sábado, 7 de noviembre de 2009

Orígenes

Easy to remember where it all began but harder to explain why a youthful interest which accorded with my aspirations at the time should not only never have faded but have greatly increased over so many years. Where are such passions formed, not only for an author and their work but for everything surrounding them, their lives, family, friends, the places in which they lived, their psyches?

Es fácil recordar dónde empezó todo, pero cuesta más explicar la razón por la que un interés juvenil que encajaba con mis aspiraciones de entonces no sólo nunca ha desaparecido sino que ha ido en aumento a lo largo de tantos años. ¿De dónde nacen esas pasiones, no sólo por un autor y su obra, sino por todo aquello que le rodea: su vida, su familia, sus amigos, los lugares en que vivió, su psique? (Traducción rápida mía)

Eso se preguntaba Susan Hill (hace ya días, voy un poco retrasada con la reflexión) acerca de su afición por Virginia Woolf y todo lo que la rodea, y eso lo aplico yo, palabra por palabra, a las Brontë. Preguntas probablemente sin respuesta* que no se plantean cuando una se encuentra en la enorme cuesta que es la Main Street de Haworth, el pueblo de las Brontë, cuyo hogar y ahora museo, se encuentra en la parte más alta. Más que nada porque el cuerpo se concentra en llegar arriba y tratar de conseguir oxígeno para lograrlo.

Susan Hill habla también, como tantos ingleses, de los europeos y de Europa con mucha distancia, como si en lugar de un pequeño canal que ahora se puede cruzar incluso en tren, hubiera por lo menos tres océanos. Ambas cosas juntas - la cita de antes y este distanciamiento - me hicieron recordar, mientras leía el libro, la primera vez que pisé Haworth en el año 2001.

Estuve horas metida en el museo y al salir arrasé con la tienda, todo para que, cuando me disponía a pagar con mi - entonces novedosa - Visa Electron (que anunciaba un viejecito y que según el anuncio servía en cualquier sitio) me informaran de que no tenían lector de esas tarjetas y una dependienta le comentara a otra que era una de esas tarjetas que usaban "en Europa".

A la confusión por encontrarme fuera de un continente del que hasta entonces pensaba que no había salido, se añadió que yo sólo estaba allí de paso durante ese día y que la tienda cerraba en veinte minutos. Al preguntar qué hacer, me sugirieron ir - sin garantías de que ese cajero admitiera tarjetas europeas - a un banco que había justo en lo que para mí entonces era la calle con la que se cruzaba Main Street abajo del todo, que ahora sé que se llama Mill Hey.

Al salir por la puerta de la tienda, dejando mi botín apartado, oí que una dependienta le decía a la otra esa expresión puramente de Yorkshire que es "poor lass!" (pobre muchacha) y que entonces me sonó salida de una novela Brontë, claro. El caso es que allá que fui, medio despeñándome, medio manteniendo el equilibrio, calle abajo y si ese descenso me pareció infernal, el de vuelta calle arriba con las libras en efectivo (había habido suerte con el cajero) fue aun peor y al llegar arriba no es que casi necesitara oxígeno como se suele necesitar incluso en condiciones normales, es que ya estaba tan ahogada que ni me enteraba. Llegué justo cuando estaban a punto de cerrar, pagué mis cosas y, a pesar de todo, tan feliz.

Por si a alguien le interesa, en la tienda del museo ya aceptan tarjetas "europeas" y la tradicional carrera abajo por Main Street es un deporte extinguido.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Un regalo-hallazgo

Se me da mal buscar cosas que recuerdo haber leído, como ya se vio aquí, ya sea en libros, en periódicos, en revistas o en internet. Cuando busco algo que supongo que tiene que estar en internet pero que yo no encuentro o directamente antes de empezar a buscar nada termino recurriendo a Manuel, también adecuadamente llamado Googleman en esos casos. Y el nombre viene del éxito que tiene en sus búsquedas, claro. A veces juraría que introducimos los mismos términos de búsqueda y sin embargo a él le salen cosas interesantes que a mí no.

Pero algún día debe de brillar sobre mi cabeza un rayo de luz divino y encuentro algo. Ayer, todavía con Little Boy Lost en la cabeza (con el permiso de la señora Last, cuyos diarios tampoco tienen desperdicio), recordé que aparte de en la Biblioteca Nacional no había curioseado si había algo más de información sobre El niño perdido.

