"En el punto medio está la virtud", ¿no?
Pues entonces estos días he sido de lo más virtuosa: he teletrabajado con moderación, he puesto orden en casa con moderación (tanta moderación que los libros recién llegados aún siguen esperando su plaza en la estantería), he cocinado con moderación (ayer había tantas sobras que pasé de hacer una cena nueva), he salido a la calle con moderación (el miércoles sólo la pisé brevemente para ir a comprar el pan), he visto la televisión con moderación (los señores que programan en la Sexta "piensan" - defecto común de los programadores - que los espectadores somos tontitos y no nos inmutamos si una semana nos ponen los dos primeros capítulos de la nueva (tercera) temporada del Mentalista, la semana siguiente ponen fútbol y la semana siguiente (esta), después de tener toooooodo el día en pantalla el cartelito de "El mentalista. 22.15", ponen dos capítulos ya emitidos (de la segunda temporada). Yo sigo sin entender cómo luego son capaces de echarle cara y quejarse de las audiencias bajas y la piratería), he dado cabezadas en el sofá con moderación.
Pero todo este virtuosismo reinante ha sido el resultado, sin duda, de la total falta de virtuosismo en un aspecto:
Kate Morton, su libro The Distant Hours, la manta, el sofá y yo casi nos hemos fusionado en un solo ser. Toda la moderación anterior tenía como objetivo despejar tiempo para leer, leer y leer. Kate Morton me ha vuelto a enganchar de mala manera.
viernes, 19 de noviembre de 2010
Virtuosismo
Publicado por
Cristina
en
9:23
9
comentarios
Etiquetas Álbum de fotos, Cosas de casa, Libros
miércoles, 17 de noviembre de 2010
The World My Wilderness, de Rose Macaulay
The World My Wilderness, de Rose Macaulay es uno de esos libros que llevaba mucho tiempo queriendo leer pero que, a diferencia de otros, no tenía por casa hasta que llegó en julio, así que puede decirse que en realidad no he tardado mucho en darle salida. Y si lo he dejado hasta ahora fue porque me parecía perfecto como toque final a las lecturas de guerra con motivo del 11 de noviembre. Ya que The World My Wilderness habla, sobre todo, de la posguerra de la Segunda Guerra Mundial.
Es muy curioso porque el libro comienza en 1946 en una villa francesa situada en Colliure, es decir, casi en la frontera con España, con su clima y su vegetación mediterráneos. Allí reside Helen, una inglesa bohemia a la que la guerra en 1939 le pilló en Francia y le resultó la excusa perfecta para no volver con su marido en Londres, junto con Raoul, hijo de su segundo y ahora ya difunto marido, Barbary, hija suya y de su primer marido, y Roland, hijo de Helen y de su segundo marido. Así de confuso es el principio del libro, con apellidos y nombres que van y vienen y un embrollo familiar al que por suerte enseguida se le deshacen los nudos.
Mientras el difunto segundo marido durante la ocupación pertenecía más al bando de los colaboradores que al de la resistencia, Raoul y Barbary estaban completamente integrados con los maquis de la zona y totalmente entrenados en sus métodos. A pesar de que los conocemos una vez ya terminada la guerra, ellos siguen siendo igual de salvajes, sin apenas pisar la escuela y sólo parando en casa para comer y dormir como mucho.
Así que para Barbary es un shock enterarse de que su madre la va a mandar a Londres con su padre una temporada. Su padre, abogado para el que no existen las medias tintas que sí existen para su exmujer, vive en una buena casa de una buena zona y también se ha vuelto a casar. Barbary, a base de patearse Londres, descubre que donde mejor está es en las ruinas que rodean la catedral de san Pablo, catedral a la que ya se sabe que, por muy cerca que le cayeran las bombas, nunca le cayó ninguna que acabara con ella. Como se decía durante la guerra: mientras San Pablo aguante, los londinenses también aguantarán.
