"¡Este libro me va a matar!", le dije el otro día a Manuel al hacer una parada en la lectura de Little Boy Lost, de Marghanita Laski. Y ayer, cuando lo terminé, di gracias por el hecho de que los libros no maten porque, de hacerlo, este habría acabado conmigo sin duda. Hubiera llegado a duras penas a las últimas páginas, las últimas páginas me hubieran dado el golpe de gracia y, de haberlo necesitado, la frase final me hubiera rematado. ¡Qué frase esa! De esas que se te quedan marcadas y no puedes parar de repetir mentalmente, de pensar en ellas todo el tiempo.
Como las portadas de Persephone - salvo por los Persephone Classics, entre los que este libro también está editado - son todas iguales, pongo aquí lo que diferencia, aparte del contenido en sí, a cada uno, las guardas (he aquí, eso sí, la portada que tuvo cuando lo publicó Penguin y que cuenta con la conmovedora ilustración que también incluye la edición de Persephone). Las de este libro terminaron convirtiéndose en mi pequeño refugio cuando, simple y llanamente, no me veía capaz de seguir leyendo (si hubiera sido Joey de Friends lo habría metido en el congelador). No porque el libro fuese malo o grotesco o desgradable o cualquier otro adjetivo que indique que se trata de una mala historia. Todo lo contrario, el libro, la historia son tan reales como la vida misma, contados con total sencillez, sin recurrir a ningún tipo de ñoñerías. Y de ahí que hubiera momentos de esos en los que no-quieres-pero-sí-quieres seguir leyendo.
La historia en sí no está basada en una única historia real, pero es probable que se diera en miles de casos reales. Hilary Wainwright es un intelectual inglés que antes de la guerra se casa en París con una chica polaca, Lisa. Se declara la guerra, a Hilary le llama el deber. La siguiente vez que ve a su mujer es al día siguiente de haber nacido su hijo John, al que mira un poco por encima. Después de eso no se ven más y al cabo de un par de años, Hilary se entera de la muerte de Lisa (que trabajaba en la resistencia) tanto por via oficial como por carta de la propia Lisa, que sabiendo lo que se le viene encima, escribe a Hilary informándole de que va a dejar a su hijo en un lugar seguro y pidiéndole que, por favor, en cuanto pueda vaya en su busca. Tiempo después, en la Navidad de 1943, Hilary encuentra en la puerta de la casa de su madre en Inglaterra a Pierre, un desconocido que sabe un poco más de lo que fue del niño y que le pide le deje ocuparse de localizarlo. Al acabar la guerra, Pierre informa a Hilary de sus averiguaciones y le pide que vaya a París.
Y es así como vemos el paisaje físico de la Europa de la posguerra, a través de los ojos de Hilary, que adoraba París y a su gente. Pero también conocemos el paisaje emocional de esa Europa destrozada, en ruinas, corrupta, carcomida por el mercado negro y el hambre y que no sabe por dónde ni cómo empezar a reconstruirse ni física ni psicológicamente. Cuando Hilary le pregunta a Pierre si no le intriga quiénes habían sido colaboracionistas y quiénes no, Pierre responde que se lo plantea automáticamente pero que ya no busca la respuesta, que cada uno hizo bajo la Ocupación lo que tenía que hacer, y que de qué lado caería eso ya estaba decidido incluso antes de la llegada de los alemanes.
El propio Hilary, que después de la experiencia traumática de la guerra en sí (aunque pronto había dejado el frente por un trabajo de guerra de oficina), la muerte de su mujer y la pérdida de su hijo prácticamente desconocido, es una ruina más que ha levantado con sus cascotes una muralla a cualquier posibilidad de sentir algo, ni bueno ni malo. Y de ahí su reticencia a toda la historia de la búsqueda del niño, buscar y quizá encontrar al niño significa tener que bajar las defensas y Hilary no está del todo preparado para eso. Conocer a Jean, el niño huérfano con más posibilidades (pero ninguna certeza, es lo que tenía la época anterior al ADN y es lo que tiene el hecho de que el niño, que ahora tiene cinco años y medio, sea obviamente incapaz de recordar datos de cuando tenía dos años y medio y que en el triángulo Hilary-Lisa-Jean haya tantas y tan poco navegables lagunas) de ser John, llega a ser abrumador para él hasta tal punto que no se sabe claramente si el "pequeño niño perdido" del título del libro es Hilary o Jean, o los dos.