Casi me caigo de la silla cuando en los ingentes archivos de un famoso diario que no quiero nombrar por miedo a que den con esto y me echen la bronca por lo que hice después encontré que entre los meses de junio y julio de 1960 habían publicado la novela (íntegra por lo que he podido ver, pero no he tenido tiempo de comprobar si hay manos censoras o no) a razón de página diaria.

Así que como me debo a mis lectores (que dicen los escritores cursis) y a mis lecturas, me puse con estas manitas a juntar las páginas en un único archivo que dejo a vuestra disposición aquí (intenté hacer más virguerías como darle otro formato o hacer la letra un poco más legible pero sin mucho éxito). Son 37 páginas de letra pequeñita (se puede aumentar si se lee en el ordenador), no suponen un gran gasto de tinta (ninguno para los modernillos que tengan en sus manos a algún familiar de Rufinito) y, garantizado (espero, lo que he visto de la traducción es muy hija de su época y va un poco a su aire, pero se deja leer), una buenísima, triste e intensa lectura de una joya de libro que os dejará tanta huella como a mí, estoy segura.

Venga, venga, sed como Hilary Wainwright, protagonista de la novela:

Hilary was a fast reader and dreaded nothing more than to be stranded without print. He would read anything sooner than nothing, fragments of sporting news torn up in a lavatory, a motor journal on an hotel table, an out-of-date evening paper picked in a bus. He would covetously eye the books held by strangers in trains, forcing them into conversation until he could offer his own read book in exchange for something new. But if, by ill-luck, he was reduced to reading nothing but haphazard chance finds, he would become dreary, unhappy, uneasy, like a gourmet who suffers from indigestion after eating bad food.

Hilary leía con mucha rapidez y no había nada que le aterrase tanto como verse sin nada que hacer y sin libros. Era capaz de leer cualquier cosa antes que quedarse sin lectura: fragmentos de artículos deportivos encontrados en cualquier parte, una revista de automovilismo en una mesa de hotel o un periódico atrasado abandonado en un autobús. Miraba codiciosamente los libros que tenían sus desconocidos compañeros de viaje en los trenes, forzando la conversación hasta poder ofrecerles el libro que él ya habla terminado a cambio de otro nuevo. Pero si, por mala suerte, se veía obligado a leer cualquier cosa que no le ofreciera a su mente más que el mero hecho de ser un impreso, se ponía de mal humor y se sentía desgraciado, como un "gourmet" que sufre de indigestión después de comer alimentos mal condimentados. (Traducción de Rafael Vázquez-Zamora)

El libro completo en sus magníficas 37 páginas: AQUÍ. Si el archivo os diera algún problema no dudéis en decírmelo.

Los kleenex, eso sí, corren a cuenta vuestra.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Antes y después, o ronda frutal con tubérculo

Últimamente los domingos por la mañana suelen oler a batata (me gusta más decir batata que boniato) asándose en el horno y, a pesar de que hasta ahora el tiempo no ha acompañado demasiado y no ha habido esa sensación de olor hogareño calentito, me sigue pareciendo uno de los olores más reconfortantes que hay.

Hago unas cinco que luego me duran unos cuantos días, días que disfruto saboreando - aparte del sabor como la propia palabra indica - el color naranja intenso y la textura que prácticamente se deshace en la boca.


Es un placer solitario porque, aunque Manuel reconoce que el nuevo olor dominical es agradable, las batatas le gustan tan poco como a mí otro de los productos de la temporada que él toma - venido de la casita de verano - el palo santo/caqui/persimon.

Por otra parte, el otro día Manuel dio por inaugurada la nueva frutería (de cuyas castañas hablé el otro día) con una minibandejita de moras. Las hay en más sitios y siempre me tientan mucho, si no fuera por los tres euros que suelen costar y el recuerdo de que de pequeña las cogíamos directamente de entre los pinchos gratis y en cantidades industriales. El último día que fuimos a Sitges vimos, junto a la via del tren - o sea, inalcanzables - zarzamoras con sus correspondientes moras y nos preguntamos si los niños siguen dándose atracones de ellas en algún sitio o es una de esas cosas que ya no se hacen. También recordamos, entonces, que la última vez que nosotros habíamos comido moras había sido en York, cogidas, como debe ser, de la zarzamora, de la tapia que impedía el paso a la vía del tren (otra vez, trenes y zarzamoras) y que teníamos enfrente de nuestro acogedor bed & breakfast. En esa ocasión cogí todas las que pude - como debe ser - y luego las lavé bien antes del atracón, que no están los tiempos para comerlas directamente.

