad de glaseado para cubrir por encima y así aligerar mínimamente) creo que quedaron de aspecto casi profesional (hoy la modestia me la he dejado por ahí) y el sabor, ya digo, delicioso, digno del nombre.

Ayer, con los votos depositados en la urna y el periódico dominical sobre la mesa, nos deleitamos con la tarta y con algunos artículos. Fantástico este pequeño recuadro sobre el doblaje, por ejemplo. Y después, con el estómago y la mente bien alimentados, a recuperar la vieja costumbre de planchar por la mañana y ver la película clásica a la luz del día: ayer tocaba la despedida definitiva de la saga del Thin Man, Song of the Thin Man (La ruleta de la muerte), de 1947, con William Powell y Myrna Loy y, aunque la anterior no me había parecido que estuviera del todo a la altura, en el caso de esta sí que puedo decir que se despidió dejando el pabellón bien alto.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Primera vela de adviento


A quien tenga casi siempre un ojo puesto en el calendario y piense que yo también lo tengo no le sorprenderá la entrada de hoy, pero puede que le sorprenda el hecho de que en estas fechas aún protesto abiertamente cuando veo que "ya" es Navidad en muchas tiendas y en muchos anuncios de televisión. Que sea Navidad en diciembre, pase, aunque para mí la Navidad empieza más en la segunda mitad del mes, pero que sea Navidad cuando aún estamos en noviembre no me gusta, por mucho que me guste la Navidad. Creo que ya lo he puesto aquí como mil millones de veces, pero el encanto de la Navidad reside en que es breve. Ahora, si empieza a mediados de noviembre y termina casi a mediados de enero... dos meses de Navidad de un año que dura 12 me parece un exceso.

Hace unos días, empujada por el calendario de día a día, me fui a por el calendario de adviento y me costó encontrar uno que me gustara (me niego a comprar uno de Papá Noel, los excesivamente clásicos tampoco me gustan mucho y comprar uno del beso de Klimt me parece ridículo); el que terminé comprando no es memorable ni especialmente mono, pero al menos conseguí que fuera en la línea de lo que buscaba (luego, al día siguiente, vi uno del tipo que me gustan en una papelería: demasiado tarde y, aunque la sugerencia de Manuel de comprarlo para el año que viene no estaba mal, al final lo dejé donde estaba... ya me arrepentiré el año que viene). Manuel se va haciendo con algún que otro turrón en los días de compra, les va echando el ojo a las flores de Pascua (yo insisto en que es muy pronto; de aquí a Navidad aún nos da tiempo a matar una y tener que comprar otra) y yo me desespero porque el año pasado me prometí a mí misma comprar los ingredientes del caldo de Navidad a finales de noviembre pero estoy faltando a mi promesa porque en el congelador no cabe ni un alfiler.

Con el calendario está claro que no se puede luchar y mi calendario decía - y yo lo he comprobado por si acaso - que hoy es el primer domingo de adviento. Así que ha tocado sacar el invento de las velitas sonoras y encender la primera.



La Navidad, en contra de lo que parece en las tiendas y los anuncios, tiene que llegar así, poco a poco, velita a velita.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Servicio de mala atención al cliente

No me gusta utilizar el blog como libro de quejas y reclamaciones pero es que a veces no me puedo morder la lengua.

Un tema muy recurrente en los blogs son las llamadas de teléfono para venderte algo, sobre todo las relacionadas con compañías de teléfono. Sobre este tema creo que todos tenemos "anécdotas" para llenar casi un libro. Lo que me molesta de esas llamadas es cómo al principio intentas ser amable, dejar claro que no te interesa, mostrar un poco de respeto al saber que al otro lado hay una persona haciendo un trabajo. ¿Pero qué pasa? Que descubres que lo del respeto y la educación no se lleva demasiado, no sé si por la cualidad infernal del trabajo o simplemente porque los adoctrinan así cuando los contratan. El caso es que se te ponen chulitos (una vez, cuando aún me quedaban unas mínimas ganas de ser medianamente educada advertí a uno de que iba a colgar y me respondió, muy airoso: "no, quien te va a colgar soy yo", como si me importara o como si fuera yo la que quería seguir manteniendo la conversación. ¡Encantada de que me cuelgues de una vez!). Ahora ya paso, ellos obvian que soy una persona con vida propia cuando llaman sin problemas a las ocho de la mañana o a las diez de la noche, así que yo obvio que ellos son personas con un trabajo que hacer: cuando llaman simplemente digo "no me interesa" y cuelgo sin más. Lo que no me queda claro es la estrategia de márketing que hay detrás. Hay compañías a las que no me cambiaría ni loca, no porque haya mirado o contrastado sus ofertas con otras, simplemente por lo insoportables que me resultan. Luego te ponen anuncios amables y felices en televisión, sí, pero el tío que acaba de gritarte y tomarte por tonta por teléfono es de todo menos amable y feliz. Y mucho más real.

