lunes, 7 de febrero de 2011

Red Velvet

Hoy, con permiso, la entrada de la repostería del sábado va a tener un formato un poco diferente: más fotos y más grandes. Y todo porque, desde que la descubrí hace yo creo que ya más de un año, luego confirmé que me gustaba el sabor y después en Nueva York, donde estaba por todas partes, si tenía que decidirme por un dulce casi siempre era el que caía (aquí y aquí), he estado deseando probar a hacer Red Velvet en casa. Si no la habíamos hecho antes era, sobre todo, por dos razones: la primera razón es lo mucho que me costó encontrar un colorante rojo en condiciones (y del tamaño adecuado; lleva mucho aunque en realidad la Red Velvet tradicional se hace a base de remolacha que por lo visto no da sabor pero sí color). Resulta que colorante de Dr Oetker (sí, el mismo de las pizzas, que en otros países también está muy metido en repostería) encontraba de todos los colores menos rojo. Al final en la visita pre-navideña a A Taste of Home encontré allí su "artificial cochineal food colouring" y, dando gracias por la palabra artificial, me lo llevé. La segunda razón es que me daba miedo que, a pesar de todo, nos saliera una Red Velvet clarucha y sin gracia alguna.

Así que el sábado yo estaba emocionada por hacer la tarta por fin y también algo nerviosa en cuanto a resultados. ¿Y qué puedo decir del resultado final? Que será una tontería y que seguro que hemos hecho tartas más difíciles que esta (tampoco ninguna demasiado complicada, la verdad) pero, no sé si porque me recuerda a Nueva York (de hecho, después de probar el primer trozo no pude evitar decir: "hmmmm... sabe a Nueva York") o simplemente porque me encanta, pero yo diría que de todas las tartas, madalenas y galletas que hemos hecho hasta ahora y sin querer desmerecer a la mayoría, esta es la tarta de la que me siento más orgullosa.

Utilicé esta receta con algunas pequeñas variaciones y de glaseado puse el sencillo pero delicioso de la tarta de zanahoria: queso Philadelphia y azúcar. De extenderlo por encima se encargó, como siempre, Manuel, que a mí se me da fatal. Y es que aunque el bizcocho en sí lo habíamos horneado el sábado por la tarde como siempre, fuimos muy estoicos y aguantamos toda la noche del sábado sin probarla ni salir de dudas acerca de si el color había quedado bien. Pero era mejor glasear ayer por la mañana, justo antes de empezar a zamparla (aún queda, ¿eh?).



Manuel también se había ocupado de cortarla en dos (los americanos hornean dos tartas, pero yo no tengo dos moldes iguales, así que cortar es lo único que nos queda) y yo del glaseado "interno". Reconozco que fui un poco tacaña porque me daba miedo utilizar mucho para el relleno y que quedara poco para el recubrimiento. Pero no quedó mal.



Por cierto que, por fin, al cortarla por la mitad habíamos salido de dudas acerca del color y su intensidad. Las miguitas dan también una pista:



Sí, la intensidad del rojo de la masa cruda no nos engañó y después del horneado seguía igual o más intensa si cabe. Ah, qué maravilla, cortar una Red Velvet casera y encontrarse con esta pinta:



Volví a ser estoica y en lugar de engullir la tarta recién cortada, tuve la paciencia de documentar el momento con muchas fotos. Lo bueno de la Red Velvet es que, aparte de para el paladar, también es un festín para la vista.




Pero bueno, que no sólo de la vista vive una. Así que en cuanto me di por satisfecha con las tropecientas fotos que hice, me puse por fin a saborearla. Ah, qué delicia.



Así que la Red Velvet, pese a los nervios iniciales, fue, y perdón por decirlo yo misma, todo un éxito. Lo mejor de todo es que encontrar el colorante fue lo más difícil de todo el proceso, porque la elaboración en sí no fue más complicada que cualquier otro bizcocho.

Y luego, con el estomaguito bien lleno y después de un rato de reposo, plancha y película: Born Yesterday (Nacida ayer). Gran película y gran interpretación de Judy Holliday. La escena en la que juegan a las cartas (y no hace falta saber inglés para verla) nos hizo reír a carcajadas.

domingo, 6 de febrero de 2011

Tejidos

Como es domingo por la tarde y lo más apetecible es estar en casita (al menos para mí: pocas cosas me dan más pereza que salir de casa un domingo por la tarde), os dejo con una exposición virtual, un poco triste, pero que merece muchísimo la pena visitar desde el ordenador.