Las del otro día estaban ricas y eran mucho más grandes que las que se cogen al aire libre, pero no tenían el aliciente del dolor de dedos por los pinchazos.

Por otra parte la frutería nueva nos trajo la eterna duda del arándano azul. Entre las moras y los arándanos rojos, había una bandejita de lo que yo identifiqué de inmediato como blueberries, o arándanos azules o mirtilos en castellano y nabius en catalán, cuyo cartelito decía que eran "aranyons". Confusa, llegué a casa y miramos en internet qué era qué. Resulta que los aranyons son prácticamente idénticos de aspecto a los arándanos azules/mirtilos, pero en realidad son endrinos, que son con lo que se hace el pacharán. Con lo cual no tengo ni idea de si eso es lo que son de verdad o si el cartel estaba mal puesto o qué, y me da reparo pagar tres euros (cuando en Inglaterra, por ejemplo, moras, arándanos y demás bayas suelen ser mucho más baratitos) por cinco bolitas y media que puede que no sean arándanos azules sino endrinos. Estoy confusa.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Noche de viernes: Emma (2009)

El viernes pasados vimos el cuarto y último episodio de la nueva adaptación de Emma de la BBC, con Romola Garai en el papel de Emma. Yo no sé qué me pasa con Romola Garai, pero el caso es que parece haberse especializado en adaptar libros que leo: I Capture the Castle, Atonement, Angel y ahora Emma. Y lo curioso del asunto es que sin ser papeles idénticos ni intercambiables, sí que podría decirse que tienen, unos más y otros menos, bastantes cosas en común entre sí.

Dicho esto, antes de ver la serie y mientras la íbamos viendo viernes tras viernes, yo leía críticas bastante malas (también las ha habido buenas, que conste). El primer capítulo casi lo vi con la respiración contenida, reservando oxígeno para la sarta de quejas que seguro que tendría. Y la verdad es que terminó el capítulo y creo que lo poco que había dicho era todo bueno: que me gustaba muchísimo la presentación, que los vestidos (a pesar de ser la mayoría heredados), la iluminación y los decorados/paisajes me parecían preciosos y que los actores no estaban mal. Las quejas habían sido no en contra de la serie, sino de lo plasta que puede llegar a ser el señor Elton y cosas así.

Para cuando el viernes llegamos al cuarto capítulo yo seguía sin haber protestado demasiado, de hecho me estaba gustando bastante. Si había una queja que iba en aumento era la de lo agotador que era ver las expresiones faciales y eterno movimiento de ojos de Romola Garai. No sólo, como dicen las críticas, por el hecho de que sea improbable que nadie en la época de Jane Austen (¡ni en la época actual!) gesticulase tantísimo, eso era lo de menos, de haber sido una película moderna me hubiera empezado a irritar igual. Simplemente es agotador, lleve la protagonista vestido estilo imperio o pantalones vaqueros.

Si hay una queja que he leído - y que ya leí cuando estrenaron la última adaptación de Jane Eyre (mi preferida) - es que la gente se queja de la modernización de las actitudes y el vocabulario, por no hablar de la gente que se queja de que se haya cambiado el principio, de que haya recursos modernos, etc (lo mismo ocurre en la mítica North and South, pero ¿qué pasa? que ahí nadie se queja porque nadie había leído e idealizado antes el libro; y de hecho luego no les gusta el final convencional del libro y prefieren el bonito - pero anacrónico - final de la serie). A mí esto no me molesta especialmente: modernizar el lenguaje es simplemente tratar de llegar a más gente y modernizar las actitudes - ver a Emma bostezando o leyendo medio repanchingada - no me parece mal siempre y cuando tenga unos límites (es complicado esto de definir, porque por ejemplo la actitud actual en Orgullo y prejuicio 2005 me horripila). Y además es que es lo de siempre: si quieres una adaptación que conserve todas y cada una de las palabras, todos y cada uno de los gestos, que no se salte nada ni cambie nada, que mantenga todo intacto, lo mejor que puedes hacer es ir a una librería y comprarte otra copia del libro, porque no vas a encontrar ninguna adaptación que te convenza.