En las ruinas se encuentra con Raoul, también en Londres con parientes, y allí recrean con total libertad el estilo de vida de los maquis. Barbary no está interesada en el tipo de sociedad que ve y que se le ofrece en su ambiente familiar. Ella se maneja mejor entre la flora y la fauna de una zona de Londres para nosotros totalmente perdida y que ahora es la modernísima City. Solares y más solares en ruinas (se pueden ver con más detalle si se hace clic en la foto de aquí al lado para hacerla grande) con lo justo para recordar qué eran antes del fuego que los engulló. Una auténtica ciudad fantasma laberíntica con siglos de historia a sus espaldas sacados a la luz a fuerza de bombas e incendios. Una ciudad fantasma que, según cuenta Penelope Fitzgerald en su estupenda introducción, Rose Macaulay conoció bien a base de "expediciones" que imponía a sus amigos y conocidos ("muchos deben de recordarlas aún, como yo") y que, para una escritora a la que por lo visto las ideas le venían en forma de lugares, era el sitio perfecto para narrar el declive moral, la situación incierta, el trabajo por hacer y las ruinas internas (como las de Barbary, que van saliendo a la luz poco a poco) que había dejado la guerra en todos los que la habían vivido.
Y como descripción de un sitio ya desaparecido es un gran homenaje a un Londres que ya nunca conoceremos (salvo que se pongan de una vez a inventar lo de los viajes en el tiempo), un remolino de calles por las que ya nunca podremos andar. A los pies de San Pablo, por ejemplo, estaba Paternoster Row (ahora me parece que como vestigio lo único que queda que puede traerlo a la memoria es Paternoster Square), donde se ubicaba la famosa Chapter Coffee House donde Patrick Brontë primero en solitario y luego con Emily y Charlotte y luego Charlotte y Anne en solitario, se alojaron en Londres. La zona se reconstruyó tras la guerra sin seguir el trazado original, de modo que hoy es difícil imaginar dónde hay que poner los pies para pisar donde pisaron las Brontë*.
Volviendo al libro - que me disperso - al principio me recordaba un poco a Nada, de Carmen Laforet (de 1944, The World My Wilderness tiene lugar en 1946 pero se publicó en 1950) en el sentido de que Barbary llega a un sitio nuevo (la última vez que vio a su padre tenía 10 años, ahora 17) y hostil en todos los aspectos y no es capaz de integrarse y para ello se refugia en la ciudad y en sus gentes. Andrea, en Nada, al menos tiene un poco más de suerte y da con gente decente (en algunos casos, no en todos), cosa que no le sucede a Barbary, que por otra parte tampoco está demasiado interesada en crear vínculos con nadie.
En fin, mi primera novela de Rose Macaulay y seguro que no la última, aunque se dice que - publicada cuando ya nadie pensaba que iba a escribir más ficción - es muy diferente de sus obras anteriores.
* En la City, no obstante, sí que hay otro lugar donde se puede caminar tras sus huellas. En el número 65 de Cornhill (la calle que va por el lateral del Banco de Inglaterra) está el edificio - ahora un banco - donde se encontraba la oficina de Smith, Elder, la editorial de Charlotte Brontë, que esta - en una ocasión acompañada por Anne - visitó varias veces. Curiosamente y, sin saberse muy bien por qué, el número 32 de la misma calle tiene una puerta de madera con varios paneles tallados: uno de ellos representa la visita de Anne y Charlotte a Smith, Elder.
Publicado por
Cristina
en
10:26
7
comentarios
martes, 16 de noviembre de 2010
Adquisiciones recientes (más una)
Como dije hace unos días, el buzón ha tenido unos días de trabajo intenso y, con la excepción del recopilatorio de grandes éxitos de Bon Jovi y la revista Persephone que ya salieron en una foto, ahora les toca el turno a los libritos que fueron llegando como resultado de unos cuantos clics-clics-clics aquí y allá.
Empezando por arriba: la nueva edición de The Brontës, de Juliet Barker. Para definir este libro en pocas palabras basta con decir que Manuel y yo nos referimos a él a como "la Biblia", y no sólo por el tamaño. Si en el mundo entero sólo pudiera salvarse una biografía Brontë, esta sería sin lugar a dudas la que habría que salvar. Se publicó por primera vez en 1994 y ahora Juliet Barker la ha actualizado con los hallazgos y las nuevas conclusiones de los últimos años.