Antecedentes: en el siglo XVIII el London Foundling Hospital era uno de los sitios de acogida de niños huérfanos y abandonados. Como no en todos los casos podía darse por hecho que el niño no se había perdido o que, cuando mejorara la situación que hubiera llevado a los padres a dejarlo allí, no irían a recogerlo, lo que hacían, en esos tiempos en los que adjuntar una foto carnet al archivo era imposible (e impensable), era conservar un trocito del tejido de la ropa que llevaban en el momento de la admisión. (Cosa también bastante más razonable que lo que hacían muchos padres cuando entregaban a sus hijos, con la intención de recuperarlos algún día, en la Casa de Maternidad de Barcelona, por ejemplo: les dejaban cicatrices bien marcadas para así poder reconocerlos). Eso da lugar un archivo colorido, sorprendente y que, a la vez, pone la carne de gallina, sobre todo leyendo algunos textos (en inglés).



La exposición virtual, para la que en realidad no hace falta saber inglés, puede verse desde aquí (una vez en esa página hay que hacer clic donde pone en letras blancas The Online Exhibition (tardan un poco en cargarse) y ya comienza y sigue sola). Recomiendo encender también los altavoces del ordenador, por cierto.

viernes, 4 de febrero de 2011

At Home: A Short History of Private Life, de Bill Bryson

Quien haya leído algo, lo que sea, de Bill Bryson ya conocerá que el hombre tiene una capacidad de curiosidad como una casa. Así que no sorprende que la inspiración para escribir At Home: A Short History of Private Life le viniera cuando, en el ático de su casa, encontró una puerta que daba a un pequeño rellano en el tejado. Intrigadísimo por esta duda y otras más que le empezaron a asaltar sobre cosas cotidianas que hasta entonces había dado por hecho, decidió ponerse manos a la obra e investigar por qué las casas tal y como las conocemos, con todos sus contenidos, han llegado a ser como son. Es un proceso más largo y menos uniforme de lo que cabría pensar.

El libro, guiado por la curiosidad de Bill Bryson y su magnífica tendencia a centrarse (o divagar, según se mire) en las excentricidades de la gente, resulta de lo más ameno incluso si a veces se va un poco de lo que parecía ser el tema inicial. Pero ya digo, los rodeos son tan divertidos y curiosos, de esos que desearías no olvidar pero que a las dos páginas, salvo que te hayan llamado muchísimo la atención, ya han quedado sepultados bajo cinco más, que merecen mucho la pena.

El concepto del libro es similar al de The Victorian House, de Judith Flanders, libro que además cita mucho porque, como es bien sabido, nuestras casas son más victorianas de lo que pensamos (y me reitero en lo que dije entonces: todos aquellos que a veces suspiran por el pasado no saben de lo que hablan en cuestión de nada. Con todos los peros que uno quiera ponerle, es innegable que hoy vivimos muy, muy bien (hablando siempre de los países desarrollados, por supuesto), mucho mejor de lo que la humanidad ha vivido en toda su historia). Bill Bryson, utilizando los planos de su casa - una rectoría construida en 1851 para un cura llamado Mr Marsham - y el resultado final que no siempre concuerda con los planos (la misteriosa puerta del tejado no aparece, por ejemplo), va recorriendo habitación por habitación y hablando de lo que ellas le sugieren, que no siempre es lo que uno se espera: ¿quién espera que el sótano dé lugar a un pequeño recorrido por los materiales de construcción de la historia? ¿O el ático a la historia (muy breve) de la arqueología? ¿O el estudio a un análisis pormenorizado (o eso me pareció a mí) de los bichitos que conviven con nosotros lo queramos (o lo sepamos) o no? (Y Bill Bryson se deleitaba en examinar la cantidad de bichitos microscópicos que campean a sus anchas por nuestras camas (por limpias que pensemos que están, sí) y yo tuve la inmensa suerte de disfrutar de ese fragmento... leyendo en la cama. Si no hubiera sido porque Bill Bryson había dejado claro que cualquier sitio al que huyera estaría igual de habitado (salvo posiblemente la taza del váter, que según un estudio que cita es, paradójicamente, el sitio más limpio de cualquier casa, precisamente porque siempre pensamos que es el más sucio), habría salido corriendo en busca de refugio).