RAE dixit:

Adaptar.
3. tr. Modificar una obra científica, literaria, musical, etc., para que pueda difundirse entre público distinto de aquel al cual iba destinada o darle una forma diferente de la original.

Palabras clave: modificar - público distinto - forma diferente.

Dicho esto, y ahora quizá me tenga que tragar una parte de mis propias palabras: el último capítulo me decepcionó un poco. De repente todo era un dramón, se les fue la mano con algo que no hay nunca en Jane Austen y que además no pega con el resto de los capítulos. No puedes hacer tres capítulos en tono más o menos Jane Austen, graciosillos, ligeros, espontáneos. Y de repente llegar al último y ponerte todo serio y dramático. No funciona.

El reparto me ha gustado mucho, Romola Garai - gestos cansinos aparte - está bien, aunque yo le hubiera dado menos cafeína durante el rodaje. (Y, oh, Dios mío, tiene los ojos azules y no marrones como la Emma del libro, oh qué mala adaptación... bla bla bla.) Es cierto que Jonny Lee Miller es un poco demasiado joven y que, lo que en el libro son 16 años de diferencia con Emma, en la serie parecen casi de la misma edad. Pero como tampoco se hace nunca - creo, ahora dudo y puede que sí - demasiada referencia al hecho de que se lleven muchos años no lo veo mal, no es obligatorio ni crucial en el desarrollo de la adaptación.

Michael Gambon como señor padre de Emma es de lo mejorcito de la serie, y eso que al principio yo sólo veía a Dumbledore (ejem). A Johdi May como señora Weston la veo un pelín joven, pero lo hace muy bien, así que por mí vale. Laura Pyper como Jane Fairfax y Louise Dylan como Harriet Smith me parecen perfectas tanto de aspecto (oh, Dios mío, Harriet Smith lleva un peinado anacrónico porque los rizos así vendrían después y, oh Dios mío, no lleva gorro en la cama*...). Fantástica Tamsin Greig en el papel de la cotorra señorita Bates, a pesar de que el guión sí que le haya quitado un poco de cafeína a este personaje. Los Elton son debidamente insoportables. Y de hecho el que menos me ha gustado es Rupert Evans como Frank Churchill, pero puede ser debido a que, como al señor Knightley, Frank Churchill no termine de caerme bien nunca.

Así que con la novela recién leída justo para ver la serie con las gafas críticas digo que no me ha parecido nada mal, claro que debo de ser de las pocas que lo ven así. Llego poco a poco a la conclusión de que si me dan una recreación lo suficientemente trabajada del ambiente, la época, los vestidos y demás (incluso con unos pocos errores) y en la que el guión no sea horriblemente malo, que se deje ver, por mí ya está bien, para calcos ya digo que saco el libro de la estantería y lo leo.

Lo que noto es a la gente muy saturada con las adaptaciones de novelas del siglo XIX en general y adaptaciones de siempre las mismas novelas del siglo XIX en particular. Quizá la BBC y la ITV deberían darse un respiro durante un tiempo, cambiar un poco de tercio (¡Barbara Pym! ¡novelas de Persephone (y Little Boy Lost, bien hecha, sería un peliculón)!) y volver dentro de un tiempo prudencial con fuerzas renovadas (léase: una adaptación de Villette de una vez).

Pero bueno, que yo no estoy saturada y para mí ver una buena adaptación sigue siendo un placer, como demuestran nuestras noches de viernes, así que si los señores que mandan deciden hacer oídos sordos de mis sabios consejos, yo estaré aquí para ver la 7456573564 adaptación de cualquier clásico.