At Freddie's, de Penelope Fitzgerald. Ya estoy sólo a un libro de completar mi bibliografía de Penelope Fitzgerald. Este, como los dos que le siguen, son de segunda mano, adquiridos a través de Play.com (junto con el disco de Bon Jovi). En Amazon este tipo de libros de segunda mano cuestan un penique más los gastos en envío, en Play.com estos libros cuestan unos 3-4 euros sin gastos de envío. Obviamente son los mismos y el precio final es el mismo, pero el factor psicológico de ahorrarse los gastos de envío me puede aunque en realidad no me los esté ahorrando sino que ya estén incluidos en el precio final.
The Wedding Group, de Elizabeth Taylor. Una compra un poco extraña. Yo planeaba un pedido a The Book Depository para hace unas cuantas semanas en vista de que salían a la venta muchos libros que quería, entre ellos una nueva edición de este. Pero, por curiosidad, se me ocurrió mirar si en Play.com lo tenían de segunda mano y, sí, allí estaba, por unos cuatro euros menos. La diferencia es mínima pero ya que iba a hacer un pedido de todas formas era absurdo no optar por la opción rebajada.
The Queen of the Tambourine, de Jane Gardam. Jane Gardam fue una de esas sugerencias del universo. Su nombre aparecía en la contraportada de Wish Her Safe at Home y, en esos mismos días en que yo leía el libro, Pablo Chul puso a esta autora por las nubes. De nuevo di con este libro de baratillo y no me pude resistir.
Highland Fling, de Nancy Mitford. Estos que vienen ahora son de "primera mano" adquiridos en el Book Depository. Me da la impresión de que esta nueva edición del primer libro publicado (en 1931) de Nancy Mitford ha pasado más desapercibida que el lanzamiento hace unos meses de su Wigs on the Green (que aún tengo pendiente de leer), quizá por haberlo publicado una editorial más pequeña. Pero creo que es muy destacable también y viene con prólogo de Julian Fellowes (ahora conocido por haber creado Downtown Abbey... y hace un poco más por The Young Victoria). Este iba a ir acompañado de las memorias de la única Mitford aún viva (qué frase más triste), Wait for Me, de Deborah Devonshire, pero al final vi que las publicarán en formato de bolsillo en junio y como, visto objetivamente, no creo que las fuera a leer antes, al final me reservé para esa edición. (Lo mismo ocurrió con un par de libros más que iba a incluir en este pedido y que al final añadí a la wishlist en formato bolsillo para no olvidarme).
Nella Last in the 1950s. Sobre Nella Last lo dije todo aquí y aquí. Estoy deseando leer sus diarios de los años cincuenta.
The Village, de Marghanita Laski. Después del éxito de sus libros anteriores y con The Victorian Chaise-longue tan reciente me resultó imposible no hacerme con este que ya quería desde hace tiempo (y que cuando estuvimos en la tienda de Persephone estaba en reimpresión).
Y por último The Distant Hours, de Kate Morton, que hace unos meses me tuvo en vilo con su Forgotten Garden (ahora publicado en español como El jardín olvidado, por cierto). Aún tengo pendiente su primera novela, que también tiene una pinta excelente. El chasco que me llevé al recibir este libro, de todos modos, fue que yo lo compré pensando que era una edición de bolsillo (el precio parecía indicar que sería así) pero al final ha resultado tener lo peor de ambos mundos: es enorme como una edición de tapas duras pero tan endeble como una edición de bolsillo. La combinación de ambos va a tener como resultado una lectura bastante incómoda, creo yo.
Pero eso es sólo en la foto, porque a estos hay que sumarle otro que no salió en la foto porque no lo tuve hasta el sábado. El otro día Pablo Chul me recomendaba The Slaves of Solitude de Patrick Hamilton y fue leer sobre él en Amazon y mandarlo a la wishlist. Aun así, me había parecido tan interesante que no pude evitar curiosear si en La Central lo tendrían. ¡Y estaba de suerte! Así que lo reservé en la del Raval y, Manuel, muy amablemente, antes de ir al Liceo el sábado, se desvió un poco y lo recogió.
Así que ahora tengo un montón nuevo de libros que se suman al montón de libros sin leer. Pero qué sensación tan agradable eso de saber que no vas a pasar hambre en mucho, mucho tiempo, ¿no?