El libro, no obstante, comienza dejando dos cosas claras: el año de inicio (que no quiere decir que no "viaje" a épocas anteriores y posteriores, porque lo hace y mucho): 1851, fecha de construcción de su casa (y diría yo que aproximadamente también de la casa de donde viven mis padres (y donde viví yo hasta que vine a Barcelona)) pero también fecha fatídica por muchas otras cosas. Un montón de hallazgos, avances y demás se produjeron en aquel año como luego se va viendo a lo largo del libro. Pero no sólo eso, 1851 fue el año de la Gran Exposición de Londres, ubicada en su mítico Palacio de Cristal (toda una proeza de la ingeniería, por cierto) y marcó un antes y un después en muchos campos.

Y después Bill Bryson se recrea en una cosa que a mí me parece igual de intrigante que a él y que de vez en cuando sale a relucir en conversaciones con Manuel (y probablemente haya salido alguna vez en el blog): cómo lo que comemos día a día ha llegado a ser eso. Bill Bryson pone como ejemplo el pan, con su complejo proceso de elaboración. ¿Quién fue - y por qué - quien decidió, en primer lugar, moler el trigo para hacer harina? ¿Y quién a partir de aquello pensó que si lo juntaba con algunas cosas más, lo amasaba, etc, etc. llegaría a ser un producto, no sólo comestible, sino básico? Como Bill Bryson dice, no es nada sencillo, no es como ver la hierba y comérsela, alguien tuvo que decidir qué se comía y qué no (y en eso se puede decir que nuestra dieta, con algunos procesos diferentes, es prácticamente idéntica desde la prehistoria), es más, alguien tuvo que modificar las plantas potencialmente comestibles para hacerlas aun mejores, ¿cómo se le ocurrió? Ya supongo que ese alguien serían muchos "alguienes" y a lo largo de muchos siglos, pero aun así, yo tengo serias dudas de que a mí nunca se me hubiera ocurrido pensar que el huevo que pone una gallina es comestible (creo que habría pensado todo lo contrario, de hecho) y que además se amoldaba a multitud de formas de cocinarlo. Suponiendo que, muerta de hambre, hubiera pensado en darle una oportunidad al huevo recién puesto, nunca se me habría ocurrido algo tan sencillo como ponerlo en agua y hervirlo a ver qué pasaba.

Podría seguir hablando del libro mucho más: Manuel puede dar fe ya que mientras lo iba leyendo le he acribillado a datos curiosos de lo más dispares hasta el punto de que el pobre preguntaba: ¿pero ese libro de qué va exactamente? o, ante algún dato aparentemente irreconciliable con el hogar: ¿pero el libro no iba sobre las casas? pero lo mejor es que lo leáis y os déis un paseo por el tiempo y por el espacio hasta llegar a vuestra casa actual. Las casas de Bill Bryson son, eso sí, muy inglesas, pero las características básicas las comparten todas, estén donde estén.

Muy, muy recomendable. Espero que lo traduzcan.

jueves, 3 de febrero de 2011

La hora del té con Bill Bryson


La foto está un poco desfasada (es del fin de semana que hicimos el bizcocho de guindas) pero no me he podido resistir a ponerla como complemento de esto que cuenta Bill Bryson en su libro At Home: A Short History of Private Life:


Although it was pepper and spices that brought the East India Company into being, its destiny was tea. In 1696, William Pitt the Younger massively cut the tax on tea, replacing it with the dreaded window tax (on the logical presumption that it was a lot harder to hide windows than to smuggle tea) and the effect on consumption was immediate. Between 1699 and 1721 tea imports increased almost a hundredfold, [...] then quadrupled again in the thirty years to 1750. Tea was slurped by labourers and daintily sipped by ladies. It was taken at breakfast, dinner and supper. It was the first beverage in history to belong to no class, and the first to have its own ritual slot in the day: teatime. It was easier to make at home than coffee, and it also went especially well with another great gustatory treat that was suddenly becoming affordable for the average wage earner: sugar. Britons came to adore sweet, milky tea as no other nation had [...].

Not everyone got the hang of tea immediately. The poet Robert Southey related the story of a lady in the country who received a pound of tea as a gift from a city friend when it was still a novelty. Uncertain how to engage with it, she boiled it up in a pot, spread the leaves on toast with butter and salt, and served it to her friends, who nibbled it gamely and declared it interesting but not quite to their taste.