* Para dejar constancia de que a veces sí que hago esas cosas en serio diré 1) que el pelo anacrónicamente suelto de Billie Piper en Mansfield Park sí que me sacaba de quicio de verdad y 2) que a pesar de reírme de lo del gorrito de noche sí que agradezco que aquí se hayan tomado en serio lo de ponerles el pañuelito fino en el escote o camisas finas por las mañanas a las mujeres y que no vayan anacrónicamente despechugadas a todas horas (sólo medianamente permisible por las noches) como en otras adaptaciones recientes.

martes, 3 de noviembre de 2009

Little Boy Lost, de Marghanita Laski

"¡Este libro me va a matar!", le dije el otro día a Manuel al hacer una parada en la lectura de Little Boy Lost, de Marghanita Laski. Y ayer, cuando lo terminé, di gracias por el hecho de que los libros no maten porque, de hacerlo, este habría acabado conmigo sin duda. Hubiera llegado a duras penas a las últimas páginas, las últimas páginas me hubieran dado el golpe de gracia y, de haberlo necesitado, la frase final me hubiera rematado. ¡Qué frase esa! De esas que se te quedan marcadas y no puedes parar de repetir mentalmente, de pensar en ellas todo el tiempo.

Como las portadas de Persephone - salvo por los Persephone Classics, entre los que este libro también está editado - son todas iguales, pongo aquí lo que diferencia, aparte del contenido en sí, a cada uno, las guardas (he aquí, eso sí, la portada que tuvo cuando lo publicó Penguin y que cuenta con la conmovedora ilustración que también incluye la edición de Persephone). Las de este libro terminaron convirtiéndose en mi pequeño refugio cuando, simple y llanamente, no me veía capaz de seguir leyendo (si hubiera sido Joey de Friends lo habría metido en el congelador). No porque el libro fuese malo o grotesco o desgradable o cualquier otro adjetivo que indique que se trata de una mala historia. Todo lo contrario, el libro, la historia son tan reales como la vida misma, contados con total sencillez, sin recurrir a ningún tipo de ñoñerías. Y de ahí que hubiera momentos de esos en los que no-quieres-pero-sí-quieres seguir leyendo.

La historia en sí no está basada en una única historia real, pero es probable que se diera en miles de casos reales. Hilary Wainwright es un intelectual inglés que antes de la guerra se casa en París con una chica polaca, Lisa. Se declara la guerra, a Hilary le llama el deber. La siguiente vez que ve a su mujer es al día siguiente de haber nacido su hijo John, al que mira un poco por encima. Después de eso no se ven más y al cabo de un par de años, Hilary se entera de la muerte de Lisa (que trabajaba en la resistencia) tanto por via oficial como por carta de la propia Lisa, que sabiendo lo que se le viene encima, escribe a Hilary informándole de que va a dejar a su hijo en un lugar seguro y pidiéndole que, por favor, en cuanto pueda vaya en su busca. Tiempo después, en la Navidad de 1943, Hilary encuentra en la puerta de la casa de su madre en Inglaterra a Pierre, un desconocido que sabe un poco más de lo que fue del niño y que le pide le deje ocuparse de localizarlo. Al acabar la guerra, Pierre informa a Hilary de sus averiguaciones y le pide que vaya a París.

Y es así como vemos el paisaje físico de la Europa de la posguerra, a través de los ojos de Hilary, que adoraba París y a su gente. Pero también conocemos el paisaje emocional de esa Europa destrozada, en ruinas, corrupta, carcomida por el mercado negro y el hambre y que no sabe por dónde ni cómo empezar a reconstruirse ni física ni psicológicamente. Cuando Hilary le pregunta a Pierre si no le intriga quiénes habían sido colaboracionistas y quiénes no, Pierre responde que se lo plantea automáticamente pero que ya no busca la respuesta, que cada uno hizo bajo la Ocupación lo que tenía que hacer, y que de qué lado caería eso ya estaba decidido incluso antes de la llegada de los alemanes.

El propio Hilary, que después de la experiencia traumática de la guerra en sí (aunque pronto había dejado el frente por un trabajo de guerra de oficina), la muerte de su mujer y la pérdida de su hijo prácticamente desconocido, es una ruina más que ha levantado con sus cascotes una muralla a cualquier posibilidad de sentir algo, ni bueno ni malo. Y de ahí su reticencia a toda la historia de la búsqueda del niño, buscar y quizá encontrar al niño significa tener que bajar las defensas y Hilary no está del todo preparado para eso. Conocer a Jean, el niño huérfano con más posibilidades (pero ninguna certeza, es lo que tenía la época anterior al ADN y es lo que tiene el hecho de que el niño, que ahora tiene cinco años y medio, sea obviamente incapaz de recordar datos de cuando tenía dos años y medio y que en el triángulo Hilary-Lisa-Jean haya tantas y tan poco navegables lagunas) de ser John, llega a ser abrumador para él hasta tal punto que no se sabe claramente si el "pequeño niño perdido" del título del libro es Hilary o Jean, o los dos.