Publicado por
Cristina
en
9:43
8
comentarios
Etiquetas Álbum de fotos, Cosas de casa, Libros
lunes, 15 de noviembre de 2010
Sin repostería
Este fin de semana hemos vagueado y no hemos hecho repostería, aunque eso no implica que no hayamos desayunado opíparamente. En realidad, la que vagueé fui yo. Manuel tenía entradas para el sábado por la tarde ver Lulú en el Liceo (cuando las compró me preguntó si me apetecía ir, previa descripción de la ópera en cuestión, y yo pasé) así que yo me quedé en casa y pasé también de la repostería. En solitario la repostería tiene mucha menos gracia, implica tener que medir y pesar yo los ingredientes (no es lo mío) y demás. Así que me di un festín de libro y sofá: repostería para el alma, no hay duda.
Lo de Lulú, por cierto, coincidía con un concierto de Marlango del que nos enteramos el mismo viernes (el día anterior). Una pena, pero como ya hemos visto a Marlango este año no me quejo.
El caso es que como decía más arriba, lo de no pringarnos de harina no significa que no tuviéramos nuestra ración de dulce, trasladada al sábado esta semana. Hacía unos días Manuel había encontrado en otro supermercado unas "porras" congeladas que decían que se podían hacer en el horno. Y es que lo peor de los churros y porras congelados es lo de tener que ponerte de buena mañana con el aceite, la grasa, la cocina llena de gotitas de aceite por todas partes y el olor a frito. Una vez probamos unos churros que se "hacían" en la tostadora y quedaban bien ricos y esta vez la posibilidad de no manchar nada y sólo encender el horno, calentarlo y meter las porras cuatro minutitos sonaba muy tentadora.
Las porras, por cierto, más que porras son churros sin forma y un poco más gruesos (mejor así, porque tanto como me gustan los churros me llaman poco la atención las porras). Vamos, que sería como una vez que, paseando no sé por dónde, vi una churrería de esas ambulantes que en vez de vender churros y porras vendía - para qué andarse con variedad de vocabulario - "churros pequeños" y "churros grandes".Manuel se ocupó de preparar el chocolate (de bote evidentemente; si el objetivo era pringar poco habria sido muy poco coherente hacer chocolate "de verdad") y organizó una improvisada batalla musical en formato taza: él con la suya de Pink Floyd y yo con una de las mías de los Beatles. No sé quién ganó; los dos quedamos baldados por el contenido de la taza propia.
Y las porras resultaron un éxito, la verdad. Cumplieron su promesa de no pringar, se hicieron rápido y quedaron en su punto. Y de sabor estaban bien ricas y nada aceitosas, cosa que siempre se agradece. La única pega es que las hicimos todas y... bueno, casi no lo contamos. En este contexto se entiende mucho mejor mi tarde de vaguería total y festín de sofá y libro: creo que entonces aún no había recuperado la plena movilidad y cualquier pensamiento relacionado con la comida era poco bienvenido.
Pero bueno, con más moderación, eso sí, pero creo que repetiremos tarde o temprano... a no ser que - como sería muy posible dados mis poderes para estas cosas - a partir de ya el producto desaparezca de la sección de congelados de todos los supermercados de la faz de la tierra. No me sorprendería demasiado si así ocurriera, así que si alguien se ha quedado con ganas de hacer el experimento, que salga ya mismo a buscarlos, quizá llegue a tiempo de interceptar alguno del camión de recogida.Así que ayer domingo, día por excelencia de desayuno opíparo, nos moderamos mucho y nos dimos un banquete espiritual más que gastronómico.
El artículo de El País Semanal sobre la Frick Collection (ayer Nueva York me perseguía; si los hados intentan insinuar algo lo mejor que podrían hacer sería dejarme un par de billetes de avión y una reserva de hotel en el buzón. Sutilezas las justas, por favor) me mantuvo tan entretenida como cualquier pedazo de repostería casera, acompañado igualmente de té, y después, para cuando ya había exprimido todo lo que me interesaba de El País Semanal, vuelta al libro de la tarde anterior, que con ese cuadro en la portada resulta - no me lo negaréis - hipnótico. (El cuadro es de William Orpen y ahora me entero de que hay uno parecido visto de frente; me gusta mucho más este de perfil).