Aunque la razón de ser de la Compañía Británica de las Indias Orientales fueron la pimienta y las especias, su destino era el té. En 1696, William Pitt el Joven redujo de forma drástica los impuestos sobre el té y los sustituyó con el temido impuesto sobre las ventanas (deduciendo lógicamente que era mucho más difícil esconder las ventanas que hacer contrabando de té) y el efecto en el consumo fue inmediato. Entre 1699 y 1721, la importación de té se multiplicó casi por cien [...] para volver a cuadruplicarse durante los siguientes treinta años hasta 1751. Los obreros lo sorbían y las damas lo bebían con delicadeza. Se tomaba para desayunar, comer y cenar. Fue la primera bebida de la historia que no pertenecía a una clase social concreta y la primera en tener su propio ritual diario: la hora del té. Era más fácil de hacer en casa que el café y también combinaba a la perfección con otro gran capricho culinario que de repente el trabajador medio también podía permitirse: el azúcar. A los británicos les entusiasmó el té dulzón y con leche como a ningún otro país [...].

Pero no todo el mundo se enteró de cómo funcionaba eso del té tan rápido. El poeta Robert Southey contaba la anécdota de una señora del campo a la que una amiga de la ciudad le regaló 450 gramos de té cuando este era aún una novedad. Sin saber muy bien qué hacer con él, la señora lo hirvió en una olla y extendió las hojas con mantequilla y sal sobre unas tostadas que después sirvió a sus amigas, que las mordisquearon con valor aunque opinaron que era interesante pero no del todo de su gusto.
(Traducción rápida mía)

Supongo que, como decía Andy Warhol, ahora la bebida que no pertenece a ninguna clase social es la Coca Cola puesto que ahora el té ahora sí que puede ser delicatessen o, en el otro extremo y no sé si debería llamarlo té siquiera, Hornimans.

Bill Bryson, aparte de la genial anécdota de la señora del campo, también cuenta cosas parecidas a las que leí en Tea With Jane Austen, de Kim Wilson (libro muy recomendable también) sobre lo que muchas veces se vendía como té o se colaba entre unas pocas hojas para hacer bulto. Pero mejor no seguir por ahí, que luego uno se pone un poco paranoico, incluso siglos después, acerca de lo que contendrán sus paquetes de té.

Y mañana más Bill Bryson, ya que hace un par de días me acabé el libro pero no he podido resistirme a apartar y destacar este pequeño fragmento.

martes, 1 de febrero de 2011

El timo de la estampita (versión 2.0)

Pues sí, pertenecemos a ese grupo de gente (no sé si más tonta que los demás, porque al fin y al cabo me da que todos te toman por tonto) que tienen el teléfono y el ADSL con Telefónica (o Movistar o como se llamen, me da un poco igual).

Pero ayer nos planteamos muy seriamente la continuidad debido a un timo del que quiero avisar aquí. Ya he dicho muchas veces que no me gusta que el blog se convierta en un punto de reclamaciones y quejas, pero esta vez, como en otras ocasiones, no me dejan más remedio, aunque pienso ir más allá que sólo el blog.

Ayer estaba a punto de salir de casa (ojalá hubiera salido cinco minutos antes) cuando una mensajera de Zeleris viene con un paquete. En el paquete, que es de Zeleris, no pone por ningún sitio el nombre del remitente. Intrigada, lo cojo, firmo. Dentro de casa lo abro y me encuentro con un módem 3G de Movistar, una tarjeta para él de contrato, un par de papeles para que firme yo solita (con ayuda de unas instrucciones) el contrato y gestione la portabilidad, un sobre que no necesita franqueo para que los remita (oh, qué generosos), otro papel en que dicen, textualmente:

Estimado cliente, [mal escrito, los encabezados en español van seguidos de dos puntos, no de coma]
Bienvenido al servicio de Internet Móvil Movistar.
Junto a esta carta le entregamos el módem USB y tarjeta SIM que solicitó a través del 1004 o movistar.es, además del Contrato de Servicio. Para ayudarle a cumplimentar los datos, le adjuntamos también en este envío una hoja de ayuda ("Ayuda documentación para altas").
Una vez revisado y cumplimentado su contrato, debe enviárnoslo firmado usando el sobre de franqueo pagado que también le adjuntamos.
Para una mayor seguridad en el envío [!] la línea le será remitida sin activar. Al recibirla podrá activarla en cualquier momento que lo desee con una simple llamada gratuita al 1004. En todo caso, la línea se activará automáticamente quince días después de la entrega.
Nos gustaría agradecerle la confianza depositada en Movistar y recordarle que si tiene cualquier problema o necesita ayuda, siempre puede contactar con nosotros en el 1004 [¡ja!] o movistar.es.
Reciba un cordial saludo [gracias, pero no]
Federico Rava
Director de Residencial

Los corchetes y negritas son añadidos míos.