La verdad es que yo esperaba una historia "normal" de un padre que busca a su hijo, no una historia ligera, no podía serlo, pero no tan pesada (dicho en el mejor sentido de la palabra) y mucho menos tan cargada de preguntas a una Europa que en 1949, año de publicación, aún estaba bajo la sombra de la guerra. Marghanita Laski (inglesa a pesar del nombre, de ascendencia judía) plantea preguntas tanto sobre la reconstrucción y lo que se había hecho durante la guerra, como sobre la paternidad y los sentimientos y a veces, inevitablemente, unos llegan a ser símbolos de los otros y viceversa.

Son libros como este los que hacen que me den rabia frases de esas de "yo no leo ficción, prefiero la no-ficción, la realidad". Mantengo, y este libro confirma, que a veces la realidad se cuenta de forma mucho más efectiva de forma ficticia. Ficticio no quiere decir irreal. Como se dice en el epílogo escrito por Anne Sebba, cuando la escritora Elizabeth Bowen reseñó el libro recién salido del horno dijo que no contaba la historia de un único niño perdido, sino "la de todos y cada uno de los niños perdidos de Europa", y esa es la razón por la que el pequeño, inolvidable y enternecedor Jean "va directo al corazón del lector".

El caso es que Little Boy Lost es una gran razón para que crezca mi admiración por la editorial Persephone y su afán por recuperar libros injustamente olvidados. Little Boy Lost me ha parecido un libro increíblemente bueno tanto en lo que cuenta y lo que representa como en la forma en la que lo cuenta. Así que no entiendo ni que cayese en el olvido ni que no se haya traducido*. Una obra maestra, eso sí, que exige que el lector coja aire antes de sumergirse en ella.

Cuando lo empecé a leer lo hacía con la idea de ir leyendo libros de temática de guerra hasta, como mínimo, el 11 de noviembre, Poppy Day, día que conmemora el final de la Primera Guerra Mundial y, por ende, de todas las demás guerras. Con esa intención empezaré hoy el primer diario de Nella Last, pero si lo acabo antes del día 11 no sé si me veré con fuerzas de leer alguno más o tendré que decantarme por algo más ligero. No contaba yo con la fuerza de Little Boy Lost. Con lo que sí que cuento, aunque he oído que cada libro es totalmente diferente a los demás, es con leer más libros de Marghanita Laski, de los que Persephone ha editado tres más además de este.

* Editado para rectificar un poco: el libro, según la Biblioteca Nacional, se tradujo y se publicó en 1954 como El niño perdido de "Margharita" Laski.

El niño perdido [Texto impreso]
Laski, Margharita
CDU: 82-311.2"19"
Autor personal: Laski, Margharita
Título: El niño perdido [Texto impreso] / Margharita Laski. [Traducción del inglés por Rafael Vázquez-Zamora]
Publicación: Barcelona : Destino, [1954](Agustín Núñez)
Descripción física: 236 p., 1 h. ; 19 cm
Serie: (Colección Ancora y Delfín ; 94)
Nota general: Mención de responsab. del vº de la port.

En cualquier caso creo que es hora de que alguna editorial española imite a Persephone y lo edite/traduzca de nuevo. O bien que se diera cuenta de que la digitalización de textos es ideal para casos como este.

Editado después: con un poco de ayuda del pasado me he tomado la justicia por la mano (¡rima!).

lunes, 2 de noviembre de 2009

Panellets

Aquí están algunos de los panellets de este año, ya que aunque hicimos el mismo paquetito que el año pasado y herví la cantidad de patatas recomendada, debe de ser que los hicimos más pequeños y nos salieron tantos que hubo que hacer dos tandas de horno y, por supuesto, poner algunos en un plato aparte que no sale en las fotos.