Y por la noche una gran película: Cluny Brown (El pecado de Cluny Brown) (yo realmente alucino con las traducciones de títulos: la pobrecita Cluny Brown es de todo menos pecaminosa), de 1946 (también el año en que sucede el libro que mencionaba arriba, qué curioso), poco después de terminar la guerra, pero ambientada en Inglaterra (aunque la película es americana y de ahí que exagere y se burle de los clichés británicos) en 1938, poco antes de comenzar la guerra. Cluny Brown tiene el honor de ser la última película que Ernst Lubitsch dirigió de principio a fin y, como tal, es una verdadera joya. Además aparece Charles Boyer al que, aunque ya habíamos visto en alguna otra película de domingo, hasta ayer no había asociado con - obviamente - Victor Velasco de Barefoot in the Park (Descalzos por el parque). En mi defensa a las películas las separan más de 20 años, pero es que ayer la asociación fue inevitable porque su papel de Adam Belinski es un verdadero predecesor (más comedido pero ya apuntando maneras) de Victor Velasco. ¡Gran película!
Publicado por
Cristina
en
10:18
12
comentarios
Etiquetas Álbum de fotos, Cine, Con las manos en la masa, Cosas de casa
domingo, 14 de noviembre de 2010
A lo grande
Alguien de mi familia se va mañana a Nueva York por trabajo (y tiempo muy limitado). Al enterarme, mi mente ha obviado lo de "trabajo" y se ha quedado únicamente con lo de Nueva York. Ahora decir que la envidia me corroe es quedarse corto. Ya se sabe, todo lo relacionado con Nueva York es a lo grande.
Publicado por
Cristina
en
17:14
9
comentarios
Etiquetas Cosas de casa, Nueva York
viernes, 12 de noviembre de 2010
Les Misérables: concierto del 25º aniversario
Ayer fuimos al cine a ver el concierto de celebración del 25 aniversario del musical Los Miserables (que en realidad se había grabado en Londres en octubre). Después de la experiencia tirando a solitaria de Monty Python nos esparábamos poquita gente y qué equivocados estábamos. Había dos salas ocupadas y la nuestra prácticamente llena.
Conozco Los Miserables muy, muy bien debido en gran parte a que mi hermana era (y es, porque por lo visto no se va a perder las representaciones actuales en Madrid) toda una fan. Empezó poniendo el CD del reparto londinense a todas horas, luego lo estrenaron en español (la primera vez, creo) y también escuchó un poco ese y luego consiguió incluso el original francés. Y a todo esto el disco que más sonaba era el del reparto londinense así que entre unas cosas y otras ahora yo tengo la letra del musical entero aprendida de memoria. Luego hay unas canciones que me gustan más que otras y he seguido escuchando al cabo de los años, pero hay otras que no oía desde hacía siglos y era impresionante cómo ayer seguía recordando - con alguna laguna que otra - la letra.
Dicho eso, nunca lo he visto en acción en el escenario. Eso sí, me especializo en conciertos de aniversario porque si no recuerdo mal allá por 1995 mi hermana alquiló (ah, los noventa, aquilar vídeos en el Blockbuster) el concierto del décimo aniversario. Y ayer fuimos a ver el del vigesimoquinto. El productor del montaje original prometió el del 50º aniversario para cuando él tenga 90 años.
El concierto empezó muy bien, con un grandísimo Jean Valjean (Alfie Boe) que hizo un papelón durante todo el concierto, acompañado por un no menos imponente Javert (Norm Lewis). Y luego la también buenísima Fantine (Lea Salonga), que cada vez que cantaba ponía los pelos de punta. De Los Miserables, aunque algunas de las canciones lentas no me disgustan ni mucho menos, mis preferidas son las corales de ritmo más rápido. De las primeras, por ejemplo, At the End of the Day me gusta mucho (donde es posible las canciones que enlazo llevan a la grabación del reparto original de Londres, que es el que más me gusta porque es el que más conozco). Y que va seguida de la conocidísima I Dreamed a Dream que a mí nunca me ha dicho gran cosa, lo siento, aunque ayer (en realidad el 3 de octubre) Lea Salonga la cantara de maravilla.