En primer lugar, mienten. Mienten porque NO hemos solicitado el estúpido cacharro ya que, seremos tan tontos como para seguir estando con ellos en la línea fija y en el ADSL, pero no en los móviles. Luego, mirando por internet, vi a más gente a la que le estaban mandando el cacharrito en las mismas condiciones y leí que puedes ejercer el derecho de acceso a tus datos para que te demuestren esa información y, como les va a resultar imposible, porque tú no has hecho el pedido y no les puede constar ni por escrito ni en grabación telefónica, puedes ir a la policía a denunciarles por suplantación de identidad. Pienso hacer las dos cosas.

En segundo lugar, te mandan una cosa que a todas luces ni quieres ni has solicitado y te dicen que da igual que firmes o no el dichoso contrato, porque ellos lo van a activar unilateralmente en cualquier caso al cabo de 15 días. Yo no sé de leyes, pero a mi entender esto es, o debería ser, ilegal (más cuando tú no has pedido el estúpido cacharro, insisto).

Total, que así dejé las cosas, me fui a hacer mis recados, volví, hablé con Manuel y decidimos que había que llamar al 1004 ya para que deshicieran el entuerto. Digamos que proponernos ganar un Premio Nobel el año que viene hubiera sido mucho más fácil.

Llamo al 1004. Me coge un chico que me dice que me tiene que pasar con el departamento de móviles y para ello me condena a casi 20 minutos en espera con una música espantosa. Al cabo de los 20 minutos me cogen por fin y me hacen que les dé el número de teléfono que viene en la tarjeta SIM, lo doy y me dicen muy sorprendidos que ese número no está activado. ¡Premio a la inteligencia! Eso ya lo sé yo, lo que quiero es que permanezca así, incluso después de 15 días. Resulta que ellos no me pueden ayudar y que me tienen que pasar con bajas. Otros 20 minutos de espera y nada, cuelgo y vuelvo a empezar, sólo que esta vez le digo a la primera chica que me atiende que me NIEGO a que me ponga en espera de nuevo y encima me ponga la música esa, a que me pase con móviles. Efectivamente, me dice que "me comprende" (esa debe de ser, según el manual que les dan, la frase clave. Una pena que la frase completa deba de ser algo como "te comprendo pero me da igual y voy a hacer lo que me da la gana, no lo que me pides tú") pero me pone en espera casi 10 minutos con música y me pasa de nuevo con móviles. Mismo numerito, me dicen que me pasan con bajas. En bajas descubren que a nombre de ese titular, oh, sorpresa, no hay ningún cliente de móvil, pero la chica me dice que no pasa nada, que firme el contrato que han mandado para luego poder darlo de baja (!!!). Obviamente le digo que no pienso, ni loca, firmar el contrato.

Esa me pasa con otro tío que ya no sé ni de qué departamento es del que por suerte tomo el nombre. Este tío es como una pared con la que te chocas, no tiene más función en la empresa que hacer de muro. No me puede ayudar, pero cuando le pido que me garantice que me recogen el cacharro al día siguiente me dice que no puede, que sólo me puede dar un plazo de recogida de ocho días, cosa a la que me niego porque ocho días muy fácilmente son 15 y plazo suficiente para me activen el contrato. Le digo que según la hoja de "pedido" que viene en el paquete, el pedido se realizó el día 28, o sea, el viernes pasado y ayer era lunes, con lo cual que no me venga con rollos de que no puede avisar a la mensajería tan rápido porque es un trola más de su estúpida empresa. Se sigue negando a recoger el cacharro al día siguiente, por lo que le pido que me pase con un superior. Se niega también a eso, con lo cual nos encontramos en una calle sin salida en la que el tío decide que lo mejor es COLGARME EL TELÉFONO. Llamo de nuevo y digo que quiero poner una queja contra el tío imbécil, que supongo que no servirá de nada (Manuel piensa que de hecho sí que sirven: cuantas más quejas acumules más posibilidades de ascender tienes, porque si no hay actitudes que no se entienden).