Sobre lo que seguro que también hay montones de entradas en blogs pero de las que yo he visto mucho menos - quizá por pura lógica numérica - es sobre llamadas al servicio de atención al cliente. Llamadas que haces tú.

Ya conté el lunes que el domingo por la tarde nuestro pequeño netbook se había muerto estando aún en periodo de garantía y cómo me había tocado lidiar con un par de telefonistas cuyo entendimiento del español iba poco más allá del "hola, buenos días". Eso complica mucho las cosas a la hora de intercambiar los datos necesarios, pero después de las tres llamadas que hice me quedó claro que da igual, da igual lo que les cuentes en realidad, porque hay un trámite estándar y le pase lo que le pase a tu ordenador va a ser lo mismo: la empresa te manda un servicio de mensajería, te lo recoge, lo mira y te lo devuelve. Da igual si el ordenador no se enciende o si se le ha caído una tecla. Los operadores están adoctrinados para llevarse tu ordenador.

Pero claro, si eso funcionara mínimamente bien no sería tan grave, el problema viene cuando el servicio es único y cutre. Te mandan a un mensajero a recogerte el ordenador en un plazo de siete días, se supone que te avisan el día anterior, qué generosos. El caso es que no me queda claro qué se supone que tienes que hacer en estos tiempos en que prácticamente vivimos con el ordenador conectado a las venas. Nuestro ordenador era eminentemente de ocio, pero Manuel también tiene cosas de trabajo en él, ¿pero y alguien que realmente tiene documentos que necesita usar en los próximos siete días qué hace? Se muere de asco, eso hace, porque yo pregunté - unas mil veces hasta que me entendieron y otras mil veces después - si no podía llevar yo el ordenador a algún sitio y me dijeron, bien "clarito", que ya podía tener el taller de reparación al lado de casa que daría igual, el proceso - como era de esperar - era único. Más luego lo que tarden en la reparación, que seguro que no es poco.

Bueno, pues nada, aceptas pasar por el aro de eso también. A esperar toca. Pero luego viene la bomba que se reservan para el final: te dicen que tienes que dar tu consentimiento y hacerte responsable de que cuando reparen el ordenador pueden tener que reformatearlo SIN PREVIO AVISO. O sea, que mandas tu ordenador a reparar y ellos puede que te lo devuelvan reparado sí, pero más que tu ordenador te devuelven una tabula rasa. Vamos, que es como si vas y te compras uno nuevo. Por más que intenté que se comprometieran a avisarme en caso de que lo tuvieran que reformatear - qué menos que dar a elegir al cliente si quiere llegar a ese punto o no, ¿no? - me dijeron que no, que ellos no me avisarían más adelante, que me estaban avisando en ese momento. Y eso fue todo.

¿Qué pasó? Que Manuel llegó a casa y cuando le dije lo del reformateo casi se cae del susto. ¡En ese ordenador hay cosas que no puede perder! Así que, valiente que es él, llamó de nuevo al servicio de atención al cliente y obtuvo el mismo resultado: que en el momento en que les entregabas tu ordenador te arriesgabas a que te lo devolvieran en blanco. La chica que le atendió (que por lo visto hablaba bien español, tuvo suerte en eso), después de haberle explicado por enésima vez que el ordenador no se encendía, le recomendó que se se grabara los datos antes de enviarlo. ¡¿Cómo exactamente si no se enciende?! Pidió de todas las formas posibles que le pasaran con un superior y no hubo forma. Así que anuló el servicio. ¿Quién quiere que le reparen el ordenador a cambio de perder todo lo que contiene? ¿Por qué, si tienen que reformatearlo, no pueden copiarte tu disco duro como hacen tantas empresas de arreglos y luego entregarte la copia junto con el ordenador reparado?