Y así fuimos pasando el rato hasta que llegó la nueva generación con dos caras que aparecieron juntas en un plano y que ya, antes de abrir sus boquitas, me espantaron porque no pegaban nada de nada. A estas alturas del musical no conocíamos los nombres, esos los pusimos después en los créditos. El primer individuo, interpretando a Marius, era este y nos hizo pasar vergüenza ajena cantando. Estábamos espantados y yo bromeaba acerca de que sería el hijo del productor o algo. En los créditos resultó llamarse Nick Jonas y yo bromeé - ¡pensé que bromeaba! - diciendo que igual era de los Jonas Brothers, cómo nos reímos ante tal ocurrencia... hasta que ahora descubro que no era broma, que Nick Jonas ES de los Jonas Brothers. Pffffff... Sinceramente, si yo fuera un cantante de la talla de los de la "vieja generación" que interpretaban a Valjean, Javert o Fantine me hubiera negado a compartir escenario con ese niñato. No por ser un niñato, sino por lo mal-mal-mal que lo hacía. Cómo cargarse un papel mítico en un par de horas, por Nick Jonas.
Ayudado por un tal Ramin Karimloo en el papel de Enjolras del que, aunque debo reconocer que como mínimo cantaba mejor que el tal Nick Jonas, me irritaba mucho inicialmente por su cara (lo siento, tiene cara de pánfilo el pobre: aquí en una foto junto a Nick Jonas en un plano posterior pero similar al que ya desde el principio me dio tan mala espina). Entre los dos destrozaron una (bueno, fueron varias) de mis canciones preferidas: Red and Black: aquí en el reparto de Londres y aquí - para quien ose - en el estropicio del temible duo. Terrible lo de ayer.
Pero aún no he dicho por qué me espantaba el que hacía de Enjolras, aparte de por su cara, cosa que quizá le hubiera perdonado de no haber sido porque... ¡cantaba con la z! ¿Cómo se puede tomar en serio a un tío que, por bien que cante, canta con la z un papel como el de Enjolras? Claro, se cargó mi canción preferida de todo Los Miserables. Porque en lugar de cantar Do You Hear the People Sing? cantó "do you hear the people zing, zinging the zong of angdy men, it iz the muzic of a people who will not be zlavez again...". (No exagero, por favor, haced clic en ese enlace y comprobadlo). ¡Argh! Para resarcirme me dejo de enlaces y pongo aquí directamente la versión del reparto original. Es una canción tan imponente, tan llena de ánimo. Ah, me encanta. Y, pese a la z, debo reconocer que ayer en el cine, cantada por un enorme reparto y por un enorme coro tenía momentos (los momentos sin z especialmente) en que era gloriosa. Subid el volumen, por favor:
Por cierto que me estafaron otra de mis preferidas, Little People, que sonó en una versión acortadísima como cinco segundos. Y fue una pena porque el niñito que hacía de Gavroche le daba mil vueltas al temible duo.
La canción lenta que más me gusta de Los Miserables es On My Own, pero la niña que hacía de Éponine (Samantha Barks) ayer era de la nueva generación y le salió una versión un poco Mariah Carey. Así que de nuevo me refugio en el reparto londinense.
Y así entre unas cosas y otras (y risas por nuestra parte donde no debía haberlas; es que a mí lo de la z me mataba, parecía una versión cómica: Loz mizerablez), llegamos al gran, gran final. Sacaron al reparto original y varios Jean Valjean cantaron juntos, lo mismo con otros personajes, que por supuesto les dieron una buena lección a las nuevas generaciones. Al final un montón de gente en el escenario, en el coro y todos cantando y el resultado más que imponente. Los compositores y el productor que tuvo la idea de llevarlo a Londres allá por 1985, todos emocionadísimos, claro. Y, finalmente, una generación aun más nueva (y espero que mejor), resultado de varios concursos por colegios, cantando la versión final de Do You Hear the People Sing para añadir más voces todavía (hacia el minuto 7 de ese vídeo un poco ruidoso pero el único que he encontrado). Ah, una maravilla y un gran final para un espectáculo que no resultó malo en absoluto pero que hubiera resultado muchísimo mejor si no se hubiera vendido con los jovencitos.