Para seguir tratando de darme de baja de un servicio que no he solicitado tengo que volver a llamar, para entonces ya llevo hora y pico de tiempo perdido, estoy medio afónica (no me gusta gritar ni ponerme borde con la gente de atención telefónica, pero lo de ayer era exasperante; la situación más crispante con la que me he encontrado en mucho, mucho tiempo). Hablo con Manuel, le cuento mi desesperación y lo infructuoso de todo. Manuel ha estado leyendo lo que dice la gente en internet acerca de todo esto y dice que no tengo que dejar que me pasen con nadie, que los que me atienden primero, los de la línea fija, son los que mandan el cacharro y los que tienen que tramitar la baja.

Con eso en mente vuelvo a llamar, me coge una chica, le explico todo y le añado que llevo una hora y pico perdida de un tiempo que no debería estar perdiendo puesto que todo viene de un absurdo envío suyo. Me dice que me comprende y que me pasa con móviles porque ella no sabe nada del tema. Le digo que ni se le ocurra, que en esta casa no tenemos móviles, que ya he hablado con el departamente dos veces y que no saben nada. Le digo que sé que son los de línea fija los que me han metido en este lío y los que tienen que solucionarlo. Se disculpa para realizar una llamada. Me pone en espera con musiquita. Cuando vuelve resulta que lo sabe TODO acerca del contrato, los días que faltan hasta que se active, etc. etc. No puedo callarme y le digo que qué curioso que ahora sepa hasta el último detalle cuando antes de la llamada no sabía nada.

Supuestamente tramita la baja, pero por ahí hemos leído que muchas veces luego llamas para confirmar el estado y te dicen que no tienen constancia de ese número de referencia que te han dado. O sea, que aún no hemos terminado. También le digo a esta tipa que no sé quién es el cerebrito de Telefónica (quizá el tal Rava que firma la carta) pero que no me parece una gran estrategia de márketing el poner de tan mal humor a sus clientes, gastándose dinero en mensajeros que no son necesarios, hacerles perder el tiempo y plantearse muchas cosas de su permanencia con la empresa, cuando una mera rebaja en la factura (el equivalente a la tarifa del mensajero, por ejemplo) les mantendría mucho más contentos. Tan fácil como eso.

Eso sí, pienso escanear y fotografiarlo todo, ir a la oficina de consumo a poner una reclamación, solicitar mis datos e ir a la policía a poner la denuncia que he dicho antes. Porque no es sólo que te manden una cosa que no quieres y te amenacen con activarla quieras o no, es que luego te metan en una ratonera telefónica de la que cuesta hora y pico (con suerte, que aún no lo sabemos) salir en la que además te tratan como si fueras imbécil.

Estoy indignadísma y sigo sin poder creerme que sean capaces de hacer todo eso. Así que aviso a los que tengan contratado algo con Telefónica: cuidadito con paquetes inesperados sin remitente: puede que sean paquetitos envenenados como este.

Continúa en la segunda parte.

lunes, 31 de enero de 2011

Gugelhupf marmoleado (otra vez)

Como la semana pasada yo quería haber hecho algo con chocolate pero no pudo ser, el viernes, a la hora de elegir nueva repostería, yo seguía con la espinita clavada así que le volví a sugerir a Manuel retomar el bizcocho marmoleado/amarmolado que ya habíamos hecho antes (no le propuse el bizcocho cebra porque es un poco más pesado de hacer). Y, aunque le dio el visto bueno, esa es la principal pega que le puso: que ya lo habíamos hecho antes. Manuel en la repostería se rige, sobre todo, por la novedad, y a mí de vez en cuando me gusta repetir los viejos y deliciosos conocidos.

El caso es que me salí con la mía y al día siguiente estábamos inmersos en la cocina entre dos masas de dos colores. Por un momento barajé la posibilidad de, para variar, poner la masa en moldes de madalena y hacer madalenas amarmoladas, pero al final opté por lo mismo de la otra vez y volví a sacar el molde Bundt.

Esta semana, y para darnos un respiro de la semana pasada, telehorno fue muy plácida. El bizcocho subió como debía, pero no hubo sobresaltos sobre si se desparramaría por todo el horno. Olía de maravilla, con el toquecito de cacao.