La verdad es que yo esperaba una historia "normal" de un padre que busca a su hijo, no una historia ligera, no podía serlo, pero no tan pesada (dicho en el mejor sentido de la palabra) y mucho menos tan cargada de preguntas a una Europa que en 1949, año de publicación, aún estaba bajo la sombra de la guerra. Marghanita Laski (inglesa a pesar del nombre, de ascendencia judía) plantea preguntas tanto sobre la reconstrucción y lo que se había hecho durante la guerra, como sobre la paternidad y los sentimientos y a veces, inevitablemente, unos llegan a ser símbolos de los otros y viceversa.
Son libros como este los que hacen que me den rabia frases de esas de "yo no leo ficción, prefiero la no-ficción, la realidad". Mantengo, y este libro confirma, que a veces la realidad se cuenta de forma mucho más efectiva de forma ficticia. Ficticio no quiere decir irreal. Como se dice en el epílogo escrito por Anne Sebba, cuando la escritora Elizabeth Bowen reseñó el libro recién salido del horno dijo que no contaba la historia de un único niño perdido, sino "la de todos y cada uno de los niños perdidos de Europa", y esa es la razón por la que el pequeño, inolvidable y enternecedor Jean "va directo al corazón del lector".
El caso es que Little Boy Lost es una gran razón para que crezca mi admiración por la editorial Persephone y su afán por recuperar libros injustamente olvidados. Little Boy Lost me ha parecido un libro increíblemente bueno tanto en lo que cuenta y lo que representa como en la forma en la que lo cuenta. Así que no entiendo ni que cayese en el olvido ni que no se haya traducido*. Una obra maestra, eso sí, que exige que el lector coja aire antes de sumergirse en ella.
Cuando lo empecé a leer lo hacía con la idea de ir leyendo libros de temática de guerra hasta, como mínimo, el 11 de noviembre, Poppy Day, día que conmemora el final de la Primera Guerra Mundial y, por ende, de todas las demás guerras. Con esa intención empezaré hoy el primer diario de Nella Last, pero si lo acabo antes del día 11 no sé si me veré con fuerzas de leer alguno más o tendré que decantarme por algo más ligero. No contaba yo con la fuerza de Little Boy Lost. Con lo que sí que cuento, aunque he oído que cada libro es totalmente diferente a los demás, es con leer más libros de Marghanita Laski, de los que Persephone ha editado tres más además de este.
* Editado para rectificar un poco: el libro, según la Biblioteca Nacional, se tradujo y se publicó en 1954 como El niño perdido de "Margharita" Laski.
El niño perdido [Texto impreso]
Laski, Margharita
CDU: 82-311.2"19"
Autor personal: Laski, Margharita
Título: El niño perdido [Texto impreso] / Margharita Laski. [Traducción del inglés por Rafael Vázquez-Zamora]
Publicación: Barcelona : Destino, [1954](Agustín Núñez)
Descripción física: 236 p., 1 h. ; 19 cm
Serie: (Colección Ancora y Delfín ; 94)
Nota general: Mención de responsab. del vº de la port.
En cualquier caso creo que es hora de que alguna editorial española imite a Persephone y lo edite/traduzca de nuevo. O bien que se diera cuenta de que la digitalización de textos es ideal para casos como este.
Editado después: con un poco de ayuda del pasado me he tomado la justicia por la mano (¡rima!).