Como el año pasado, poner los piñones fue un pequeño infierno: el poder hacer poquísima fuerza con los dedos para no estrujar el panellet y el poner un piñón y ver cómo se caen otros tres no tiene ni pizca de gracia. Es mucho más divertido hacerlos de coco y darles forma de pirámide según la receta, conos en la realidad.

E igual que el año pasado nos sobró coco, así que no descartamos terminar empleándolo en un bizcocho como la otra vez. También tenemos un limón a medio rallar en el frigorífico. Y, claro, una bandejita bien mona (me encanta el detalle del paquetito este, eso de que traiga la blonda y la bandejita dorada) y un plato llenos de panellets cuyo número desciende muy lentamente ya que, como todo el mundo sabe, un aparentemente inofensivo panellet es como una pequeña bolita de plomo directa al estómago. Con mucho mejor gusto, eso sí.

Como predije el año pasado este año hemos sido autosuficientes. Nos hemos quedado sin panellets exóticos pero añadir más panellets a estos hubiera sido demencial. Este año dejo en el aire la pregunta de si el año que viene podremos probar algunos hecho, en vez de con patata, con batata. Yo tenía curiosidad, pero como sé que a Manuel las batatas no le gustan nada de nada, ni me molestaba en sugerirlo, pero ayer cuando vio en la receta que se podía hacer con cualquiera de las dos cosas dijo que podíamos haber probado con las batatas. Así que quién sabe...

Y por supuesto por la noche hubo castañas. Por la mañana me había acercado a curiosear por una frutería que han abierto cerca de casa y se me hizo la boca agua al ver la pinta de las castañas que tenían; pero el hecho de que estuvieran a siete euros el kilo y que tuviéramos ya en casa me hizo contenerme. Las que comimos, con alguna mala, claro, estaban también buenas e inauguraron la temporada, que continuará si es que el frío llega antes de que se acabe la temporada de castañas.

Ayer domingo el día estuvo lleno del eterno picoteo de panellets - terrible lo tentadores que son - y terminó, como ahora siempre los domingos, con la plancha y la película clásica. Ayer tocaba otra de Jean Arthur, dirigida además, por John Ford: The Whole Town's Talking (Pasaporte a la fama), divertidísima mezcla de película de gángsters y comedia que me hará pararme a pensar la próxima vez que vaya a decir que me he levantado con el pie izquierdo. Lo del protagonista es levantarse con el pie izquierdo y lo demás son tonterías.

sábado, 31 de octubre de 2009

Fin de semana: Persephone y dulces de temporada


Ayer llegaba yo con mi lectura Persephone actual tan contenta (en realidad tan triste, debería decir) y qué sorpresa abrir el buzón y encontrarme con más Persephone: Biannually y nuevo catálogo, de los que apenas me separo desde entonces. El Biannnually trae una historia corta de la famosa Dorothy Whipple (es la escritora Persephone más vendida) de la que hasta ayer/esta mañana no había leído nada, y qué agradable sorpresa a pesar de lo chafada que te deja la historia. La sorpresa, por supuesto, se traduce en más Persephones a la wishlist.

A esto último no ha ayudado nada el hecho de que después de devorar el Biannually me haya puesto a leer el catálogo de cabo a rabo como si de otra revista se tratara. Como le he repetido a Manuel como mil veces mientras intentaba tomarme mi té entre babeo y babeo, apenas hay un Persephone al que le haría ascos. Los de recetas son los que menos me llaman la atención, pero incluso esos tienen cierto encanto.

Y hablando de todo un poco, la repostería de hoy - más tarde - no es ningún secreto. Hoy tocan panellets por supuesto, que para eso tengo un par de patatillas hirviendo en estos momentos. Se me hace la boca agua sólo de pensarlo, aunque eso no quita que también eche mucho de menos los buñuelos (los de verdad para mí, no los que venden aquí por Cuaresma y que son rosquillas con otro nombre) madrileños típicos de estos días. (Y eso me recuerda que ayer que anduve por el centro iba con la idea de comprar unos cuantos huesos de santo y, qué despiste, me olvidé).

Y esta noche a ver si nos olvidamos un poco de que el tiempo no acompaña y nos decidimos de una vez a hacer unas castañitas como manda la tradición; batatas no hace falta, que ya llevo zampándolas toda la semana.