Publicado por
Cristina
en
9:58
5
comentarios
Etiquetas Cosas de casa, Música
jueves, 11 de noviembre de 2010
Good Evening, Mrs Craven, de Mollie Panter-Downes
Por aquello de las lecturas temáticas de guerra, nada más acabar con Henrietta Sees It Through, me puse con Good Evening, Mrs Craven, de Mollie Panter-Downes. Siendo un libro de Persephone, ya antes de empezarlo daba por hecho que me gustaría. Así que me chocó cuando al principio las historias no me terminaban de convencer, pero luego le encontré explicación. El principal motivo era lo de haberlo colocado justo después de Henrietta, pese a tratar el mismo tema - la Segunda Guerra Mundial en el frente doméstico - no podían ser más diferentes. Henrietta, como ya dije, tiene vocación de levantar la moral, hacer reír a base de experiencias compartidas por la mayoría de los lectores, hacer lo cotidiano un poco más llevadero resaltando lo bueno que tenía o, si había pocas cosas buenas, tomándose las malas con humor. Cada carta a Robert/columna de periódico tiene un tema que queda más o menos resuelto.
Good Evening, Mrs Craven es muy diferente. Son historias cortas escritas para el New Yorker. Mollie Panter-Downes también escribía para esa revista la famosa Letter from London (carta desde Londres) donde se centraba más en los hechos y en lo que sucedía realmente (dos de ellas se incluyen en esta edición, una al comienzo de la guerra y otra al final; las dos me han dejado con ganas de más); en la ficción se centraba más en cosas pequeñas, normalmente relacionadas con el hogar. Y, como decía antes, las primeras no me dejaron del todo satisfecha: después de Henrietta las encontré tristonas, egoístas y, esto es por lo que siempre temo los relatos cortos, de final un poco abierto (tampoco de esos por los que da rabia haber perdido el tiempo leyendo la historia). Las primeras me dijeron más bien poco y me dejaron meditando si sería posible que un libro de Persephone no me fuera a gustar, y más tratándose de un libro del que siempre había leído tan buenas críticas.
Pero a medida que las historias iban progresando creo que sucedieron dos cosas: que yo aparté de mi mente el estilo Henrietta y que, con el paso de los años (las historias se expanden a lo largo de toda la guerra), Mollie Panter-Downes iba mejorando y afinando su estilo. De las primeras que tan poco me habían convencido llegué a las centrales y a las últimas sin saber con cuál quedarme, todas me gustaban mucho.
Mollie P-D (más cómodo y rápido escribirlo así) como decía más arriba, se centra en el frente doméstico, en los cambios que vive y en cómo sus habitantes se adaptan a él. En la introducción se dice - yo no lo sabía - que entre 1939 y 1941 murieron más civiles británicos que soldados, por lo que no está de más resaltar que la vida cotidiana de esa gente resignada a las pequeñas hazañas de cada día durante un tiempo (como mínimo, yo pienso que lo fue siempre, independientemente de los datos) fue más heroica en el sentido en que parece que sólo entendemos la palabra que la de los soldados.
Así que en el libro vemos mujeres que se agobian ante la inminente partida hacia el frente de sus maridos, mujeres que se preguntan qué fue de su vida anterior y cómo es posible que las cosas hayan cambiado tanto en tan poco tiempo, mujeres que abren sus caserones al ejército y se integran en el nuevo estilo de vida, para horror de sus criados. Mujeres desesperadas ante ese tema tan característico de la guerra que es la falta de criados (y que ya cambió el estilo de vida general de por vida). Mujeres que mandan a sus hijos a Estados Unidos pensando que allí estarán más a salvo y de pronto no saben si hicieron bien. Mujeres que se desesperan ante el hecho de tener que alojar a familias de evacuados en casa. Etc. Etc. Etc.