No era el sofá, pero pude sentarme un rato en la cocina a leer Bill Bryson y su libro At Home (literalmente "en casa"; sin traducir de momento que yo sepa) en ese ambiente tan hogareño que da un bizcocho haciéndose en el horno. Una pena que Bill Bryson se empeñase en estropear el momento hablando de la no siempre agradable (por no decir nunca) historia de la humanidad hasta llegar a nuestros días en cuanto a cañerías y desagües. Pero también es verdad que con Bill Bryson casi siempre hay risas aseguradas, así que no me quejaré demasiado.

El caso es que por fin sacamos el bizcochito del horno, lo dejamos enfriar, le pusimos azúcar glas, le hice unas fotitos (ya tengo despejado mi sitio de fotos de repostería recién horneada desde hace días, pero ahora me he aficionado a este otro; algún día volveré al otro, digo yo) y nos dejamos tentar - cómo resistirse - para probar un poco. Hmmmm... delicioso. Qué pena tener que esperar al desayuno del día siguiente para seguir zampando.

Por fin llegó el desayuno y tuvimos que hacer mucho por moderarnos: este bizcocho es de esos con los que cuesta mucho parar, quizá porque no parece excesivamente contundente.

Y luego, para bajar los posibles excesos, un poco de plancha y una especie de nuevo ciclo dominical. Hasta ahora hemos ido viendo comedias clásicas, casi desde donde se las puede empezar a llamar tal cosa (empezamos en los años treinta y ya estamos casi en los cincuenta), pero ahora Manuel quiere rellenar huecos, así que hemos empezado un ciclo dedicado a los actores más conocidos con los que nos hemos ido topando a lo largo del ciclo. Ayer comenzó el ciclo Carole Lombard con una película suya - casi de las primeras con sonido (las mudas quedan descartadas por ser, obviamente, incompatibles con la plancha) que hizo, y sin ser protagonista ni mucho menos - de 1930: Safety in Numbers (Cuidado con las mujeres). En los años treinta el sonido era una novedad todavía y eso era bueno (por razones obvias) y regular (había supuesto un retroceso en muchas cosas con las que se había progresado mucho en el cine mudo; y también ahora que tenían sonido cantaban muchísimo, cosa que no es mala necesariamente, pero sí curiosa). Así que no sabíamos qué esperarnos. Por suerte la película resultó bastante amena aunque tuvimos graves dificultades para distinguir a Carole Lombard, que llevaba el mismo peinado y pose que otra chica (Virginia Bruce, que cuatro años después sería una Jane Eyre espantosa y cómica) con la que solía compartir la pantalla. Por otra parte, ya digo que se cantaba mucho y, cuando vimos cantar al protagonista y a dos chicas y vimos que le iba a tocar el turno a Carole Lombard Manuel se empezó a reír porque por lo visto el fuerte de Carole Lombard no era la canción y esta película era aún muy temprana como para que le hubieran doblado la voz. Efectivamente, cantar no era lo suyo y el director tuvo que hacerle medio cantar (poco y mal) y medio recitar con soniquete (divertidísimo). En fin, que nos lo pasamos bien. Eso sí, para que el ciclo de películas rescatadas del olvido no se nos haga pesado (por no saber nunca qué nos vamos a encontrar) hemos decidido ir alternándolo con la continuación de la comedia clásica (entraremos en los años cincuenta). Nada, que no tenemos nada que envidiar a los ciclos de la filmoteca.

domingo, 30 de enero de 2011

Fe de erratas

No le estoy sacando al sofá y a la manta todo el provecho que cabría esperar (no me puedo quejar tampoco, y aún queda mucha tarde por delante) pero no podía dejar de comentar las carcajadas que me ha producido esta mañana (sí, lo reconozco, en un rato de sofá y manta) un artículo sobre la cabeza recién reatribuida del rey francés Enrique IV en El País Semanal. El artículo me estaba pareciendo curiosísimo y las risas en sí no han tenido nada que ver con la cabeza perdida, encontrada y reasignada del pobre rey, sino con un lapsus de la periodista, Ana Teruel.

De repente me he encontrado con lo siguiente. Primero lo he leído con extrañeza, luego ha sido cuando me he partido de risa:


Obviamente (digo yo que obviamente) la periodista más que "episcopales" quería decir "epistolares".

Y qué buen complemento después leer la columna de Javier Marías sobre los (absurdos, innecesarios) cambios ortográficos de la RAE.

Y ahora, con permiso, creo que oigo que el sofá y la manta me llaman.