Total, que Manuel pidió por internet un cacharro que sirve para extraer datos del disco duro y que estamos esperando a que llegue para ver si funciona. Entonces decidiremos si volvemos a llamar al servicio técnico para que reparen el ordenador como les dé la gana o si, simplemente y sintiéndolo mucho, nos deshacemos del ordenador y compramos otro de otra marca (pese a lo mucho que nos gustaba este).

Eso sí, escribió un correo electrónico en que les dejaba muy claritas unas cuantas cosas. Han respondido muy vagamente, diciendo en un párrafo que tienes que entender que ellos no se responsabilizan de tu disco duro y en otro que "se puede consultar con el servicio técnico la posibilidad de solventar la incidencia sin eliminar los datos guardados". Con dos párrafos seguidos así de contradictorios y ese "se puede" no transmiten mucha confianza.

De todo esto lo que más me molesta es que así yo también entrego un papelito de garantía con mis productos. ¡Qué fácil! Monto el servicio (un 902, claro) de tan mala manera que 1) los operadores que pongo me salgan baratísimos y 2) los clientes se espanten por las condiciones que tienen que aceptar. Al final, de tres personas que llaman, una colgará desesperada, otra se negará a pasar por el aro y la tercera será la única incauta que se atreva a pasar por el aro.

Y como aviso a navegantes: el ordenador del que hablo de verdad que iba muy bien hasta que se murió y topamos con su fabricantes. Así que antes de que nadie se arriesgue a comprar nada de esa marca y luego encontrarse con este pésimo servicio diré que la marca en cuestión es una que empieza por Sam y acaba por sung.

martes, 23 de noviembre de 2010

Mad Men: cuarta temporada

Aviso: he intentado que sea una entrada sin spoilers pero seguro que he adelantado cosas que no debía si no se ha terminado de ver la tercera temporada.

El sábado por la noche volvimos a quedarnos huérfanos de Mad Men. Parecía que teníamos toda la cuarta temporada por delante y, de pronto, ya estábamos en el capítulo final. Así que otra vez nos toca esperar casi un año para reencontrarnos con Don Draper y el resto de la troupe.

Es difícil escribir sobre esta temporada sin destripar nada. Y es curioso lo de "destripar" unido a Mad Men porque Mad Men, casi por definición, es una serie en la que no hay destripamiento posible. Pasan cosas, sí, pero se pueden destripar y comentar de la misma forma que puedo decir qué cené ayer sin haber contado antes qué desayuné y comí, porque lo importante en Mad Men no sería tanto qué cené sino cómo y por qué lo cené. Y eso no es una pega a mad Men, sino una alabanza. Una alabanza por hacer una serie tan buena (para mí, ya lo dije, la mejor serie drmática de todos los tiempos), por mantenerte al borde de la silla (ejem, en esta casa es un decir y además me parece que me he pasado de lista y es una expresión inglesa trasplantada tal cual, sin aderezos, pero gráfica y que se entiende) semana tras semana. Y claro que pasan cosas, pasan cosas como en la vida de cualquiera.

Esta temporada empezó bastante desconcertante y con un Don Draper que no era al que estamos acostumbrados, muy dado a la bebida, muy desubicado en todos los sentidos. Y era una situación incómoda. Está claro que Don Draper nunca ha sido un pilar de moralidad, pero verlo así, decadente, era terrible, como si se cayera un mito; un mito que nunca debía haber llegado a tener pedestal propio, de acuerdo, pero ahí estaba de todas formas.

Luego, como siempre pasa y como esos guionistas que obran milagros siempre consiguen, el espectador se adapta a las nuevas situaciones y todo se hace más llevadero. De repente ya no estás tan perdido y todo empieza a cobrar un poco más de sentido: la situación de Don Draper, la nueva oficina, los nuevos papeles de cada uno, la gente nueva. De repente ya estás de nuevo inmerso en el mundo de la publicidad de Madison Avenue en 1964 y todo lo que lo rodea.

Los guionistas en esta temporada, eso sí, se han cebado con Betty Draper. Y no sé si es bueno o malo. Antes, mirada fríamente, daba pena; en frío te ponías de su parte. Ahora ya no da ninguna pena - por lo menos a mí - y sólo cae mal. Lo que antes se podía dudar sobre si parte de su comportamiento era el normal de la época ahora ya parece indudable: no es cosa de la época, es cosa de Betty Draper. Y al final, no sabes si a los guionistas se les ha ido un poco la mano o, como conociendo a los guionistas yo tiendo a pensar, la están poniendo al borde de un ataque de nervios.