¡Pero también hay algunos hombres! Hay hombres mayores de cuyos servicios las autoridades deciden prescindir, hay hombres mayores que, siendo criaturas sociales, no se resisten a abandonar sus veladas de sociedad pero a los que, de vez en cuando, les viene bien eso de pertenecer a una patrulla de vigilancia para poder escapar de ellas y airearse un poco. Hay hombres que, debido a su trabajo en el Ministerio, se resignan a pasar la guerra, no con fusil en mano en las trincheras, sino en el fregadero, lavando los platos usados durante la cena en casa y realizando tareas domésticas similares. Me pareció muy curiosa esa historia precisamente, en la que un hombre medita sobre cómo, cuando se veía venir la guerra, él se imaginaba realizando algún acto heroico y cómo, mientras reflexiona sobre ello y sobre lo grande que es su casa, lo innecesariamente grande en proporción a toda la limpieza que necesita y que sin criados, tienen que llevar a cabo él y su mujer (historia y reflexión modernísimas, por otra parte, anticipo de los tiempos que vendrían) , está estropajo en mano, realizando algo que, antes de la guerra, hubiera sido impensable para él.
Y no puedo dejar de resaltar un par de cosas más acerca de ese día a día heroico pero infravalorado que es el hilo conductor de todas las historias. En la introducción, se cita una valoración que Mollie P-D. hizo de estas historias de guerra:
If the pieces had value, it's because I took note of the trivial, ordinary things that happened to ordinary people.
Si los relatos tenían valor fue porque tomé nota de las cosas normales y anodinas que sucedían a la gente normal.
Y en su carta desde Londres escrita acerca del Día D:
Londoners seemed to imagine that there would be some immediate, miraculous change, that the heavens would open, that something like the last trumpet would sound. What they definitely hadn't expected was that the greatest days of our times would be just the same old London day, with men and women going to the office, queuing up for fish, getting haircuts, and scrambling for lunch.
Daba la impresión de que los londinenses se habían imaginado algún cambio repentino y milagroso como que los cielos se abrieran o que sonara la última trompeta. Está claro que lo que no esperaban era que el día más importante de nuestro tiempo sería un día normal y corriente en Londres en el que hombres y mujeres acuden a la oficina, hacen cola para comprar pescado, van a cortarse el pelo o se apresuran para ir a comer. (Las dos traducciones hechas rápido son mías)
En esa última carta desde Londres también se habla de las recaudaciones de la Cruz Roja que tanta falta iban a hacer para curar a los heridos de las batallas relacionadas con el Día D. Así que el símbolo rojo al que Mollie P-D se refiere es a la cruz roja, pero yo lo adapto al día de hoy, ya que es 11 de noviembre y por tanto, Poppy Day, día del armisticio (de la Primera Guerra Mundial), en que muchos países (en general de la Commonwealth) los políticos y también la gente corriente se ponen una amapola en la solapa (para conseguirla también donan dinero, como entonces para la Cruz Roja) y recuerdan aquellos campos de Flandes de los que hablaba John McCrae. Pero volviendo a Mollie P-D y su cruz roja que yo transformo en amapola, así es como concluía:
The red symbol which Londoners were pinning to their lapels on Tuesday now shines on the side of trains going past crossings where the waiting women, shopping baskets on their arms, don't know whether to wave or cheer or cry. Sometimes they do all three.
El símbolo rojo que los londinenses se ponían en la solapa el martes pasado ahora brilla desde el lateral de los trenes que atraviesan los pasos a nivel en los que las mujeres que esperan con sus cestas de la compra colgadas del brazo no saben si saludar, vitorear o llorar. A veces hacen las tres cosas a la vez.
Y ese final tan sutil me parece una de las mejores cosas que he leído acerca de la guerra, porque no sólo no se olvida de los que habían luchado en el frente sino que tampoco se olvida del tema que trató desde el principio al final de la guerra, el de los héroes y heroínas de guerra que, con la cesta de la compra a cuestas y una voluntad de hierro, fueron capaces de seguir con su día a día de la mejor forma que sabían que, como se dice en el libro, no siempre tenía por qué coincidir necesariamente con la mejor forma de actuar (aunque muchas veces sí).
Quienes murieron luchando tienen monumentos, cruces y amapolas en la solapa. Quienes se quedaron en casa tienen el libro de Mollie Panter-Downes. No está mal del todo.
Publicado por
Cristina
en
9:58
5
comentarios
Etiquetas Citas célebres, Libros