Destaco a dos personajes secundarios de esta temporada que, por distintas razones, me han gustado mucho: Sally, la hija de Don y Betty. La niña que la interpreta (Kiernan Shipka) me parece que ha hecho un papelazo esta temporada. Y, en otra línea, a la secretaria (temporal) de Don: Miss Blankenship. Divertidísima (sin quererlo ella, los guionistas sí).

En resumen, una temporada que empezó muy extraña y muy "arisca" y que al final ha resultado impresionante.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Las mejores galletas del mundo

Con prácticamente una semana de diferencia (el año pasado las hicimos el fin de semana del 14 de noviembre y este años el fin de semana del 20) confirmamos que, lo queramos o no, somos criaturas de la rutina. El cuerpo el año pasado se "acostumbró" a las mejores galletas del mundo y este año, el viernes, las reclamaba. ¿Y quiénes somos nosotros para negárselas? Manos a la obra el sábado, qué sufridos somos.

"Las mejores galletas del mundo" fue un título ganado de forma instantánea pero no a la ligera (aunque las galletas lo son) y este año confirmamos que el título seguía vigente y, con toda probabilidad, lo seguirá por los siglos de los siglos. Recordándolas como las recordábamos, casi hubo tortas para zamparse la galleta que se cayó al suelo por accidente (para lo que no hubo tortas fue para limpiar el millón de miguitas que se desperdigaron por un radio superior al que seguro puede calcular cualquier fórmula física). Al final fue mitad y mitad, y nos reafirmamos en lo celestial de las galletas. Al cabo de un rato apareció Manuel con una en la mano para mí y tuvo que confesar que era para equilibrar la balanza, ya que no había podido resistirse a coger otra.

Antes de hacerlas consulté mi propia entrada del blog sobre ellas (qué práctico y qué egocéntrico al mismo tiempo) y este año volví a hacer lo de sustituir el extracto de naranja - que seguimos sin tener - por el extracto "natural" que es el poquito de zumo y la ralladura. Y tan ricamente de nuevo. Además el día anterior había tenido una experiencia de esas en una tienda de cocina en la que preguntas por algo y resulta que, si tú sabes poco, la dependienta sabe aun menos (cosa que me parece absurda pero lo que de verdad me molesta no es la ignorancia sino el hecho de que intenten hacer ver que saben cuando no tienen ni idea), así que estaba reafirmada en mis principios de autoabastecimiento.

Y las galletas, aparte de igual de deliciosas, fueron igual de sencillas. Esta vez nos salieron dos más de las que dice la receta del libro (30 y nos salieron 32), que son siete menos que el año pasado. Debe de ser que las hice un poco más grandes, porque eso del tamaño de las galletas me sigue pareciendo igual de irritante. Y eso que con estas, con eso de hacerlas una bola, me estresa un poco menos que con las que van planas ya directamente. Eso sí, igual que el año pasado, me tomé la justicia por la mano con lo de los tiempos y las saqué antes de lo que indicaba la receta. Y tan ricas.

Así que hemos pasado el fin de semana de galleta en galleta (y ahora en cuanto pueda pienso echarle mano a la lata), lo que compensa un poco el hecho de que ayer tuviera que planchar a palo seco puesto que el portátil pequeñito que nos abastece de películas, series y demás conectado a la televisión ayer decidió pasar de encenderse. Aún está en garantía así que esta mañana he tenido que lidiar con ese fantástico e impagable mundo que es la atención al cliente y que funciona igual que la dependienta de la tienda de cocina del viernes solo que aquí, además, los dos operadores que me han atendido apenas hablaban español, he tenido que deletrear todos mis datos, ninguno de ellos particularmente complicado, todos del orden de Cristina. Si tienes que deletrear Cristina es que la cosa está muy mal. Y todo para no haber acabado aún puesto que me falta un dato del ordenador (que se ha llevado Manuel, que estaba un poco obsesionado con devolverlo a la vida). Cuando me dé el dato tengo que volver a llamar y cuento los minutos hasta poder volver a mantener una conversación de besugos en la que nadie se entera de nada y todo se deletrea.

Pero bueno, no ha sido un fin de semana sin cine porque el viernes fuimos a ver Harry Potter. Me gustó mucho pero me hizo darme cuenta de que recuerdo el libro de forma muy nebulosa. Curioso por cierto que uno de los paisajes fuera compartido con la adaptación de Cumbres borrascosas de 1992. Qué ganas de que llegue julio y la segunda parte.